Mostrando entradas con la etiqueta Filosofía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Filosofía. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de febrero de 2026

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (3), por Jaime Aspiunza

Retomamos hoy la tercera entrega de la estimulante aproximación a la filosofía, cuya anterior enrtrega se produjo el 6 de enero


Concepción (mía) de la filosofía 

Tras haber visto el mito dualista de la antigüedad, que pervive aún entre nosotros, vamos ahora a ver el mito dualista moderno: el mito del sujeto y el objeto, o el del afuera –el mundo exterior de los objetos– y el adentro –o mundo interior, que es el del sujeto–.

Este dualismo se encuadra en la concepción moderna del conocimiento, de tal manera que van de la mano. El conocimiento se entenderá en la modernidad, de resultas de las ideas al respecto de Descartes y Locke (por citar solo las figuras más señeras), en cuanto captación de la realidad exterior por medio de las representaciones, esto es, las ideas, del sujeto.

Los presupuestos imaginados de tal caracterización, de índole topológica, son los siguientes: a) los seres humanos estamos dentro de nosotros, sin llegar a penetrar en la realidad; b) convertimos esa realidad en sentimientos e ideas subjetivos, incluso particulares en su versión más solipsista; c) en el mejor de los casos, hay algo de conocimiento objetivo, que sería el de la ciencia; d) en el peor, la verdad, en cuanto fruto del conocimiento, no existe, sino solo las verdades subjetivas.

Dicho en otros términos, relativamente corrientes y extendidos en hoy día: «no existe la realidad»; o, más tenuemente, «no sabemos si existe la realidad» y, «si la hubiere, no sabemos –no podemos saber– nada de ella».

Esta es la manera como la modernidad ha pretendido dar cuenta de la existencia del sujeto, es decir, del ser humano, y de su intervención en el conocimiento de la realidad.

Para responder al escepticismo siempre receloso de nuestra capacidad para conocer, Descartes se apoyó en nuestra facultad de pensar, considerándola inmune a tal escepticismo, ya que de lo que no podemos dudar es de que pensamos, incluyendo en tal pensar sentir, imaginar, querer, en fin, todos los actos de la conciencia humana, llegando al extremo de reducir en buena medida el ser humano a su conciencia, lo que se avenía convenientemente a la comprensión espiritual del momento. No se había liberado lo suficiente de la educación recibida en los jesuitas.

Locke, por su parte, renombrando mind al alma que interviene en los asuntos terrenales, de donde hoy en día la tan manida «mente», reconocía en los objetos lo que se suele llamar las cualidades primarias, fundamentalmente, extensión, figura y número, es decir, las propiedades cuantificables y geometrizables; dejando a las secundarias –color, olor, sabor, sonido– en el limbo de las potencias del objeto, lo que a la postre redundará en su exclusión de la realidad, reducidas –como a veces se dice– a meras alucinaciones del sujeto. — «Los colores no existen en la realidad» es una expresión relativamente frecuente, que tiene, además, pretensiones de cientificidad.

Ambos, como vemos, a pesar de su intención en contrario, están dando el pábulo adecuado al más radical escepticismo, que hoy en día se denomina también relativismo, bien que radical o absoluto.

Volvamos a la fábula del mundo verdadero de Nietzsche. Preguntábamos al final si lo que quedaba, una vez evaporado el mundo verdadero, era solo el aparente. La respuesta que la deriva recién expuesta del mito dualista moderno del conocimiento está dando implícitamente a dicha pregunta es que sigue existiendo el mundo verdadero pero se nos ha alejado tanto que solo podemos imaginarlo, fabularlo, alucinarlo sin tener nada que ver con él; sirve solo de emblema de una imposibilidad, o como excusa para la irresponsabilidad, que también. Es la marca de que el mundo aparente es absolutamente falso.

La realidad –dejémoslo claro– no es lo que está frente al ser humano; la realidad incluye al ser humano. Por ello, lo que conozcamos de ella será lo que ella sea para el humano; para algunos animales sabemos que es distinta.

Así las cosas, los argumentos del subjetivismo son muy elementales, y de tan elementales, falsos y tramposos. El primero de ellos es el relativo al gusto: «a mí esta canción me parece bonita; a ti no. Luego la belleza es algo subjetivo; no está en el objeto, sino en la mente de cada cual.» O a los juicios de carácter psicológicos: «a mí X me parece simpático; a ti no. Luego es algo subjetivo». En fin, las utopías de corte sociopolítico: ¿todo subjetivo! — No vale seguir dando por supuesta la partición sujeto/objeto cuando la realidad –el supuesto mundo de los objetos– incluye al sujeto, a los sujetos.

Se predica demasiada subjetividad: ¡no hay tanta, es un fraude! Se contradice a sí misma, pues, a la hora de la verdad, en ese mismo terreno del relativismo siempre escéptico con los demás, todos somos o de izquierdas o de derechas, o fascistas o comunistas, siguiendo una irrisoria política de identidades implantada para comprender el mundo.

Ese empeño compulsivo en ver subjetividad por doquier no es más que mala psicología o mala antropología, o responde en el fondo a intereses crematísticos que buscan la conservación del hombre masa, del consumidor anclado en el goce más primario e infantil, haciéndole creer que eso –el consumo caprichoso– es la emancipación, la realización de sus capacidades. Recurrir tan a menudo a la explicación del subjetivismo es hacerle creer –al consumidor– que él es el amo, el dueño y señor de su voluntad, cuando no es más que el títere de sus insufladas «necesidades».

