viernes, 10 de abril de 2026

ALBACETE SÍ TIENE MUCHO QUE MOSTRAR


—¿Albacete? Si Albacete no tiene nada —me dicen algunos amigos— Ya sabes el refrán: Albacete, caga y vete

Y el tópico se extiende hasta que todos llegamos a pensar que Albacete no tiene absolutamente nada que mostrar. Somos así, nos dejamos llevar y preferimos la comodidad de seguir la corriente. La pereza mental hace estragos.

Para verificar la afirmación que hago en el título simplemente podéis acudir a la página de turismo de la ciudad y dar un paseo visual por los vídeos que allí encontraréis, o ir al programa Un país mágico y visitar algunos de los iconos de la ciudad de la mano del ilusionista Miguel Lucas

Yo no voy a detenerme en el único recinto ferial permanente del mundo, ni en el fascinante teatro-circo más antiguo que existe, ni en la estupenda galería modernista, ni en su excelente jardín botánico, ni en sus encantadores museos, ni en la moderna y originalísima Biblioteca Depósito del Sol, ni en sus abundantes edificios modernistas, ni en la plaza del Altozano y su refugio antiaéreo..., voy a pararme en un único elemento que por su singularidad él solo merece una visita a la ciudad. Se trata de las pinturas que cubren las paredes del interior de la catedral, las conocidas como El lienzo de don Casimiro.

Y eso es lo primero que destaca nada más acceder al interior, que toda ella está recubierta de pinturas, pero no son frescos, como fácilmente podría suponerse en una primera impresión, son óleos, son lienzos que han sido adheridos a la pared. De esa magna y singular obra se encargó Casimiro Escribá durante los cuatro años que van de 1958 a 1962, ambos incluidos. 

Él era un cura valenciano que en aquella época ejercía como presbítero en Ayora. El obispo de Albacete sabía de sus dotes artísticas y le encargó el trabajo. No se amedrentó el sacerdote ante semejante tarea y el resultado es un conjunto de óleos que casi suman 1000 m2 de extensión. Recorrer todos los detalles resulta fascinante pues la inmensa pintura está llena de detalles, muchos de ellos alusivos a la época en que Escribá pintaba. 

Merece la pena visitarla con guía para sacar partido a lo que se ve o, si no, hacerse con algún texto explicativo. Algunas imágenes:








Este vídeo-conferencia de Marcelo Galiano Monedero (lógicamente falta la parte central del documental para preservar derechos) os puede ofrecer una idea más interesante y terminar de convenceros sobre el indudable interés que ofrece esta magna e insólita obra:


***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

jueves, 9 de abril de 2026

TOMELLOSO, ARQUEOLOGÍA INDUSTRIAL

Uno de los elementos más llamativos de Tomelloso es que, según vas andando por la calle (en la oficina de información tienen planos), te encuentras con una esbelta chimenea de ladrillo. 

Sabido es que la zona posee aproximadamente  la mitad de la superficie de viñedos de toda España. Medio millón de hectáreas dedicadas al cultivo de la vid y es la principal productora mundial de alcohol de origen vínico. Esta actividad es la responsable de la existencia de las famosas chimeneas de Tomelloso.

Estas construcciones de ladrillo servían para dar salida al humo de las grandes calderas, encargadas de proporcionar la temperatura adecuada para el funcionamiento del serpentín de destilación de las antiguas alcoholeras.

Además de la función práctica, tienen también un sentido estético. El juego de formas y colores que consiguen con los ladrillos puede resultar muy atractivo. En este sentido, las más altas se encargaban a maestros constructores especializados, pues servían de iconos emblemáticos de la destilería.



Aunque fue a mediados del siglo XVIII cuando se empezó a introducir la vid entre los cultivos de Tomelloso, la época de mayor apogeo ocurrió durante el último cuarto del siglo XIX y primera mitad del XX , en que se convirtió prácticamente en un monocultivo. Es más, sobre 1950 llegó a haber en la localidad más de 100 destilerías. Actualmente se conservan 19 grandes (de más de 20 metros) y 17 pequeñas (menos de 20 metros).

Se pueden visitar (incluso de noche al estar iluminadas) la de la calle Domecq, la del Parque Urbano Martínez, la del barrio de la Chimenea o la de la calle Julián Besteiro, entre otras.





 Y si queréis descubrir más elementos atractivos de esta pequeña ciudad manchega, el recorrido virtual que ofrece la página del ayuntamiento seguro que os resulta divertido.  


