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martes, 30 de diciembre de 2025

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (1), por Jaime Aspiunza

Jaime Aspiunza —a quien ya conocéis por esa magistral introducción al pensamiento de Nietzsche que bajo la etiqueta de #nietzschedescomplicado ha venido ofreciéndonos durante un tiempo y en la que se ha ocupado especialmente de Aurora y de De la genealogía de la moralnos ofrece esta luminosa concepción de la filosofía, que tiene el doble valor de ser apta para cualquier público y ofrecer una aproximación tan absolutamente motivadora como para que quien hasta ahora no se haya atrevido a acercarse a ella, lo haga sin reparo alguno. 

Esta es la primera entrega:


 Concepción (mía) de la filosofía


Lo primero que conviene aclarar es que la filosofía no es un corpus establecido –esa es la imagen que la historia de la filosofía tiende a darnos–, sino algo que está en movimiento: filosofía es algo que en todo momento se está haciendo. Es el pensamiento de cada momento; mejor, el pensar –en activo– histórico que en cada momento va teniendo lugar.

Lo segundo –respecto del título– es que yo no soy, ni pretendo serlo, un filósofo. Filósofos, gente que aporte algo original, novedoso, transformador, hay pocos; no solo los que aparecen en las historias de la filosofía, por supuesto. El profesor de filosofía, suponiendo que lo sea, ha leído a fondo a los filósofos, a los de primera y a los de segunda, y ha asimilado su pensamiento; no es que se los haya aprendido de memoria –la filosofía no es información–, sino que ha ido dejando que sus pensamientos, o parte de ellos, pasen a ser suyos propios, es decir, que su ser más actual se encuentre precisamente con esos pensamientos, en esos pensamientos. En el sentido musical u operístico: es su intérprete.

No es, por tanto, que yo haya producido una filosofía, que sea un pensador original, sino que a través de mí la filosofía ha alcanzado esta forma concreta que a continuación voy a exponer a grandes rasgos.


La filosofía se puede comenzar por cualquier sitio, Hegel dixit. Podemos pensar en ella como en un tejido lingüístico: lo esencial es reparar los rotos, restaurar las conexiones entre puntos aislados, en fin, recuperar la significación del lenguaje, su vitalidad para que pueda decirnos algo de la realidad.

(En este punto, en determinados ambientes, surgiría de inmediato la pregunta acerca de qué sea la realidad, incluso el rechazo, un rotundo mentís respecto de que dicha realidad exista. — La respuesta es simple: la realidad es «esto» en lo que estamos. Que no sea fácil definir o caracterizar el «esto» no desmiente su existencia; es más, si «esto» no existe, no se entiende que alguien pueda estar refiriéndose a ello, que alguien pueda, sencillamente, estar. Dicho al modo cartesiano: «Hablo, luego existo», «Te hablo a ti, luego existes; porque, si no, estoy un poco zumbado». Y si existen el que habla y aquel a quien se habla, alguna realidad debe de haber.)

Una primera aproximación a lo que sea la filosofía podría formularse de la siguiente manera: ahondar en algunas palabras o términos clave. Por ejemplo, palabras «eternas» como ser, devenir o historicidad, (la propia) realidad, conocer, saber, entender, conciencia e inconsciente, sujeto y objeto, o subjetividad y objetividad, hoy tan manoseadas, o sentimiento, pensamiento, habla o lenguaje; esto es, palabras de siempre pero que han ido cambiando de significado al tiempo que arrastran rémoras pasadas, y que nos impiden entender nuestra realidad, así como comunicarnos con los demás, a causa de la opacidad de que están manchadas o teñidas, cuando creíamos, y en el fondo seguimos creyendo, que son transparentes.

Una segunda aproximación nos la ofrece Deleuze: «la filosofía es una empresa radical de desmitificación».

También nuestra época, como todas, posee sus mitos, creencias que se tienen por obvias, que no se piensan ni, mucho menos, se ponen en cuestión, frases hechas, consignas, lemas intocables. Por ejemplo, que el progreso técnico es progreso sin más; que la verdad está en la ciencia, y que el resto de la existencia, la vida cotidiana o la literatura no pueden acceder a ella.

Ortegay Gasset propone una distinción importante relacionada con este asunto: «Las ideas las tenemos; en las creencias estamos» o, como se podría añadir, las creencias nos tienen.

Las ideas son representaciones conscientes, formuladas, que tenemos y sobre las que podemos reflexionar. Son objetos de pensamiento que podemos adoptar y discutir, cambiarlos o abandonarlos. Lo que uno va haciendo a lo largo del tiempo para entender mejor la realidad en que vive: las ideas –en el sentido orteguiano– son algo opcional que está delante de nosotros, en cierto modo fuera de nosotros, y son así revisables.