Porque «sujeto», además de haber devenido en particular, siendo en origen equivalente a ser humano, esto es, universal, ha adoptado también algunas características de otro ámbito que no es el del conocimiento, adornándose de una supuesta autonomía e independencia. Por ello, quien tiene un gusto subjetivo está presumiendo también de ser el dueño activo y hasta creador de su propio gusto. ¿Cómo no va a estar encantado de comprarse las zapatillas Nike que ya llevan otros cientos de millones sobre la faz de la Tierra? ¡Es prueba inequívoca de su originalidad!

Pensemos que los medios digitales avanzan sibilinamente en la personalización de sus interfaces, ofreciéndonos a cada uno lo que parece ser de nuestro interés, intentando extender nuestro mundo de referencia mediante algoritmos –muy poco inteligentes, diría que ciegos– que amplían por analogía o contagio los posibles temas de interés; en cualquier caso, incidiendo exclusivamente en el supuesto crecimiento de un sujeto del deseo consumidor que les beneficie.

El ser humano no es ¡solo ideas!, es antes que nada un cuerpo, y un cuerpo en acción. Y la relación de dicho cuerpo en acción con el mundo no es, ni mucho menos, solo de conocimiento. Por ello, la insistencia en ese esquema elemental pero falso de lo que somos no es un simple error de perspectiva sino un atentado fatal contra lo humano. La proliferación de lo considerado subjetivo, el «todo vale» del relativismo más ramplón han ido haciendo que desaparezca el diálogo –¿para qué hablar si cada uno posee su propia verdad?–; es más, que desaparezca, que se vaya borrando de nuestra costumbre y nuestros valores la importancia del diálogo, estando –como está– nuestra cultura y civilización occidental precisamente sostenida sobre el principio del diálogo. — Entiendo que ese es el punto clave –fundamental– de la crisis actual.

Por ello, hay que volver al mundo, a la realidad. En el lenguaje, el dualismo parece «natural» (está lleno de dualidades, incluso se diría que funciona sobre ellas), en la realidad no. En la realidad no hay ni bien ni mal, ni bonito ni feo, ni siquiera blanco puro y negro absoluto: hay infinidad de grises y multitud de colores; en la realidad todo es siempre relativo…, mas hay que saber hallar lo relativo de la realidad, no del sujeto implicado.

En el mito dualista moderno hallamos una concepción llamémosla «lenguajera», idealista del ser humano, como si su ser lingüístico, su estar imbuido de ideas fuera lo único y lo esencial.

Y no es así: somos cuerpo, no ya «tenemos» cuerpo, sino que lo somos. Un cuerpo con lenguaje, pero antes: cuerpo. Ese cuerpo está siempre en el mundo, lo que significa que sí se puede salir del sujeto, contra lo que la noción moderna de conocimiento presuponía. Por otro lado, la percepción, que es nuestra conexión con dicho mundo, el quicio del encuentro, tiene algo de común, de anónima: «Toda percepción se da en una atmósfera de generalidad y se nos da como anónima. No puedo decir que yo veo el azul del cielo en el sentido en que digo que comprendo un libro o que he decidido consagrar mi vida a las matemáticas. Mi percepción, aun vista desde el interior, expresa una situación dada: veo el azul porque soy sensible a los colores, mientras que, por el contrario, los actos personales crean la situación: soy matemático porque decidí serlo.» Fenomenología de lapercepción, pp. 230-231.

El azul del cielo está ahí; si lo miro tengo que verlo, salvo que esté ciego o sea daltónico. Tengo que verlo, porque cualquier ser humano lo ve, se nos impone. Por eso dice Merleau-Ponty que hay algo de anónimo, de común, de genérico en la percepción. Nada hay ahí de subjetivo, si entendemos esta palabra como es habitual, de particular y personal, de mío.

Por ello la fenomenología contrapone al atomismo falsificador que todo lo reduce a sujetos y objetos aislados la noción de ser-de-mundo: El mundo está «antes que» las cosas; el sentido, «antes que» los objetos.

Veamos por qué.

Jaime Aspiunza, San Sebastián, 27 de enero de 2026


***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 27 de enero de 2026

NIETZSCHE DESCOMPLICADO, 22

 Retomamos este martes la serie #nietzschedescomplicado de la mano de Jaime Aspiunza y estas


Lecciones de Aurora 7


La moral no solo se opone a la posible libertad y autonomía del ser humano, del particular, como veíamos días pasados, sino que –y esta es una de las lecciones principales de Aurora, y se hace patente desde el mismísimo primer parágrafo, «Racionalidad adquirida»– redunda en menoscabo, en perjuicio y aun en impedimento del desarrollo de la racionalidad.

Ese primer parágrafo nos advertía que la razón es algo que surge progresivamente de la sinrazón en las cosas que duran mucho tiempo. Pero esta es la cara feliz, la sorpresa tras el logro. Aurora 33 nos hace ver cómo una de las consecuencias de la moralidad de la costumbre es el desprecio de las causas, de las consecuencias y, en definitiva, de la realidad. ¿Por qué?

Porque se buscan las causas de las grandes calamidades, por ej., en el incumplimiento de las costumbres y no en la naturaleza, en la serie de los hechos conducentes a ellas. Y este no prestar atención a la naturaleza afecta también a las consecuencias: se hace más caso, caso exclusivo, a las consecuencias sobrenaturales, los castigos y la gracia divina, como se suele decir. El miedo supersticioso hace que la sensibilidad y el gusto por lo real acabe perdiéndose «y se acabe considerándolo de valor solo en lo que tiene de símbolo» respecto al cumplimiento o no de la costumbre, respecto a la supuesta voluntad o no de los dioses que la sustentan.

