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TENER LA LICENCIATURA O EL GRADO DE... NO ME CONVIERTE EN ESPECIALISTA
Cada vez está más extendida la mala costumbre de convertir los estudios realizados en una profesión, aunque nunca se haya ejercido como tal. Parece que haber pasado por una facultad es suficiente para adquirir una nueva profesión. Quien ha estudiado Filología se presenta como filólogo; quien cursó Matemáticas, como matemático; quien hizo Historia, como historiador. Y así, poco a poco, el currículo académico va sustituyendo a la profesión real.
Si alguien estudió Medicina, pero nunca ejerció como médico, difícilmente se presentaría como tal sin provocar, cuando menos, cierta perplejidad. Con otras disciplinas, en cambio, parece que existe una generosa barra libre de titulaciones personales. Haber estudiado Biología puede convertir a cualquiera en biólogo; haber cursado Filosofía, en filósofo; unos años de Historia del Arte bastan para que aparezca un historiador del arte en una conversación. Como si matricularse en una carrera llevara incorporado un nombramiento vitalicio.
Estudiar una disciplina y ejercer una profesión son cosas diferentes. Ejemplos famosos hay muchos. Bernardo Atxaga es un licenciado en Economía, pero por fortuna para muchos es escritor, no economista. Natalie Portman no es psicóloga por haberse licenciado en la prestigiosa universidad de Harvard, es una estupenda actriz. Dexter Holland, doctor en Biología Molecular, tampoco es biólogo, es cantante y empresario. Cindy Crawford no es ingeniera química, es, o ha sido, modelo. Elsa Pataky no es periodista, es actriz. El Gran Wyoming no es médico, es presentador.
Acaso detrás de esta mala costumbre haya una necesidad contemporánea de definirnos mediante etiquetas. No basta con decir qué hacemos. Parece necesario decir qué somos. Y las titulaciones universitarias proporcionan etiquetas especialmente atractivas porque poseen un cierto prestigio cultural. No importa demasiado que uno lleve veinte años dedicándose a otra cosa. Haber estudiado una determinada disciplina queda ahí, disponible para ser desempolvada cuando convenga.
Y existe, cómo no, una cierta vanidad en esta apropiación de los nombres. Decir "estudié Filología" informa. Decir "soy filólogo" añade una pequeña dosis de autoridad intelectual. La diferencia entre ambas frases puede parecer insignificante, pero no lo es. Una describe un hecho biográfico; la otra reclama una identidad profesional o intelectual.
Convendría evitar la confusión entre haber estudiado algo, saber algo y dedicarse profesionalmente a algo. Son tres realidades relacionadas, pero claramente diferentes. Una carrera universitaria puede abrir una puerta, proporcionar herramientas y hasta cambiar nuestra manera de entender y mirar el mundo. Pero no debería convertir automáticamente el nombre de una asignatura en nuestro apellido profesional.
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| Fuente: Wikipedia |














