Jaime Aspiunza —a quien ya conocéis por esa magistral introducción al pensamiento de Nietzsche que bajo la etiqueta de #nietzschedescomplicado ha venido ofreciéndonos durante un tiempo y en la que se ha ocupado especialmente de Aurora y de De la genealogía de la moral— nos ofrece esta luminosa concepción de la filosofía, que tiene el doble valor de ser apta para cualquier público y ofrecer una aproximación tan absolutamente motivadora como para que quien hasta ahora no se haya atrevido a acercarse a ella, lo haga sin reparo alguno.
Esta es la primera entrega:
Concepción
(mía) de la filosofía
Lo
primero que conviene aclarar es que la filosofía no es un
corpus establecido –esa es la imagen que la historia de la
filosofía tiende a darnos–, sino algo que está en movimiento:
filosofía es algo que en todo momento se está haciendo. Es el
pensamiento de cada momento; mejor, el pensar –en activo–
histórico que en cada momento va teniendo lugar.
Lo
segundo –respecto del título– es que yo no soy, ni pretendo
serlo, un filósofo. Filósofos, gente que aporte algo original,
novedoso, transformador, hay pocos; no solo los que aparecen en las
historias de la filosofía, por supuesto. El profesor de filosofía,
suponiendo que lo sea, ha leído a fondo a los filósofos, a los de
primera y a los de segunda, y ha asimilado su pensamiento; no
es que se los haya aprendido de memoria –la filosofía no es
información–, sino que ha ido dejando que sus pensamientos, o
parte de ellos, pasen a ser suyos propios, es decir, que su ser más
actual se encuentre precisamente con esos pensamientos, en esos
pensamientos. En el sentido musical u operístico: es su intérprete.
No
es, por tanto, que yo haya producido una filosofía, que sea un
pensador original, sino que a través de mí la filosofía ha
alcanzado esta forma concreta que a continuación voy a exponer a
grandes rasgos.
La
filosofía se puede comenzar por cualquier sitio, Hegel dixit.
Podemos pensar en ella como en un tejido lingüístico: lo
esencial es reparar los rotos, restaurar las conexiones entre puntos
aislados, en fin, recuperar la significación del lenguaje, su
vitalidad para que pueda decirnos algo de la realidad.
(En
este punto, en determinados ambientes, surgiría de inmediato la
pregunta acerca de qué sea la realidad, incluso el rechazo, un
rotundo mentís respecto de que dicha realidad exista. — La
respuesta es simple: la realidad es «esto» en lo que estamos. Que
no sea fácil definir o caracterizar el «esto» no desmiente su
existencia; es más, si «esto» no existe, no se entiende que
alguien pueda estar refiriéndose a ello, que alguien pueda,
sencillamente, estar. Dicho al modo cartesiano: «Hablo, luego
existo», «Te hablo a ti, luego existes; porque, si no, estoy un
poco zumbado». Y si existen el que habla y aquel a quien se habla,
alguna realidad debe de haber.)
Una
primera aproximación a lo que sea la filosofía podría formularse
de la siguiente manera: ahondar en algunas palabras o términos
clave. Por ejemplo, palabras «eternas» como ser, devenir o
historicidad, (la propia) realidad, conocer, saber, entender,
conciencia e inconsciente, sujeto y objeto, o subjetividad y
objetividad, hoy tan manoseadas, o sentimiento, pensamiento, habla o
lenguaje; esto es, palabras de siempre pero que han ido cambiando de
significado al tiempo que arrastran rémoras pasadas, y que nos
impiden entender nuestra realidad, así como comunicarnos con los
demás, a causa de la opacidad de que están manchadas o teñidas,
cuando creíamos, y en el fondo seguimos creyendo, que son
transparentes.
Una
segunda aproximación nos la ofrece Deleuze: «la filosofía es una
empresa radical de desmitificación».
