Al 2040, es decir, Hacia el 2040, comienza con este poema:
ESTAMOS
acaso ya extinguidos. De quién es
el mapa. ¿Puedo
mirarlo? Dónde está mi
demanda. ¿Es mi historia
verificable? ¿He
incluido el recuerdo
de los animales? Los recuerdos
de los animales. ¿Están
todavía aquí? ¿Estamos
solos? Mira,
los filamentos
aparecen. De recuerdos. ¿De quién? Cómo
era
la tierra. ¿Se movía
a través de nosotros? Algo dice sin parar:
¿estás ahí?
¿son reales tus
ancestros, tienes un
cuerpo, te tienes
a ti misma en
mente, puedes ver tus
manos?—¿lo has roto,
el hilo?—trata de sentir la
tensión del otro extremo—
dice que te asegures
de que ambos extremos estén
vivos cuando tires para
intentar reentrar
aquí. Un cuervo
ha llegado mientras
escribo todo
esto. In-
corpórame,
grazna. Se acerca
dando brincos por el muro
de piedra. ¿Recuerdas
la desesperación, cómo
se acerca?, dice. Lo
miro. No tengas
prisa, digo, pero
está picoteando
la piedra en todas
partes. Su plumaje es
sol. Me mira con
cautela porque
estoy inmóvil y
anhelante. Ve mi
soledad. Comienzan
las cigarras. ¿Es esto un encuentro
real?, pregunto. De los de
antes. De cuando había
cuervos. No,
dice la luz. Casi
no estás aquí. El
cuervo se fue
hace mucho. Ahora está
viajando por su hilo, su
senda de cielo, para siempre, él sabe
la corriente que atraviesa las
cigarras, que no puedes oír
pero que
ya te cercan. Pero, ¿no está
aquí?, pregunto, buscando
en mis estrofas.
¿No llegó hasta mí
al adentrarse? ¿No
entró aquí
en la estrofa ocho?—y adónde
se va ahora
que vuelve a irse, ahora
que te digo que el cuervo es dorado,
ahora que te digo echó a volar y
se fue, y se fue.
ENTONCES LA LLUVIA
secos y corrientes en descenso y fuego,
después de tomar un camino
alterno por
la historia y eludir-
nos, después de los árboles,
posible y nutridas con rocío,
polvo y moho—y vainas
comenzaran a reaparecer-
después de los animales,
después de los seres más pequeños
sus rocas,
después de esfumarse todo,
surgida de la inter-
continuidad, de la in-
congruencia,
de la colisión
muy por encima de nuestras
tierras abrasadas, de
del roce de un átomo con
otro, surgida del
accidente del
contacto, llegó
la lluvia.
Pensamos que era solo
Sabíamos que no era
el crepitar del calor, nuestros imaginarios
cordándonos, ¿a qué nos
recordaba, ese olor,
como si el aire se volviera verde,
que nunca alcanzamos,
allí donde ella alcanza
las constelaciones que no hemos
y que no están muertas, no—
Y trajo consigo memoria. Pero de
viento. Empujé
y salí. ¿Tenía miedo? Donde ella caía
en millas de rechazos—fibroso, brillante,
y se quedaron quietas,
en todas partes,
y cuando me senté en el parapeto
y mi cuello era surcado por regueros,
que se lee con atención en busca
de tiempo en mi pensamiento—
mi piel no podía,
mis manos no podían,
las miro ahora
con los ojos llenos de lluvia,
no vas a morir
aún, estamos
vivos en la muerte
de esta iteración de la
tierra, habrá otra
donde ningún ser como nosotros
recorra esta
meseta de años y minutos y pastos y
caminos, un lugar donde ninguna
memoria pueda tomar forma, ninguna memoria de
nada, jamás, aunque por ahora
aquello que fue un pradera
libera un vapor,
y si escuchas puedes oír
en él un débil pulso,
un espejismo, una liberación de semillas en el aire
donde el viento insiste, y mis pesadas
manos que ahora se alzan, palmas hacia arriba, refulgentes,
me dicen,
toca, tócalo todo,
comienza por tu rostro,
pon tu rostro en nosotras.
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| Fuente: Wikipedia |







