Ningún ser humano es una isla, aislado en sí mismo; todos los hombres son parte de un continente, parte de la tierra firme. Si el mar arrastra consigo un montoncillo de tierra, Europa lo siente como si fuera todo un promontorio o la heredad de tu amigo o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me hace menguar porque estoy involucrado en la humanidad, de modo que no preguntes nunca por quién doblan las campanas: doblan por ti.
Tal vez aquí se encuentre el Donne más auténtico, el que no escribía para consuelo de nadie, sino para decirse a sí mismo. Quizás no guste a quienes esperan encontrar en la poesía visiones optimistas y mundos esperanzadores. El fuerte tono irónico y desencantado del autor se deja sentir en casi todos los poemas.
EL TESTAMENTO
Antes que exhale mi último suspiro déja, Amor,
que revele mi legado. Es mi voluntad legar
a Argos mis ojos, si mis ojos pueden ver.
A la Fama doy mi lengua; a embajadores, mis oídos;
a mujeres, o a la mar, mis lágrimas.
Tú, Amor, me has enseñado hasta ahora
al hacerme amar a aquella que a veinte más tenía,
que a nadie debía dar, sino a quien tenía demasiado.
Mi constancia entrego a los planetas;
mi verdad, a quienes viven en la Corte;
mi ingenuidad y franqueza
a los jesuitas; a los bufones, mi ensimismamiento;
mi silencio, a quien haya estado fuera;
mi dinero, al capuchino.
Tú, Amor, me has enseñado, al instarme a amar
allí donde amor no es recibido
a dar solo a quienes tienen incapacidad probada.
Mi fe entrego a los católicos;
mis buenas obras, todas, a los cismáticos
mi cortesía, a la universidad;
mi modestia doy al soldado raso.
Comparten los jugadores mi paciencia.
Tú, Amor, me has enseñado al hacerme amar
a aquella que dispar mi amor entiende,
Sea mi reputación para aquellos que fueron
A los escolásticos hago entrega de mis dudas;
de mi enfermedad, a los médicos, o al exceso;
a la naturaleza, todo lo que en rima he escrito;
y para mi acompañante sea mi ingenio.
Tú, Amor, cuando adorar me hiciste a aquella
que antes este amor en mí engendra,
a hacer como si diera, me enseñaste, cuando restituyo sólo.
A aquel por quien tocan las campanas,
mi libro doy de medicina; mis pergaminos
de consejos morales sean para el manicomio;
mis medallas de bronce, para quienes tienen
escasez de pan; a quienes viajan entre
todo tipo de extranjeros doy mi lengua inglesa.
Tú, Amor, al hacerme que amara a quien
considera su amistad justa porción
para jóvenes amantes, haces mis dones desproporcionados.
Así, pues, no daré más, sino que el mundo
Tu hermosura, toda, menos entonces valdrá
de lo que el oro en la mina, sin que haya quien lo extraiga
y de menos tus encantos, todos, te servirán,
de lo que puede un reloj de sol dentro de una tumba.
Tú, Amor, me has enseñado, al hacerme
amar a aquella que a ti y a mí desdeña,
a ingeniar esta manera de aniquilar a los tres.
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| Fuente: Wikipedia |