Las creencias no son algo que en sentido estricto tengamos, sino algo en lo que estamos, porque constituyen la estructura de fondo que sostiene nuestra visión del mundo y nuestra vida, son como el suelo en que pisamos. Por eso decía que «nos tienen», ellas a nosotros. No han sido elegidas conscientemente, sino que las hemos recibido de la tradición, de la sociedad o de la experiencia vital. Son pre-reflexivas y en principio inconscientes; solo cuando se «quiebran» se nos hacen visibles.

Cosas como que mañana saldrá el sol, que el mundo es real o que la sociedad funciona según cierto orden… son creencias básicas. Como se puede ver, no toda creencia es irracional; las que he citado son perfectamente razonables. Hay otras, sin embargo, que tienen su componente mítico. Por ejemplo, lo que luego veremos, la creencia en la dualidad del mundo, que es un problema serio.

Una tercera aproximación a lo que la filosofía sea consistirá en cuestionar las creencias, así como las opiniones de la época.

(Advertiré aquí que no pretendo tanto convencer –solo las creencias, que conforman nuestro «adentro», convencen– como proponer una serie de distinciones que resulten aceptables, para que así pueda uno seguir el juego, sin sentirse de ninguno modo comprometido en lo que hace a las opiniones propias. Ideas, entendimiento, inteligencia, razonamiento, como se les quiera llamar, hemos visto ya que viene a ser lo más exterior a cada uno, y son algo que no se visita muy a menudo…)

Vivimos una época que confunde, o quiere confundir, saber y opinión. Para mucha gente todo son opiniones, lo que significa que se ponen al mismo nivel las «opiniones» del médico con las del vecino que no es médico ni nada que se le parezca. Y para algunos, efectivamente, valen lo mismo; lo demencial de esto, y lo ridículo, es que, opiniones aparte, los médicos –a veces– te salvan la vida; los vecinos, que no son médico ni nada que se le parezca, no.

La de saber y opinión es una de las distinciones más antiguas de la tradición occidental, y en buena medida sigue siendo útil. Hoy llamamos opinión a un juicio superficial, con escaso fundamento, que no es una creencia profunda, pero no llega a constituir saber: Podría situarse entre la creencia y el saber.

Un ejemplo –bruto– de opinión es «¡al médico, no!, que luego te encuentran algo»; menos extremo, el generoso comentario del vecino enteradillo: «eso, seguro que es por las ondas del móvil. Déjalo apagado de noche, y ya verás…»

La opinión es superficial, poco fundada — puede que sí, que las ondas del móvil afecten en algo; que lo mío provenga de ahí, es harina de otro costal; que me vaya a curar el cáncer apagando el móvil, un milagro…

La opinión es, pues, incierta, carece casi por completo de justificación. Se asume sin investigación alguna, muchas veces por inercia social o por moda. — Vivimos la era de las opiniones, porque sabemos poco y tenemos necesidad de manifestarnos, de hablar, de parlotear.

Se pueden cambiar con facilidad, lo que no significa que se cambien. A veces tienen la firmeza de las creencias, mas no su fuerza vital. Lo que no tienen es la claridad ni la racionalidad del saber. (No pretendo aquí descalificar sin más las opiniones — solo distinguirlas del saber.)

El saber está emparentado con el conocer: se ha elaborado, es consciente y, sobre todo, es crítico. Dicho de otra manera: es reflexivo, ya que examina lo que pensamos; es temático, se formula expresamente como idea (en el sentido orteguiano); es provisional, no es dogmático, puede criticarse y reformularse; es, en definitiva, el resultado de un esfuerzo racional, de un esfuerzo de la inteligencia por entender la realidad.

El médico se podrá confundir pero si aplica su saber examinará de todas las maneras posibles al paciente y cuando haya hecho el diagnóstico aplicará los remedios que sepa son más eficaces en el tratamiento de la dolencia diagnosticada. Hay una diferencia de grado, esto es, tanto cuantitativa como cualitativa, entre ese proceso y el comentario generoso del vecino en la escalera.

El ejemplo hace referencia a un saber técnico-científico, a lo que se suelen llamar «conocimientos». El saber, no obstante, suele ir más lejos, ser un término más amplio: hay saber práctico (organizativo, por ejemplo, político, económico, jurídico, etc.) y hay saber creativo (literario, poético, fílmico, etc.), que son más difíciles –o imposibles– de algoritmizar, pero, sin embargo, se transmiten. Y, por supuesto, se diferencian de las meras opiniones al respecto.

¿Qué es, entonces, la filosofía? ¿Conocimiento, saber, opinión? Antes de decir nada positivo, podemos hacer una nueva distinción, hoy bastante necesaria. En una época en que parece que el único conocimiento es el de la ciencia, la filosofía o es ciencia o no es nada sino opinión.