También
nuestra época, como todas, posee sus mitos, creencias que se tienen
por obvias, que no se piensan ni, mucho menos, se ponen en cuestión,
frases hechas, consignas, lemas intocables. Por ejemplo, que el
progreso técnico es progreso sin más; que la verdad está en la
ciencia, y que el resto de la existencia, la vida cotidiana o la
literatura no pueden acceder a ella.
Ortegay Gasset propone una distinción importante relacionada con este
asunto: «Las ideas las tenemos; en las creencias estamos»
o, como se podría añadir, las creencias nos tienen.
Las
ideas son representaciones conscientes, formuladas, que tenemos
y sobre las que podemos reflexionar. Son objetos de pensamiento que
podemos adoptar y discutir, cambiarlos o abandonarlos. Lo que uno va
haciendo a lo largo del tiempo para entender mejor la realidad en que
vive: las ideas –en el sentido orteguiano– son algo opcional que
está delante de nosotros, en cierto modo fuera de nosotros, y son
así revisables.
Las
creencias no son algo que en sentido estricto tengamos, sino
algo en lo que estamos, porque constituyen la estructura de
fondo que sostiene nuestra visión del mundo y nuestra vida, son como
el suelo en que pisamos. Por eso decía que «nos tienen», ellas a
nosotros. No han sido elegidas conscientemente, sino que las hemos
recibido de la tradición, de la sociedad o de la experiencia vital.
Son pre-reflexivas y en principio inconscientes; solo cuando se
«quiebran» se nos hacen visibles.
Cosas
como que mañana saldrá el sol, que el mundo es real o que la
sociedad funciona según cierto orden… son creencias básicas. Como
se puede ver, no toda creencia es irracional; las que he citado son
perfectamente razonables. Hay otras, sin embargo, que tienen su
componente mítico. Por ejemplo, lo que luego veremos, la creencia en
la dualidad del mundo, que es un problema serio.
Una
tercera aproximación a lo que la filosofía sea consistirá en
cuestionar las creencias, así como las opiniones de la época.
(Advertiré
aquí que no pretendo tanto convencer –solo las creencias, que
conforman nuestro «adentro», convencen– como proponer una serie
de distinciones que resulten aceptables, para que así pueda uno
seguir el juego, sin sentirse de ninguno modo comprometido en lo que
hace a las opiniones propias. Ideas, entendimiento, inteligencia,
razonamiento, como se les quiera llamar, hemos visto ya que viene a
ser lo más exterior a cada uno, y son algo que no se visita muy a
menudo…)
Vivimos
una época que confunde, o quiere confundir, saber y opinión. Para
mucha gente todo son opiniones, lo que significa que se ponen
al mismo nivel las «opiniones» del médico con las del vecino que
no es médico ni nada que se le parezca. Y para algunos,
efectivamente, valen lo mismo; lo demencial de esto, y lo ridículo,
es que, opiniones aparte, los médicos –a veces– te salvan la
vida; los vecinos, que no son médico ni nada que se le parezca, no.
La
de saber y opinión es una de las distinciones más antiguas de la
tradición occidental, y en buena medida sigue siendo útil. Hoy
llamamos opinión a un juicio superficial, con escaso
fundamento, que no es una creencia profunda, pero no llega a
constituir saber: Podría situarse entre la creencia y el saber.
Un
ejemplo –bruto– de opinión es «¡al médico, no!, que luego te
encuentran algo»; menos extremo, el generoso comentario del vecino
enteradillo: «eso, seguro que es por las ondas del móvil. Déjalo
apagado de noche, y ya verás…»
La
opinión es superficial, poco fundada — puede que sí, que las
ondas del móvil afecten en algo; que lo mío provenga de ahí, es
harina de otro costal; que me vaya a curar el cáncer apagando el
móvil, un milagro…
La
opinión es, pues, incierta, carece casi por completo de
justificación. Se asume sin investigación alguna, muchas veces por
inercia social o por moda. — Vivimos la era de las opiniones,
porque sabemos poco y tenemos necesidad de manifestarnos, de hablar,
de parlotear.