«Acaba remitiéndose la trama de todos los afectos elevados (el respeto profundo, la sublimidad, el orgullo, la gratitud, el amor) a un mundo imaginario, al que llama “mundo superior”.» Y esto es algo que todavía está vigente: «cuando el sentimiento de un hombre se eleva, de una u otra manera está ahí en juego ese mundo imaginario.» La exaltación –«la falsa filosofía de la exaltación»– anda siempre cerca, asociada desde antiguo a la superstición, de manera que «junto a cada sentimiento elevado surge casi inevitablemente un pensamiento tergiversado, un punto de vista extremado». Fragmentos póstumos II, 2.ª, 4[143].

Por eso al hombre que quiere ser racional, razonable, al «hombre científico», que decía Nietzsche, le resultan «sospechosos todos los sentimientos elevados, tan mezclados suelen estar con el delirio y el sinsentido.» — ¡Y no es que tenga que ser así: hay «elevación sin fantasías», pero se sigue alimentando la idea de que «la extravagancia intelectual y los sentimientos elevados han de vivir y morir juntos».

Un caso destacado, aunque parezca ajeno al tópico que nos ocupa, es el de la persistencia de la noción de espíritu (u otras variantes afines); espíritu entendido en contraposición a naturaleza, a cuerpo, en el fondo, pues, como aquello que nos diferencia de los animales. El espíritu sería, así, lo más sublime del ser humano, aquello que le hace ser lo que es, mas distinguiéndolo de la naturaleza, enajenándolo de su cuerpo. — ¿Qué hacer, se pregunta Nietzsche, con ese orgullo, el de ser o tener espíritu, que le impide al ser humano reconocerse natural?


«De todas las limpiezas paulatinas que le esperan a la humanidad, la de los sentimientos elevados va a ser una de las más lentas».

***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 6 de enero de 2026

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (2), por Jaime Aspiunza

 Continúa aquí el texto de la pasada semana:

«[M]i cuerpo hace presa en el mundo cuando mi percepción me ofrece un espectáculo tan variado y tan claramente articulado como sea posible, y cuando, al desplegarse, mis intenciones motrices reciben del mundo las respuestas que esperan. Este máximo de nitidez en la percepción y en la acción define un suelo perceptivo, un fondo de mi vida, un contexto general para la existencia de mi cuerpo y del mundo», dice Merleau-Ponty, en Fenomenología de la percepción, pp. 265-266.


Y también: «Toda percepción se da en una atmósfera de generalidad y se nos da como anónima. No puedo decir que yo veo el azul del cielo en el sentido en que digo que comprendo un libro o que he decidido consagrar mi vida a las matemáticas. Mi percepción, aun vista desde el interior, expresa una situación dada: veo el azul porque soy sensible a los colores, mientras que, por el contrario, los actos personales crean la situación: soy matemático porque decidí serlo. De forma que, si quisiera traducir exactamente la experiencia perceptiva, tendría que decir que un impersonal (l’on) percibe en mí [qu’on perçois en moi] y no que yo percibo.» Fenomenología de la percepción, pp. 230-231.

Esa percepción que se da en la periferia de mi ser, aprendemos luego que es una adaptación de mi cuerpo, pero antes de saberlo, la sensación pertenece a otro «sujeto» prepersonal, anónimo, que ya ha tomado partido por el mundo.

El mundo es lo que percibimos; no, por lo tanto, lo que yo pienso, sino lo que yo vivo. Estoy abierto al mundo, pero no lo poseo, es inagotable. Y lo que percibo en el vivir no es ciencia del mundo, es lo que voy a llamar ser-de-mundo. Con sus guiones, para que se tome en su unidad, siguiendo la estela de Heidegger y Merleau-Ponty.

Al igual que el pájaro es de aire y el pez de agua, el humano es ser-de-mundo: el mundo es el elemento insoslayable de su existencia, es su elemento, aquello en que está entrañado y que le afecta, y a lo que él corresponde, abierto al mundo en la percepción.

Esta filosofía –la fenomenología– reúne subjetivismo y objetivismo en su noción de mundo o de racionalidad: es su rasgo principal. Se trata de pensar el mundo, al otro y a mí mismo, y de concebir sus relaciones. Es, así, la realización de una verdad.

«La verdadera filosofía –concluye Merleau-Ponty– consiste en aprender de nuevo a ver [rapprendre à voir] el mundo, y en este sentido una historia relatada puede significar el mundo con tanta “profundidad” como un tratado de filosofía». Fenomenología de la percepción, p. 20.


Se puede decir que la característica principal del pensamiento filosófico del siglo xx y aun de parte del xix (Hegel o Nietzsche) es el intento de superar el dualismo, que sería la creencia básica de la metafísica, tal como Nietzsche la entiende: la suposición de que haya un mundo verdadero y otro mundo aparente; o, mejor, al revés: que vivimos en un mundo de apariencias, mas hay otro mundo, que es el verdadero.

Podemos pensar en Platón, con su mundo de las ideas «más allá del cielo», que sería la realidad verdadera del mundo contingente en que vivimos, su entidad, desposeído nuestro mundo, como está, hasta de sólido ser. O podemos pensar, más cerca, en este valle de lágrimas que es la vida terrenal, y en la otra vida, más allá de la muerte, en el cielo que nos espera a los buenos cristianos. Dos vidas, dos mundos, uno engañoso y duro de sufrir, el otro genuino y perfecto.

