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martes, 24 de febrero de 2026

LECCIONES DE AURORA, 8

Volvemos a retomar este martes la serie Lecciones de Aurora de la mano de Jaime Aspiunza.


 #nietzschedescomplicado


Lecciones de Aurora 8


 El segundo libro de Aurora –recordemos que tiene cinco– podría decirse que trata del individuo y, paradójicamente, de sus divisiones. Ocupa los parágrafos 97-148. La mayoría de ellos se centran en el particular humano y en su posible «egoísmo» o «altruismo».

Los primeros aforismos hacen una crítica bastante general de la moral. Aurora 97 se titula: «Moral es algo que se llega a ser — no algo que desde un principio se sea». Es algo aprendido, nada natural; y es algo que probablemente desaparecerá, como han desaparecido tantas cosas a lo largo de la historia.

Hasta qué punto considera Nietzsche histórica o devenida la moral puede comprobarse en Aurora 103, cuyo título reza «Dos manera de negar la moralidad». La primera hace referencia a la crítica moralista de La Rochefoucauld, la segunda a la que es propia de Nietzsche: «niego la moralidad del mismo modo que niego la alquimia, es decir, niego sus presupuestos». Niega que los juicios morales se basen en verdades; no niega que puedan ser motivo de la acción, solo que en ese caso, si no se basan en verdades, «no son más que errores».

Eso no significa, como tan a menudo se oye, que Nietzsche sea un inmoralista, que lo que está proponiendo sea justo lo contrario a la moral, lo inmoral, ser «malo». — Para nada. No niega que haya un montón de personas que se sientan inmorales, «sino el que haya una razón de verdad para sentirse así». De la misma manera que hubo alquimistas, e incluso unos cuantos de los que fundaron la ciencia moderna se entregaron también con pasión a la alquimia. Pero sus presupuestos son insostenibles.

Tampoco niega –y esto no se suele conocer de Nietzsche– «que muchas de las acciones que se llaman inmorales son algo que haya que evitar y contra lo que luchar». De igual modo que muchas de las que se llaman morales sean algo que conviene practicar y promover. — Lo hace, sin embargo, por razones diferentes de las habidas hasta ahora.

Ahí está su crítica a la moral: la concepción que la moral tiene del ser humano particular es terriblemente ignorante de su, llamémosla, psicología, es decir, de su modo de ser. Por ello dice Nietzsche que se basa en errores, que sus fundamentos no son verdaderos. — Y buena parte del Libro II de Aurora se centrará en minuciosos y brillantes análisis lingüístico-psicológicos.

 

***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 17 de febrero de 2026

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (y 5), por Jaime Aspiunza

Se cierra aquí la exposición de Jaime Aspiunza sobre:


Concepción (mía) de la filosofía 


Cómo salir del mito:

1. Hay que aceptar que tenemos un entender preconceptual en el que se apoya el uso de los conceptos que se predican de las cosas.

2. Ese entender es el de un ser humano que trata con las cosas y, por tanto, se ocupa de entenderlas, de hallar su sentido partiendo de objetivos, necesidades, propósitos y deseos, en parte impuestos por la realidad, en parte revelados en nuestro hacer, en nuestra lucha.

3. Ahora bien, el lugar originario e insoslayable de este dar-sentido preconceptual está en nuestro trato corpóreo con el mundo; es decir, en nuestro cuerpo vivo, en acción, que se encuentra con una presencia ineludible de sentido, por confuso o erróneo que pueda ser.

4. Tenemos –eso sí– la capacidad de salir de ese modo original de inserción en el mundo, y aprender a ver las cosas de manera desinteresada, en términos universales, lo más objetivamente posible, que diríamos. Ahora bien, este modo es derivado, el otro es previo y general. — Tanto el cuerpo como su implicación con el mundo nos imponen una dependencia que es ¡genérica, del género humano –y genética–, no conceptual! (Sea dicho esto contra quienes creen que vivimos encerrados en una cárcel de lenguaje sin salidas.)


Vayamos, por último, al asunto de la verdad, directamente relacionado con la cuestión del subjetivismo y, por otro lado, una de las cuestiones, o, mejor, la cuestión por antonomasia de la filosofía.

Cuando digo «la verdad», no me estoy refiriendo a ninguna verdad única, y para colmo, mistérica, que gobernara y enderezara nuestro mundo. — Me estoy refiriendo a la noción de «verdad».

Hubo tiempos en que las verdades se creían eternas. Hoy se habla más bien de descubrimiento o de creación de la verdad; suelen ser por ello más históricas que otra cosa. Los griegos empleaban «la verdad» en forma verbal; tenían un verbo que significaba «hacer o producir la verdad». Nosotros no tenemos más que un sustantivo, aunque lo empleemos como un adjetivo: a lo que es verdadero le decimos «verdad».

Pues bien, lo primero que debe decirse al respecto es que la verdad es el presupuesto fundamental del ser humano: hay verdad en tanto que hay existencia humana.

Cuando unas palabras nos dicen algo verdadero nos llevan directamente a la realidad: nos la muestran, nos la dan a ver. Este es un fenómeno en todo momento observable: las palabras verdaderas nos descubren la realidad.

