Y el vídeo dio pie a este texto:
La tarde se demoraba en los balcones con esa elegancia fatigada de las cosas que han aprendido a caer sin estrépito.
En el cristal de las cafeterías, los rostros flotaban un instante antes de disolverse en el reflejo de los coches, de las nubes, de alguna prisa. Hay una edad en la que uno cree que la belleza consiste en permanecer intacto; luego el tiempo, que tiene modales de jardinero distraído, empieza a podarnos con una cortesía implacable.
Los muchachos que cruzan las plazas llevan en la mirada una confianza mineral, como si el mundo hubiera sido construido esa misma mañana para recibir sus pasos. Ignoran todavía que el espejo es un animal paciente y que un día devuelve preguntas donde antes devolvía certezas. Más tarde, casi sin aviso, la hermosura deja de ser una bandera y se vuelve un idioma secreto: aparece en unas manos que saben esperar, en la forma de inclinar la cabeza para escuchar, en cierta tristeza bien doblada dentro del abrigo.
Resulta curioso observar cómo mudamos de piel con tanto entusiasmo y luego fingimos sorpresa ante la muda. Juramos no parecernos nunca a nuestros padres y acabamos heredando incluso su manera de mirar la lluvia. Defendemos convicciones con el fervor de las estatuas, hasta que los años, que son escultores aficionados al derrumbe, nos descubren llenos de grietas hospitalarias. Y aun así persistimos en comprar cremas, relojes deportivos y promesas con aroma a eternidad portátil, como si el calendario fuese una enfermedad ajena que solo atacara a los vecinos.
Tal vez por eso algunas personas envejecen de una forma luminosa: porque dejan de combatir el oleaje y aprenden la ciencia modesta de cambiar. Hay en ciertas arrugas una delicadeza de mapa antiguo, una belleza menos arrogante y más verdadera, como esas fachadas donde la pintura descascarada permite por fin ver la nobleza de la piedra.
Al final, uno comprende que nunca fue exactamente aquello que creyó ser. Éramos la versión provisional de alguien que todavía se estaba escribiendo. Y el tiempo, con su humor silencioso, nos corrige despacio: primero nos roba el rostro que admirábamos; después, con una ironía casi tierna, nos entrega otro capaz de comprender por qué era necesario perderlo.
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| Fuente: Wikipedia |










