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viernes, 31 de julio de 2026

¿SOBREVIVIREMOS LOS SERES HUMANOS? La Paz Viva y una nueva Era

 
Escritorio de Juan Gutiérrez reconvertido para su despedida.

El pasado día 16 Frauke Schulz-Utermölh me dio la triste noticia de que Juan Gutiérrez —su compañero y principal motor de que Gernika Gogoratuz se pusiera en marcha así como mediador en diferentes conflictos— había muerto. Acudí a su casa el sábado 18 para dar un abrazo a Frauke y a la hija de ambos, Ana, autora junto con Cristóbal Fernández de la película-documental Mudar la piel.

Al lado del altarcito se encuentra el último texto redactado por Juan. Lo cojo y pregunto a Frauke si tengo permiso para hacerlo público. Me dice que le pregunte a Amador Fernández-Savater. Así lo hago. Me lo envía por correo, detecto alguna errata, él lo revisa y me lo vuelve a enviar el 28 de julio, pero estoy fuera y no puedo editarlo. Lo hago ahora.

Juan ha terminado su ciclo vital; su obra, en cambio, permanece.

Nosotros, ustedes que me están leyendo y yo, pese a nuestra diferencia de edades, estamos viviendo juntos un cambio que tiene lugar en la relación entre la especie humana y la naturaleza.

Hemos recorrido juntos los humanos la Era que ha culminado en la dominación de la naturaleza y del resto de la humanidad por parte del occidente capitalista, hasta el punto en que la naturaleza explotada, empobrecida y ensuciada ya no puede soportar a la especie humana y la coloca al borde de su extinción.

Al mismo tiempo somos cada vez más conscientes, no solo del peligro creciente de extinción de nuestra humanidad junto con la de muchas especies de animales y plantas, sino también de la Paz Viva, es decir, de las innumerables e incesantes acciones en las que vertemos la propia vida, como todos los seres vivos, en la de los demás y/o en la naturaleza por su bien y su gozo.

Esta conciencia nos hace esperar que, con el fin inevitable de esta Era, no se extinga nuestra especie, sino que se inicie una nueva Era en la que los humanos vayamos mejorando nuestra forma de convivir con la naturaleza y entre nosotros.

Tal como lo he planteado frontalmente y sin más, el tema que les propongo suena como algo enorme, apocalíptico y pesimista, dejando entrever que la Paz Viva no es más que una ensoñación, que la cruda realidad de nuestra extinción va pronto a disipar.

Voy por eso desmigando paso a paso este planteamiento, esperando hacerlo entendible y tratable entre nosotros.

La Paz Viva, que consiste en acciones en que vertemos la vida propia en la de lo demás y/o en la naturaleza por su bien y su gozo, existe desde que hay  vida sobre la tierra, porque surge por lo que Freud llama “pulsión fundamental” común a todos los seres vivos, animales o vegetales. Eso podemos comprobarlo observando alguno de los magníficos reportajes acerca de la vida animal, que nos muestran cómo animales de cualquier especie vierten sus vidas en las de sus crías, para cobijarlas, protegerlas, alimentarlas acariciarlas, educarlas. Y en relación con el mundo vegetal nos muestra la Paz Viva el libro “El Futuro es Vegetal” del biólogo italiano Stefano Mancuso, donde expone que en un bosque los árboles están conectados unos con otros por medio de sus raíces, que los árboles sanos y jóvenes vierten así su savia en los árboles viejos y enfermos para fortalecerlos. 

Esa Paz Viva, gracias a la que las especies tienen descendencia, generación tras generación, es algo poético, erótico, con una sabiduría muy superior a la que ha alcanzado la humanidad, trascendente, pero no es patente, sino latente y está además desteñida, reseca y mutilada. 

La Paz Viva es latente porque se entiende a sí misma como algo evidente, nada extraordinario ni digno de llamar la atención.

La Paz Viva además no puede andar sola, porque es sólo una cara de la Paz de las dos caras, como ya han mostrado Adam Curle, Johan Galtung y J.P. Lederach. Una cara es la Paz Viva o paz positiva; la otra cara es la Paz Metálica o paz negativa, de rechazo a las violencias inhumanas. Ambas caras han de conjuntarse en vez de competir para construir la Paz.

Antes de que apareciera la especie humana, durante millones de años en los que se conjuntaban o competían las dos caras de la paz, fue enriqueciéndose y diversificándose la vida en la tierra, la naturaleza; nuevas especies de animales y vegetales reemplazaron con creces a las que iban desapareciendo.

Eso cambió tras aparecer la especie humana, cuando ya iba cobrando un cierto poder para intervenir en la naturaleza. Paso a paso fue consolidándose la voluntad de dominarla y explotarla haciendo de ella un basurero.

Esta tendencia se agudizó cuando grupos de gente empezaron a entender la naturaleza como la creación desde la nada de un ser superior, llamado Dios, omnipotente y eterno, es decir que ya existía antes de la naturaleza, su creatura.

Ese Dios judeocristiano era y se proclamaba infinitamente bueno, pero, aunque no se proclamase era, sobre todo, puritano, o sea censor de todo lo erótico, con lo que se separaba de la naturaleza, incluidos todos los seres humanos engendrados por unión sexual entre un ser femenino y otro masculino, por consiguiente, engendrados en pecado, no cometido, el pecado que nos originó, original.

Aquí la excepción que nos separa es Dios, cuyo hijo, también Dios, Cristo, fue engendrado sin pecado original, por su madre virgen, y que durante su vida en la tierra nunca hizo el amor, ni siquiera consta que se hubiese masturbado. 

Esta creencia se impuso al adueñarse del imperio romano, unos 300 años tras la muerte de Cristo, cuando soldados judíos encabezaron su tropa con una cruz y el lema “con este símbolo vencerás”.

La victoria del cristianismo imperial como religión no ha sido, sin embargo, nunca total. Así hacia el 1600 Baruch Spinoza, un judío sefardita, filósofo forzado a emigrar a Portugal y luego a Rotterdam, huyendo de la persecución, escribió una frase famosa “Dios, o sea la naturaleza”, que recogía planteamientos de varios místicos cristianos que, en contraste con la versión oficial de la iglesia, que mantenía que los seres humanos estamos creados a imagen y semejanza de Dios, afirmaban que somos “scintilla Dei” (chispas de Dios).