Así y todo, ¡no! La filosofía no es ciencia ni pretende serlo. Las ciencias tratan de explicar –mediante teorías– el desenvolverse propio de los objetos de determinados ámbitos de la realidad a fin de poder prever o predecir su funcionamiento. El objetivo de las ciencias es el conocimiento, aunque las diversas ciencias obtienen conocimientos muy diversos, verdaderamente dispares en lo que concierne a la fiabilidad de sus teorías. De ahí se deriva la distinción entre ciencias «duras» y «blandas»: en un extremo, la física, algunas de cuyas teorías han permitido elaborar productos inexistentes; en el otro, la economía, cuyas predicciones nunca acaban de satisfacer.

La filosofía no se halla entre las ciencias, no tiene por objeto algo de la realidad cuyo funcionamiento pretendiera llegar a conocer. No se le puede aplicar por ello el criterio de la fiabilidad ni mucho menos el de la certeza o la precisión. Este tipo de criterios, aplicables, si acaso, a las ciencias, vienen a denotar una confianza excesiva en la ciencia, más bien, una fe o creencia –religiosa– en la ciencia, que se suele denominar cientifismo. Pero la ciencia no posee ningún poder especial para convertir su mirada a la realidad en conocimiento certero y definitivo; la ciencia es el esfuerzo continuado de investigación, puesta a prueba y corrección, cuya intención primera es excluir precisamente la fe en el conocimiento aparente, y mantener siempre despierta la atención en los posibles cambios en el objeto de investigación.

De hecho, la ciencia presupone siempre una filosofía, una concepción, por ejemplo, del ser humano o de la realidad.


La filosofía se ocupa de la vida, de la existencia humana. Parte de lo que se suele llamar «facticidad», esto es, del hecho de que el mundo siempre «está ahí», antes de cualquier reflexión, constituyendo una presencia inalienable. — Esto impugna esa imagen tan habitual que viene a concebir a los seres humanos como cápsulas cerradas, que solo a voluntad propia se abrirían.

No es así: en todo momento estamos abiertos al mundo. No solo porque nuestros sentidos lo hagan presente en todo instante, sino también porque nuestro pasado ha ido cuajándose de lo que diríamos «interiorizaciones» de experiencias concretas de dicho mundo, y nuestro futuro solo en relación con el mundo es imaginable.

La filosofía –la fenomenología en que me he formado– trata de describir la experiencia del mundo; no de explicarla ni de analizarla. Esto supone una recusación de la ciencia, el rechazo que ya apuntaba de que la filosofía deba ser ciencia o seguir los criterios de la ciencia. Es la ciencia la que se basa en la experiencia del mundo, en nuestra existencia; la cual no se ha de entender de manera científica, puesto que –antes– es existencia, es experiencia. Yo –en cuanto humano– no soy el objeto de la psicología ni de la biología, es decir, no se me puede reducir a alma ni a cuerpo; pero tampoco soy objeto de la sociología ni de la antropología.

El mundo siempre «está ahí»: tanto cuando tenemos los ojos abiertos como cuando están cerrados, lo oímos, lo sentimos; despiertos y dormidos; incluso cuando miramos «hacia dentro», sea en nuestro pasado sea en las circunstancias presentes. Venimos a ser una muy concreta historia del mundo, un cruce de caminos, de acontecimientos, una particularización, una singularización. Y si nos cuesta tanto aceptar esto es porque la propaganda en contrario es omnipresente y ensordecedora; no para de decirnos: «eres único», con la espuria intención de que solo a Él le prestemos atención y confianza, ya que ser único en el marco del pensamiento occidental es estar frente al mundo, cerrados a él, clausurados.

Y esto, pura metafísica como luego veremos, adquiere, sin embargo, visos de cientificidad, o así lo pretende. Hay quien dice que el cerebro está absolutamente aislado de la realidad y que solo se comunica con ella por medio de señales eléctricas y bioquímicas, esto es, que somos una cápsula cerrada. Claro que sí se comunica aunque solo sea por medio de señales eléctricas y bioquímicas, quizá ya no se pueda decir ¡que está «absolutamente aislado»! Será otra cosa.

Otra manera de reconocer la presencia constante del mundo para cada uno de nosotros es la famosa expresión de Ortega en sus Meditaciones delQuijote (1914), que es una presentación de su perspectiva fenomenológica: «Yo soy yo, y mi circunstancia», esto es, todo lo que tengo alrededor y en lo que estoy involucrado, enredado o, simplemente, me afecta. — ¡¿Y qué no me afecta si soy humano, en cuanto ser humano?!