Se vislumbran ahí dos niveles de verdad: las palabras verdaderas y la realidad descubierta. Por eso, tradicionalmente se entendía que la verdad estaba en la correspondencia entre lenguaje y realidad. — Ahora bien, esa verdad dicha, de las palabras, verbalizada no es más que una forma derivada de la verdad, puesto que antes de la verbalización está el descubrimiento.

Así, Heidegger insistirá en que la verdad es la capacidad de descubrimiento del ser humano. La verdad es la realidad descubierta de un modo determinado, desde una perspectiva concreta. — Repito, desde la perspectiva no-dualista del ser-de-mundo, el ser humano descubriendo y la realidad descubierta son, en principio, uno y lo mismo.

Estar-en-el-mundo –lo veíamos– es estar descubriéndolo (y encubriéndolo), pues la percepción nos aporta verdad y no-verdad. Más allá (o más acá) de la verdad simplemente lingüística, en el ámbito de la percepción y la acción, esto es, en la existencia conviene resaltar un par de rasgos:

a) el carácter activo de la verdad: descubrir el mundo es un proceso, una actividad, un esfuerzo y una lucha; Heidegger hablará de «producir y cuidar la verdad», ya que las verdades también pueden ir mistificándose.

b) hay modos bien diversos de la verdad: desde la ciencia, donde queda más a las claras lo que pueda ser verdad, y que se suele tomar como modelo y criterio, hasta las verdades de la existencia personal: ¿qué es lo que yo necesito ahora, en este momento de mi vida?, cosa que solo yo puedo saber. Entre medio, las verdades de la medicina, de la psicología, del gusto, de la literatura, del arte…, que ¡no son verdades fácticas!


En definitiva:

1) Verdad es lo que nos permite entender mejor el mundo. — Así, por poner un ejemplo, sabemos que la realidad tridimensional no puede transponerse directamente a las dos dimensiones del cuadro, de la pintura; y sabemos que se han utilizado a lo largo de la historia diversos artificios para lograrlo –la perspectiva renacentista, la mirada impresionista o la pintura «objetiva» de Cézanne–; dichos artificios son maneras de reproducir la realidad en la pintura: nos ayudan a ver la realidad aunque obviamente no son copias de ella. Al pasar de uno al siguiente, salimos de un marco de referencia previo o establecido, y entramos en una «nueva verdad», que, naturalmente, siempre será parcial, perspectivista.

2) La percepción de ese fondo que hace posible que tratemos con cualquier cosa es sin palabras, capta la verdad antes de ponerle palabras.

3) La certeza, que desde Descartes pasa por ser un criterio de la verdad, tiene poco que ver con ella; la certeza psicológica, la convicción personal no tienen nada que ver con la verdad. — Podemos –y solemos– estar absolutamente convencidos de cosas por las que pondríamos «la mano en el fuego», y al instante siguiente, tras prueba en contrario, la convicción y la certeza se han desinflado, desvanecido de modo tan convincente que parecen no haber tenido jamás lugar.

4) El tópico «cada uno tiene su verdad» vale, por lo tanto, como mucho, en las verdades relativas a la propia existencia. Se suele aplicar, sin embargo, a los juicios psicológicos, morales, estéticos o políticos, en cuyo caso muchas veces significa simplemente «opinión»: «cada uno tiene su propia opinión», no su verdad.

En ocasiones sirve solamente para evitar escuchar, tener que pensar, cambiar de ideas, decepcionarse uno mismo. Esgrimen la «verdad» como un aparato de fuerza.

5) Pensemos en el caso, habitual, de dos opiniones diferentes y aun contrarias acerca de una persona: una positiva, la otra negativa: caso que se suele solventar con el dictamen de «¡es tan subjetiva la opinión acerca de las personas!». — Y, sin embargo, puede que se trate, no de dos opiniones poco fundadas, sino de dos verdades sostenibles a un tiempo, aunque parezcan contradecirse.

Si atendemos al proceso completo de descubrimiento de dichas verdades, es probable que salga a la luz que en uno de los casos efectivamente la persona juzgada se ganó una calificación positiva, mientras que en el otro el juicio con que se la descalifica también fue justamente obtenido. Es decir, alguien puede ser agradable en una situación, y desagradable en otra, con todos los grados intermedios posibles. — De ahí el que dos juicios contrarios puedan ser perfectamente verdaderos, sin que «la verdad» sea algo radicalmente subjetivo. — ¡Y qué diferente es creer que todo es cosa nuestra, de nuestro caprichoso gusto, o descubrir que una persona puede ser, según el caso, así o asá!

6) La verdad, ahora, implica el proceso completo de desencubrimiento, no solo su resultado final puesto en palabras. Dicho de otra manera, es perspectivista: desde un punto de vista determinado en una situación determinada.

La expresión lingüística de una verdad es siempre un resumen que obvia elementos del contexto. No hay que olvidar, por tanto, esa situación sin palabras, existencial, puesto que es esa la que la verdad lingüística quiere transmitir.

En definitiva, y a modo de recordatorio práctico: el lenguaje es siempre contextual; si queremos que nos digan aquello a lo que apuntan, a las palabras concretas que oímos hay que buscarles siempre su contexto. — Salvo en los horarios y en las recetas de repostería, no debería aplicarse la literalidad en nuestras vidas. Mata.


