Anochecía y las poquísimas nubes se iban tiñendo de tonos naranjas y rosados.
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"El espacio puede tener un horizonte y el tiempo un final, pero la aventura del aprendizaje es interminable". Timothy Ferris. La aventura del Universo.
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NO PUEDO COMPETIR
con las magníficas vidrieras del tiempo de los monjes
ni con los muros que defendieron
las antiguas ciudades
de los bárbaros ataques enemigos.
No poseo el impulso de la épica
ni atesoro las virtudes técnicas del arte.
Vivo en un suburbio,
alejada del esplendor de las construcciones singulares.
No soy nada más que un poco de escayola
a la que el azul del cielo dignifica su presencia.
Carezco
del atractivo de lo extraordinario,
pero la luz del día
y el humilde trabajo cotidiano
han moldeado en mí
la profunda belleza
de estar diariamente
a vuestro lado.
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| Editorial |
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| Stuart Sutcliffe fotografiado por Astrid Kirchherr. Fuente: Omega Actions. |
La historia de esta foto comienza cuando John Lennon, alumno del Liverpool College of Art, animó a su compañero de estudios, Stuart Sutcliffe, a sumarse a su banda de rock Quarrymen. Stu, que así es como le llamaban sus amistades, se animó, vendió alguna pintura y se compró una guitarra (un bajo, para ser exacto). El grupo cambió el nombre a The Beatles y, un buen día se presentó en Hamburgo, donde tuvieron un notable éxito. Siguiendo con lo de la exactitud, en Hamburgo estuvieron en cinco ocasiones entre 1960 y 1962. La del 61 es la que nos interesa.
Astrid Kirchherr era una joven fotógrafa alemana a la que la música que hacían los chicos ingleses le encataba. Bueno, le gustaba la música y, según dijo en más de una ocasión, también los chicos, a los que consideraba muy guapos, y el más guapo de todos, sobra decirlo, Stu.
Ella se ofreció para hacerles una sesión fotográfica. Ellos, que de fotografía lo ignoraban casi todo porque hasta entonces tan solo sabían de la existencia de las cámaras instantáneas, quedaron impresionados. En aquella sesión de 1961 la joven fotógrafa ya dejó claras sus inclinaciones: a Sutcliffe le dedicó más atención que al resto del grupo.
Sea como fuere, la cosa salió bien, porque mientras el grupo regresaba a Inglaterra, él decidió quedarse en Alemania. Allí se matriculó en el Hamburg College of Art, donde tuvo como profesor a Paolozzi, el artista que dio origen al pop, y que vio en él a un discípulo con gran talento para el arte.
Stu y Astrid se prometieron y vivieron con la familia de ella en tanto planificaban y decidían sus futuras carreras artísticas. Por desgracia, la historia de la joven pareja no duró mucho. Como consecuencia de una agresión que sufrieron después de tocar en el Litherland Town Hall, en Liverpool, en la que Stu resultó golpeado y pateado en la cabeza, en 1962, después de unos fuertes dolores de cabeza, él se desplomó mientras estaba en clase. Un segundo episodio acabó con su vida mientras una ambulancia lo llevaba a un hospital. Se trataba de una hemorragia cerebral.
Buena parte de la fotografías que ella realizó en aquella época han sido expuestas en salas de todo el mundo. Su relación con el grupo, y especialmente con Stuart Sutcliffe y John Lennon, aparece en la película Backbeat.
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| Editorial |
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Se cierra aquí la exposición de Jaime Aspiunza sobre:
Concepción (mía) de la filosofía
Cómo salir del mito:
1. Hay que aceptar que tenemos un entender preconceptual en el que se apoya el uso de los conceptos que se predican de las cosas.
2. Ese entender es el de un ser humano que trata con las cosas y, por tanto, se ocupa de entenderlas, de hallar su sentido partiendo de objetivos, necesidades, propósitos y deseos, en parte impuestos por la realidad, en parte revelados en nuestro hacer, en nuestra lucha.
3. Ahora bien, el lugar originario e insoslayable de este dar-sentido preconceptual está en nuestro trato corpóreo con el mundo; es decir, en nuestro cuerpo vivo, en acción, que se encuentra con una presencia ineludible de sentido, por confuso o erróneo que pueda ser.
4. Tenemos –eso sí– la capacidad de salir de ese modo original de inserción en el mundo, y aprender a ver las cosas de manera desinteresada, en términos universales, lo más objetivamente posible, que diríamos. Ahora bien, este modo es derivado, el otro es previo y general. — Tanto el cuerpo como su implicación con el mundo nos imponen una dependencia que es ¡genérica, del género humano –y genética–, no conceptual! (Sea dicho esto contra quienes creen que vivimos encerrados en una cárcel de lenguaje sin salidas.)
Vayamos, por último, al asunto de la verdad, directamente relacionado con la cuestión del subjetivismo y, por otro lado, una de las cuestiones, o, mejor, la cuestión por antonomasia de la filosofía.
Cuando digo «la verdad», no me estoy refiriendo a ninguna verdad única, y para colmo, mistérica, que gobernara y enderezara nuestro mundo. — Me estoy refiriendo a la noción de «verdad».
Hubo tiempos en que las verdades se creían eternas. Hoy se habla más bien de descubrimiento o de creación de la verdad; suelen ser por ello más históricas que otra cosa. Los griegos empleaban «la verdad» en forma verbal; tenían un verbo que significaba «hacer o producir la verdad». Nosotros no tenemos más que un sustantivo, aunque lo empleemos como un adjetivo: a lo que es verdadero le decimos «verdad».
Pues bien, lo primero que debe decirse al respecto es que la verdad es el presupuesto fundamental del ser humano: hay verdad en tanto que hay existencia humana.