Así las cosas, lo que la filosofía pretende es despertar esa experiencia del mundo. El volver «a las cosas mismas» de la fenomenología no es lo mismo que el retorno idealista a la conciencia, que practicaron Descartes o Kant y hoy buena parte de la neurociencia. Descartes y, sobre todo, su herencia desvincularon la conciencia del mundo, poniéndola como condición de existencia del todo. — Y eso no es correcto: el mundo está ahí antes de cualquier análisis. La percepción, que se sitúa entre cada uno y el mundo, vinculándolos, es percepción del mundo, y transfondo en que destacan todos nuestros actos y que todos nuestros actos presuponen, «un tejido sólido».


Jaime Aspiunza, San Sebastián, 24 de diciembre de 2025


***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

martes, 16 de diciembre de 2025

NIETZSCHE DESCOMPLICADO, 21

 #nietzschedescomplicado


Lecciones de Aurora 6:

Espíritu libre llamaba Nietzsche en Hdh 225 «a quien piensa de manera distinta a lo que se esperaría atendiendo a sus orígenes, su entorno, su posición social y su profesión, o a las opiniones dominantes de la época». Lo que no significa que sea totalmente autónomo, independiente, original — ¡eso no existe! Cuando utilizamos dichas expresiones para referirnos a alguien, lo hacemos siempre de manera hiperbólica, exagerando; con la buena intención de decir algo que es cierto, mas no literalmente.

Todos somos monos de imitación, bien que a veces parezcamos seres humanos, como Rotpeter, el mono de Kafka, que había encontrado una salida.

Probablemente la cuestión sea esa: encontrar una salida. La salida, esa versión kafkiana de la libertad, no es la supresión, la eliminación de los obstáculos, de las barreras que nos separan de lo que queremos hacer o aun ser. Esa libertad no existe, nunca ha existido; es uno de los sueños, de las fantasías del idealismo, del romanticismo disneyano.

Y no, como suele decirse a menudo, por el absoluto determinismo del mundo: si conociéramos todas las causas que nos llevan a hacer algo, entenderíamos que no hay libertad que valga. Realmente, dicho argumento no invalida lo que llamamos «libertad». No conocemos ni podemos conocer todas las causas anteriores que desembocan en una acción concreta o en una forma de vida, luego no se contraponen ese determinismo, imaginariamente razonable, con lo que llamamos libertad, y Rotpeter, salida.

Con lo que el mono-ser humano se encuentra es con el desconocimiento, con la incertidumbre relativos a las circunstancias en que elegimos y al propio ser de quien elige –uno mismo, o no tan mismo, bastante desconocido él, en cualquier caso–, que no han sido elegidas ni elegido.

Por ello, en ese paisaje de bloques sólidos de hormigón, de mamparas grises y sombreadas, e íntimos mamparos, hallar una salida es todo lo que podemos; a eso se le suele llamar libertad.

En Ecce homo, donde Nietzsche levanta su leyenda apoyado en las obras de los últimos cuatro años, nos quiere hacer creer –y el imaginario romántico le ampara– que él fue de pleno autónomo, original. — Sí, fue original, mas no de pleno. Las lecturas de Nietzsche, las influencias son inmensas, bien que esos últimos años no le apetecía ya consignarlas.

Bastaría comparar el último texto de Aurora con el primero de la última parte de La gayaciencia, escrito en 1887, seis años después. En ambos equipara la aventura del espíritu (libre) a un viaje, a un vuelo por sobre el mar; en ambos, la inmensidad el mar, la infinitud sobrecogen y agotan al aventurero. En el primero, sin embargo, el viajero no está solo, forma parte de una línea, de una cadena de investigadores, de un linaje de espíritus que se perpetúa en el futuro: «Todos los grandes maestros y precursores nuestros han acabado por detenerse, ¡también a ti y a mí nos pasará lo mismo! Pero eso, a ti y a mí, ¡qué nos importa! ¡Otras aves habrá que vuelen más lejos!» —Son los aeronautas del espíritu.

En el de 1887 todo lo que hay es un formal «nosotros», impreciso y desfigurado, sin rostro. Lo que ahí destaca es el mar abierto, «tan abierto como quizá no lo haya estado nunca» (GC 343).

