Se cierra aquí la exposición de Jaime Aspiunza sobre:
Concepción (mía) de la filosofía
Cómo salir del mito:
1. Hay que aceptar que tenemos un entender preconceptual en el que se
apoya el uso de los conceptos que se predican de las cosas.
2. Ese entender es el de un ser humano que trata con las cosas y, por
tanto, se ocupa de entenderlas, de hallar su sentido partiendo de
objetivos, necesidades, propósitos y deseos, en parte impuestos por
la realidad, en parte revelados en nuestro hacer, en nuestra lucha.
3. Ahora bien, el lugar originario e insoslayable de este dar-sentido
preconceptual está en nuestro trato corpóreo con el mundo; es
decir, en nuestro cuerpo vivo, en acción, que se encuentra con una
presencia ineludible de sentido, por confuso o erróneo que pueda
ser.
4. Tenemos –eso sí– la capacidad de salir de ese modo original
de inserción en el mundo, y aprender a ver las cosas de manera
desinteresada, en términos universales, lo más objetivamente
posible, que diríamos. Ahora bien, este modo es derivado, el otro es
previo y general. — Tanto el cuerpo como su implicación con el
mundo nos imponen una dependencia que es ¡genérica, del
género humano –y genética–, no conceptual! (Sea
dicho esto contra quienes creen que vivimos encerrados en una cárcel
de lenguaje sin salidas.)
Vayamos, por último, al asunto de la verdad, directamente
relacionado con la cuestión del subjetivismo y, por otro lado, una
de las cuestiones, o, mejor, la cuestión por antonomasia de la
filosofía.
Cuando digo «la verdad», no me estoy refiriendo a ninguna verdad
única, y para colmo, mistérica, que gobernara y enderezara nuestro
mundo. — Me estoy refiriendo a la noción de «verdad».
Hubo tiempos en que las verdades se creían eternas. Hoy se habla más
bien de descubrimiento o de creación de la verdad; suelen ser por
ello más históricas que otra cosa. Los griegos empleaban «la
verdad» en forma verbal; tenían un verbo que significaba «hacer o
producir la verdad». Nosotros no tenemos más que un sustantivo,
aunque lo empleemos como un adjetivo: a lo que es verdadero le
decimos «verdad».
Pues bien, lo primero que debe decirse al respecto es que la verdad
es el presupuesto fundamental del ser humano: hay verdad en tanto
que hay existencia humana.
Cuando unas palabras nos dicen algo verdadero nos llevan directamente
a la realidad: nos la muestran, nos la dan a ver. Este es un fenómeno
en todo momento observable: las palabras verdaderas nos descubren
la realidad.
Se vislumbran ahí dos niveles de verdad: las palabras verdaderas y
la realidad descubierta. Por eso, tradicionalmente se entendía que
la verdad estaba en la correspondencia entre lenguaje y realidad. —
Ahora bien, esa verdad dicha, de las palabras, verbalizada no es más
que una forma derivada de la verdad, puesto que antes de la
verbalización está el descubrimiento.
Así, Heidegger insistirá en que la verdad es la capacidad de
descubrimiento del ser humano. La verdad es la realidad descubierta
de un modo determinado, desde una perspectiva concreta. — Repito,
desde la perspectiva no-dualista del ser-de-mundo, el ser humano
descubriendo y la realidad descubierta son, en principio, uno y lo
mismo.
Estar-en-el-mundo –lo veíamos– es estar descubriéndolo (y
encubriéndolo), pues la percepción nos aporta verdad y no-verdad.
Más allá (o más acá) de la verdad simplemente lingüística, en
el ámbito de la percepción y la acción, esto es, en la existencia
conviene resaltar un par de rasgos:
a) el carácter activo de la verdad: descubrir el mundo es
un proceso, una actividad, un esfuerzo y una lucha; Heidegger hablará
de «producir y cuidar la verdad», ya que las verdades también
pueden ir mistificándose.
b) hay modos bien diversos de la verdad: desde la ciencia,
donde queda más a las claras lo que pueda ser verdad, y que se suele
tomar como modelo y criterio, hasta las verdades de la existencia
personal: ¿qué es lo que yo necesito ahora, en este momento de mi
vida?, cosa que solo yo puedo saber. Entre medio, las verdades de la
medicina, de la psicología, del gusto, de la literatura, del arte…,
que ¡no son verdades fácticas!