La comunidad judía de Rotterdam trató de aplastar estos planteamientos, expulsando de su seno a Spinoza acusado de ser ateo.

Ese cristianismo imperial, promulga que Dios ha existido ya antes de la naturaleza, su creación y antes también de que apareciera en la tierra la Paz Viva. Este Dios anterior y ajeno a la Paz Viva ha sido, pues, fabricado por un grupo de humanos, arrebatando los atributos de la deidad, propios de la Paz de las Dos Caras y atribuyéndoselas a sí mismo. Sin embargo, por debajo de esta atribución, se revela en el trasfondo su carácter belicoso, celoso y puritano.

Al despojar de la Paz de las Dos Caras sus atributos propios la Paz Viva perdió su magia, su erotismo, su fascinación y colorido, se resecó y quedó reducida a algo escuálido, ascético y débil, difícilmente practicable.

Esa debilidad de la Paz de las dos caras no supuso, sin embargo un problema para el cristianismo imperial, pues afirmó que los humanos además de engendrados en pecado somos también pecadores. Creó así un instrumento, la confesión, para que Dios nos perdone nuestros pecados, y de paso controlarnos por la espalda, decidiendo además que todo bien procede de Dios.

Pero el cristianismo al cobrar su dimensión imperial y guerrera, añadió algo contrapuesto al mensaje de Cristo, recogido en los evangelios de “amarás a 
tu prójimo como a ti mismo” e incluso al mandamiento de “amad a vuestros enemigos”.

Así en el cristianismo compiten entre sí dos planteamientos: Uno imperial, guerrero y tenebroso, empeñado en dominar y explotar la naturaleza y el 0tro luminoso, pacífico, esperanzador, empeñado en convivir con la naturaleza y revitalizar la Paz Viva secundada por la paz metálica.

Esta belicosidad y celos del cristianismo imperial se pusieron de manifiesto en las persecuciones de los judíos, en las cruzadas contra el Islam, y en las guerras entre cristianos obedientes al obispo de Roma y desobedientes o herejes.

La consiguiente debilidad de la Paz se puso de manifiesto en paralelo a la creciente fuerza de la guerra. Gracias al dominio de grupos humanos sobre la naturaleza se han podido extraer de ella materiales suficientes para construir armas cada vez más mortíferas y de mayor alcance, desde el arco y las flechas, hasta la bomba atómica y los misiles intercontinentales.

Este crecimiento cada vez más acelerado del potencial destructivo de la guerra ha tocado un tope al ser tan desmesurado que asegura la aniquilación no sólo de los derrotados, sino del conjunto de la humanidad, lo que en inglés se denomina MAD y en español “Locura” (Mutual Assured Destruction = Destrucción Mutuamente Asegurada). La guerra así ya no deja espacio para los vencedores, sino que hace a toda la especie humana igual de vencidos y aniquilados, por tanta potencia destructiva, que es capaz de eliminar miles de veces a la humanidad, lo que en la jerga militar se denomina en inglés “overkill capacity”.

Los señores de la guerra, capitaneados entonces por los EE.UU y la Unión Soviética, decidieron entonces que las armas nucleares no podían usarse para ganar la guerra, pero si servían para amenazar desarrollando más y más su potencial destructivo, con lo que siguieron acelerando la carrera armamentista.

Se trata, sin embargo, de una carrera absurda, porque una amenaza que no se puede cumplir ya no amenaza. Hay, pues, que ponerla al borde de su realización.

En esa situación, al borde de su extinción, está la humanidad desde hace ya 50 años. Y, aunque parece imposible, las cosas van de mal en peor; cada vez es más fácil fabricar armas nucleares, cada vez más países pueden hacerlo, están fabricándolas y almacenándolas, con lo que hay una proliferación. Los dirigentes de los países ansían además pertenecer al club de las naciones que disponen de armamento nuclear.

La humanidad tiene, pues, desde hace ya 50 años montado, puesto a punto, engrasado y listo para entrar en acción un mecanismo que al hacerlo asegura su extinción.

Muy lentamente ha ido la humanidad, encabezada por la comunidad científica, tomando conciencia de este peligro y tratando de reaccionar.

Pero ya desde mucho antes, desde que, tras de la aparición con los evangelios del cristianismo empeñado por la paz de “amarás al prójimo como a ti mismo”, al instaurarse el cristianismo imperial, frente al peligro de la guerra, fueron surgiendo movimientos intentando fortalecer la paz.

No tenemos aquí tiempo para tratar de describir aquí esos movimientos uno por uno, basta con señalar algunos.

Cuando en el siglo XVI aparecieron las iglesias protestantes, casi todas ellas decidieron ponerse al servicio del poder político guerrero, pero hubo una excepción, los menonitas que surgieron en ciudades de Suiza, Holanda, Alsacia y que eran pacifistas, rechazando responder con violencia a cualquier agresión. Pronto fueron perseguidos por los gobiernos y forzados a dejar las ciudades y refugiarse en lugares recónditos de zonas rurales en países cuya lengua y costumbres desconocían.

Ya en el año 1648, al acordarse la Paz de Westfalia para dar fin a las devastadoras guerras de los 30 y 80 años entre países cristianos, el acuerdo que alcanzaron 7 países negaba a las iglesias y en particular al Papa el poder de desencadenar una guerra, con lo que le apartaron de la política.

El peligro de extinción de la humanidad se agigantó y se hizo evidente para todo el mundo cuando los EE.UU en Agosto 1945 hicieron estallar dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, con lo que terminaron la 2a Guerra mundial como vencedores.

También mundial fue la reacción en defensa de la paz y buscando fortalecerla, que se manifestó de varias formas. Una, la creación en 1948 de las Naciones Unidas –ONU— en defensa de la paz, la mayor organización de estados, 193, jamás existente. Otra, por ejemplo, que las iglesias alemanas publicasen en las revistas más leídas del país un mapa en el que se mostraban los lugares secretos desde donde se planeaba lanzar armas nucleares.