Jaime Aspiunza, San Sebastián, 27 de enero de 2026


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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 10 de febrero de 2026

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (4), por Jaime Aspiunza

 Continúa aquí el texto de Jaime Aspiunza que publiqué el martes pasado.


Concepción (mía) de la filosofía 


Daniel N. Stern (1934-2012) fue un psiquiatra y psicoanalista estadounidense especializado en desarrollo infantil, acerca de lo cual escribió varios libros; el más conocido de ellos es The Interpersonal World of the Infant [El mundo intersubjetivo del infante], de 1985, en el que propone el desarrollo del niño a través de cuatro «yoes» o fases del yo que se van solapando sucesivamente. Se trata de un libro de carácter científico. El Diario de un bebé, escrito pocos años después, en 1990, presenta de manera ficticia las vivencias del niño en su crecimiento.

En él explicita e imagina las cuatro fases por las que pasa cualquier niño sano hasta aprender a hablar y luego ser capaz de elaborar su propia historia. Conviene tener en todo momento presente que dichas fases o etapas se conservan a lo largo de todo el desarrollo y de ¡toda la vida!; no son superadas y dejadas atrás, sino que quedan solapadas bajo las siguientes, imbricadas en ellas. — Veámoslas.

1) Hasta las seis semanas, el bebé vive el mundo del sentir: las cosas, lo que pasa, lo que se le dice, todo le llega en cuanto sensación, en cuanto sentimiento. No distingue el afuera del adentro, es como si fuera atmósfera, ambiente en continuo cambio. El mundo es uno y yo soy parte de él. — Y, repito, esto se conserva durante toda la vida: Cada experiencia va provista de su tono sentimental; solo que de mayores le prestamos menos atención.

De hecho, en cuanto cuerpos, es fácil verlo, estamos abiertos en todo momento: respiramos el aire que viene de fuera, devolvemos el anhídrido carbónico (o dióxido de carbono); vemos, oímos; bebemos, comemos, etc. En cuanto mentes no solemos estar tan abiertos; sin embargo, nuestra mente es mente de un cuerpo, no mente pura. Y la percepción, ya lo sabemos, es nuestra apertura físico-psíquica al mundo. «El sentir –decía Merleau-Ponty– no es la posesión intelectual “de lo que” es sentido, sino desposesión de nosotros mismos en provecho suyo, apertura a lo que no necesitamos pensar para reconocerlo.» Posibilidad de la filosofía, p. 232.

De hecho, el aprendizaje de la objetividad consiste en aprender a marcar los límites entre uno y la realidad, en no interpretar a la ligera lo que sentimos en cuanto lo que es; esto es, en corregir los corolarios –retorcidos, al ser ya lingüísticos– de esa primera fase nuestra.

2) Entre las ocho y las doce semanas hay un salto espectacular: sonrisas, vocalizaciones, contactos visuales largos. La cara pasa a ser el objeto más atractivo y fascinante, y sigue siéndolo de mayores, aunque no la miremos tanto. El rostro pasa a ser todo un mundo para el bebé.

El mundo social inmediato: la mirada va concentrando la sensibilidad. Es el mundo del aquí y ahora en su relación con la madre.

El niño, gracias a ese control de la mirada, comienza a sentir que es actor, agente, que provoca acontecimientos; comienza, por un lado, a percibir que está separado físicamente de su madre y, por otro, a elaborar lo que llamaríamos su interioridad, a hacerse una «idea» de su mundo social: él, ella, nosotros... — Y la mirada es la entrada a dicho mundo, la ventana a que se asoma dicha interioridad.

La interacción social se aprende, pues, sin que medien objetos y, por supuesto, antes de que aparezca el lenguaje. El interés por las cosas viene después y se despliega sobre el mundo del aquí y ahora en su relación con la madre. — En general, es nuestro trato con los demás la matriz de nuestra experiencia.

3) Al año posee ya un mundo que podríamos llamar de «paisajes mentales», es decir, de intenciones, deseos, sentimientos, pensamientos, recuerdos, atención, que, por otro lado, puede compartir. Se va configurando un mundo interior que es, sin embargo, intersubjetivo.

Busca cosas que no están a la vista, le fascinan los juegos de esconder, descubre intenciones en el rostro de su madre… — Haremos eso toda la vida: interpretar las acciones para ver qué hay detrás; es decir, acción e intención quedan vinculadas, unidas: se va creando así el mundo del sentido, se va forjando el apego afectivo al mundo.

A los doce meses el niño ha entrado ya en un mundo nuevo cuyo centro de gravedad no son ya los acontecimientos físicos del aquí y ahora, sino los acontecimientos ocultos en su interioridad que se extienden desde el pasado hasta el futuro.

4) Alrededor del año y medio se da el salto al lenguaje: aparece el mundo de palabras, aparece la reflexión sobre uno mismo.

El lenguaje, la imaginación abren mundos nuevos, panoramas ilimitados. Por un lado, confieren independencia y libertad; por otro, vinculan al niño con los demás, con la cultura de su mundo.