En definitiva:
1) Verdad es lo que nos permite entender mejor el mundo. — Así,
por poner un ejemplo, sabemos que la realidad tridimensional no puede
transponerse directamente a las dos dimensiones del cuadro, de la
pintura; y sabemos que se han utilizado a lo largo de la historia
diversos artificios para lograrlo –la perspectiva renacentista, la
mirada impresionista o la pintura «objetiva» de Cézanne–; dichos
artificios son maneras de reproducir la realidad en la pintura: nos
ayudan a ver la realidad aunque obviamente no son copias de ella. Al
pasar de uno al siguiente, salimos de un marco de referencia previo o
establecido, y entramos en una «nueva verdad», que, naturalmente,
siempre será parcial, perspectivista.
2) La percepción de ese fondo que hace posible que tratemos con
cualquier cosa es sin palabras, capta la verdad antes de
ponerle palabras.
3) La certeza, que desde Descartes pasa por ser un criterio de la
verdad, tiene poco que ver con ella; la certeza psicológica, la
convicción personal no tienen nada que ver con la verdad. —
Podemos –y solemos– estar absolutamente convencidos de cosas por
las que pondríamos «la mano en el fuego», y al instante siguiente,
tras prueba en contrario, la convicción y la certeza se han
desinflado, desvanecido de modo tan convincente que parecen no haber
tenido jamás lugar.
4) El tópico «cada uno tiene su verdad» vale, por lo tanto, como
mucho, en las verdades relativas a la propia existencia. Se suele
aplicar, sin embargo, a los juicios psicológicos, morales, estéticos
o políticos, en cuyo caso muchas veces significa simplemente
«opinión»: «cada uno tiene su propia opinión», no su
verdad.
En ocasiones sirve solamente para evitar escuchar, tener que pensar,
cambiar de ideas, decepcionarse uno mismo. Esgrimen la «verdad»
como un aparato de fuerza.
5) Pensemos en el caso, habitual, de dos opiniones diferentes y aun
contrarias acerca de una persona: una positiva, la otra negativa:
caso que se suele solventar con el dictamen de «¡es tan subjetiva
la opinión acerca de las personas!». — Y, sin embargo, puede que
se trate, no de dos opiniones poco fundadas, sino de dos verdades
sostenibles a un tiempo, aunque parezcan contradecirse.
Si atendemos al proceso completo de descubrimiento de dichas
verdades, es probable que salga a la luz que en uno de los casos
efectivamente la persona juzgada se ganó una calificación positiva,
mientras que en el otro el juicio con que se la descalifica también
fue justamente obtenido. Es decir, alguien puede ser agradable en una
situación, y desagradable en otra, con todos los grados intermedios
posibles. — De ahí el que dos juicios contrarios puedan ser
perfectamente verdaderos, sin que «la verdad» sea algo radicalmente
subjetivo. — ¡Y qué diferente es creer que todo es cosa nuestra,
de nuestro caprichoso gusto, o descubrir que una persona puede ser,
según el caso, así o asá!
6) La verdad, ahora, implica el proceso completo de
desencubrimiento, no solo su resultado final puesto en palabras.
Dicho de otra manera, es perspectivista: desde un punto de
vista determinado en una situación determinada.
La expresión lingüística de una verdad es siempre un resumen
que obvia elementos del contexto. No hay que olvidar, por tanto, esa
situación sin palabras, existencial, puesto que es esa la que
la verdad lingüística quiere transmitir.
En definitiva, y a modo de recordatorio práctico: el lenguaje es
siempre contextual; si queremos que nos digan aquello a lo que
apuntan, a las palabras concretas que oímos hay que buscarles
siempre su contexto. — Salvo en los horarios y en las recetas de
repostería, no debería aplicarse la literalidad en nuestras vidas.
Mata.
Jaime Aspiunza, San
Sebastián, 27 de enero de 2026
***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.
Moshe Dayan
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