En los textos del espíritu libre encontramos a un Nietzsche que no se encuentra solo frente a todo y todos, tiene su familia espiritual, de aventureros e investigadores, y, además, aunque sea crítico, en él no todo es sospecha, hay también lugar para la amistad, el amor, la bondad. El siguiente texto, de Humano, demasiado humano, no necesita comentario, impugna la imagen atrabiliaria que de Nietzsche se suele tener, pero, no obstante, es suyo:

Benevolencia. — Entre las cosas pequeñas pero infinitamente frecuentes y por tanto muy eficaces, a las que la ciencia tiene que prestar más atención que a las cosas grandes, hay que contar la benevolencia: quiero decir, esas manifestaciones de una actitud afable en los contactos humanos, esa sonrisa de los ojos, esos apretones de manos, ese agradar del que normalmente se reviste todo acto humano. Todo maestro y todo funcionario añaden este ingrediente a sus obligaciones; es un ejercicio constante de humanidad, algo así como las olas de su luz bajo las que todo crece; sobre todo en los entornos más pequeños, en el seno de la familia, la vida sólo prospera y florece gracias a esa benevolencia. La indulgencia, el cariño y la amabilidad del corazón son flujos inagotables del instinto altruista y han edificado la cultura de manera mucho más efectiva que las manifestaciones más famosas de él, que se llaman compasión, caridad y sacrificio. Pero es costumbre menospreciarlas y, en verdad, hay en ellas muy poco altruismo. No obstante, la suma de estas pequeñas dosis es imponente, y su fuerza global está entre las más fuertes. — Del mismo modo, en el mundo hay mucha más felicidad de lo que ven unos ojos melancólicos: con que se haga un cálculo correcto y no se olviden todos los momentos agradables que enriquecen el día a día de cualquier vida humana, incluso la más atormentada (Hdh 49).


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martes, 9 de diciembre de 2025

NIETZSCHE DESCOMPLICADO, 20

#nietzschedescomplicado
 


Lecciones de Aurora 5


En el capítulo anterior apuntaba la noción de «moralidad de la costumbre», de la que provendría nuestra moral actual. Pedía al lector que imaginara esos grupos humanos, objeto de estudios antropológicos, en los que las costumbres, las tradiciones son las que rigen la vida social –y la de los individuos– hasta el punto de que el particular bien poco tiene de particular, puesto que está absorbido en el grupo, ha embebido de tal manera sus máximas de actuación que no puede sentir, pensar ni hacer nada que no sea lo establecido por la costumbre, esto es, no piensa en sí mismo en cuanto individuo particular, sino solo en cuanto miembro del grupo.

Al referirnos a esos grupos objeto de estudio de la antropología podría pensarse que estamos hablando de algo bien lejano a nuestra sociedad actual, la de Nietzsche y la nuestra. Y, sin embargo, nuestra moral actual, por mucho que podamos creer, en el caso del cristianismo, que es un gracioso mensaje de su Dios, o, desde un punto de vista más secular e ilustrado, algo impreso en nuestra biología humana o un fruto de la racionalidad, proviene –a Nietzsche no le cabe duda, y aquí intentaré mostrarlo– de la moral de la costumbre. — Nuestra moral actual proviene de la moralidad de la costumbre, solo que «el poder de la costumbre se ha debilitado de manera [tan] extraordinaria» que nos ha llevado a pensar que ya no existe; somos tan sofisticados que no podemos ni siquiera fingir que seamos «animales de costumbre». A lo más, lo reconocemos solo en casos extremos, y forzados por la evidencia; pero no es más que un chiste culpable, ligeramente áspero.

Y no: somos animales de costumbres; y, de entrada, nuestro modo de sentir, de pensar y de actuar es el que la sociedad, el círculo en que nacemos y crecemos nos propone o impone. Solo después, si acaso, iremos liberándonos de ese nuestro ser anónimo e iremos logrando particularidad, nos iremos convirtiendo propiamente en individuos. — Mas esto no está garantizado, por mucho que hoy día la propaganda nos quiera hacer comulgar con la idea de que cada uno somos cada uno.

Basta con pensar en nuestros trayectos por la calle, en nuestros viajes en autobús… ¿no forman una mayoría los que están pendientes –compulsivamente– del móvil? ¿Están todos ellos a punto de recibir una llamada vital? ¿Llama la vida por teléfono?... Los que siguen, no ya el fútbol, como hace unos años, sino los deportes en general, naturalmente con sus preferencias «particulares» –«a mí me encanta el boxeo», «¡la Fórmula 1!», «yo lo que sigo impenitentemente es la Liga de hurling. ¡Ah, no, no soy irlandés. Es que me gusta!»–. Los que oyen la música que hay que oír, leen los libros que hay que leer, celebran las costumbres –tan simpáticas– importadas de EE.UU. como si fueran una necesidad humana que hasta ahora nos ha sido vetada, etc., etc. — ¿No somos animales de costumbres?

