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| Estela de Naram-Sin. Fuente: Wikipedia. |
Las antiguas civilizaciones en torno a los ríos Tigris y Eufrates observaron y representaron con afán el cielo. En Mesopotamia se conocían perfectamente los cinco planetas visibles a simple vista (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno), y se estudiaba el movimiento de las estrellas, la Luna y el Sol.
El calendario en Mesopotamia se dividía en meses y años, lo que respondía a una atenta observación del movimiento lunar. Conviene recordar que los cálculos en aquella época los realizaban en base a un sistema sexagesimal, no decimal.
En Mesopotamia se estableció el que tal vez sea el primer imperio de la historia: el Imperio acadio, a finales del tercer milenio antes de nuestra era. Y como todo imperio, este ya supo que convenía aludir a los cielos (los dioses) para justificar su presencia y mantenerse en el poder. Esta piedra tallada cuenta cómo Naram-Sin venció a los lullubitas. El rey es el personaje más destacado, pero debe reconocer también a las divinidades. Está representado en la estela a mayor tamaño que el resto de las figuras que aparecen y con los cuernos que simbolizaban a los dioses, los únicos objetos situados a mayor nivel son las dos estrellas a las que se dirige.
En el antiguo reino de Babilonia se encuentra el origen del zodíaco, compuesto por las constelaciones situadas a lo largo de la eclíptica, esa zona del firmamento por donde transcurren la Luna y el Sol a lo largo del año. Los griegos tomaron gran parte del zodiaco de los babilonios, pero adaptaron algunas otras constelaciones a sus propias creencias y cosmovisión.
En este otro kudurru está representado el rey Meli-Shipak I (1186-1172 a. n. e.). El rey presenta a su hija a la diosa Nannaya. La luna creciente representa al dios Sin, el sol a Shamash y la estrella a la diosa Ishtar.
Entre el 911 y el 612 a.n. e. los asirios vivieron su última gran época de esplendor bajo el llamado Imperio neoasirio. Uno de los más importantes reyes de este imperio fue Asurbanipal II. Asurbanipal se encontraba especialmente interesado en la astronomía y la astrología (recordemos que en aquella época no había distinción entre una y otra y la astronomía era más astrología que otra cosa).
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| Fuente: Wikipedia. |
En la antigua civilización egipcia también tuvo una importancia capital la observación del cielo. Conocer el movimiento de los astros se convirtió en una tarea clave para predecir las crecidas del Nilo y con ello preparar las cosechas. Pero también resultaba fundamental conocer las constelaciones y sus posiciones para la orientación de monumentos funerarios y para realizar predicciones astrológicas.
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| Fuente: elnocturnario.com |
Los egipcios creían que la bóveda celeste nocturna era Nut, una mujer arqueada sobre el mundo, que engullía el Sol cada noche para darlo a luz cada mañana. Su amante es el dios Geb, la Tierra. Entre ellos se encuentra el padre de Nut, el dios Shu, que es el aire. Se coloca entre ellos para evitar que se toquen. Esta concepción mitológica da lugar a bellas representaciones como la que decora parte del techo de la cámara de enterramiento del faraón Ramsés IV.
Además del Sol, un objeto celeste que los antiguos egipcios observaban con atención era la estrella Sirio. Esta estrella era conocida como Sopdet. Su primera aparición en el firmamento al amanecer era crucial, pues anunciaba la crecida anual del Nilo, el gran punto de inflexión en el calendario agrícola.
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| Fuente: Wikipedia |