Se
pueden cambiar con facilidad, lo que no significa que se cambien. A
veces tienen la firmeza de las creencias, mas no su fuerza vital. Lo
que no tienen es la claridad ni la racionalidad del saber. (No
pretendo aquí descalificar sin más las opiniones — solo
distinguirlas del saber.)
El
saber está emparentado con el conocer: se ha elaborado, es
consciente y, sobre todo, es crítico. Dicho de otra manera: es
reflexivo, ya que examina lo que pensamos; es temático, se formula
expresamente como idea (en el sentido orteguiano); es provisional, no
es dogmático, puede criticarse y reformularse; es, en definitiva, el
resultado de un esfuerzo racional, de un esfuerzo de la inteligencia
por entender la realidad.
El
médico se podrá confundir pero si aplica su saber examinará de
todas las maneras posibles al paciente y cuando haya hecho el
diagnóstico aplicará los remedios que sepa son más eficaces en el
tratamiento de la dolencia diagnosticada. Hay una diferencia de
grado, esto es, tanto cuantitativa como cualitativa, entre ese
proceso y el comentario generoso del vecino en la escalera.
El
ejemplo hace referencia a un saber técnico-científico, a lo que se
suelen llamar «conocimientos». El saber, no obstante, suele ir más
lejos, ser un término más amplio: hay saber práctico
(organizativo, por ejemplo, político, económico, jurídico, etc.) y
hay saber creativo (literario, poético, fílmico, etc.), que son más
difíciles –o imposibles– de algoritmizar, pero, sin embargo, se
transmiten. Y, por supuesto, se diferencian de las meras opiniones al
respecto.
¿Qué
es, entonces, la filosofía? ¿Conocimiento, saber, opinión? Antes
de decir nada positivo, podemos hacer una nueva distinción, hoy
bastante necesaria. En una época en que parece que el único
conocimiento es el de la ciencia, la filosofía o es ciencia o no es
nada sino opinión.
Así
y todo, ¡no! La filosofía no es ciencia ni pretende serlo.
Las ciencias tratan de explicar –mediante teorías– el
desenvolverse propio de los objetos de determinados ámbitos de la
realidad a fin de poder prever o predecir su funcionamiento. El
objetivo de las ciencias es el conocimiento, aunque las diversas
ciencias obtienen conocimientos muy diversos, verdaderamente dispares
en lo que concierne a la fiabilidad de sus teorías. De ahí se
deriva la distinción entre ciencias «duras» y «blandas»: en un
extremo, la física, algunas de cuyas teorías han permitido elaborar
productos inexistentes; en el otro, la economía, cuyas predicciones
nunca acaban de satisfacer.
La
filosofía no se halla entre las ciencias, no tiene por objeto algo
de la realidad cuyo funcionamiento pretendiera llegar a conocer. No
se le puede aplicar por ello el criterio de la fiabilidad ni mucho
menos el de la certeza o la precisión. Este tipo de criterios,
aplicables, si acaso, a las ciencias, vienen a denotar una confianza
excesiva en la ciencia, más bien, una fe o creencia –religiosa–
en la ciencia, que se suele denominar cientifismo. Pero la
ciencia no posee ningún poder especial para convertir su mirada a la
realidad en conocimiento certero y definitivo; la ciencia es el
esfuerzo continuado de investigación, puesta a prueba y corrección,
cuya intención primera es excluir precisamente la fe en el
conocimiento aparente, y mantener siempre despierta la atención en
los posibles cambios en el objeto de investigación.
De
hecho, la ciencia presupone siempre una filosofía, una concepción,
por ejemplo, del ser humano o de la realidad.
La
filosofía se ocupa de la vida, de la existencia humana.