Siendo esa la distinción básica del dualismo metafísico de Occidente, se reproducen, no obstante, por doquier las contradicciones excluyentes: bueno/malo, alma/cuerpo, sujeto/objeto, lenguaje/mundo, etc., etc. Están impresas en el propio lenguaje, que se vale de esas categorizaciones duales: dos polos contrapuestos en los que no se vislumbra mediación alguna. — ¡El lenguaje, sin embargo, no nos obliga a proyectarlas en la realidad!


Apariencia/ser: distinción fundamental en Occidente, que, aunque no seamos conscientes, estamos constantemente aplicando, es decir, ejerciendo, suponiendo de ese modo que la realidad se quiebra en dos, una sospechosa de procurar engañarnos, la otra –solo–, la verdadera. Sospecha e ímpetu quizás innecesarios, propiciados únicamente por esa creencia en la dualidad del mundo.

Sin embargo, ¿de qué otra manera que no sea el aparecer(se) puede presentarse o darse el ser? Solo sabemos que son las cosas que se nos aparecen. Si algo no aparece es para nosotros como si no existiera, pues no nos enteramos de que exista; si aparece, se nos da a la percepción y empieza a formar parte del mundo.

Pero sigue empujando –impaciente– ese adagio que parece regirlo todo: «Las apariencias engañan», y olvidamos que se trata de un refrán popular de muy parcial aplicación, generalmente recordado tras haber sido embaucados.

Es una máxima práctica que quiere decir que no nos quedemos en las apariencias, la superficie o lo exterior de algo; en general, que no juzguemos considerando solo una percepción muy parcial de un asunto. Es, efectivamente, un consejo práctico útil, pero no hay que tomarlo como un principio ontológico que nos estuviera destripando el funcionamiento del ser, o del mundo.

Lo indiscutible es que el ser solo se da por medio de sus apariciones, de sus apareceres y aun de sus apariencias. Y es que el ser –cualquiera en concreto– puede tener apariencias múltiples, por lo que es posible que nos engañemos; y nuestra interpretación de una apariencia concreta puede, además, ser errónea. — De ahí que, dándose el ser solo en su aparecer, haya ocasiones en que erremos con el ser. Mas partir de que hay modos de atinar con él que no pasan por las apariencias, es un yerro de mayor calado.


Al dualismo de la metafísica se le puede oponer el antiquísimo dictum heracliteano de «todo es uno».

Contra ese dualismo advierte Nietzsche en el primer parágrafo de Humano, demasiado humano: «no existen [los] opuestos, salvo en la habitual exageración de la concepción popular o metafísica». Es decir, a modo de exageración, como recurso expresivo, podemos decir: «¡No es que sea bueno, es que es malo, muy malo!» Pero todos sabemos que no hay nada malo o bueno en sí, sino siempre desde una perspectiva, bajo un aspecto determinado. Y entre lo bueno y lo malo existen –en la realidad– muchísimos puntos que combinan en diversos grados bondad y maldad. Y quien dice «bueno» y «malo» está diciendo cualesquiera otras dualidades habituales propias del lenguaje, con que nos expresamos.

De hecho, la pregunta filosófica siempre ha sido, nos recuerda Nietzsche, cómo puede algo nacer de su opuesto, esto es, lo racional de lo irracional, la verdad de los errores, el altruismo del egoísmo, etc. Parecía imposible y por eso la metafísica se empeñaba en mantener apartados por completo lo positivo y lo negativo, como si fueran inmiscibles, y en atribuir a lo tenido por superior «un origen milagroso»; pero eso no era más que un error de razonamiento.

Los contrarios van siempre juntos. Separar lo útil de lo nocivo en el poder, en la potencia o en la fuerza fue un «paso fatal» de nuestro pensamiento occidental.


En Crepúsculo de los ídolos nos cuenta Nietzsche la historia de ese error, historia que titula «Cómo el “mundo verdadero” acabó convirtiéndose en una fábula». Resume ahí en seis pasos la crónica de la aparición, debilitamiento y desaparición de «el mundo verdadero».

Al principio este era «alcanzable para el sabio, el piadoso, el virtuoso, — él vive en ese mundo, él es ese mundo.» Vendría a ser del momento de Platón, «la forma más antigua de la Idea, relativamente inteligente, simple, convincente».

La Idea se hace luego cristiana y se vuelve inalcanzable, pero le es prometida al sabio, al piadoso, al virtuoso.

Vienen después el momento kantiano, los efectos del positivismo y la aparición del «espíritu libre». El sexto y último momento dice: «Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿quizá el aparente?…»

Esa es la pregunta que hemos de hacernos ahora. Está bastante extendida la idea, pesimista, nihilista, hasta cínica, de que lo que ha quedado es el mundo aparente… Y, sin embargo, Nietzsche responde: «¡No, de ningún modo!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!»

El aparente solo era tal por su contraste con el supuestamente verdadero. Cuando este se revela inexistente, una fábula, puro cuento, deja también de tener sentido la contraposición. Creer que lo que nos queda es el mundo aparente es seguir dentro de la distinción que ha resultado ser inexistente, de la fábula. — Lo que nos queda es el mundo sin más, sin ese marco metafísico previo de comprensión. El mundo con sus apariencias y sus verdades, verdades más o menos verdaderas o aparentes y apariencias más o menos aparentes o verdaderas, que habrá que aprender a esclarecer o dilucidar.

El mundo, sin más, en que –recuerdo– somos-seres-de-mundo.