«La moralidad no es otra cosa (esto es, nada más) que obediencia de las costumbres, sean éstas cuales fueren; y las costumbres son la manera tradicional de valorar y de actuar.» — Y no pensemos en el estrecho ámbito de lo que se considera «moral» en nuestro mundo; toda valoración es moral, con mayor razón, toda actuación. Así, el elegir un modo de vida, un trabajo, unas amistades, unas actividades; el considerar lo que importa, cómo justificamos o nos explicamos lo que pensamos, lo que apreciamos, lo que apoyamos; el hacer, por lo tanto, elecciones políticas, y la ideología o las razones en que nos basamos, todo eso, y mucho más, viene, en principio, decidido e impulsado por la costumbre, por alguna tradición. Otra cosa es que ahora dispongamos de más tradiciones a nuestro alcance, y estas se entreveren unas con otras, llegando incluso a contradecirse.

«La tradición se sigue porque ordena», no porque nos sea de provecho; puede serlo, pero lo esencial es su carácter impositivo, que no necesariamente vivimos como tal, ya que forma parte de nuestro ser, de ese ser primero relativamente anónimo, esto es, no particular. Hacemos lo que debemos, aunque sea la costumbre (A 9).

No solo, por tanto, la moral entendida en sentido estricto, sino nuestro ser todo proviene de la tradición, de la sociedad. De ahí, por ejemplo, el éxito –pensemos en el momento actual– de las identidades colectivas: ser vasco, ser blanco, ser hombre, ser de la Real Sociedad…, o ser español, ser moreno, ser mujer o ser del Eibar, y eso sin entrar en las inclinaciones sexuales y en las determinaciones de género.

Paradójicamente, la adscripción a un colectivo, a una identidad predeterminada se vive como la originalidad máxima: no hay mayor –en teoría– particularidad que seguir una pauta despersonalizadora. Se siguen unas costumbres en la confianza de que se está siendo auténticamente uno mismo. Nuestros comienzos –repito– como ser anónimo, como ser social explican el fenómeno.

Nietzsche, consciente de esta paradoja que en nuestra postmodernidad alcanza una cota difícil de homologar, llama espíritu libre «a quien piensa de manera distinta a lo que se esperaría atendiendo a sus orígenes, su entorno, su posición social y su profesión, o a las opiniones dominantes de la época.» Cuál sea el origen de esa particularización, de ese arrancarse a la costumbre importa poco, lo esencial es la desviación. «Normalmente –añade– tendrá de su parte la verdad, o al menos el espíritu de búsqueda de la verdad, [ya que] él exige razones, [y] los demás fe» (Humano, demasiado humano 225).



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jueves, 4 de diciembre de 2025

PRESENTACIÓN DE "La filosofía de Hippolyte Taine"

Editorial
 

Para quien no sea un estudioso de la obra Stefan Zweig la tesis doctoral que presentó en 1904 será una absoluta rareza. De hecho, los lectores no solemos leer tesis doctorales, a no ser que, por la razón que sea, estas hayan sido amoldadas para publicarse como obras de divulgación, que las hay en todos los campos del saber y muy buenas.

Sea como sea, y aunque Hippolyte Taine nos queda un poquito lejos en cuanto a su interés como filósofo del arte y a pesar de que el atractivo mayor de Zweig sea su obra narrativa, la verdad es que se lee con interés la tesis doctoral del célebre escritor austríaco y se lee con el mismo o mayor interés el estupendo prólogo que firma el traductor, Jaime Aspiunza, a quien le debemos que nos vaya desmigando paulatinamente a Nietzsche desde hace ya unos meses.

Él, mejor que nadie, os presenta la publicación —por primera vez en castellano— de La filosofía de Hippolyte Taine



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martes, 25 de noviembre de 2025

NIETZSCHE DESCOMPLICADO, 19

 #nietzschedescomplicado


Lecciones de Aurora 4

Uno de los asuntos fundamentales de Aurora, ya lo hemos insinuado, es la promoción del individuo, del particular, o mejor: que exista la posibilidad de que cada uno busque su propio camino, y no se halle este determinado por la inserción de cada cual en sociedad. De ahí surgirá la crítica de la moral tradicional o existente en su momento, que todavía, siglo y medio más tarde, sigue teniendo cierta preponderancia, ciertos rasgos comunes, tradicionales.

Dicha moral tradicional –de origen cristiano, aunque el cristianismo ha ido cambiando en el siglo xix– tiene pretensiones de universalidad, es la misma para todos, lo que en el fondo, o en esencia, redunda en menoscabo del individuo, y aun en su negación y supresión.

La moral tradicional, que arraiga en la «moralidad de la costumbre», esto es, en la costumbre entendida en cuanto moral, lo que pide a los individuos es que no piensen en sí mismos ¡en cuanto individuos! (A 9) — Imaginemos esos grupos humanos de los que nos habla la antropología, en los que las costumbres, las tradiciones, es decir, lo que es norma porque «siempre se ha hecho así», son las que rigen; el particular suele estar tan embutido en el grupo, en su modo de hacer y de ser, ha embebido de tal manera sus máximas de actuación que no puede sentir, pensar ni hacer nada que no sea lo convencional, lo establecido, esto es, no piensa en sí mismo en cuanto individuo.