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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

miércoles, 8 de abril de 2026

EL EXTRANJERO, Pedro Antonio de Alarcón

En librerías
#poemasenpiedepaz

Gracias, Lupe. Y feliz día.


Incluyo en esta serie dedicada a la poesía el cuento que Pedro Antonio de Alarcón escribió cuando contaba 21 años porque está animado del mismo impulso pacifista y antibélico de la serie Poemas en pie de paz, porque Alarcón es hoy un autor prácticamente olvidado que merece ser rescatado y porque el tema es absolutamente innovador para la época, mediados del siglo XIX. 




El extranjero



- I -

No consiste la fuerza en echar por tierra al enemigo, sino en domar la propia cólera, dice una máxima oriental.

No abuses de la victoria, añade un libro de nuestra religión.

Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra; y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia, aconsejó, en fin, don Quijote a Sancho Panza.

Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo también a un espíritu de equidad, nosotros, que nos complacemos frecuentemente en referir y celebrar los actos heroicos de los españoles durante la Guerra de la Independencia, y en condenar y maldecir la perfidia y crueldad de los invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar en el corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos sublime y profundamente cristiano: el amor a nuestro prójimo; sentimiento que, si por congénita desventura de la humana especie, ha de transigir con la dura ley de la guerra, puede y debe resplandecer cuando el enemigo está humillado.

El hecho fue el siguiente, según me lo han contado personas dignas de entera fe que intervinieron en él muy de cerca y que todavía andan por el mundo. Oíd sus palabras textuales:

- II -

—Buenos días, abuelo... 
dije yo.

Dios guarde a usted, señorito... dijo él.

¡Muy solo va usted por estos caminos!...

Sí, señor. Vengo de las minas de Linares, donde he estado trabajando algunos meses, y voy a Gádor a ver a mi familia. ¿Usted irá...?

Voy a Almería..., y me he adelantado un poco a la galera porque me gusta disfrutar de estas hermosas mañanas de abril. Pero si no me engaño, usted rezaba cuando yo llegué... Puede usted continuar. Yo seguiré leyendo entretanto, supuesto que el escaso andar de esa infame galera le permite a uno estudiar en mitad de los caminos...

¡Vamos! Ese libro es alguna historia... Y ¿quién le ha dicho a usted que yo rezaba?

¡Toma! ¡Yo, que le he visto a usted quitarse el sombrero y santiguarse!

Pues, ¡qué demonio!, hombre... ¿Por qué he de negarlo? Rezando iba... ¡Cada uno tiene sus cuentas con Dios!

Es mucha verdad.

¿Piensa usted andar largo?

¿Yo? Hasta la venta...

En este caso, eche usted por esa vereda y cortaremos camino.

Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa. Bajemos a ella.

Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí a un pintoresco barranco.

Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como la inclinación de las montañas, indicaban ya la proximidad del Mediterráneo.

Anduvimos en silencio unos minutos, hasta que el minero se paró de pronto.

¡Cabales! exclamó.

Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.

Estábamos bajo unas higueras cubiertas ya de hojas, y a la orilla de un hermoso torrente.

¡A ver, abuelito!... dije, sentándome sobre la hierba. Cuénteme usted lo que ha pasado aquí.

¡Cómo! ¿Usted sabe? replicó él, estremeciéndose.

Yo no sé más... añadí con suma calma, sino que aquí ha muerto un hombre...; ¡y de mala muerte, por más señas!

¡No se equivoca usted, señorito; no se equivoca usted! Pero ¿quién le ha dicho...?

Me lo dicen sus oraciones de usted.

¡Es mucha verdad! Por eso rezaba.

Miré tenazmente la fisonomía del minero, y comprendí que había sido siempre hombre honrado. Casi lloraba, y su rezo era tranquilo y dulce.

Siéntese usted aquí, amigo mío... le dije, alargándole un cigarro de papel.

Pues verá usted, señorito... Vaya, ¡muchas gracias! ¡Delgadillo es!...

Reúna usted dos y resultará uno bastante grueso añadí, dándole otro cigarro.

¡Dios se lo pague a usted! Pues, señor... dijo el viejo, sentándose a mi lado; hace cuarenta y cinco años que, una mañana muy parecida a esta, pasaba yo casi a esta hora por este mismo sitio...

¡Cuarenta y cinco años! medité yo.