El lenguaje reestructura el mundo. La experiencia no verbal queda compartimentada en categorías nítidas y diferentes. Todo ello tiene su lado oscuro, sobre todo si se compara con la experiencia prelingüística: Muchas experiencias no verbales quedan fuera del ámbito de aplicación del lenguaje, lo que es desconcertante y a veces muy doloroso.

No hay que olvidar que antes de aprender a hablar el niño ha asimilado todos los procesos y estructuras básicas necesarias para el trato con los demás. Estructuras que son formas no verbales, continuas y dinámicas, incompatibles con la naturaleza discontinua, binaria y categorial de las palabras. Por eso, la aparición del lenguaje tiene algo de desarreglo.

Se ha roto la unidad de la experiencia. Y hay que procurar integrar en el lenguaje ese mundo de sentimientos, de intuiciones, y de relaciones y trato con el mundo prelingüístico.

A eso llamaría Merleau-Ponty «aprender a ver de nuevo el mundo». Un cuerpo dotado de lenguaje es un cuerpo que tiende al lenguaje, pero no desaparece en él. Hay una experiencia pre-lingüística que alberga el mundo del sentido, la intersubjetividad, la interacción y el sentimiento del mundo.


Revisemos algunas de las conclusiones alcanzadas hasta aquí:

– Somos un cuerpo, somos-de-mundo: «Mi cuerpo es el quicio del mundo», «tengo conciencia del mundo por medio de mi cuerpo», Fenomenología de la percepción, p. 101. Mi «ser-de-mundo es una visión preobjetiva», p. 99, es decir, una visión previa a la distinción sujeto/objeto.

– Nuestro cuerpo no es algo que yo vea y que yo piense, «nuestro cuerpo es un conjunto de significaciones vividas que va hacia su equilibrio», p. 170. En la acción guiada por el hábito, sin que haya intencionalidad consciente alguna, nuestra actividad ¡es intencional! — Pensemos en todas esas cosas que sabemos hacer sin que seamos conscientes de ello, más bien siendo inconscientes de saberlo: andar por la calle, hacer la compra, pasear, etc., etc., y eso sin mentar actividades mucho más complejas como cantar, nadar, bailar, escribir… «Mover el cuerpo es apuntar, a través del mismo, hacia las cosas, es dejarle que responda a la solicitación que estas ejercen en él sin representación [esto es, sin ideación o conceptualización de ellas] alguna», p. 156. Es decir, tratar con las cosas envuelve cierto entender no-conceptual, una suerte de proto-conocimiento.

– Hemos de estar inmersos en un mundo en que nos manejamos para poder hacer cosas concretas, desde partir el pan hasta escribir unas lecciones de filosofía. Ese mundo es una totalidad cerrada, una trama concreta de remisiones: coger el cuchillo, sujetar el pan con la otra mano de modo que no me corte, etc., etc. Para poder actuar hemos de tener presente esa trama –en cada caso concreta– de pautas que articulan nuestras actuaciones, mas la presencia de dicha trama tiene algo de peculiar: no llama la atención. Es una presencia «apagada, nada llamativa». — Pero sin ella sería imposible hacer nada.

– Somos cuerpo y somos lenguaje, lenguaje de un cuerpo, y al tiempo la presencia de lo social en cada uno, puesto que el lenguaje es obra social anterior a nosotros, obra actuante que se nos inculca. — Por ello, y frente al subjetivismo ambiente, somos todos semejantes, primero, por ser cuerpos humanos de funcionamiento semejante: de ahí que pueda haber una medicina, esto es, un saber sobre los cuerpos humanos, sea el mío o el del otro. Segundo, porque estamos habitados por un lenguaje social, común: reproducimos la familia, el género, la clase social, etc. Hay diferencias, por supuesto, pero no son tantas, en cualquier caso, no son absolutas, como nos quieren hacer creer.

– Por ello, somos más sociales, más comunes, más anónimos que particulares y originales; esto, como mucho, es algo que se irá haciendo, que se irá logrando, en cierto grado. — El subjetivismo que ante cualquier cosa y sin parar se da por supuesto no es más que un sueño, o un señuelo…


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Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 3 de febrero de 2026

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (3), por Jaime Aspiunza

Retomamos hoy la tercera entrega de la estimulante aproximación a la filosofía, cuya anterior enrtrega se produjo el 6 de enero


Concepción (mía) de la filosofía 

Tras haber visto el mito dualista de la antigüedad, que pervive aún entre nosotros, vamos ahora a ver el mito dualista moderno: el mito del sujeto y el objeto, o el del afuera –el mundo exterior de los objetos– y el adentro –o mundo interior, que es el del sujeto–.

Este dualismo se encuadra en la concepción moderna del conocimiento, de tal manera que van de la mano. El conocimiento se entenderá en la modernidad, de resultas de las ideas al respecto de Descartes y Locke (por citar solo las figuras más señeras), en cuanto captación de la realidad exterior por medio de las representaciones, esto es, las ideas, del sujeto.

Los presupuestos imaginados de tal caracterización, de índole topológica, son los siguientes: a) los seres humanos estamos dentro de nosotros, sin llegar a penetrar en la realidad; b) convertimos esa realidad en sentimientos e ideas subjetivos, incluso particulares en su versión más solipsista; c) en el mejor de los casos, hay algo de conocimiento objetivo, que sería el de la ciencia; d) en el peor, la verdad, en cuanto fruto del conocimiento, no existe, sino solo las verdades subjetivas.