Jaime AspiunzaSan Sebastián, 24 de diciembre de 2025


***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 30 de diciembre de 2025

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (1), por Jaime Aspiunza

Jaime Aspiunza —a quien ya conocéis por esa magistral introducción al pensamiento de Nietzsche que bajo la etiqueta de #nietzschedescomplicado ha venido ofreciéndonos durante un tiempo y en la que se ha ocupado especialmente de Aurora y de De la genealogía de la moralnos ofrece esta luminosa concepción de la filosofía, que tiene el doble valor de ser apta para cualquier público y ofrecer una aproximación tan absolutamente motivadora como para que quien hasta ahora no se haya atrevido a acercarse a ella, lo haga sin reparo alguno. 

Esta es la primera entrega:


 Concepción (mía) de la filosofía


Lo primero que conviene aclarar es que la filosofía no es un corpus establecido –esa es la imagen que la historia de la filosofía tiende a darnos–, sino algo que está en movimiento: filosofía es algo que en todo momento se está haciendo. Es el pensamiento de cada momento; mejor, el pensar –en activo– histórico que en cada momento va teniendo lugar.

Lo segundo –respecto del título– es que yo no soy, ni pretendo serlo, un filósofo. Filósofos, gente que aporte algo original, novedoso, transformador, hay pocos; no solo los que aparecen en las historias de la filosofía, por supuesto. El profesor de filosofía, suponiendo que lo sea, ha leído a fondo a los filósofos, a los de primera y a los de segunda, y ha asimilado su pensamiento; no es que se los haya aprendido de memoria –la filosofía no es información–, sino que ha ido dejando que sus pensamientos, o parte de ellos, pasen a ser suyos propios, es decir, que su ser más actual se encuentre precisamente con esos pensamientos, en esos pensamientos. En el sentido musical u operístico: es su intérprete.

No es, por tanto, que yo haya producido una filosofía, que sea un pensador original, sino que a través de mí la filosofía ha alcanzado esta forma concreta que a continuación voy a exponer a grandes rasgos.


La filosofía se puede comenzar por cualquier sitio, Hegel dixit. Podemos pensar en ella como en un tejido lingüístico: lo esencial es reparar los rotos, restaurar las conexiones entre puntos aislados, en fin, recuperar la significación del lenguaje, su vitalidad para que pueda decirnos algo de la realidad.

(En este punto, en determinados ambientes, surgiría de inmediato la pregunta acerca de qué sea la realidad, incluso el rechazo, un rotundo mentís respecto de que dicha realidad exista. — La respuesta es simple: la realidad es «esto» en lo que estamos. Que no sea fácil definir o caracterizar el «esto» no desmiente su existencia; es más, si «esto» no existe, no se entiende que alguien pueda estar refiriéndose a ello, que alguien pueda, sencillamente, estar. Dicho al modo cartesiano: «Hablo, luego existo», «Te hablo a ti, luego existes; porque, si no, estoy un poco zumbado». Y si existen el que habla y aquel a quien se habla, alguna realidad debe de haber.)

Una primera aproximación a lo que sea la filosofía podría formularse de la siguiente manera: ahondar en algunas palabras o términos clave. Por ejemplo, palabras «eternas» como ser, devenir o historicidad, (la propia) realidad, conocer, saber, entender, conciencia e inconsciente, sujeto y objeto, o subjetividad y objetividad, hoy tan manoseadas, o sentimiento, pensamiento, habla o lenguaje; esto es, palabras de siempre pero que han ido cambiando de significado al tiempo que arrastran rémoras pasadas, y que nos impiden entender nuestra realidad, así como comunicarnos con los demás, a causa de la opacidad de que están manchadas o teñidas, cuando creíamos, y en el fondo seguimos creyendo, que son transparentes.

Una segunda aproximación nos la ofrece Deleuze: «la filosofía es una empresa radical de desmitificación».

También nuestra época, como todas, posee sus mitos, creencias que se tienen por obvias, que no se piensan ni, mucho menos, se ponen en cuestión, frases hechas, consignas, lemas intocables. Por ejemplo, que el progreso técnico es progreso sin más; que la verdad está en la ciencia, y que el resto de la existencia, la vida cotidiana o la literatura no pueden acceder a ella.

Ortegay Gasset propone una distinción importante relacionada con este asunto: «Las ideas las tenemos; en las creencias estamos» o, como se podría añadir, las creencias nos tienen.

Las ideas son representaciones conscientes, formuladas, que tenemos y sobre las que podemos reflexionar. Son objetos de pensamiento que podemos adoptar y discutir, cambiarlos o abandonarlos. Lo que uno va haciendo a lo largo del tiempo para entender mejor la realidad en que vive: las ideas –en el sentido orteguiano– son algo opcional que está delante de nosotros, en cierto modo fuera de nosotros, y son así revisables.

Las creencias no son algo que en sentido estricto tengamos, sino algo en lo que estamos, porque constituyen la estructura de fondo que sostiene nuestra visión del mundo y nuestra vida, son como el suelo en que pisamos. Por eso decía que «nos tienen», ellas a nosotros. No han sido elegidas conscientemente, sino que las hemos recibido de la tradición, de la sociedad o de la experiencia vital. Son pre-reflexivas y en principio inconscientes; solo cuando se «quiebran» se nos hacen visibles.

Cosas como que mañana saldrá el sol, que el mundo es real o que la sociedad funciona según cierto orden… son creencias básicas. Como se puede ver, no toda creencia es irracional; las que he citado son perfectamente razonables. Hay otras, sin embargo, que tienen su componente mítico. Por ejemplo, lo que luego veremos, la creencia en la dualidad del mundo, que es un problema serio.

Una tercera aproximación a lo que la filosofía sea consistirá en cuestionar las creencias, así como las opiniones de la época.