Otra, el cerco durante años de esas bases de Greenham Common en Inglaterra por mujeres y de Comiso en Sicilia, hasta conseguir su cierre. Y otra más, el despliegue de un amplio movimiento por la paz, encabezado por personajes ilustres, como Einstein, Martin Luther King o el pensador británico Bertrand Russell, quien ya el mismo día de explosión nuclear en Hiroshima —el 6 de Agosto de 1945— comenzó a redactar un escrito que se publicó 10 años más tarde con la siguiente frase:

La perspectiva de la raza humana se ha oscurecido más allá de cualquier precedente. La humanidad se enfrenta a una clara alternativa: O bien morimos todos o bien adquirimos un ligero grado de sentido común. Un nuevo pensamiento político será necesario si se quiere evitar el desastre final.


La gran movilización ciudadana por el fortalecimiento de la paz con que se respondió a la amenaza atómica de la Guerra Fría reclamaba tres cosas: “OTAN no, Bases fuera, Desarme por la Paz”. De acuerdo con esas tres consignas fue además apareciendo toda una serie de centros de investigación por la paz que contribuyeron a fortalecerlas; ahí destacó la aportación de Federico Mayor Zaragoza, entonces secretario general de la UNESCO, planteando el término de “Cultura de Paz”.

Sin embargo, paso a paso, ha ido debilitándose ese movimiento por la paz, la ONU ha ido perdiendo poder que ha ganado la OTAN, organización  militar encabezada por los EE. UU. que han creado más de 600 bases reconocidas y unas 100 secretas, en todo el mundo.

El 2º país es Inglaterra con 20 y tantas y Rusia es el 3º con menos de 20. El ejército de los EE.UU. tiene además más capacidad destructiva que la de todo el resto de ejércitos del mundo juntos.

Las guerras parecían, sin embargo, alejadas de varios países satélites de una u otra de las dos superpotencias, a su sombra por así decir. Uno de esos oasis de paz, mejor dicho, de ausencia de guerra, era Europa Occidental. 

Pero, sobre todo tras la muerte de Tito 1980, la guerra fue acercándose y 45 años después Donald Trump como presidente de los EE. UU. exige que Europa Occidental participe en la carrera armamentista. Así hemos llegado hace 3 años a la guerra entre la Rusia de Putin y la Ucrania de Zelenski, que no es una guerra entre una democracia occidental y un imperialismo de la Rusia de Putin, sino de dos imperialismos encabezados por Putin, por Zelenski.y entretanto por Donald Trump.

Los centros de investigación por la paz y la mayor parte de la comunidad científica  han continuado con los objetivos de “OTAN no, Bases fuera, Desarme por la Paz”, pero ni la gente, ni los medios, ni los gobiernos les escuchan, porque los EE. UU. proclaman “OTAN sí, Bases bienvenidas, rearme defensivo y ofensivo por la Paz”.

Este terrible vuelco espachurra a la humanidad contra el momento de su extinción  y de paso muestra que, aunque indudablemente ha avanzado la Cultura de Paz, ha avanzado mucho más la incultura de la Guerra.

Pero aún seguimos vivos, algo inexplicable y asombroso. Por eso tenemos que buscarle una explicación no menos asombrosa.

Sabemos a estas alturas que la supervivencia milagrosa de nuestra especie se debe a la Paz Viva secundada por la Paz Metálica, pero para entender cómo se despliega esa Paz Viva que tenemos que echar la vista atrás por unos años y muy atrás por millones de años.

Así desde el inicios del siglo XX estamos viendo el imparable avance del feminismo.

También desde esa fecha van alternándose papas que lideran el cristianismo imperial guerrero, como Pío XII, con papas empeñados en el cristianismo de “amarás al prójimo como a ti mismo”, culminando con el Papa Francisco, que ha invertido el que Dios cambia los papas haciendo que ahora el Papa cambie a Dios.

Hacia 1940, cuando yo era niño, el Dios cristiano era un solo dios verdadero, bien distinto de Alá, un falso dios y su enemigo. Hoy, en cambio, nos enseña el Papa Francisco que Jehová, la Santísima Trinidad, y Alá, son manifestaciones distintas del mismo Dios.

Volviendo la vista muy atrás, hasta un pasado anterior a nuestra aparición como especie humana, en busca de las obras realizadas a lo largo de la evolución de las especies vegetales y animales por la Paz Viva, pronto nos encontramos con algo asombroso, con la inteligencia infinita que ha guiado esta evolución y que se muestra en la sabia disposición de los órganos de cada animal o de las componentes de cada vegetal, que les permite realizar las actividades necesarias para vivir, para reproducirse y para que evolucione la especie.

Si no estamos ciegos sin percibir asombrados el maravilloso orden que hay en los órganos de cada bicho, cada mosca, caracol o jirafa, —donde están sus ojos, sus hígados, sus patas, sus uñas— nos daremos cuenta de la infinita inteligencia, escrutadora del futuro, que generó ese orden, inteligencia de la Paz Viva. Esperanzadora.

Es cierto que Dios como construcción humana ha muerto como afirmaba Nietzsche  en “Así habló Zarathustra”, como ya un siglo antes había constatado el matemático y astrónomo Laplace con la frase “Dios es una hipótesis de la que se puede prescindir”, que nos confirma que “Dios es algo ficticio”.

Sin embargo, al evidenciarse que Dios nunca ha existido, se evidencia asimismo que su ausencia ha dejado un hueco, con lo que surge la pregunta de quién ocupará ese hueco.

Nietzsche mismo ya contestó esa pregunta, afirmando que el superhombre, armado con su voluntad de poder, ocuparía ese hueco.

Esa afirmación de Nietzsche ha tenido muchos seguidores y funestas consecuencias. La más notoria, es la del superman ario armado con su voluntad de poder absoluto, encarnado por la raza alemana que ejecuta ese poder persiguiendo y eliminando la raza judía de infrahombres degenerados. La más reciente el genocidio del pueblo palestino en la franja de Gaza perpetrado por Israel. La que más me ha afectado ha sido el debate amistoso que mantuvo conmigo Rudolf Bahro manteniendo que la salvación de la humanidad va a ser obra de la princesa o el príncipe de la transición ecológica, a lo que yo contrapuse que sería obra de gente común y corriente, de “Otto normal Verbraucher”.