Dicho en otros términos, relativamente corrientes y extendidos en hoy día: «no existe la realidad»; o, más tenuemente, «no sabemos si existe la realidad» y, «si la hubiere, no sabemos –no podemos saber– nada de ella».

Esta es la manera como la modernidad ha pretendido dar cuenta de la existencia del sujeto, es decir, del ser humano, y de su intervención en el conocimiento de la realidad.

Para responder al escepticismo siempre receloso de nuestra capacidad para conocer, Descartes se apoyó en nuestra facultad de pensar, considerándola inmune a tal escepticismo, ya que de lo que no podemos dudar es de que pensamos, incluyendo en tal pensar sentir, imaginar, querer, en fin, todos los actos de la conciencia humana, llegando al extremo de reducir en buena medida el ser humano a su conciencia, lo que se avenía convenientemente a la comprensión espiritual del momento. No se había liberado lo suficiente de la educación recibida en los jesuitas.

Locke, por su parte, renombrando mind al alma que interviene en los asuntos terrenales, de donde hoy en día la tan manida «mente», reconocía en los objetos lo que se suele llamar las cualidades primarias, fundamentalmente, extensión, figura y número, es decir, las propiedades cuantificables y geometrizables; dejando a las secundarias –color, olor, sabor, sonido– en el limbo de las potencias del objeto, lo que a la postre redundará en su exclusión de la realidad, reducidas –como a veces se dice– a meras alucinaciones del sujeto. — «Los colores no existen en la realidad» es una expresión relativamente frecuente, que tiene, además, pretensiones de cientificidad.

Ambos, como vemos, a pesar de su intención en contrario, están dando el pábulo adecuado al más radical escepticismo, que hoy en día se denomina también relativismo, bien que radical o absoluto.

Volvamos a la fábula del mundo verdadero de Nietzsche. Preguntábamos al final si lo que quedaba, una vez evaporado el mundo verdadero, era solo el aparente. La respuesta que la deriva recién expuesta del mito dualista moderno del conocimiento está dando implícitamente a dicha pregunta es que sigue existiendo el mundo verdadero pero se nos ha alejado tanto que solo podemos imaginarlo, fabularlo, alucinarlo sin tener nada que ver con él; sirve solo de emblema de una imposibilidad, o como excusa para la irresponsabilidad, que también. Es la marca de que el mundo aparente es absolutamente falso.

La realidad –dejémoslo claro– no es lo que está frente al ser humano; la realidad incluye al ser humano. Por ello, lo que conozcamos de ella será lo que ella sea para el humano; para algunos animales sabemos que es distinta.

Así las cosas, los argumentos del subjetivismo son muy elementales, y de tan elementales, falsos y tramposos. El primero de ellos es el relativo al gusto: «a mí esta canción me parece bonita; a ti no. Luego la belleza es algo subjetivo; no está en el objeto, sino en la mente de cada cual.» O a los juicios de carácter psicológicos: «a mí X me parece simpático; a ti no. Luego es algo subjetivo». En fin, las utopías de corte sociopolítico: ¿todo subjetivo! — No vale seguir dando por supuesta la partición sujeto/objeto cuando la realidad –el supuesto mundo de los objetos– incluye al sujeto, a los sujetos.

Se predica demasiada subjetividad: ¡no hay tanta, es un fraude! Se contradice a sí misma, pues, a la hora de la verdad, en ese mismo terreno del relativismo siempre escéptico con los demás, todos somos o de izquierdas o de derechas, o fascistas o comunistas, siguiendo una irrisoria política de identidades implantada para comprender el mundo.

Ese empeño compulsivo en ver subjetividad por doquier no es más que mala psicología o mala antropología, o responde en el fondo a intereses crematísticos que buscan la conservación del hombre masa, del consumidor anclado en el goce más primario e infantil, haciéndole creer que eso –el consumo caprichoso– es la emancipación, la realización de sus capacidades. Recurrir tan a menudo a la explicación del subjetivismo es hacerle creer –al consumidor– que él es el amo, el dueño y señor de su voluntad, cuando no es más que el títere de sus insufladas «necesidades».

Porque «sujeto», además de haber devenido en particular, siendo en origen equivalente a ser humano, esto es, universal, ha adoptado también algunas características de otro ámbito que no es el del conocimiento, adornándose de una supuesta autonomía e independencia. Por ello, quien tiene un gusto subjetivo está presumiendo también de ser el dueño activo y hasta creador de su propio gusto. ¿Cómo no va a estar encantado de comprarse las zapatillas Nike que ya llevan otros cientos de millones sobre la faz de la Tierra? ¡Es prueba inequívoca de su originalidad!

Pensemos que los medios digitales avanzan sibilinamente en la personalización de sus interfaces, ofreciéndonos a cada uno lo que parece ser de nuestro interés, intentando extender nuestro mundo de referencia mediante algoritmos –muy poco inteligentes, diría que ciegos– que amplían por analogía o contagio los posibles temas de interés; en cualquier caso, incidiendo exclusivamente en el supuesto crecimiento de un sujeto del deseo consumidor que les beneficie.

