Suelo pasar con frecuencia por el túnel de Egia. Con la misma frecuencia veo cómo algunas personas se cuelan en la estación desde que se ha abierto el acceso a la misma desde el túnel, haya o no haya personal en el despacho de la derecha. Curiosamente, sobre los paneles que anuncian salidas y llegadas existen dos cámaras con las que, quiero suponer, quedará registrado lo que ocurre en esta zona de la estación, ¿o están, acaso, de adorno?
Las reglas que ordenan la vida en común —respetar el descanso ajeno, cuidar los espacios compartidos, moderar el ruido, recoger lo que se ensucia...— no son caprichos ni imposiciones arbitrarias, o no deberían serlo. Son acuerdos mínimos que permiten que la convivencia no se convierta en una jungla de intereses individuales donde gana el más fuerte, quien más molesta o a quien menos le importa el resto.
Carteles ignorados, avisos que se repiten sin consecuencias, quejas que se acumulan en un buzón que nadie atiende... Y mientras tanto, quienes sí cumplen terminan sintiéndose tontos, ingenuos, ninguneados y perjudicados por respetar unas reglas que otros vulneran sin la menor consideración.
Este fenómeno tiene un efecto corrosivo. No es solo el deterioro de las buenas costumbres y la convivencia; cuando las normas básicas no se respetan, se produce una erosión en la confianza colectiva. Cuando las normas no se aplican, dejan de ser normas y se convierten en sugerencias. Y cuando todo es sugerencia, la convivencia se transforma en una negociación constante donde siempre pierde la persona más respetuosa.
La responsabilidad no recae únicamente en quienes incumplen, aunque su conducta sea evidente. También hay una responsabilidad compartida en quienes deben velar por el cumplimiento de esas normas y optan por la inacción. Porque establecer reglas sin mecanismos reales para hacerlas cumplir no es neutral: es, en la práctica, una forma de renunciar a ellas.
No se trata de promover una vigilancia asfixiante ni de convertir la vida cotidiana en un campo de sanciones. Se trata de coherencia. Si una comunidad decide que ciertas conductas no son aceptables, debe respaldar esa decisión con medidas proporcionales, claras y, sobre todo, efectivas. De lo contrario, el mensaje que se envía es inequívoco: aquí cada cual hace lo que quiere. Una norma que no se va a cumplir es mejor no ponerla.
Este no es nada más que un ejemplo. Tendríamos que preguntarnos si queremos normas que tranquilicen la conciencia, que adornen la literatura de usos y costumbres o normas que realmente ordenen la vida compartida, que ayuden a que la comunidad se sienta cómoda y orgullosa de serlo. Porque entre ambas hay una diferencia crucial: las primeras se leen, las segundas se respetan .
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| Fuente: Wikipedia |
























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