(Advertiré aquí que no pretendo tanto convencer –solo las creencias, que conforman nuestro «adentro», convencen– como proponer una serie de distinciones que resulten aceptables, para que así pueda uno seguir el juego, sin sentirse de ninguno modo comprometido en lo que hace a las opiniones propias. Ideas, entendimiento, inteligencia, razonamiento, como se les quiera llamar, hemos visto ya que viene a ser lo más exterior a cada uno, y son algo que no se visita muy a menudo…)

Vivimos una época que confunde, o quiere confundir, saber y opinión. Para mucha gente todo son opiniones, lo que significa que se ponen al mismo nivel las «opiniones» del médico con las del vecino que no es médico ni nada que se le parezca. Y para algunos, efectivamente, valen lo mismo; lo demencial de esto, y lo ridículo, es que, opiniones aparte, los médicos –a veces– te salvan la vida; los vecinos, que no son médico ni nada que se le parezca, no.

La de saber y opinión es una de las distinciones más antiguas de la tradición occidental, y en buena medida sigue siendo útil. Hoy llamamos opinión a un juicio superficial, con escaso fundamento, que no es una creencia profunda, pero no llega a constituir saber: Podría situarse entre la creencia y el saber.

Un ejemplo –bruto– de opinión es «¡al médico, no!, que luego te encuentran algo»; menos extremo, el generoso comentario del vecino enteradillo: «eso, seguro que es por las ondas del móvil. Déjalo apagado de noche, y ya verás…»

La opinión es superficial, poco fundada — puede que sí, que las ondas del móvil afecten en algo; que lo mío provenga de ahí, es harina de otro costal; que me vaya a curar el cáncer apagando el móvil, un milagro…

La opinión es, pues, incierta, carece casi por completo de justificación. Se asume sin investigación alguna, muchas veces por inercia social o por moda. — Vivimos la era de las opiniones, porque sabemos poco y tenemos necesidad de manifestarnos, de hablar, de parlotear.

Se pueden cambiar con facilidad, lo que no significa que se cambien. A veces tienen la firmeza de las creencias, mas no su fuerza vital. Lo que no tienen es la claridad ni la racionalidad del saber. (No pretendo aquí descalificar sin más las opiniones — solo distinguirlas del saber.)

El saber está emparentado con el conocer: se ha elaborado, es consciente y, sobre todo, es crítico. Dicho de otra manera: es reflexivo, ya que examina lo que pensamos; es temático, se formula expresamente como idea (en el sentido orteguiano); es provisional, no es dogmático, puede criticarse y reformularse; es, en definitiva, el resultado de un esfuerzo racional, de un esfuerzo de la inteligencia por entender la realidad.

El médico se podrá confundir pero si aplica su saber examinará de todas las maneras posibles al paciente y cuando haya hecho el diagnóstico aplicará los remedios que sepa son más eficaces en el tratamiento de la dolencia diagnosticada. Hay una diferencia de grado, esto es, tanto cuantitativa como cualitativa, entre ese proceso y el comentario generoso del vecino en la escalera.

El ejemplo hace referencia a un saber técnico-científico, a lo que se suelen llamar «conocimientos». El saber, no obstante, suele ir más lejos, ser un término más amplio: hay saber práctico (organizativo, por ejemplo, político, económico, jurídico, etc.) y hay saber creativo (literario, poético, fílmico, etc.), que son más difíciles –o imposibles– de algoritmizar, pero, sin embargo, se transmiten. Y, por supuesto, se diferencian de las meras opiniones al respecto.

¿Qué es, entonces, la filosofía? ¿Conocimiento, saber, opinión? Antes de decir nada positivo, podemos hacer una nueva distinción, hoy bastante necesaria. En una época en que parece que el único conocimiento es el de la ciencia, la filosofía o es ciencia o no es nada sino opinión.

Así y todo, ¡no! La filosofía no es ciencia ni pretende serlo. Las ciencias tratan de explicar –mediante teorías– el desenvolverse propio de los objetos de determinados ámbitos de la realidad a fin de poder prever o predecir su funcionamiento. El objetivo de las ciencias es el conocimiento, aunque las diversas ciencias obtienen conocimientos muy diversos, verdaderamente dispares en lo que concierne a la fiabilidad de sus teorías. De ahí se deriva la distinción entre ciencias «duras» y «blandas»: en un extremo, la física, algunas de cuyas teorías han permitido elaborar productos inexistentes; en el otro, la economía, cuyas predicciones nunca acaban de satisfacer.

La filosofía no se halla entre las ciencias, no tiene por objeto algo de la realidad cuyo funcionamiento pretendiera llegar a conocer. No se le puede aplicar por ello el criterio de la fiabilidad ni mucho menos el de la certeza o la precisión. Este tipo de criterios, aplicables, si acaso, a las ciencias, vienen a denotar una confianza excesiva en la ciencia, más bien, una fe o creencia –religiosa– en la ciencia, que se suele denominar cientifismo. Pero la ciencia no posee ningún poder especial para convertir su mirada a la realidad en conocimiento certero y definitivo; la ciencia es el esfuerzo continuado de investigación, puesta a prueba y corrección, cuya intención primera es excluir precisamente la fe en el conocimiento aparente, y mantener siempre despierta la atención en los posibles cambios en el objeto de investigación.

De hecho, la ciencia presupone siempre una filosofía, una concepción, por ejemplo, del ser humano o de la realidad.


La filosofía se ocupa de la vida, de la existencia humana. Parte de lo que se suele llamar «facticidad», esto es, del hecho de que el mundo siempre «está ahí», antes de cualquier reflexión, constituyendo una presencia inalienable. — Esto impugna esa imagen tan habitual que viene a concebir a los seres humanos como cápsulas cerradas, que solo a voluntad propia se abrirían.