El ser humano no es ¡solo ideas!, es antes que nada un cuerpo, y un cuerpo en acción. Y la relación de dicho cuerpo en acción con el mundo no es, ni mucho menos, solo de conocimiento. Por ello, la insistencia en ese esquema elemental pero falso de lo que somos no es un simple error de perspectiva sino un atentado fatal contra lo humano. La proliferación de lo considerado subjetivo, el «todo vale» del relativismo más ramplón han ido haciendo que desaparezca el diálogo –¿para qué hablar si cada uno posee su propia verdad?–; es más, que desaparezca, que se vaya borrando de nuestra costumbre y nuestros valores la importancia del diálogo, estando –como está– nuestra cultura y civilización occidental precisamente sostenida sobre el principio del diálogo. — Entiendo que ese es el punto clave –fundamental– de la crisis actual.

Por ello, hay que volver al mundo, a la realidad. En el lenguaje, el dualismo parece «natural» (está lleno de dualidades, incluso se diría que funciona sobre ellas), en la realidad no. En la realidad no hay ni bien ni mal, ni bonito ni feo, ni siquiera blanco puro y negro absoluto: hay infinidad de grises y multitud de colores; en la realidad todo es siempre relativo…, mas hay que saber hallar lo relativo de la realidad, no del sujeto implicado.

En el mito dualista moderno hallamos una concepción llamémosla «lenguajera», idealista del ser humano, como si su ser lingüístico, su estar imbuido de ideas fuera lo único y lo esencial.

Y no es así: somos cuerpo, no ya «tenemos» cuerpo, sino que lo somos. Un cuerpo con lenguaje, pero antes: cuerpo. Ese cuerpo está siempre en el mundo, lo que significa que sí se puede salir del sujeto, contra lo que la noción moderna de conocimiento presuponía. Por otro lado, la percepción, que es nuestra conexión con dicho mundo, el quicio del encuentro, tiene algo de común, de anónima: «Toda percepción se da en una atmósfera de generalidad y se nos da como anónima. No puedo decir que yo veo el azul del cielo en el sentido en que digo que comprendo un libro o que he decidido consagrar mi vida a las matemáticas. Mi percepción, aun vista desde el interior, expresa una situación dada: veo el azul porque soy sensible a los colores, mientras que, por el contrario, los actos personales crean la situación: soy matemático porque decidí serlo.» Fenomenología de lapercepción, pp. 230-231.

El azul del cielo está ahí; si lo miro tengo que verlo, salvo que esté ciego o sea daltónico. Tengo que verlo, porque cualquier ser humano lo ve, se nos impone. Por eso dice Merleau-Ponty que hay algo de anónimo, de común, de genérico en la percepción. Nada hay ahí de subjetivo, si entendemos esta palabra como es habitual, de particular y personal, de mío.

Por ello la fenomenología contrapone al atomismo falsificador que todo lo reduce a sujetos y objetos aislados la noción de ser-de-mundo: El mundo está «antes que» las cosas; el sentido, «antes que» los objetos.

Veamos por qué.

Jaime Aspiunza, San Sebastián, 27 de enero de 2026


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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 27 de enero de 2026

LECCIONES DE AURORA, 7

Retomamos este martes la serie Lecciones de Aurora de la mano de Jaime Aspiunza y estas

 #nietzschedescomplicado

Lecciones de Aurora 7


La moral no solo se opone a la posible libertad y autonomía del ser humano, del particular, como veíamos días pasados, sino que –y esta es una de las lecciones principales de Aurora, y se hace patente desde el mismísimo primer parágrafo, «Racionalidad adquirida»– redunda en menoscabo, en perjuicio y aun en impedimento del desarrollo de la racionalidad.

Ese primer parágrafo nos advertía que la razón es algo que surge progresivamente de la sinrazón en las cosas que duran mucho tiempo. Pero esta es la cara feliz, la sorpresa tras el logro. Aurora 33 nos hace ver cómo una de las consecuencias de la moralidad de la costumbre es el desprecio de las causas, de las consecuencias y, en definitiva, de la realidad. ¿Por qué?

Porque se buscan las causas de las grandes calamidades, por ej., en el incumplimiento de las costumbres y no en la naturaleza, en la serie de los hechos conducentes a ellas. Y este no prestar atención a la naturaleza afecta también a las consecuencias: se hace más caso, caso exclusivo, a las consecuencias sobrenaturales, los castigos y la gracia divina, como se suele decir. El miedo supersticioso hace que la sensibilidad y el gusto por lo real acabe perdiéndose «y se acabe considerándolo de valor solo en lo que tiene de símbolo» respecto al cumplimiento o no de la costumbre, respecto a la supuesta voluntad o no de los dioses que la sustentan.

«Acaba remitiéndose la trama de todos los afectos elevados (el respeto profundo, la sublimidad, el orgullo, la gratitud, el amor) a un mundo imaginario, al que llama “mundo superior”.» Y esto es algo que todavía está vigente: «cuando el sentimiento de un hombre se eleva, de una u otra manera está ahí en juego ese mundo imaginario.» La exaltación –«la falsa filosofía de la exaltación»– anda siempre cerca, asociada desde antiguo a la superstición, de manera que «junto a cada sentimiento elevado surge casi inevitablemente un pensamiento tergiversado, un punto de vista extremado». Fragmentos póstumos II, 2.ª, 4[143].