Me gusta comparar esta tesis mía con el movimiento de una ola del mar al acercarse a una playa. La cresta de la ola es espumosa y va arriba, aunque pronto se desploma, puede que la muevan personas sobresalientes, pero así la ola no avanza. Lo que la hace avanzar es la ola de fondo, obra de la gente normal y corriente.


Resumiendo: hemos recorridos juntos la historia de la vida en la tierra desde mucho antes de la aparición de la especie humana hasta hoy cuando todo indica que ya debiéramos habernos extinguido y que es inexplicable que esto aún no haya sucedido.

Tratando de entenderlo recurrimos a Dios, todo poderoso, infinitamente bueno, eterno, pero pronto encontramos que ese Dios ha muerto o, mejor dicho, nunca ha existido, ya que es un mero artefacto fabricado por unos cuantos seres humanos, algo irreal.

Lo que en cambio existe desde la aparición de la vida en nuestra tierra es la Paz Viva, según Freud la pulsión fundamental común a todos los seres vivos, animales  o vegetales, que nos lleva a verter la propia vida en la de otros y/o en la naturaleza por su bien y su gozo. Echando la vista muy atrás, millones de años antes de la aparición de la especie humana en la tierra, encontramos que la Paz Viva ha orquestado la evolución de las especies con una inteligencia asombrosa, erótica y profética, que ya mucho después se ha ido apropiando ese Dios, artefacto que nunca ha existido.

Nuestra especie forma parte de esa Paz Viva, que es la misma Naturaleza, como ya mostró Spinoza.

Se trata, pues de algo bien sencillo: devolver a la Paz Viva los atributos divinos que siempre tuvo y sigue teniendo pero que una minoría de seres humanos ha tratado de atribuir a un dios ficticio, artefacto que nunca ha existido.

Equipada con los atributos que le corresponden, ya es el momento de preguntar a la Paz Viva por su don profético. Ya sabemos que esta Era está agonizando, ¿agoniza también la especie humana o vamos a sobrevivir? 

La respuesta es esperanzadora: formamos parte de la Naturaleza, de la Paz Viva, una parte muy especial. Con nuestra inteligencia humana podemos sentir hoy la necesidad de lograr y la capacidad de gobernar la transición ecológica, que nos permitirá vivir como especie la Era de convivir como parte de la Naturaleza.

Para terminar voy a hablar de dos filósofos alemanes y sus obras: Ernst Bloch y su obra “Das Prinzip Hoffnung” (El Principio Esperanza) y Hans Jonas años después publicó su obra “Das Prinzip Verantwortung” (el Principio Responsabilidad).

Ambas obras parecen contrapuestas, pero son más bien complementarias:

En resumen “Das Prinzip Hoffnung” señala que además de los sueños nocturnos que soñamos dormidos, soñamos también de día y despiertos y que estos sueños diarios son esperanzadores y manifiestan “Das Prinzip Hoffnung”.

“Das Prinzip Verantwortung” señala los seres humanos somos responsables de las consecuencias de nuestros actos, no culpables mientras no nos damos cuenta de nuestra responsabilidad. Por eso insisto en que “Das Prinzip Hoffnung” y “Das Prinzip Verantwortung” son complementarios y generan esperanza en nuestra sobrevivencia como humanos.

Una versión popular del Principio Esperanza es el dicho alemán que se repite desde hace 500 años.

Mich wundert, daß ich so fröhlich bin
Ich komm, weiß nicht woher, Ich bin und weiß nicht wer, Ich leb, weiß nicht
wie lang, Ich sterb und weiß nicht wann, Ich fahr, weiß nicht wohin:
Mich wundert, daß ich so fröhlich bin.

Vengo, sin saber de dónde, Soy y no sé quién, Vivo, no sé por cuanto tiempo, Muero y no sé cuándo, Viajo, no sé a dónde:
Me asombra lo alegre que estoy.


***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

viernes, 17 de enero de 2025

MATERIAL GIRLS, Kathleen Stock

Editorial
Traducción: Irene Jové
La generosidad de Jaime Aspiunza, doctor en filosofía y traductor de Nietzsche, me ha permitido publicar aquí este trabajo que, por actualidad e importancia, merece ser leído con detenimiento. Espero que os resulte tan interesante como a mí.

Curioseando en la doctrina woke, me encontré el libro de Kathleen Stock, Material Girls, o de la importancia de la realidad para el feminismo. El libro, magnífico, es un esmerado análisis y desmontaje del supuesto feminismo de la teoría de la identidad de género, la defensa a ultranza de lo transgénero aun en detrimento de la consideración y respeto del sexo, es decir, la ideología que está detrás de la llamada Ley Trans (Ley 4/2023, 28 de febrero, publicada en el BOE del 1 de marzo de 2023).

Lo que sigue es un extracto pergeñado para una charla pronunciada ante jóvenes de entre 16 y 18 años. Como todos los ciudadanos, los jóvenes de esa edad se ven sometidos a una propaganda maniquea, con la diferencia, no obstante, de que a veces está incluida en los propios programas de algunas asignaturas, con lo que se les quiere hacer creer que es cuestión de conocimiento, cuando –como espero se vea– no pasa de ser filosofía de baratillo.

Kathleen Stock ha sido Profesora de Filosofía en la Universidad de Sussex hasta octubre de 2021, cuando ella misma abandonó el puesto tras una furiosa campaña de persecución por parte de un grupo organizado de estudiantes, un sindicato universitario y una buena parte de sus colegas que, por supuesto –no disponen de más argumentario–, la acusaban de tránsfoba.

Creo que ella permite distinguir muy bien lo que sería el rechazo de las personas trans, que para nada defiende, y el rechazo de un discurso disparatado que se arroga –falsamente– la exclusiva defensa de los intereses de la comunidad trans.