No es así: en todo momento estamos abiertos al mundo. No solo porque nuestros sentidos lo hagan presente en todo instante, sino también porque nuestro pasado ha ido cuajándose de lo que diríamos «interiorizaciones» de experiencias concretas de dicho mundo, y nuestro futuro solo en relación con el mundo es imaginable.

La filosofía –la fenomenología en que me he formado– trata de describir la experiencia del mundo; no de explicarla ni de analizarla. Esto supone una recusación de la ciencia, el rechazo que ya apuntaba de que la filosofía deba ser ciencia o seguir los criterios de la ciencia. Es la ciencia la que se basa en la experiencia del mundo, en nuestra existencia; la cual no se ha de entender de manera científica, puesto que –antes– es existencia, es experiencia. Yo –en cuanto humano– no soy el objeto de la psicología ni de la biología, es decir, no se me puede reducir a alma ni a cuerpo; pero tampoco soy objeto de la sociología ni de la antropología.

El mundo siempre «está ahí»: tanto cuando tenemos los ojos abiertos como cuando están cerrados, lo oímos, lo sentimos; despiertos y dormidos; incluso cuando miramos «hacia dentro», sea en nuestro pasado sea en las circunstancias presentes. Venimos a ser una muy concreta historia del mundo, un cruce de caminos, de acontecimientos, una particularización, una singularización. Y si nos cuesta tanto aceptar esto es porque la propaganda en contrario es omnipresente y ensordecedora; no para de decirnos: «eres único», con la espuria intención de que solo a Él le prestemos atención y confianza, ya que ser único en el marco del pensamiento occidental es estar frente al mundo, cerrados a él, clausurados.

Y esto, pura metafísica como luego veremos, adquiere, sin embargo, visos de cientificidad, o así lo pretende. Hay quien dice que el cerebro está absolutamente aislado de la realidad y que solo se comunica con ella por medio de señales eléctricas y bioquímicas, esto es, que somos una cápsula cerrada. Claro que sí se comunica aunque solo sea por medio de señales eléctricas y bioquímicas, quizá ya no se pueda decir ¡que está «absolutamente aislado»! Será otra cosa.

Otra manera de reconocer la presencia constante del mundo para cada uno de nosotros es la famosa expresión de Ortega en sus Meditaciones delQuijote (1914), que es una presentación de su perspectiva fenomenológica: «Yo soy yo, y mi circunstancia», esto es, todo lo que tengo alrededor y en lo que estoy involucrado, enredado o, simplemente, me afecta. — ¡¿Y qué no me afecta si soy humano, en cuanto ser humano?!

Así las cosas, lo que la filosofía pretende es despertar esa experiencia del mundo. El volver «a las cosas mismas» de la fenomenología no es lo mismo que el retorno idealista a la conciencia, que practicaron Descartes o Kant y hoy buena parte de la neurociencia. Descartes y, sobre todo, su herencia desvincularon la conciencia del mundo, poniéndola como condición de existencia del todo. — Y eso no es correcto: el mundo está ahí antes de cualquier análisis. La percepción, que se sitúa entre cada uno y el mundo, vinculándolos, es percepción del mundo, y transfondo en que destacan todos nuestros actos y que todos nuestros actos presuponen, «un tejido sólido».


Jaime Aspiunza, San Sebastián, 24 de diciembre de 2025


***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

viernes, 19 de diciembre de 2025

HACER EL BIEN, Markus Gabriel

Editorial
Hace poco más de un par de meses apareció este ensayo de Markus Gabriel, filósofo alemán y profesor de Epistemología en la Universidad de Bonn, cuya propuesta es muy sugestiva, atrevida y rompedora: nada menos que practicar el bien mientras hacemos negocios, mientras nos ganamos el sueldo. Ante los tiempos que corren, más necesitados que nunca de lo practiquemos, él pregona y reivindica la urgencia de una Nueva Ilustración que revise y modifique los anclajes de todo el sistema económico.

Acaso la idea más interesante y novedosa que formula Gabriel es la de que el progreso moral —¿después de varios milenios de civilización hemos progresado algo moralmente?— tiene que asentarse sobre actividades económicas que busquen en todo momento mejorar las condiciones de vida para el mayor número de personas posible. Si así fuere —a pesar de que el futuro de subjuntivo ya esté muerto, creo que aquí es necesario hacerlo patente—, los beneficios económicos originados por la actividad de que se trate, serían al mismo tiempo beneficios morales.

Gabriel se enfrenta directamente con la famosa máxima de Milton Friedman, aquella que aseguraba que el negocio de los negocios es hacer negocio. Su propuesta es justamente la inversa: el negocio de los negocios es hacer el bien y obtener beneficios de ello. Esto supondría el reencuentro entre el valor moral y el valor económico, es decir, que acabaría, de paso, con esa división que solemos hacer cuando indicamos que no es lo mismo valor y precio. ¿Se avendrá también el negocio del arte a entrar en la senda de la paridad entre beneficio económico y beneficio cultural?

Gabriel sabe que su capitalismo ético no se levanta solamente con buenas intenciones y argumentos. Con buen criterio, es partidario de exista una regulación estatal. El Estado tiene que intervenir sobre las políticas públicas para regular y obligar si fuera necesario a empresas y a la propia administración a que asuman la responsabilidad ética que les corresponde en favor del bien.

