jueves, 8 de octubre de 2020

HORACIO (Odas y Epodos para una tertulia)

 




La obra de Horacio, como corresponde a un clásico, es de muy fácil adquisición. Hay publicadas multitud de traducciones y los distintos sellos editoriales se encargan de que estén siempre disponibles. Además, todas las bibliotecas cuentan con ejemplares de alguna cuando no de varias traducciones. Y por si esto fuera poco, también está accesible a través de internet: Epodos, Odas. No hay, pues, excusa para no leerlo.

Las tres que he colocado son ediciones todas ellas muy bien cuidadas. Ofrecen una traducción realizada por un latinista de prestigio —José Luis Moralejo, Manuel Fernández-Galiano y Vicente Cristóbal—, cuentan con un aparato crítico francamente bueno e introducciones más que solventes, lo que siempre ayuda para entender mejor el texto y el contexto.

En cualquier caso, la obra de Horacio no se reduce a Odas y Epodos. También están las Sátiras y las Epístolas. Si dejo solamente las ediciones de las primeras es porque hoy son las más apreciadas y hay material más que suficiente para realizar una tertulia.

Como aperitivo, dejo aquí un epodo y una oda. Ya ofrecí un adelanto en la entrada precedente, la de Horacio, poeta epicúreo. Son las dos composiciones más famosas y las que han generado sendos tópicos literarios, conocidos, precisamente, con las palabras latinas que los identifican: beatus ille y carpe diem.

Dichoso aquél [beatus ille] que, lejos de ocupaciones, como la pri­mitiva raza de los mortales, labra los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usu­ra,y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra, ni se asusta ante las iras del mar, manteniéndose lejos del foro y de los umbrales so­berbios de los ciudadanos poderosos.

Así pues, ora enlaza los altos álamos con el crecido sarmiento de las vides, ora contempla en un valle apar­tado sus rebaños errantes de mugientes vacas, y ampu­tando con la podadera las ramas estériles, injerta otras más fructíferas, o guarda las mieles exprimidas en ánforas limpias, o esquila las ovejas de inestables patas.

O bien, cuando Otoño ha levantado por los campos su cabeza engalanada de frutos maduros, ¡cómo goza re­colectando las peras injertadas y vendimiando la uva que compite con la púrpura, para ofrendarte a ti, Príapo, y a ti, padre Sílvano, protector de los linderos!

Agrádale tumbarse unas veces bajo añosa encina, otras sobre el tupido césped; corren entretanto las aguas por los arroyos profundos, los pájaros dejan oír sus quejas en los bosques y murmuran las fuentes con el ruido de sus linfas al manar, invitando con ello al blando sueño.

Y cuando la estación invernal de Júpiter tonante apres­ta lluvias y nieves, ya acosa por un sitio y por otro con sus muchas perras a los fieros jabalíes hacia las trampas que les cierran el paso, ya tiende con una vara lisa sus redes poco espesas, engaño para los tordos glotones, y captura con lazo la tímida liebre y la grulla viajera, tro­feos que le llenan de alegría.

¿Quién, entre tales deleites, no se olvida de las cuitas desdichadas que el amor conlleva?

Y sí, por otra parte, una mujer casta, cumpliendo con su oficio, atiende la casa y a los hijos queridos —como la sabina o la esposa, abrasada por el sol, del ágil ápu­lo—, enciende el fuego sagrado del hogar con leños se­cos un poco antes de que llegue su fatigado esposo y, encerrando la bien nutrida grey en la empalizada del redil, deja enjutas sus ubres repletas; si, sacando vino del año de la dulce tinaja, prepara manjares no compra­dos, no serán más de mi gusto las ostras del lago Lu­crinο,o el rodaballo o los escaros —sí tronando la tempestad en las olas orientales desvió algunos hacia este mar , ni el ave africana ni el francolín jónico caerán en mi estómago más placenteramente que la aceituna re­cogida de las ramas más cargadas de los olivos, o la hoja de la acedera, amante de los prados, o las malvas salu­tíferas para el cuerpo enfermo; o que la cordera sacri­ficada en las fiestas Terminales,o que el cabrito arran­cando al lobo.

Entre estos manjares, ¡qué gusto da contemplar las ove­jas que vuelven rápidas al aprisco después del pasto, con­templar los bueyes cansados arrastrando con su cuello lánguido el arado vuelto del revés, y los esclavos, enjam­bre de la fecunda casa, colocados en torno a los Lares relucientes!

Cuando el usurero Alfio hubo así discurseado, dispues­to a convertirse de inmediato en labrador, recogió en las Idus todo su dinero, decidido a renovar sus préstamos en las Calendas.

(Traducción de Vicente Cristóbal).





No investigues, pues no es lícito, Leucónoe, el fín que ni a mí
ni a ti los dioses destinen; a cálculos babilonios
no te entregues. ¡Vale más sufrir lo que haya de ser!
Te otorgue Júpiter varios inviernos o solo el de hoy,
que destroza al mar Tirreno contra las rocas, prudente
sé, filtra el vino y en nuestro breve vivir la esperanza
contén. Mientras hablo, el tiempo celoso habrá ya escapado:
goza del día [carpe diem] y no jures que otro igual vendrá después.

(Traducción de Manuel Fernández-Galiano).

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