De hecho, Nietzsche insistirá en que las normas que se llaman «morales» realmente van dirigidas contra los individuos (A 108), al pretender «que el individuo se adapte a las necesidades generales», sin que al mismo tiempo se sepa cuáles son efectivamente esas «necesidades generales». — Tenemos hoy en día un ejemplo palmario, clarísimo de lo anterior: determinadas gentes, que, además, están teniendo un éxito relativamente importante, han decidido que el mundo será mejor si seguimos sus indicaciones referentes al lenguaje inclusivo, porque el lenguaje común tradicional ha devenido discriminatorio. (Le pido al lector que suspenda por un momento su juicio al respecto, ya que, si no, será imposible que entienda lo siguiente.)

Lo que se pretende es que quienes no estén de acuerdo con esa supuesta «necesidad general» prescindan de su opinión o argumentación personal, de su propio sentir al respecto, para seguir las pautas de quien cree haber descubierto una solución general al problema de cierta discriminación. — Fijémonos en que lo que aquí se trata de imponer es un medio, un instrumento supuestamente adecuado para acabar con una discriminación –la lingüística– que, al mismo tiempo que se propone la solución, ha sido engendrada y hecha viral.

No voy a decir «todos», pero a buen seguro gran parte de quienes están en contra de dicho lenguaje inclusivo estarán plenamente de acuerdo en la necesidad de acabar con la discriminación femenina o la transgénero — un fin muy laudable. Cosa bien distinta es que el germen de dicha discriminación esté en el lenguaje, y que la solución sea imponer otra manera de hablar, que ni ellos mismos son capaces de llevar a la práctica rigurosamente.

Es decir, lo que aquí se discute no es el fin –compartido–, sino el remedio propuesto –el lenguaje inclusivo– y el supuesto origen lingüístico de la discriminación, que es el que sostiene la validez del remedio.

Vuelven, pues, las viejas pretensiones de esa moral convencional, «una reforma radical del individuo», esto es, el debilitarlo y anularlo en cuanto individuo; o dicho de manera más positiva, lograr que el individuo se sienta miembro útil de la totalidad, sea feliz sacrificándose (A 132).

El problema verdadero no es que haya gente que esté en contra de tal universalización de las pautas de pensamiento, sentimiento y acción que lo que se suele llamar moral prescribe. El verdadero problema es que «¡se es un particular!»; todavía nadie ha logrado convertirse en «el ser humano»… Y la supuesta representación de las «necesidades generales», del bien de la humanidad no pasa de ser una elección individual, en algunos casos nutrida de buenas intenciones; en la mayoría, irreflexiva, residuo de un cristianismo reciclado; y en algunos otros, pura hipocresía; en cualquier caso, un dislate, a estas alturas del siglo xxi, morrocotudo: ¡¡¡soy el particular que representa al ser humano!!!

La propuesta de Nietzsche no es la del anarcoliberalismo: todo el poder para el individuo — ¡que tenga poder!, claro. Es mucho más matizada. Veíamos el otro día la necesidad de cuidar y atender al espíritu libre que llevamos dentro; el parágrafo acababa con una llamada a la tolerancia: ¡también los demás tienen derecho a sus antojos! (A 552).

Son las acciones individuales las que tienen valor, sea bueno o malo: «Así pues, cuanto más aprecie una época, un pueblo a los individuos y cuanto mayor derecho y preponderancia les reconozca, más acciones de ese tipo [auténticamente individuales, que poseen algún valor] se atreverán a realizar a la luz del día — y de esa manera acaba extendiéndose sobre épocas y pueblos enteros una aureola tal de integridad, de autenticidad en lo bueno y en lo malo, que, al igual que las estrellas, sigue iluminando aún milenios después de haber decaído, como es el caso de los griegos.» (A 529)


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Fuente: Wikipedia
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martes, 18 de noviembre de 2025

NIETZSCHE DESCOMPLICADO, 18

Editorial
  #nietzschedescomplicado


Lecciones de Aurora 3

Aurora, publicado en junio de 1881, es el fruto del primer año de vida errante de Nietzsche; fruto de jardinero, que lo cultiva, o mejor: de embarazada, que lo gesta, siendo el padre –como en el caso de nuestra mítica virgen– «el espíritu», esto es, los más grandes espíritus de la historia, con quien Nietzsche entretenía su soledad. En mayo de 1879 la Universidad le había concedido una excedencia por razón de su mala salud, y una pensión que a Nietzsche le resulta suficiente para la vida austera que lleva. Pasa el verano en St. Moritz, y a principios de septiembre envía a su amigo Köselitz el manuscrito de El caminante y su sombra para que lo revise. Se publicará en diciembre de ese mismo año.