Voy a hablar de género, en particular de la llamada identidad de género.

La tesis, el argumento que defiendo: Las personas trans merecen vivir sin miedo, merecen leyes y políticas que las protejan adecuadamente de la discriminación y la violencia. Pero las leyes y las políticas basadas en la identidad de género no son el camino correcto.


Cuatro axiomas del activismo trans:

«1. Tú y yo, y todo el mundo, tenemos un estado interior de gran importancia llamado identidad de género.

«2. Para algunas personas, la identidad de género interior no coincide con el sexo biológico –masculino o femenino– que los médicos les asignaron al nacer. Son las personas trans.

«3. La identidad de género, y no el sexo biológico, es lo que te hace ser hombre o mujer (o ninguno de los dos).

«4. La existencia de personas trans nos genera una obligación moral a todos: la de reconocer y proteger legalmente la identidad de género y no el sexo biológico.»


Estos axiomas o principios no son fruto de la observación o la investigación, son creencias, ocurrencias y hasta disparates.

Muchas personas trans asumen que la existencia y el reconocimiento de sus derechos políticos y legales dependen de que la teoría de la identidad de género se dé por buena, y eso es lo que voy a demostrar que es una equivocación, que es falso y perjudicial.

La imposición de la teoría de la identidad de género en nuestras leyes está causando un daño material a muchas personas, incluidas personas trans.

La teoría de la identidad de género no solo afirma que la identidad de género existe, es fundamental y debe ser protegida legal y políticamente. También dice que el sexo biológico es irrelevante y no necesita esa protección legal. Que la identidad de género –en una supuesta lucha– debe imponerse al sexo biológico.


¿Por qué habría que elegir entre sexo e identidad de género?


Veamos primero qué es el sexo, los sexos:

¿Cómo distinguimos los sexos?: más allá de algunos criterios médicos o biológicos (cromosomas, gametos), la manera como entendemos en general los conceptos de «macho» y «hembra» se puede explicitar del siguiente modo.

«Macho» y «hembra» remiten a un conjunto relativamente estable de características morfológicas a las que se suman los mecanismos subyacentes que producen esas características. — Ahora bien, para dejar lugar a la innegable diversidad genética y morfológica existentes, lo fundamental es que ninguna característica concreta del conjunto, ni ningún mecanismo subyacente, se considera esencial para la pertenencia de un individuo a la especie. Basta con que haya suficientes.

La mayoría de la gente tendrá todas las características…, pero ¡no todos, sin que por eso sea nadie menos macho o menos hembra!

No es que los rasgos observables constituyan el sexo, pero sí es cierto que se suele hacer hincapié en ellos.


J. Butler –se le suele atribuir– postula la «construcción social del sexo»: lo que significa que
1) no hay una división natural del sexo
2) «macho» y «hembra» no son más que una codificación social contingente y arbitraria.

La proposición 1 es antiintuitiva, es decir, miramos y vemos diferencias sexuales; dicha proposición no proviene, por tanto, de la observación. (Los defensores del constructivismo suelen responder que nuestra mirada no es inocente, que está ya pervertida del insoslayable y constrictivo discurso social: la nuestra. La suya…, la suya ¡no logra desengancharse!... del insoslayable y constrictivo discurso social.)

La proposición 1 proviene de un par de ideas «filosóficas» sacadas de quicio, exageradas, pero insostenibles:
a) que el lenguaje no refleja lo existente, no se refiere a una realidad previa, sino que “produce” o “construye” la realidad. — Es cierto que la realidad simbólica –lo social, lo político– está en buena medida elaborada mediante el lenguaje, pero si algo es referente ineludible del lenguaje lo es el cuerpo, y los cuerpos humanos son sexuados. Si no fuera así, no existiría, por ej., la medicina;
b) que cualquier teoría binaria de los sexos ha de ser inevitablemente “normativa” y, por lo tanto, “excluyente”. — Los conceptos de «macho» y «hembra» que he propuesto arriba no contienen normas; que haya habido, y siga habiéndola, exclusión no tiene que ver con los conceptos que dan cuenta de la diversidad hallada en la naturaleza, sino con el mal uso, prejuicioso que de ellos se haga.

Así, dicha «construcción social del sexo» es un poco simplista y conspiranoica, adolescente. — Por el éxito que tiene, sin embargo, debe de ser también muy seductora, como si nos trajera a la luz una «verdad profunda».


El modelo binario no implica determinismo biológico, como tantas veces se le atribuye; así pues, para no caer en el determinismo biológico, no hace falta prescindir del modelo binario.


En definitiva, hay una división natural de sexos en machos y hembras: más del 99% son lo uno o lo otro. De ahí que sea erróneo –y tramposo– decir que el sexo se «asigna» — el sexo se percibe, se reconoce en el recién nacido.

Solo 1,8 de cada 10.000 son intersexuales; solo 1,2 de cada 100.000 son hermafroditas.


Y es que el sexo tiene importancia, una importancia fundamental: en primer lugar, porque sin sexo el ser humano habría desaparecido, ni siquiera existiría; en segundo –no me puedo extender aquí–, por su relevancia en la medicina, en el deporte, en la orientación sexual y en los efectos sociales de la heterosexualidad.




Veamos ahora qué es la identidad de género.1

La noción apareció en los años sesenta (J. Money, R. Stoller). Hoy en día se entiende que es lo que nos hace ser hombre o mujer; si coincide con el sexo, cis-; si no, trans-género. En la legislación ha llegado a sustituir al sexo, por medio de la simple declaración de dicha identidad.

Tener una identidad de género que no se corresponde con el sexo, es algo que la sociedad –se dice– debería respetar. Y estamos de acuerdo. — Cosa distinta son algunas de las consecuencias que de dicho respeto se deducen.

La identidad de género –se nos dice– es la vivencia interna, psicológica de una identidad masculina o femenina. Como apuntaba al principio, se supone que todos tenemos esa identidad.

La forma más elemental de entenderlo suele ser considerar que es algo innato, una parte estable y persistente del yo, que determina quién soy “realmente”; una especie de núcleo, de esencia. Vendría temprano a la conciencia (para los dos, tres o cuatro años), del mismo modo que descubrimos de niños si tenemos pito o rajita.