Por eso al hombre que quiere ser racional, razonable, al «hombre científico», que decía Nietzsche, le resultan «sospechosos todos los sentimientos elevados, tan mezclados suelen estar con el delirio y el sinsentido.» — ¡Y no es que tenga que ser así: hay «elevación sin fantasías», pero se sigue alimentando la idea de que «la extravagancia intelectual y los sentimientos elevados han de vivir y morir juntos».

Un caso destacado, aunque parezca ajeno al tópico que nos ocupa, es el de la persistencia de la noción de espíritu (u otras variantes afines); espíritu entendido en contraposición a naturaleza, a cuerpo, en el fondo, pues, como aquello que nos diferencia de los animales. El espíritu sería, así, lo más sublime del ser humano, aquello que le hace ser lo que es, mas distinguiéndolo de la naturaleza, enajenándolo de su cuerpo. — ¿Qué hacer, se pregunta Nietzsche, con ese orgullo, el de ser o tener espíritu, que le impide al ser humano reconocerse natural?

«De todas las limpiezas paulatinas que le esperan a la humanidad, la de los sentimientos elevados va a ser una de las más lentas».

***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
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martes, 6 de enero de 2026

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (2), por Jaime Aspiunza

 Continúa aquí el texto de la pasada semana:

«[M]i cuerpo hace presa en el mundo cuando mi percepción me ofrece un espectáculo tan variado y tan claramente articulado como sea posible, y cuando, al desplegarse, mis intenciones motrices reciben del mundo las respuestas que esperan. Este máximo de nitidez en la percepción y en la acción define un suelo perceptivo, un fondo de mi vida, un contexto general para la existencia de mi cuerpo y del mundo», dice Merleau-Ponty, en Fenomenología de la percepción, pp. 265-266.


Y también: «Toda percepción se da en una atmósfera de generalidad y se nos da como anónima. No puedo decir que yo veo el azul del cielo en el sentido en que digo que comprendo un libro o que he decidido consagrar mi vida a las matemáticas. Mi percepción, aun vista desde el interior, expresa una situación dada: veo el azul porque soy sensible a los colores, mientras que, por el contrario, los actos personales crean la situación: soy matemático porque decidí serlo. De forma que, si quisiera traducir exactamente la experiencia perceptiva, tendría que decir que un impersonal (l’on) percibe en mí [qu’on perçois en moi] y no que yo percibo.» Fenomenología de la percepción, pp. 230-231.

Esa percepción que se da en la periferia de mi ser, aprendemos luego que es una adaptación de mi cuerpo, pero antes de saberlo, la sensación pertenece a otro «sujeto» prepersonal, anónimo, que ya ha tomado partido por el mundo.

El mundo es lo que percibimos; no, por lo tanto, lo que yo pienso, sino lo que yo vivo. Estoy abierto al mundo, pero no lo poseo, es inagotable. Y lo que percibo en el vivir no es ciencia del mundo, es lo que voy a llamar ser-de-mundo. Con sus guiones, para que se tome en su unidad, siguiendo la estela de Heidegger y Merleau-Ponty.

Al igual que el pájaro es de aire y el pez de agua, el humano es ser-de-mundo: el mundo es el elemento insoslayable de su existencia, es su elemento, aquello en que está entrañado y que le afecta, y a lo que él corresponde, abierto al mundo en la percepción.

Esta filosofía –la fenomenología– reúne subjetivismo y objetivismo en su noción de mundo o de racionalidad: es su rasgo principal. Se trata de pensar el mundo, al otro y a mí mismo, y de concebir sus relaciones. Es, así, la realización de una verdad.

«La verdadera filosofía –concluye Merleau-Ponty– consiste en aprender de nuevo a ver [rapprendre à voir] el mundo, y en este sentido una historia relatada puede significar el mundo con tanta “profundidad” como un tratado de filosofía». Fenomenología de la percepción, p. 20.


Se puede decir que la característica principal del pensamiento filosófico del siglo xx y aun de parte del xix (Hegel o Nietzsche) es el intento de superar el dualismo, que sería la creencia básica de la metafísica, tal como Nietzsche la entiende: la suposición de que haya un mundo verdadero y otro mundo aparente; o, mejor, al revés: que vivimos en un mundo de apariencias, mas hay otro mundo, que es el verdadero.

Podemos pensar en Platón, con su mundo de las ideas «más allá del cielo», que sería la realidad verdadera del mundo contingente en que vivimos, su entidad, desposeído nuestro mundo, como está, hasta de sólido ser. O podemos pensar, más cerca, en este valle de lágrimas que es la vida terrenal, y en la otra vida, más allá de la muerte, en el cielo que nos espera a los buenos cristianos. Dos vidas, dos mundos, uno engañoso y duro de sufrir, el otro genuino y perfecto.

Siendo esa la distinción básica del dualismo metafísico de Occidente, se reproducen, no obstante, por doquier las contradicciones excluyentes: bueno/malo, alma/cuerpo, sujeto/objeto, lenguaje/mundo, etc., etc. Están impresas en el propio lenguaje, que se vale de esas categorizaciones duales: dos polos contrapuestos en los que no se vislumbra mediación alguna. — ¡El lenguaje, sin embargo, no nos obliga a proyectarlas en la realidad!