El caminante y su sombra, aun estando adscrito a la segunda parte de Humano, demasiado humano, supone el inicio de un cambio respecto de lo anterior. Como nos dice en uno de sus primeros parágrafos, «tenemos que volver a ser buenos vecinos de las cosas más cercanas» y olvidarnos de creer o de saber acerca de las «grandes cuestiones de la vida» (CS 16). Si la primera parte de Humano, demasiado humano había tratado de dar expresión conceptual, científica al pensamiento trágico, El caminante y su sombra implica cierto giro, y es que no son lo mismo el árbol de la ciencia y el de la vida (CS 1); por ello hay que volver a las cosas cercanas –a lo cotidiano– y no estar esperando a que la ciencia nos despeje el terreno de las postrimerías o como, jocosamente, dice Nietzsche, «las postrimerías y las anterioridades» del hombre (CE 16).

Esos últimos meses de 1879 son de los peores de su vida: su salud empeora hasta el punto de que en la primera carta que escribe en enero de 1880 le confesará al Dr. O. Eiser: «Mi existencia es una carga terrible»; carga terrible que, así y todo, encontrará consuelo en sus «pensamientos y perspectivas».

Su primer año de vida errante, a la busca siempre del clima que mejor le siente a su cuerpo, está marcado por la enfermedad y la soledad. La enfermedad, ya lo sabemos, será para Nietzsche acicate para perseguir la salud y entregarse a su tarea. La soledad, en parte impuesta por sus continuos desplazamientos, en parte elegida para poder dedicarse honestamente a su labor, será presupuesto fundamental en Aurora: quien quiera seguir su (propio) camino ha de aprender a estar solo.

Con dicha soledad, la que nos permite atendernos y cuidarnos en exclusiva, ajenos a esa necesidad que suele despertar en nosotros el trato con los demás, la de buscar la simpatía y el amor del otro (en el mejor de los casos), tiene que ver el egoísmo que Nietzsche reivindicará.

Uno de los parágrafos más significativos y hermosos de Aurora, titulado «el egoísmo ideal», compara la atención a uno mismo con el cuidado del embarazo: somos quienes damos a luz lo que seremos, ¡cuidémoslo! Dice: «¿Hay alguna condición que sea más sagrada que la de la gestación? ¡Hacer todo lo que se haga en la creencia tácita de que de alguna manera favorecerá lo que se está gestando en nosotros! ¡Y hará que aumente su misterioso valor, en el que pensamos entusiasmados! ¡Se dejan así muchas cosas de lado sin tener que obligarse uno demasiado! […] ¡Éste es el verdadero egoísmo ideal: atender siempre y vigilar, con el alma tranquila, que nuestro estado fecundo llegue a buen término!»

No sabemos lo que va a salir, lo que vamos a ser; solo sabemos que esa es nuestra tarea, nuestro cometido ahora: «Todo está velado, todo son corazonadas, no se sabe nada de cómo van las cosas, uno espera, procurando estar preparado. […] — crece, sale a la luz: no disponemos de nada con lo que decidir ni su valor ni su momento. Todo lo que nos corresponde es saber bendecirlo y defenderlo. Nuestra esperanza secreta es que “lo que aquí se está gestando sea algo más grande de lo que nosotros somos”: preparamos todo para él, para que venga al mundo en hora buena: no sólo todo lo útil, sino también las efusiones y los laureles de nuestra alma.»

Confíamos en que lo que venga sea mejor de lo que somos, nos supere. Atendiéndonos, cuidándonos, defendiéndonos, preparándonos esperamos descubrir, realizar nuestro yo más propio: «¡Éste es el verdadero egoísmo ideal: atender siempre y vigilar, con el alma tranquila, que nuestro estado fecundo llegue a buen término! Así, de manera indirecta, atendemos y vigilamos por el bien de todos, y el ánimo con que vivimos, ese ánimo de suave orgullo es un bálsamo que se extiende todo a nuestro alrededor aun sobre las almas inquietas.» — Hay que tratarse bien uno mismo o, como se suele decir, hay que quererse uno mismo, para poder tratar bien o querer a los demás.

Eso sí, al igual que las embarazadas tienen sus antojos, «¡tengamos nosotros también nuestros antojos, y no se lo tomemos a mal a los demás cuando les toque a ellos!» — ¡No se lo tomemos a mal a los demás cuando les toque a ellos! (A 552).


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Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
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