Tomado al pie de la letra, este modelo parece justificar la creciente importancia jurídica y política de la identidad de género. Y, como además es algo que solo uno mismo puede conocer, requeriría un enfoque “afirmativo” por parte de los profesionales, es decir, que se preste atención a quienes dicen tener una identidad de género desajustada.



¿Es verdaderamente innata? ¿Está la identidad de género en el cerebro, como se sugiere? ¿Es un hecho innato, permanente y estructural del cerebro? — Parece bastante dudoso.

Por de pronto, las personas que no son trans no tienen ni idea de lo que sea identidad de género: saben cuál es su sexo, y no porque tengan una conciencia especial dedicada al sexo, sino porque llevan viéndolo y viviéndolo desde niños.

Solo cuando hay discrepancia, cuando uno sufre a causa de ella, parece que tenemos necesidad de hablar de la identidad de género. — Ni siquiera siempre: hay muchas personas no trans que están descontentas con su sexo, y no por eso se convierten en trans, es decir, sienten ser de otro sexo.

Tal vez solo pueda haber identidades de género desajustadas en relación con el sexo, y no ajustadas. De donde se deduce que la identidad de género no puede ser algo estructural, algo dado en el cerebro, o en el cuerpo humano. — Del mismo modo que no tiene sentido pensar que hay una conciencia específica de nuestra tendencia política, o de nuestros gustos, etc.



Que la identidad de género esté influida por la biología –hay diferencias entre los cerebros masculinos y los femeninos–, no significa que sea innata, es decir, que esté «programada» en una parte del cerebro. Y, desde luego, que haya un acceso directo de la conciencia a dicho programa, es aún más impensable.



Otro modelo de la identidad de género es el de la teoría queer, muy citada y muy afamada. Se suele remitir a Butler, lo que es muy poco plausible: ¡que Butler hable de desajuste entre sexo y género!

La teoría queer es más una propuesta política que otra cosa, de donde se deriva su problema principal: en su intención de rarificar la situación, de hacer saltar por lo aires las estructuras sociales — olvida la importancia de lo psicológico, de lo personal. Como dice Jay Prosser, un profesor trans inglés: «y si hay transexuales que lo único que buscan no es ser “performativos” [es decir, actores o activistas políticos], sino simple y llanamente ser».

Otro de su motivos es la difuminación y multiplicación de identidades –desde no binario hasta las 58 que propone Facebook, pasando por «semifluido» y «pangénero»–; la cosa es curiosa, si se quiere, pero tiene límites muy serios. No porque nos inventemos una palabra sabemos cuál es su referente real. Al alejarnos de lo que conocemos de verdad –macho o hembra, hombre o mujer– se pierde el sentido.



La teoría de la identidad de género, al prescindir de la biología y de la psicología, postulando una mítica identidad prescrita antes del nacimiento, es incapaz de explicar cómo se llega a estar en discrepancia con el propio sexo hasta el punto de desear cambiarlo o de sentirse más cercano al otro.

No puedo extenderme. Baste con señalar algo obvio: no hay identidad dada sino un proceso activo de identificación con el propio sexo o con el otro. Y esa identificación se da tanto de manera consciente como inconsciente. Por eso, vamos con el tiempo descubriendo cómo nos sentimos en relación al propio cuerpo.

El psiquiatra Az Hakeem describe en su libro Trans, p. 52, cómo observa en los clientes que desarrollan identidades de género desajustadas una trayectoria característica que va desde
[1] “un primer signo o síntoma de que algo no va bien” y un “cambio de humor” hasta un
[2] “periodo de búsqueda de significado tras la experiencia de cambio en el yo” y, finalmente, un
[3] “cambio experimentado en el yo atribuido a la identidad de género”. A esto le sigue una
[4a] “creciente preocupación por la identidad de género”, una
[b] “atribución retrospectiva del género como causa de los problemas en la vida” y una
[c] “mayor conciencia del género en la vida cotidiana en relación con uno mismo y con los demás”.


La identificación puede ser disfuncional, pero también puede ser una gran fuente de valor y significado.

Esta manera de entender la identidad de género permite atender la infinidad de casos diferentes que se encuentran. Una identidad de género desajustada no es necesariamente algo contra lo que haya que luchar. Son muchos los aspectos negativos de nuestra vida que, asumidos, le dan su riqueza y particularidad.

Por eso, frente a la propaganda del activismo, que desea ver disforia de género por todas partes, una de las críticas principales que se debe hacer es la absoluta irresponsabilidad, perniciosa y aun perversa, de quienes en los niños que juegan con juguetes asociados al otro sexo o llevan su ropa ven un síntoma indiscutible de identidad trans. — En los niños, más aún en el caso de los infantes, que están formando sus conceptos básicos, no hay conciencia de lo que es ropa de niño o de niña, y menos de lo que es ser niño o niña.

Lo mismo se puede decir de los problemas de la pubertad o la adolescencia: las dudas, los conflictos con la propia sexualidad no necesariamente implican disforia de género. Y también de otros problemas de salud mental.

Más razonable parece esperar: Si un niño se siente atraído por el mismo sexo, en la adolescencia la confusión puede crecer y es probable que su imagen de sí mismo se tambalee ante la presión de la familia, los amigos y la sociedad en general. Cuando hay tanto en juego, lo mejor es “estar a la espera” para ver si las cosas siguen igual o cambian. La intensa identificación inicial con un ideal de sexo opuesto o andrógino puede transformarse en muchos casos en otra cosa.



¿Qué es ser mujer?

La cuestión de si las mujeres trans se pueden considerar mujeres en sentido estricto se ha vuelto muy tóxica. — La respuesta negativa se toma «como un intento de “borrar” a las personas trans», ignorando que lo único que se pregunta es cómo clasificarlas.

Eso por un lado. Por el otro, resulta que si vence el activismo trans, es la mujer la que resulta borrada.

De ahí la importancia de saber qué es ser mujer. Dicho de otro modo, cuáles son los conceptos públicos de mujer y de hombre.