Cuando unas palabras nos dicen algo verdadero nos llevan directamente a la realidad: nos la muestran, nos la dan a ver. Este es un fenómeno en todo momento observable: las palabras verdaderas nos descubren la realidad.
Se vislumbran ahí dos niveles de verdad: las palabras verdaderas y la realidad descubierta. Por eso, tradicionalmente se entendía que la verdad estaba en la correspondencia entre lenguaje y realidad. — Ahora bien, esa verdad dicha, de las palabras, verbalizada no es más que una forma derivada de la verdad, puesto que antes de la verbalización está el descubrimiento.
Así, Heidegger insistirá en que la verdad es la capacidad de descubrimiento del ser humano. La verdad es la realidad descubierta de un modo determinado, desde una perspectiva concreta. — Repito, desde la perspectiva no-dualista del ser-de-mundo, el ser humano descubriendo y la realidad descubierta son, en principio, uno y lo mismo.
Estar-en-el-mundo –lo veíamos– es estar descubriéndolo (y encubriéndolo), pues la percepción nos aporta verdad y no-verdad. Más allá (o más acá) de la verdad simplemente lingüística, en el ámbito de la percepción y la acción, esto es, en la existencia conviene resaltar un par de rasgos:
a) el carácter activo de la verdad: descubrir el mundo es un proceso, una actividad, un esfuerzo y una lucha; Heidegger hablará de «producir y cuidar la verdad», ya que las verdades también pueden ir mistificándose.
b) hay modos bien diversos de la verdad: desde la ciencia, donde queda más a las claras lo que pueda ser verdad, y que se suele tomar como modelo y criterio, hasta las verdades de la existencia personal: ¿qué es lo que yo necesito ahora, en este momento de mi vida?, cosa que solo yo puedo saber. Entre medio, las verdades de la medicina, de la psicología, del gusto, de la literatura, del arte…, que ¡no son verdades fácticas!
En definitiva:
1) Verdad es lo que nos permite entender mejor el mundo. — Así, por poner un ejemplo, sabemos que la realidad tridimensional no puede transponerse directamente a las dos dimensiones del cuadro, de la pintura; y sabemos que se han utilizado a lo largo de la historia diversos artificios para lograrlo –la perspectiva renacentista, la mirada impresionista o la pintura «objetiva» de Cézanne–; dichos artificios son maneras de reproducir la realidad en la pintura: nos ayudan a ver la realidad aunque obviamente no son copias de ella. Al pasar de uno al siguiente, salimos de un marco de referencia previo o establecido, y entramos en una «nueva verdad», que, naturalmente, siempre será parcial, perspectivista.
2) La percepción de ese fondo que hace posible que tratemos con cualquier cosa es sin palabras, capta la verdad antes de ponerle palabras.
3) La certeza, que desde Descartes pasa por ser un criterio de la verdad, tiene poco que ver con ella; la certeza psicológica, la convicción personal no tienen nada que ver con la verdad. — Podemos –y solemos– estar absolutamente convencidos de cosas por las que pondríamos «la mano en el fuego», y al instante siguiente, tras prueba en contrario, la convicción y la certeza se han desinflado, desvanecido de modo tan convincente que parecen no haber tenido jamás lugar.
4) El tópico «cada uno tiene su verdad» vale, por lo tanto, como mucho, en las verdades relativas a la propia existencia. Se suele aplicar, sin embargo, a los juicios psicológicos, morales, estéticos o políticos, en cuyo caso muchas veces significa simplemente «opinión»: «cada uno tiene su propia opinión», no su verdad.
En ocasiones sirve solamente para evitar escuchar, tener que pensar, cambiar de ideas, decepcionarse uno mismo. Esgrimen la «verdad» como un aparato de fuerza.
5) Pensemos en el caso, habitual, de dos opiniones diferentes y aun contrarias acerca de una persona: una positiva, la otra negativa: caso que se suele solventar con el dictamen de «¡es tan subjetiva la opinión acerca de las personas!». — Y, sin embargo, puede que se trate, no de dos opiniones poco fundadas, sino de dos verdades sostenibles a un tiempo, aunque parezcan contradecirse.
Si atendemos al proceso completo de descubrimiento de dichas verdades, es probable que salga a la luz que en uno de los casos efectivamente la persona juzgada se ganó una calificación positiva, mientras que en el otro el juicio con que se la descalifica también fue justamente obtenido. Es decir, alguien puede ser agradable en una situación, y desagradable en otra, con todos los grados intermedios posibles. — De ahí el que dos juicios contrarios puedan ser perfectamente verdaderos, sin que «la verdad» sea algo radicalmente subjetivo. — ¡Y qué diferente es creer que todo es cosa nuestra, de nuestro caprichoso gusto, o descubrir que una persona puede ser, según el caso, así o asá!
6) La verdad, ahora, implica el proceso completo de desencubrimiento, no solo su resultado final puesto en palabras. Dicho de otra manera, es perspectivista: desde un punto de vista determinado en una situación determinada.
La expresión lingüística de una verdad es siempre un resumen que obvia elementos del contexto. No hay que olvidar, por tanto, esa situación sin palabras, existencial, puesto que es esa la que la verdad lingüística quiere transmitir.
En definitiva, y a modo de recordatorio práctico: el lenguaje es siempre contextual; si queremos que nos digan aquello a lo que apuntan, a las palabras concretas que oímos hay que buscarles siempre su contexto. — Salvo en los horarios y en las recetas de repostería, no debería aplicarse la literalidad en nuestras vidas. Mata.
Jaime Aspiunza, San Sebastián, 27 de enero de 2026
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| Fuente: Wikipedia |