Apariencia/ser: distinción fundamental en Occidente, que, aunque no seamos conscientes, estamos constantemente aplicando, es decir, ejerciendo, suponiendo de ese modo que la realidad se quiebra en dos, una sospechosa de procurar engañarnos, la otra –solo–, la verdadera. Sospecha e ímpetu quizás innecesarios, propiciados únicamente por esa creencia en la dualidad del mundo.

Sin embargo, ¿de qué otra manera que no sea el aparecer(se) puede presentarse o darse el ser? Solo sabemos que son las cosas que se nos aparecen. Si algo no aparece es para nosotros como si no existiera, pues no nos enteramos de que exista; si aparece, se nos da a la percepción y empieza a formar parte del mundo.

Pero sigue empujando –impaciente– ese adagio que parece regirlo todo: «Las apariencias engañan», y olvidamos que se trata de un refrán popular de muy parcial aplicación, generalmente recordado tras haber sido embaucados.

Es una máxima práctica que quiere decir que no nos quedemos en las apariencias, la superficie o lo exterior de algo; en general, que no juzguemos considerando solo una percepción muy parcial de un asunto. Es, efectivamente, un consejo práctico útil, pero no hay que tomarlo como un principio ontológico que nos estuviera destripando el funcionamiento del ser, o del mundo.

Lo indiscutible es que el ser solo se da por medio de sus apariciones, de sus apareceres y aun de sus apariencias. Y es que el ser –cualquiera en concreto– puede tener apariencias múltiples, por lo que es posible que nos engañemos; y nuestra interpretación de una apariencia concreta puede, además, ser errónea. — De ahí que, dándose el ser solo en su aparecer, haya ocasiones en que erremos con el ser. Mas partir de que hay modos de atinar con él que no pasan por las apariencias, es un yerro de mayor calado.


Al dualismo de la metafísica se le puede oponer el antiquísimo dictum heracliteano de «todo es uno».

Contra ese dualismo advierte Nietzsche en el primer parágrafo de Humano, demasiado humano: «no existen [los] opuestos, salvo en la habitual exageración de la concepción popular o metafísica». Es decir, a modo de exageración, como recurso expresivo, podemos decir: «¡No es que sea bueno, es que es malo, muy malo!» Pero todos sabemos que no hay nada malo o bueno en sí, sino siempre desde una perspectiva, bajo un aspecto determinado. Y entre lo bueno y lo malo existen –en la realidad– muchísimos puntos que combinan en diversos grados bondad y maldad. Y quien dice «bueno» y «malo» está diciendo cualesquiera otras dualidades habituales propias del lenguaje, con que nos expresamos.

De hecho, la pregunta filosófica siempre ha sido, nos recuerda Nietzsche, cómo puede algo nacer de su opuesto, esto es, lo racional de lo irracional, la verdad de los errores, el altruismo del egoísmo, etc. Parecía imposible y por eso la metafísica se empeñaba en mantener apartados por completo lo positivo y lo negativo, como si fueran inmiscibles, y en atribuir a lo tenido por superior «un origen milagroso»; pero eso no era más que un error de razonamiento.

Los contrarios van siempre juntos. Separar lo útil de lo nocivo en el poder, en la potencia o en la fuerza fue un «paso fatal» de nuestro pensamiento occidental.


En Crepúsculo de los ídolos nos cuenta Nietzsche la historia de ese error, historia que titula «Cómo el “mundo verdadero” acabó convirtiéndose en una fábula». Resume ahí en seis pasos la crónica de la aparición, debilitamiento y desaparición de «el mundo verdadero».

Al principio este era «alcanzable para el sabio, el piadoso, el virtuoso, — él vive en ese mundo, él es ese mundo.» Vendría a ser del momento de Platón, «la forma más antigua de la Idea, relativamente inteligente, simple, convincente».

La Idea se hace luego cristiana y se vuelve inalcanzable, pero le es prometida al sabio, al piadoso, al virtuoso.

Vienen después el momento kantiano, los efectos del positivismo y la aparición del «espíritu libre». El sexto y último momento dice: «Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿quizá el aparente?…»

Esa es la pregunta que hemos de hacernos ahora. Está bastante extendida la idea, pesimista, nihilista, hasta cínica, de que lo que ha quedado es el mundo aparente… Y, sin embargo, Nietzsche responde: «¡No, de ningún modo!, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!»

El aparente solo era tal por su contraste con el supuestamente verdadero. Cuando este se revela inexistente, una fábula, puro cuento, deja también de tener sentido la contraposición. Creer que lo que nos queda es el mundo aparente es seguir dentro de la distinción que ha resultado ser inexistente, de la fábula. — Lo que nos queda es el mundo sin más, sin ese marco metafísico previo de comprensión. El mundo con sus apariencias y sus verdades, verdades más o menos verdaderas o aparentes y apariencias más o menos aparentes o verdaderas, que habrá que aprender a esclarecer o dilucidar.

El mundo, sin más, en que –recuerdo– somos-seres-de-mundo.


Jaime AspiunzaSan Sebastián, 24 de diciembre de 2025


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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
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