Y la melancolía del tiempo cayó sobre mi alma. ¿Dónde estaban las flores de aquellas cuarenta y cinco primaveras? ¡Sobre la frente del anciano blanqueaba la nieve de setenta inviernos!

Viendo él que yo no decía nada, echó unas yescas, encendió el cigarro y continuó de este modo:

¡Flojillo es! Pues señor, el día que le digo a usted, venía yo de Gérgal con una carga de barrilla y al llegar al punto en que hemos dejado el camino para tomar esta vereda, me encontré con dos soldados españoles que llevaban prisionero a un polaco. En aquel entonces era cuando estaban aquí los primeros franceses, no los del año 23, sino los otros...

¡Ya comprendo! Usted habla de la guerra de la independencia.

¡Hombre! ¡Pues entonces no había usted nacido!

¡Ya lo creo!

¡Ah, sí! Estará apuntado en ese libro que venía usted leyendo. Pero ¡ca! ¡lo mejor de estas guerras no lo rezan los libros! ¡Ahí ponen lo que más acomoda..., y la gente se lo cree a puño cerrado! ¡Ya se ve! ¡Es necesario tener tres duros y medio de vida, como yo los tendré en el mes de San Juan, para saber más de cuatro cosas! En fin, el polaco aquel servía a las órdenes de Napoleón... del bribonazo que murió ya... Porque ahora dice el señor cura que hay otro... Pero yo creo que ese no vendrá por estas tierras... ¿Qué le parece a usted, señorito?

¿Qué quiere usted que yo le diga?

¡Es verdad! Su merced no habrá estudiado todavía de estas cosas... ¡Oh! El señor cura, que es un sujeto muy instruido, sabe cuándo se acabarán los mamelucos de Oriente y vendrán a Gádor los rusos y moscovitas a quitar la Constitución... Pero ¡entonces ya me habré yo muerto!... Con que vuelvo a la historia de mi polaco. El pobre hombre se había quedado enfermo en Fiñana, mientras que sus compañeros fugitivos se replegaban hacia Almería. Tenía calenturas, según supe más tarde... Una vieja lo cuidaba por caridad, sin reparar que era un enemigo... ¡Muchos años de gloria llevará ya la viejecita por aquella buena acción!, y, a pesar de que aquello la comprometía, guardábalo escondido en su cueva, cerca de la Alcazaba...

Allí fue donde, la noche antes, dos soldados españoles que iban a reunirse a su batallón y que por casualidad entraron a encender un cigarro en el candil de aquella solitaria vivienda, descubrieron al pobre polaco, el cual, echado en un rincón, profería palabras de su idioma en el delirio de la calentura.

-¡Presentémoslo a nuestro jefe! 
se dijeron los españoles. Este bribón será fusilado mañana y nosotros alcanzaremos un empleo.

Iwa, que así se llamaba el polaco, según luego me contó luego la viejecita, llevaba ya seis meses de tercianas, y estaba muy débil, muy delgado, casi hético.

La buena mujer lloró y suplicó, protestando que el extranjero no podía ponerse en camino sin caer muerto a la media hora...

Pero solo consiguió ser apaleada por su falta de «patriotismo». ¡Todavía no se me ha olvidado esta palabra, que antes no había oído pronunciar nunca!

En cuanto al polaco, figúrese usted cómo miraría aquel lance. Estaba postrado por la fiebre, y algunas palabras sueltas que salían de sus labios, medio polacas, medio españolas, hacían reír a los dos militares.

¡Cállate, didón, perro, gabacho! le decían.

Y a fuerza de golpes lo sacaron del lecho.

Para no cansar a usted, señorito: en aquella disposición, medio desnudo, hambriento..., bamboleándose, muriéndose..., ¡anduvo el infeliz cinco leguas!...

¡Cinco leguas, señor!... ¿Sabe usted los pasos que tienen cinco leguas? Pues es desde Fiñana hasta aquí... ¡Y a pie!... ¡descalzo!...

¡Piénselo usted!... ¡Un hombre fino, un joven hermoso y blanco como una mujer, un enfermo, después de seis meses de tercianas!... ¡y con la terciana en aquel momento mismo!...

¿Cómo pudo resistir?

¡Ah! ¡No resistió!...

Pero ¿cómo anduvo cinco leguas?

¡Toma! ¡A fuerza de bayonetazos!

Prosiga usted, abuelo... Prosiga usted.

Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre, para ahorrarme terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino. Detúveme, pues, aquí mismo, a fin de observar el remate de aquel horror, mientras fingía picar un cigarro negro de los de entonces…

Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar... Venía con la cabeza descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos rosetas encarnadas en lo alto de las mejillas y con los ojos llameantes, pero caídos...; ¡hecho, en fin, un Cristo en la calle de la Amargura!...

¡Mí querer morir! ¡Matar a mí, por Dios! balbuceaba el extranjero con las manos cruzadas.

Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban franchute, didón y otras cosas.

Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo al suelo.

Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a Dios.

Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse de nuevo.

Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y morir...

Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo que, como he dicho, estaba cargado de barrilla.

¡Eh, camarada! me dijeron, apuntándome con los fusiles. ¡Suba usted ese mulo!

Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero.

¿Dónde va usted? me preguntaron cuando hube subido.

Voy a Almería les respondí. ¡Y eso que ustedes están haciendo es una inhumanidad!

¡Fuera sermones! gritó uno de los verdugos.

¡Un arriero afrancesado! dijo el otro.

¡Charla mucho..., y verás lo que te sucede!

La culata de un fusil cayó sobre mi pecho...

¡Era la primera vez que me pegaba un hombre, fuera de mi padre!

¡No irritar! ¡No incomodar! exclamó el polaco, asiéndose a mis pies, pues había caído de nuevo en tierra.

¡Descarga la barrilla! me dijeron los soldados.

¿Para qué?

Para montar en el mulo a este judío.

Eso es otra cosa... Lo haré con mucho gusto.

Dije, y me puse a descargar.

¡No!... ¡No!... ¡No!... exclamó Iwa. ¡Tú dejar que me maten!

¡Yo no quiero que te maten, desgraciado! exclamé, estrechando las ardientes manos del joven.

¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí, por Dios!...

¿Quieres que yo te mate?

¡Sí..., sí..., hombre bueno! ¡Sufrir mucho!

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Volvime a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera conmovido a una piedra:

¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro español, que ama tanto como el que más a nuestra patria, es quien os suplica... ¡Dejadme solo con este hombre!

¡No digo que es afrancesado! exclamó uno de ellos.

¡Arriero del diablo! dijo el otro: ¡cuidado con lo que dices! ¡Mira que te rompo la crisma!

¡Militar de los demonios! contesté con la misma fuerza: Yo no temo a la muerte. ¡Sois dos infames sin corazón! ¡Sois dos hombres fuertes y armados contra un moribundo inerme!... ¡Sois unos cobardes! Dadme uno de esos fusiles, y pelearé con vosotros hasta mataros o morir...; pero dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse. ¡Ay! -continué, viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba-: si, como yo, tuvieseis hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán en la tierra de este infeliz, en la misma situación que él, solos, moribundos, lejos de sus padres; si reflexionarais en que este polaco no sabe siquiera lo que hace en España; en que será un quinto robado a su familia para servir a la ambición de un rey... ¡qué diablo!, vosotros le perdonaréis... ¡Sí; porque vosotros sois hombres antes que españoles, y este polaco es un hombre, un hermano vuestro! ¿Qué ganará España con la muerte de un tercianario? ¡Batíos hasta morir con todos los granaderos de Napoleón; pero que sea en el campo de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido; sed cristianos, no seáis verdugos!

¡Basta de letanías! dijo el que siempre había llevado la iniciativa de la crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza de bayonetazos, el que quería comprar un empleo al precio de su cadáver.

Compañero, ¿qué hacemos? preguntó el otro, medio conmovido con mis palabras.

¡Es muy sencillo! repuso el primero. ¡Mira!

Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus movimientos, descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.

Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.

Aquella mirada me prometió el Cielo, donde acaso estaba ya el mártir.

En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas de los fusiles.

El que había matado al extranjero le cortó una oreja, que guardó en el bolsillo.

¡Era la credencial del empleo que deseaba!

Después desnudó a Iwa, y le robó... hasta cierto medallón (con un retrato de mujer o de santa) que llevaba al cuello.

Entonces, se alejaron hacia Almería.

Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde está usted sentado..., y me volví a Gérgal, porque conocí que estaba malo.

Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad, que me puso a las puertas de la muerte.

Y ¿no volvió usted a ver a aquellos soldados? ¿No sabe usted cómo se llamaban?

No, señor; pero por las señas que me dio más tarde la viejecita que cuidó al polaco, supe que uno de los dos españoles tenía el apodo de Risas, y que aquel era justamente el que había matado y robado al pobre extranjero...

