Retomamos hoy la tercera entrega de la estimulante aproximación a la filosofía, cuya anterior enrtrega se produjo el 6 de enero:
Concepción
(mía) de la filosofía
Tras haber visto el mito dualista de la antigüedad, que pervive aún
entre nosotros, vamos ahora a ver el mito dualista moderno: el
mito del sujeto y el objeto, o el del afuera –el mundo exterior de
los objetos– y el adentro –o mundo interior, que es el del
sujeto–.
Este dualismo se encuadra en la concepción moderna del conocimiento,
de tal manera que van de la mano. El conocimiento se entenderá en la
modernidad, de resultas de las ideas al respecto de Descartes y Locke
(por citar solo las figuras más señeras), en cuanto captación de
la realidad exterior por medio de las representaciones, esto es, las
ideas, del sujeto.
Los presupuestos imaginados de tal caracterización, de índole
topológica, son los siguientes: a) los seres humanos estamos dentro
de nosotros, sin llegar a penetrar en la realidad; b) convertimos esa
realidad en sentimientos e ideas subjetivos, incluso particulares en
su versión más solipsista; c) en el mejor de los casos, hay algo de
conocimiento objetivo, que sería el de la ciencia; d) en el peor, la
verdad, en cuanto fruto del conocimiento, no existe, sino solo las
verdades subjetivas.
Dicho en otros términos, relativamente corrientes y extendidos en
hoy día: «no existe la realidad»; o, más tenuemente, «no sabemos
si existe la realidad» y, «si la hubiere, no sabemos –no podemos
saber– nada de ella».
Esta es la manera como la modernidad ha pretendido dar cuenta de la
existencia del sujeto, es decir, del ser humano, y de su intervención
en el conocimiento de la realidad.
Para responder al escepticismo siempre receloso de nuestra capacidad
para conocer, Descartes se apoyó en nuestra facultad de pensar,
considerándola inmune a tal escepticismo, ya que de lo que no
podemos dudar es de que pensamos, incluyendo en tal pensar sentir,
imaginar, querer, en fin, todos los actos de la conciencia humana,
llegando al extremo de reducir en buena medida el ser humano a su
conciencia, lo que se avenía convenientemente a la comprensión
espiritual del momento. No se había liberado lo suficiente de la
educación recibida en los jesuitas.
Locke, por su parte, renombrando mind al alma que interviene
en los asuntos terrenales, de donde hoy en día la tan manida
«mente», reconocía en los objetos lo que se suele llamar las
cualidades primarias, fundamentalmente, extensión, figura y número,
es decir, las propiedades cuantificables y geometrizables; dejando a
las secundarias –color, olor, sabor, sonido– en el limbo de las
potencias del objeto, lo que a la postre redundará en su exclusión
de la realidad, reducidas –como a veces se dice– a meras
alucinaciones del sujeto. — «Los colores no existen en la
realidad» es una expresión relativamente frecuente, que tiene,
además, pretensiones de cientificidad.
Ambos, como vemos, a pesar de su intención en contrario, están
dando el pábulo adecuado al más radical escepticismo, que hoy en
día se denomina también relativismo, bien que radical o absoluto.
Volvamos a la fábula del mundo verdadero de Nietzsche. Preguntábamos
al final si lo que quedaba, una vez evaporado el mundo verdadero, era
solo el aparente. La respuesta que la deriva recién expuesta del
mito dualista moderno del conocimiento está dando implícitamente a
dicha pregunta es que sigue existiendo el mundo verdadero pero se nos
ha alejado tanto que solo podemos imaginarlo, fabularlo, alucinarlo
sin tener nada que ver con él; sirve solo de emblema de una
imposibilidad, o como excusa para la irresponsabilidad, que también.
Es la marca de que el mundo aparente es absolutamente falso.
La realidad –dejémoslo claro– no es lo que está frente al ser
humano; la realidad incluye al ser humano. Por ello, lo que
conozcamos de ella será lo que ella sea para el humano; para algunos
animales sabemos que es distinta.
Así las cosas, los argumentos del subjetivismo son muy elementales,
y de tan elementales, falsos y tramposos. El primero de ellos es el
relativo al gusto: «a mí esta canción me parece bonita; a ti no.
Luego la belleza es algo subjetivo; no está en el objeto, sino en la
mente de cada cual.» O a los juicios de carácter psicológicos: «a
mí X me parece simpático; a ti no. Luego es algo subjetivo». En
fin, las utopías de corte sociopolítico: ¿todo subjetivo! — No
vale seguir dando por supuesta la partición sujeto/objeto cuando la
realidad –el supuesto mundo de los objetos– incluye al sujeto, a
los sujetos.
Se predica demasiada subjetividad: ¡no hay tanta, es un fraude! Se
contradice a sí misma, pues, a la hora de la verdad, en ese mismo
terreno del relativismo siempre escéptico con los demás, todos
somos o de izquierdas o de derechas, o fascistas o comunistas,
siguiendo una irrisoria política de identidades implantada para
comprender el mundo.
