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| Ejemplar del KM |
#unlibrounpoema
Este es un poemario que nos cuenta la historia de una transformación y del dolor que supuso en muchos de sus pasos hasta que Giovanna Cristina Vivinetto llegó a ser ella misma.
Puede leerse (y, quizás, también deba leerse) como un diario, el diario poético de una persona que nace niño y llega a ser una mujer. Por eso mismo, los poemas deben leerse, en mi opinión, de manera continua y desde el principio hasta el final, pues todo resulta más claro, más intenso y más adecuado si se lee como quien lee un relato corto.
Recojo algunos poemas más de lo acostumbrado para que pueda verse, aunque solo sea de forma muy parcial, el itinerario poético-afectivo-intelectual de la autora:
Cuando nací, mi madre
me hizo un regalo antiquísimo, el don de Tiresias, el adivino:
mudar el sexo una vez en la vida.
Desde mi primer vahído comprendió
que para mí crecer sería
un desprendimiento rebelde de la carne,
una lucha fratricida entre espíritu
y piel. Un aniquilamiento.
Así, me entregó su ropa,
sus zapatos, sus pintalabios;
y me dijo: "Toma, hijo mío,
conviértete en lo que eres
si no has podido ser lo que eres".
Me transformé en adivina, en otra Tiresias.
Practiqué el arte de la clarividencia,
me hice maga, bruja, mujer
y me rendí ante el murmullo del cuerpo:
cedí a su femenina seducción.
Fue entonces cuando mi madre
se perpetuó en mí, me hizo
hija egresada de mi tiempo,
en el que se puede vivir bien siempre
que se vague en círculos, ciegos,
si se oculta, al igual que Tiresias,
un misterio que no puede nombrarse.
**
"Transexual es una palabra horrible.
Me engañas», dices. "Así es
—respondo— y siempre ha sido así".
Apartas tus ojos de los míos,
los diriges a las manos, a la tacita
de café llena por la mitad, al pie
derecho de la mesa, al letrero del bar
donde hemos quedado tú y yo,
al coche que pasa a toda velocidad
por la calle. Estas cosas a las que te aferras
no te darán salvación alguna.
"Es solo que a simple vista —titubeas—
pareces una chica normal".
Y basta: me levanto y me tomo
el sacrosanto derecho de parecer
distinta de todas las demás.
Mientras me alejo, se insinúa
una amarga satisfacción:
ser normales —sonrío—, qué
vacías suenan estas palabras.
**
Paciente esta metamorfosis
de carne que no deja huella.
Taciturna, omnívora deconstrucción.
No bastan ya las fotos de la infancia,
los juegos bendecidos dentro del círculo.
Este tránsito conlleva la urgencia
de la madre que reclama dentro de sí
los trozos que ha juntado del hijo.
Este tránsito tiene un dolor sin nombre,
la consciencia de que no se vuelve
atrás. Si os tuviera a todas aquí,
hermanas mías, tal vez yo me perdonaría.
Una parte de mí se resignaría.
Pero cuando os veo por las calles
sois tan distintas, hermanas,
de como os había imaginado. Tan habituadas,
tan absortas en vuestro nuevo rol.
Como si antes no hubiese habido nada.
Vuestros cuerpos, hermanas, los veo
inexpugnables, compactos. Al sol
no revelan ni una mancha. Querría
tocarlos todos, estos cuerpos,
descubrir sus imperfecciones, contar
sus años uno a uno, poder decir:
"No te preocupes, yo también soy así".
Pero cuando os veo, enjauladas
en vuestras pieles de ámbar, yo me siento
la única que continúa cargando
en círculos, hermanas mías en el suplicio,
esta historia que para calmarse
busca vuestro mudo consuelo.
**
No tengo hijos que dar —no podré—.
No tengo trompas que se hinchen
ni óvulos que esparcir por el mundo.
No tengo una vulva que sostener entre
dos dedos; no tengo nada que incubar
entre los muslos de las piernas.
Pero él me roza, sigue tocándome,
registrando con los dedos este
cuerpo implosionado, absorbido todo
en su interior. Fugado sin dejar
huellas. Y él insiste en rozarme
para encontrar el punto que pueda
darle placer. Que pueda
consolarlo, hacerlo sentir hombre.
No se lo digo, pero no existe.
Y sin embargo, toda esta torpe
ilusión suya, esta imprudencia
en el proyectarse hacia el hecho cierto,
por un segundo me restituye todo
cuanto me falta, y en su milagro
esta noche me hago mujer.
Completamente.
**
La madre de esta hija venida
de improviso estaba emocionada.
Le decían que se le parecía
mucho. Así el trauma resultó más leve.
Verse en las facciones de un hijo
es una promesa de durar un poco más
en la historia. Perpetuarse en horizontal.
Hacer que el tiempo domestique al mal.
Pero, a veces, se condensaban días
en los que estaba convencida de que el hijo
aún vivía. Se levantaba de la cama,
lo buscaba en todas las habitaciones, hurgaba
entre los libros, en los armarios vaciados.
Llamaba a voces a su hijo.
Tan pronto como las nieblas del dolor
se diluían, la realidad siempre
se le desmoronaba encima. La verdad
la hería. Durante algunas horas
se abandonaba a un llanto convulso
con el rostro entre las manos. Luego,
como si el amor nunca hubiese
vacilado, la madre se aplacaba.
**
Todo se cierne sobre ti para celebrarte.
Pero lo que siento no es el ardor
de la fiesta, la risa desproporcionada
de los niños. Es la angustia compuesta
del funeral que se disuelve.
El triste alivio de una enfermedad
que se ha consumido bajo tierra, y ya no
puede herir más. Esta vida minúscula
que parecía no exigir nada
de ti, lo sabes, te debe todo.
Cuántas veces, ya desde niños,
la estupidez del crecer te renegaba.
El ansia de apañárnoslas nosotros solos.
Y ahora que he aprendido a amarte,
tú, sufrido consuelo mío, ahora tú
has decidido no estar más junto a mí.
Ahora que un gran miedo me invade.
Ahora sé que que debo caminar sola.
***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.
Moshe Dayan