Un concepto no es el fruto de una decisión arbitraria tomada por un comité de poderosos, pero tampoco depende de la opinión de uno. No nos preguntamos por lo que deberían ser la feminidad y la masculinidad, sino por lo que son. — ¿Qué se entiende por ser mujer?

Lo que voy a hacer es analizar un concepto. — Los conceptos son herramientas cognitivas que, cuando funcionan bien, nos ayudan a gestionar el mundo en el que vivimos de manera más efectiva, a percibir diferentes tipos de cosas y hacer distinciones entre ellas, en relación con los intereses que podamos tener.

Hay conceptos de cosas en sentido estricto, y decimos que poseemos el concepto cuando somos capaces de identificar esa cosa de manera fiable: setas comestibles y venenosas, hambre o ansiedad, etc. También hay conceptos de cosas no perceptibles –bondad, democracia, amistad, la propia identidad de género, etc.–; en este caso, una prueba de que se manejan dichos conceptos es hablar con coherencia de ellas en diversos contextos, empleando palabras específicas referidas a dicha cosa que los demás puedan reconocer. — Lo que se intenta hacer en una clase de filosofía.

Los conceptos los creamos en respuesta a los intereses humanos, eso es cierto; por eso no tenemos conceptos para referirnos, por ej., a las cosas que duran más de tres años: ¿para qué? Pero el que respondan a intereses humanos no significa que los conceptos no seleccionen también divisiones reales ya existentes en el mundo. Los conceptos, cuando funcionan bien, seleccionan lo que ya existe.

Insisto, los conceptos seleccionan, no crean las cosas, como pretende el constructivismo.

A veces resulta que un concepto no funciona bien. En los casos más extremos, se descubre que un concepto no se refiere a nada real. Por ej., la supuesta noción biológica de Raza: ¡eso no existe!, luego no deberían sacarse conclusiones a partir de ella.

Así pues, el análisis conceptual –característico del pensamiento filosófico– implica prestar atención tanto a los conceptos y el lenguaje como a la naturaleza de las cosas.



El concepto de «mujer»

La teoría de la identidad de género nos dice que lo que nos define como hombre o mujer no es el sexo, sino la identidad de género. Se están proponiendo ahí interpretaciones radicalmente modificadas de los conceptos ya existentes de mujer y de hombre.

Desde siempre, estos conceptos se han entendido de la siguiente manera:
‘mujer: hembra humana adulta’; ‘hombre: macho humano adulto’;
ahora, ‘mujer: ser humano adulto con identidad de género femenina (le hayan “asignado” el sexo hombre o mujer)’; ‘hombre: ser humano adulto con identidad de género masculina (le hayan “asignado” el sexo hombre o mujer)’».
Y se pretende dejar de lado, olvidar los conceptos tradicionales.

Aun cuando tengamos en cuenta el interés de la identidad de género, no se pueden definir mujer y hombre en términos de la identidad de género. — ¿Por qué?

Hay una mitad de la población, la de sexo femenino, a la que le suceden cosas particulares justamente por su sexo –desde tener hijos a ser discriminadas en el trabajo–, y hace falta un concepto con que referirnos a ese grupo, que es el tradicional de mujer. Y esto es especialmente cierto cuando los objetivos son feministas. — De ahí el que el feminismo de la identidad de género no se ocupe ya de la mujer.

Hay otros conceptos que se basan en el de mujer, como son los relativos a las diversas edades de la mujer: niña, abuela, etc.

Aún más importante es que dichos conceptos se refieren a seres que, la mayoría de las veces, pueden identificarse como tales por medio de la percepción. — Los conceptos basados en la identidad de género niegan la validez de la percepción, borran la realidad en uno de sus aspectos esenciales y primarios.

Está demostrado que hay una estrecha relación entre la percepción y la adquisición de algunos conceptos. mujer y hombre se adquieren normalmente en parte a través de la vista y el oído. La mayoría de los niños adquieren una idea de cómo usar estos conceptos cuando se les señalan mujeres y hombres por la calle, en casa o en libros ilustrados. — Es imposible extirpar ese conocimiento y esa experiencia del alma humana. Negarlos solo provoca confusión.

De hecho, aunque la identidad de género quiera ser un estado psicológico interno que no tiene correlación directa con la apariencia externa, lo cierto es que si hay identidad de género femenina o masculina es porque previamente ya sabemos lo que es ser hombre o mujer. — En realidad, hace trampa la teoría ya que la identidad de género remite inevitablemente al sexo, por más que pretenda negarlo.


Suelen decir los activistas trans que las personas cis deben ser “más amables”, y “renunciar” a los conceptos de mujer y hombre (como si los demás nos aferráramos a estas palabras por rencor, para hacerles daño). — No hay nada de eso: es que ¡son necesarias!

K. Stock propone añadir a nuestro vocabulario colectivo otros conceptos que representen al “humano adulto con identidad de género femenina” y al “humano adulto con identidad de género masculina”; esos conceptos no serían excluyentes, sino que clasificarían a las personas en categorías cruzadas. Las mujeres podrían ser humanos adultos con identidades de género masculino, y los hombres podrían ser humanos adultos con identidades de género femenino. Cada uno de nosotros puede clasificarse en varias categorías a la vez.

De lo que no se puede prescindir es de los conceptos tradicionales de mujer y hombre. — Además, la propuesta trans implica un fuerte desprecio de las mujeres, ya que en ella ¡resultan ser más importantes unos machos con identidad de género femenina que las mujeres!



En resumen: pretender que existe en nuestros cuerpos o en nuestras mentes algo así como la identidad de género y que por obra y gracia de tal elemento básico el sexo dejaría de tener relevancia es un sinsentido, puesto que la dichosa identidad de género –fruto de un proceso conflictivo de identificación, esto es, de formación de dicha identidad– solo surge en discrepancia con el sexo. Así pues, identidad de género o identidad sexual y sexo están por definición vinculados.