Ese empeño compulsivo en ver subjetividad por doquier no es más que
mala psicología o mala antropología, o responde en el
fondo a intereses crematísticos que buscan la conservación del
hombre masa, del consumidor anclado en el goce más primario e
infantil, haciéndole creer que eso –el consumo caprichoso– es la
emancipación, la realización de sus capacidades. Recurrir tan a
menudo a la explicación del subjetivismo es hacerle creer –al
consumidor– que él es el amo, el dueño y señor de su voluntad,
cuando no es más que el títere de sus insufladas «necesidades».
Porque «sujeto», además de haber devenido en particular, siendo en
origen equivalente a ser humano, esto es, universal, ha adoptado
también algunas características de otro ámbito que no es el del
conocimiento, adornándose de una supuesta autonomía e
independencia. Por ello, quien tiene un gusto subjetivo está
presumiendo también de ser el dueño activo y hasta creador de su
propio gusto. ¿Cómo no va a estar encantado de comprarse las
zapatillas Nike que ya llevan otros cientos de millones sobre la faz
de la Tierra? ¡Es prueba inequívoca de su originalidad!
Pensemos que los medios digitales avanzan sibilinamente en la
personalización de sus interfaces, ofreciéndonos a cada uno lo que
parece ser de nuestro interés, intentando extender nuestro mundo de
referencia mediante algoritmos –muy poco inteligentes, diría que
ciegos– que amplían por analogía o contagio los posibles temas de
interés; en cualquier caso, incidiendo exclusivamente en el supuesto
crecimiento de un sujeto del deseo consumidor que les beneficie.
El ser humano no es ¡solo ideas!, es antes que nada un
cuerpo, y un cuerpo en acción. Y la relación de dicho
cuerpo en acción con el mundo no es, ni mucho menos, solo de
conocimiento. Por ello, la insistencia en ese esquema elemental pero
falso de lo que somos no es un simple error de perspectiva sino un
atentado fatal contra lo humano. La proliferación de lo considerado
subjetivo, el «todo vale» del relativismo más ramplón han ido
haciendo que desaparezca el diálogo –¿para qué hablar si cada
uno posee su propia verdad?–; es más, que desaparezca, que se vaya
borrando de nuestra costumbre y nuestros valores la importancia
del diálogo, estando –como está– nuestra cultura y civilización
occidental precisamente sostenida sobre el principio del diálogo. —
Entiendo que ese es el punto clave –fundamental– de la crisis
actual.
Por ello, hay que volver al mundo, a la realidad. En el lenguaje, el
dualismo parece «natural» (está lleno de dualidades, incluso se
diría que funciona sobre ellas), en la realidad no. En la
realidad no hay ni bien ni mal, ni bonito ni feo, ni siquiera blanco
puro y negro absoluto: hay infinidad de grises y multitud de colores;
en la realidad todo es siempre relativo…, mas hay que saber hallar
lo relativo de la realidad, no del sujeto implicado.
En el mito dualista moderno hallamos una concepción llamémosla
«lenguajera», idealista del ser humano, como si su ser lingüístico,
su estar imbuido de ideas fuera lo único y lo esencial.
Y no es así: somos cuerpo, no ya «tenemos» cuerpo, sino que
lo somos. Un cuerpo con lenguaje, pero antes: cuerpo. Ese
cuerpo está siempre en el mundo, lo que significa que sí se puede
salir del sujeto, contra lo que la noción moderna de conocimiento
presuponía. Por otro lado, la percepción, que es nuestra conexión
con dicho mundo, el quicio del encuentro, tiene algo de común, de
anónima: «Toda percepción se da en una atmósfera de
generalidad y se nos da como anónima. No puedo decir que yo
veo el azul del cielo en el sentido en que digo que comprendo un
libro o que he decidido consagrar mi vida a las matemáticas. Mi
percepción, aun vista desde el interior, expresa una situación
dada: veo el azul porque soy sensible a los colores, mientras
que, por el contrario, los actos personales crean la situación: soy
matemático porque decidí serlo.» Fenomenología de lapercepción, pp. 230-231.
El azul del cielo está ahí; si lo miro tengo que verlo, salvo que
esté ciego o sea daltónico. Tengo que verlo, porque cualquier ser
humano lo ve, se nos impone. Por eso dice Merleau-Ponty que hay algo
de anónimo, de común, de genérico en la percepción. Nada
hay ahí de subjetivo, si entendemos esta palabra como es habitual,
de particular y personal, de mío.
Por ello la fenomenología contrapone al atomismo falsificador que
todo lo reduce a sujetos y objetos aislados la noción de
ser-de-mundo: El mundo está «antes que» las cosas; el
sentido, «antes que» los objetos.
Veamos por qué.
Jaime Aspiunza, San
Sebastián, 27 de enero de 2026
***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.
Moshe Dayan
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior): Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania). Guerras menores (1 000–9 999). Conflictos (100–999). Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).