En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al camino; nos apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos el uno del otro. -¡Habíamos llorado juntos!

- III -

Tres noches después tomábamos café varios amigos en el precioso casino de Almería.

Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos viejos, militares retirados, comandante el uno y coronel el otro, según dijo alguno que los conocía.

A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan alto como suelen los que han mandado mucho.

De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del coronel:

El pobre Risas...

¡Risas! exclamé para mí.

Y me puse a escuchar de intento.

El pobre Risas... decía el coronel fue hecho prisionero por los franceses cuando tomaron a Málaga, y, de depósito en depósito, fue a parar nada menos que a Suecia, donde yo estaba también cautivo, como todos los que no pudimos escaparnos con el marqués de la Romana. Allí lo conocí, porque intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda mi carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia, formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles que estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a Risas. Entonces me enteré de que tenía un miedo cerval a los polacos, o un terror supersticioso a Polonia, pues no hacía más que preguntarnos a Juan y a mí «si tendríamos que pasar por aquella tierra para ir a Rusia», estremeciéndose a la idea de que tal llegase a acontecer. Indudablemente, a aquel hombre, cuya cabeza no estaba muy firme por lo mucho que había abusado de las bebidas espirituosas, pero que en lo demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había ocurrido algo grave con algún polaco, ora en la guerra de España, ora en su larga peregrinación por otras naciones. Llegados a Varsovia, donde nos detuvimos algunos días, Risas se puso gravemente enfermo, de fiebre cerebral, por resultas del terror pánico que le había acometido desde que entramos en tierra polonesa; y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que conseguí de mis jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo, sin perjuicio de que, resuelta aquella crisis de un modo o de otro, saliese luego en mi busca con algún convoy de equipajes y víveres, de los muchos que seguirían a la nube de gente en que mi regimiento figuraba a vanguardia. ¡Cuál fue, pues, mi sorpresa cuando el mismo día que nos pusimos en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar, se me presentó mi antiguo asistente, lleno de terror, y me dijo lo que acababa de suceder con el pobre Risas! ¡Dígole a usted que el caso es de lo más singular y estupendo que haya ocurrido nunca! Oígame y verá si hay motivo para que yo no haya olvidado esta historia en cuarenta y dos años. Juan había buscado un buen alojamiento para cuidar a Risas, en casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que desde que llegamos a Varsovia los españoles no había dejado de preguntarnos a varios, por medio de intérpretes franceses, si sabíamos algo de un hijo suyo llamado Iwa, que vino a la guerra de España en 1808, y de quien hacía tres años no tenía noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás familias que se hallaban en idéntico caso. Como Juan era tan zalamero, halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y de aquí el que, en recompensa, ella se brindara a cuidar a Risas al verlo caer en su presencia atacado de la fiebre cerebral... Llegados a casa de la buena mujer, y estando esta ayudando a desnudar al enfermo, Juan la vio palidecer de pronto y apoderarse convulsivamente de cierto medallón de plata, con una efigie o retrato en miniatura, que Risas llevaba siempre al pecho, bajo la ropa, a modo de talismán o conjuro contra los polacos, por creer que representaba a una Virgen o Santa de aquel país. -¡Iwa! ¡Iwa! -gritó después la viuda de un modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía, aletargado como estaba por la fiebre-. En esto acudieron las hijas, y, enteradas del caso, cogieron el medallón, lo pusieron al lado del rostro de su madre, llamando por medio de señas la atención de Juan para que viese, como vio, que la tal efigie no era más que el retrato de aquella mujer y, encarándose entonces con él, visto que su compatriota no podía responderles, comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras ininteligibles, bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente la más siniestra furia. Juan se encogió de hombros, dando a entender por señas que él no sabía nada de la procedencia de aquel retrato, ni conocía a Risas más que de muy poco tiempo... El noble semblante de mi honradísimo asistente debió de probar a aquellas cuatro leonas encolerizadas que el pobre no era culpable... ¡Además, él no llevaba el medallón! Pero el otro... ¡al otro, al pobre Risas, lo mataron a golpes y lo hicieron pedazos con las uñas! Es cuanto sé con relación a este drama, pues nunca he podido averiguar por qué tenía Risas aquel retrato.

Permítame usted que se lo cuente yo... dije, sin poder contenerme.

Y acercándome a la mesa del coronel y del comandante, después de ser presentado a ellos por mis amigos, les referí a todos la espantosa narración del minero.