Una reflexión interesante cuyo objetivo es, asimismo, que quienes leemos su obra descubramos cómo mejorar nuestras vidas procurando que mejoren al mismo tiempo la vida de los demás.

PS: La entrevista es anterior a la publicación del libro, pero estoy convencido de que a quien le interese el libro le va a interesar la entrevista en la que se expresa en nuestro idioma:

 

***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 16 de diciembre de 2025

NIETZSCHE DESCOMPLICADO, 21

 #nietzschedescomplicado


Lecciones de Aurora 6:

Espíritu libre llamaba Nietzsche en Hdh 225 «a quien piensa de manera distinta a lo que se esperaría atendiendo a sus orígenes, su entorno, su posición social y su profesión, o a las opiniones dominantes de la época». Lo que no significa que sea totalmente autónomo, independiente, original — ¡eso no existe! Cuando utilizamos dichas expresiones para referirnos a alguien, lo hacemos siempre de manera hiperbólica, exagerando; con la buena intención de decir algo que es cierto, mas no literalmente.

Todos somos monos de imitación, bien que a veces parezcamos seres humanos, como Rotpeter, el mono de Kafka, que había encontrado una salida.

Probablemente la cuestión sea esa: encontrar una salida. La salida, esa versión kafkiana de la libertad, no es la supresión, la eliminación de los obstáculos, de las barreras que nos separan de lo que queremos hacer o aun ser. Esa libertad no existe, nunca ha existido; es uno de los sueños, de las fantasías del idealismo, del romanticismo disneyano.

Y no, como suele decirse a menudo, por el absoluto determinismo del mundo: si conociéramos todas las causas que nos llevan a hacer algo, entenderíamos que no hay libertad que valga. Realmente, dicho argumento no invalida lo que llamamos «libertad». No conocemos ni podemos conocer todas las causas anteriores que desembocan en una acción concreta o en una forma de vida, luego no se contraponen ese determinismo, imaginariamente razonable, con lo que llamamos libertad, y Rotpeter, salida.

Con lo que el mono-ser humano se encuentra es con el desconocimiento, con la incertidumbre relativos a las circunstancias en que elegimos y al propio ser de quien elige –uno mismo, o no tan mismo, bastante desconocido él, en cualquier caso–, que no han sido elegidas ni elegido.

Por ello, en ese paisaje de bloques sólidos de hormigón, de mamparas grises y sombreadas, e íntimos mamparos, hallar una salida es todo lo que podemos; a eso se le suele llamar libertad.

En Ecce homo, donde Nietzsche levanta su leyenda apoyado en las obras de los últimos cuatro años, nos quiere hacer creer –y el imaginario romántico le ampara– que él fue de pleno autónomo, original. — Sí, fue original, mas no de pleno. Las lecturas de Nietzsche, las influencias son inmensas, bien que esos últimos años no le apetecía ya consignarlas.

Bastaría comparar el último texto de Aurora con el primero de la última parte de La gayaciencia, escrito en 1887, seis años después. En ambos equipara la aventura del espíritu (libre) a un viaje, a un vuelo por sobre el mar; en ambos, la inmensidad el mar, la infinitud sobrecogen y agotan al aventurero. En el primero, sin embargo, el viajero no está solo, forma parte de una línea, de una cadena de investigadores, de un linaje de espíritus que se perpetúa en el futuro: «Todos los grandes maestros y precursores nuestros han acabado por detenerse, ¡también a ti y a mí nos pasará lo mismo! Pero eso, a ti y a mí, ¡qué nos importa! ¡Otras aves habrá que vuelen más lejos!» —Son los aeronautas del espíritu.

En el de 1887 todo lo que hay es un formal «nosotros», impreciso y desfigurado, sin rostro. Lo que ahí destaca es el mar abierto, «tan abierto como quizá no lo haya estado nunca» (GC 343).

En los textos del espíritu libre encontramos a un Nietzsche que no se encuentra solo frente a todo y todos, tiene su familia espiritual, de aventureros e investigadores, y, además, aunque sea crítico, en él no todo es sospecha, hay también lugar para la amistad, el amor, la bondad. El siguiente texto, de Humano, demasiado humano, no necesita comentario, impugna la imagen atrabiliaria que de Nietzsche se suele tener, pero, no obstante, es suyo:

Benevolencia. — Entre las cosas pequeñas pero infinitamente frecuentes y por tanto muy eficaces, a las que la ciencia tiene que prestar más atención que a las cosas grandes, hay que contar la benevolencia: quiero decir, esas manifestaciones de una actitud afable en los contactos humanos, esa sonrisa de los ojos, esos apretones de manos, ese agradar del que normalmente se reviste todo acto humano. Todo maestro y todo funcionario añaden este ingrediente a sus obligaciones; es un ejercicio constante de humanidad, algo así como las olas de su luz bajo las que todo crece; sobre todo en los entornos más pequeños, en el seno de la familia, la vida sólo prospera y florece gracias a esa benevolencia. La indulgencia, el cariño y la amabilidad del corazón son flujos inagotables del instinto altruista y han edificado la cultura de manera mucho más efectiva que las manifestaciones más famosas de él, que se llaman compasión, caridad y sacrificio. Pero es costumbre menospreciarlas y, en verdad, hay en ellas muy poco altruismo. No obstante, la suma de estas pequeñas dosis es imponente, y su fuerza global está entre las más fuertes. — Del mismo modo, en el mundo hay mucha más felicidad de lo que ven unos ojos melancólicos: con que se haga un cálculo correcto y no se olviden todos los momentos agradables que enriquecen el día a día de cualquier vida humana, incluso la más atormentada (Hdh 49).


***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).