Parte de lo que se suele llamar «facticidad», esto es, del hecho de
que el mundo siempre «está ahí», antes de cualquier
reflexión, constituyendo una presencia inalienable. — Esto
impugna esa imagen tan habitual que viene a concebir a los seres
humanos como cápsulas cerradas, que solo a voluntad propia se
abrirían.
No
es así: en todo momento estamos abiertos al mundo. No solo
porque nuestros sentidos lo hagan presente en todo instante, sino
también porque nuestro pasado ha ido cuajándose de lo que diríamos
«interiorizaciones» de experiencias concretas de dicho mundo, y
nuestro futuro solo en relación con el mundo es imaginable.
La
filosofía –la fenomenología en que me he formado– trata
de describir la experiencia del mundo; no de explicarla ni de
analizarla. Esto supone una recusación de la ciencia, el rechazo que
ya apuntaba de que la filosofía deba ser ciencia o seguir los
criterios de la ciencia. Es la ciencia la que se basa en la
experiencia del mundo, en nuestra existencia; la cual no se ha de
entender de manera científica, puesto que –antes– es existencia,
es experiencia. Yo –en cuanto humano– no soy el objeto de la
psicología ni de la biología, es decir, no se me puede reducir a
alma ni a cuerpo; pero tampoco soy objeto de la sociología ni de la
antropología.
El
mundo siempre «está ahí»: tanto cuando tenemos los ojos
abiertos como cuando están cerrados, lo oímos, lo sentimos;
despiertos y dormidos; incluso cuando miramos «hacia dentro», sea
en nuestro pasado sea en las circunstancias presentes. Venimos a ser
una muy concreta historia del mundo, un cruce de caminos, de
acontecimientos, una particularización, una singularización. Y si
nos cuesta tanto aceptar esto es porque la propaganda en contrario es
omnipresente y ensordecedora; no para de decirnos: «eres único»,
con la espuria intención de que solo a Él le prestemos atención y
confianza, ya que ser único en el marco del pensamiento occidental
es estar frente al mundo, cerrados a él, clausurados.
Y
esto, pura metafísica como luego veremos, adquiere, sin embargo,
visos de cientificidad, o así lo pretende. Hay quien dice que el
cerebro está absolutamente aislado de la realidad y que solo se
comunica con ella por medio de señales eléctricas y bioquímicas,
esto es, que somos una cápsula cerrada. Claro que sí se comunica
aunque solo sea por medio de señales eléctricas y bioquímicas,
quizá ya no se pueda decir ¡que está «absolutamente aislado»!
Será otra cosa.
Otra
manera de reconocer la presencia constante del mundo para cada uno de
nosotros es la famosa expresión de Ortega en sus Meditaciones delQuijote (1914), que es una presentación de su perspectiva
fenomenológica: «Yo soy yo, y mi circunstancia», esto es, todo lo
que tengo alrededor y en lo que estoy involucrado, enredado o,
simplemente, me afecta. — ¡¿Y qué no me afecta si soy humano, en
cuanto ser humano?!
Así
las cosas, lo que la filosofía pretende es despertar esa
experiencia del mundo. El volver «a las cosas mismas» de la
fenomenología no es lo mismo que el retorno idealista a la
conciencia, que practicaron Descartes o Kant y hoy buena parte de la
neurociencia. Descartes y, sobre todo, su herencia desvincularon la
conciencia del mundo, poniéndola como condición de existencia del
todo. — Y eso no es correcto: el mundo está ahí antes de
cualquier análisis. La percepción, que se sitúa entre cada uno y
el mundo, vinculándolos, es percepción del mundo, y transfondo en
que destacan todos nuestros actos y que todos nuestros actos
presuponen, «un tejido sólido».
Jaime Aspiunza, San Sebastián, 24 de diciembre de 2025
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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.
Moshe Dayan
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior): Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania). Guerras menores (1 000–9 999). Conflictos (100–999). Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).