Se encuadra, eso sí, dentro de esa delirante tendencia de la época a despreciar el cuerpo en cuanto sustrato imprescindible de nuestro ser humanos, versión informacional o digital del antiguo gnosticismo: ese creer que somos fundamentalmente mente y que por ello podríamos en cualquier momento prescindir de ese soporte material tan imperfecto que son nuestros cuerpos.

Les guste o no, una cosa está clara: somos –los humanos– cuerpo, cuerpo animado, espirituoso o psicofísico, pero siempre cuerpo. Y si algún día dejamos de serlo, dejaremos de ser humanos. En cualquier caso, las fantasías al respecto, por mucho que vendan, no pasan de ser fantasías, fantasmagorías, falsas ilusiones, embustes. Y no hay que confundir el rigor intelectual con el marketing y la propaganda.

Las peligrosas consecuencias de todo este juego de poder: como mínimo, bajo la pretensión de proteger a personas, muy poquitas, terriblemente perseguidas, provocar confusión en muchas, en particular entre los más jóvenes. Más graves, ciertamente, la ignorancia e irresponsabilidad con que se ha estado invitando a que se resuelva cualquier conflicto aparente o real supuestamente ligado a la identidad sexual por medio de la transición al otro sexo; en última instancia, la contaminación o, mejor, perversión del ideario feminista al derivar el sujeto de sus reivindicaciones de la mujer en sentido estricto a la persona trans con identidad de mujer, esto es, al hombre con identidad de mujer.



Kathleen Stock, Material Girls. Por qué la realidad es importante para el feminismo, trad. de Irene Jové, Shackleton Books, 2022

1 Ley trans: «identidad sexual»: ‘Vivencia interna e individual del sexo tal y como cada persona la siente y autodefine’ (art. 3).

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Me congratulo del anuncio de tregua en Palestina.

miércoles, 10 de enero de 2024

NERVAL, Las quimeras y la música de IVAN GM


Para Ivan G.M. y para el grupo de las tertulias 


No siempre salen las cosas como las tenemos planeadas y ayer, durante la tertulia poética, no pudimos disfrutar de la música que Iván había compuesto para hacer que Las Quimeras nervalianas sonaran más quiméricas y menos solas. Con el ánimo de resarcirme y de hacer honor a lo que el músico había preparado a costa de perder horas de su sueño para ambientar unos sonetos que él no había visto y de los que tan solo le había dado unas brevísimas indicaciones, he realizado la grabación en casa. 

De los doce poemas que componen Las Quimeras he recogido el primero y el más conocido de todos ellos, "El Desdichado", los cinco de "Cristo en los olivos" y el último, "Versos dorados", en el que es donde se hace más explícita la forma del entender el mundo que tenía el poeta francés. 

Espero que esta grabación pueda servir para completar la tertulia de ayer y para dar las gracias públicamente al enorme trabajo que se tomó el músico para acompañar unos textos a los que tan acertadamente musicó sin haber tenido la oportunidad de conocerlos. Gracias, Iván, yo creo que si Nerval llegara a conocer este audio daría su consentimiento.

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viernes, 7 de julio de 2023

EL CIELO NOCTURNO EN LA CÁMARA DE ALAIN PAGOAGA

Tormenta sobre el Cantábrico desde la playa de Hendaya con el faro de Higuer a la izquierda.

Coincidí el miércoles con Alain Pagoaga y entre tema y tema surgió el de su dedicación a la fotografía nocturna. Me mandó algunas y yo le pedí permiso para publicarlas y anotarlas. Las dos primeras no necesitan nada más que indicar qué parte del mundo aparece en ellas por si alguien que no conozca el entorno de la bahía de Txingudi pasa por aquí. Los relámpagos, perfectamente captados, son suficientemente expresivos como para llenarnos de admiración.

Tormenta sobre San Marcial.

En las que vienen a continuación, en cambio, creo que es conveniente aportar alguna indicación para disfrutarlas un poquito más, aunque ellas ya son bellísimas de por sí. 

La primera corresponde al 18 de julio de 2020. Aquel mes nos visitó el cometa Neowise, y muchos acudimos a los montes de la zona para poder verlo. Sobre la fotografía de Alain he unido las estrellas que forman las constelaciones de Leo Minor y Lynx. Son estrellas muy débiles y difíciles de ver si no se dispone de un cielo muy oscuro. También se pueden ver algunas estrellas de Leo, Osa Mayor y la Jirafa (Camelopardalis), pero no todas y, desde luego, no las más brillantes ni características, que son con las que hacemos los imaginarios dibujos identificativos.

C/2020 F3 (NEOWISE) sobre el mar, visto desde el monte Jaizkibel.

En la siguiente aparecen las siempre bellísimas Pléyades, pero la mayor parte de la constelación de Tauro, a la que pertenecen, se encuentra tapada por la nubes y la contaminación lumínica. A la izquierda se puede ver el lado más identificativo de la constelación de Auriga con sus dos estrellas más brillantes. En medio y en la parte superior aparece el brazo de la constelación de Perseo.

Cielo nocturno sobre Orthez, visto desde la falda del monte Orhi.

En la última que recojo, aunque tal vez no sea la fotografía más llamativa ni la más espectacular, es la que a mí más me gusta por la enorme sorpresa que guarda. 

Corresponde al cielo del 8 de octubre de 2020 y es la que más tiempo me ha ocupado en identificar lo que en ella podemos ver. Todo empezó a ser más fácil una vez que me aseguré de que el punto brillante mayor correspondía a Marte. A partir de ahí fue relativamente sencillo dar con Diphda (Deneb Kaitos), la más brillante de la constelación de Ballena (Cetus), una constelación que también necesita cielos muy oscuros y cierta experiencia para localizarla. Desde la Ballena fácil era llegar hasta Fomalhaut, la única estrella de Piscis que se distingue con facilidad. Pero la felicidad llegó cuando localicé al siempre escurridizo Neptuno¡Alain lo había recogido con su cámara!—. Identificarlo fue posible gracias a las cuatro estrellitas de Acuario que se ven a su derecha. 

Cielo nocturno mirando hacia el sur.


¡Merci beaucoup, Alain! 
Cette photo est comme un cadeau personnel pour moi.

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