Luego que concluí, el comandante, hombre de más de setenta años, exclamó con la fe sencilla del militar antiguo, con el arranque de un buen español y con toda la autoridad de sus canas:

¡Vive Dios, señores, que en todo eso hay algo más que una casualidad!

Almería, 1854.


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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 7 de abril de 2026

EL MAGNÍFICO MUSEO ANTONIO LÓPEZ

Museo Antonio López Torres

Tal vez os preguntéis a qué me refiero con el adjetivo utilizado de manera ambigua, ¿al edificio o al contenido que alberga? 

Vivimos en una época proclive a la hipérbole en la que los medios de comunicación tienden más a la publicidad que a la objetividad. 

Tomelloso no es Nueva York, ni Londres, ni París, ni Madrid. No voy a decir aquí que el magnífico museo que posee desde 1986 sea comparable a los ilustres museos que podemos disfrutar en las capitales citadas y en otras muchas de nuestro viejo continente. 

Tomelloso es una pequeña localidad manchega que tiene poco más de 13000 habitantes y a la que hace tiempo dejaron sin ferrocarril, pero tiene un magnífico museo diseñado por los arquitectos Fernando Higueras y José Manuel Benito, que, como edificio, es envidiable. Una joyita arquitectónica que se aprecia en todo lo que vale una vez que estamos dentro. 

Tomelloso tampoco ha sido sede de ninguna casa real, ni ha tenido grandes empresarios forrados de dinero que hayan gastado sus riquezas adquiriendo arte aconsejados por pasantes avispados. Pero ha tenido un más que apreciable artista que donó su obra al ayuntamiento para que este la cuidara y la acogiera en un museo. Y este es el resultado. 



 En el título hay otra ambigüedad voluntaria más. Antonio López sí es Antonio López, pero no el sobrino que seguramente todo el mundo conoce, si no el tío del famoso Antonio López. 

Antonio López... Torres nació en Tomelloso en 1902 y enseguida demostró el talento que tenía para el dibujo, como se puede apreciar en este Los pescadores. Tenía 13 años:

Y, afortunadamente para nosotros, siguió dibujando y estudió para mejorar técnicas y la facilidad con que la naturaleza le había dotado:  







Y por allí pasó un día un poeta al que admiro. Y vio el museo. Y le gustó lo que vio. Y dejó prueba de ello en un poema que tiene como origen este óleo, La cueva, uno de los primeros trabajos del pintor, cuando todavía no había cumplido los 21 años. Con esta tela quiso dejar constancia de una de las construcciones más típicas de la localidad, las cuevas, es decir, las bodegas que recorren todo el subsuelo de Tomelloso:



Es una foto de un cartel que encontré pegado en una farola. Al poema le falta la primera estrofa (podéis leerla aquí). Pero lo entrañable, lo magnífico, lo verdaderamente reseñable es la conexión entre Felix Grande y Antonio López y que la ciudad rinda homenaje a ambos con un humilde cartel colocado sobre una farola. 

El museo no solamente acoge la obra de Antonio López Torres. De hecho, su sobrino, el famoso A. L. nos recibe desde la acera, delante de la entrada, con estas dos cabezas infantiles:


Y en tanto que la primera sala del piso superior acoge la obra del titular del museo, la segunda está dedicada a exposiciones temporales. Cuando yo pasé por allí se encontraba la del I Certamen Inclusivo AFAS. Hermosa exposición en la que tomaban parte tanto profesionales de la pintura como personas con alguna discapacidad intelectual. Ver las obras distribuidas por el mismo espacio sin ningún tipo de separación o acotación, también me pareció un gesto hermoso.










Tomelloso, ya véis, disfruta de un magnífico museo.

 
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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

lunes, 6 de abril de 2026

LA UBÉRRIMA BELLEZA DEL AGUA (Tablas de Daimiel)













El agua es vida y las Tablas de Daimiel lo saben. Las lluvias de este invierno han revitalizado y hermoseado este paraíso natural del que se disfruta sin mirar el reloj. Es la vida fluyendo a su ritmo.

Estuve hace muchos años durante la misma época del año y causaba tristeza pasear entre las exiguas láminas de agua y la escasísima vida animal. Hace unos días, en cambio, la vida se manifestaba en todas sus formas. 

Grato, incluso, resultaba intentar obtener imágenes generales sin que apareciera gente en ellas. La vez anterior prácticamente no había nadie. La vida nos llama y acudimos corriendo a contemplar su belleza.  


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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).