miércoles, 19 de octubre de 2022

TRAS LA VIRTUD, ALASDAIR MACINTYRE

Editorial
Tal vez sea esta obra la más conocida de Alasdair Macintyre, un filósofo interesado, sobre todo, en la filosófía moral. De hecho, este texto podríamos considerarlo como un clásico dentro del terreno en que se mueve. 

Hoy propongo su lectura porque su exploración de las ideas morales se aleja del cerrado tratamiento tanto analítico como lingüístico que durante un tiempo caracterizó a la filosofía moral académica. Mackintyre prefiere estudiar el complejo mundo de las ideas morales teniendo como telón de fondo el contexto histórico en el que surgen, porque toda idea, sea del tipo que sea, tiene un marco social, histórico y cultural que la dota de sentido y la explica. Es precisamente esta forma de entender la filosofía moral la que le permite hacerla más accesible al público general. Eso y su estilo próximo y directo.

Transcribo parte del comienzo del segundo capítulo, "La naturaleza del desacuerdo moral actual y las pretensiones del emotivismo", para que se vea cómo opera y cómo escribe.

El rasgo más chocante del lenguaje moral contemporáneo es que gran parte de él se usa para expresar desacuerdos; y el rasgo más sorprendente de los debates en que esos desacuerdos se expresan es su carácter interminable. Con esto no me refiero a que dichos debates siguen y siguen y siguen —aunque también ocurre—, sino a que por lo visto no pueden encontrar un término. Parece que no hay un modo racional de afianzar un acuerdo moral en nuestra cultura. Consideremos tres ejemplos de debate moral contemporáneo, organizados en términos de argumentaciones morales rivales típicas y bien conocidas. 

1. a) La guerra justa es aquella en la que el bien a conseguir pesa más que los males que llevarla adelante conlleva (...).
 b) Si quieres la paz, prepara la guerra (...).
 c) Las guerras entre las grandes potencias son puramente destructivas; pero las guerras que se llevan a cabo para liberar a los grupos oprimidos, especialmente en el Tercer Mundo, son necesarias (...).
 
2. a) Cada cual, hombre o mujer, tiene ciertos derechos sobre su propia persona, que incluyen al propio cuerpo (...).
b) No puedo desear que mi madre hubiera abortado cuando estaba embarazada de mí, salvo quizás ante la seguridad de que el embrión estuviera muerto o gravemente dañado (...). 
c) Asesinar es malo (...).

3. a) La justicia exige que cada ciudadano disfrute, tanto como sea posible, iguales oportunidades para desarrollar sus talentos y sus otras potencialidades (...).
b) Todo el mundo tiene derecho a contraer las obligaciones que desee y solo esas, a ser libre para realizar el tipo de contrato que quiera y a determinarse según su propia libre elección (...).

Basta con el simple enunciado de estas argumentaciones para reconocer la gran influencia de las mismas en nuestra sociedad. Por supuesto, cuentan con portavoces expertos en articularlas: Hermán Kahn y el papa, Che Guevara y Milton Friedman se cuentan entre los varios autores que han expuesto distintas versiones de ellas. Sin embargo, es su aparición en los editoriales de los periódicos y los debates de segunda enseñanza, en los programas de radio y los discursos de los diputados, en bares, cuarteles y salones, lo que las hace típicas y por lo mismo ejemplos importantes aquí. ¿Qué características sobresalientes comparten estos debates y desacuerdos? 

Las hay de tres clases. La primera es la que llamaré, adaptando una expresión de filosofía de la ciencia, la inconmensurabilidad conceptual de las argumentaciones rivales en cada uno de los tres debates. Cada uno de los argumentos es lógicamente válido o puede desarrollarse con facilidad para que lo sea; las conclusiones se siguen efectivamente de las premisas. Pero las premisas rivales son tales, que no tenemos ninguna manera racional de sopesar las pretensiones de la una con las de la otra. Puesto que cada premisa emplea algún concepto normativo o evaluativo completamente diferente de los demás, las pretensiones fundadas en aquéllas son de especies totalmente diferentes. En la primera argumentación, por ejemplo, las premisas que invocan la justicia y la inocencia se contraponen a otras premisas que invocan el éxito y la supervivencia; en la segunda, las premisas que invocan derechos se oponen a las que invocan una posibilidad de generalización; en la tercera, la pretensión de equidad compite con la de libertad. Precisamente porque no hay establecida en nuestra sociedad ninguna manera de decidir entre estas pretensiones, las disputas morales se presentan como necesariamente interminables. A partir de conclusiones rivales podemos retrotraernos hasta nuestras premisas rivales, pero cuando llegamos a las premisas la discusión cesa, e invocar una premisa contra otra sería un asunto de pura afirmación y contra-afirmación. De ahí, tal vez, el tono ligeramente estridente de tanta discusión moral.

Esto no es otra cosa que una invitación a su lectura. Por decirlo muy brevemente, MacKintyre pone en juego una versión aristotélica de la moralidad para desenredar del emotivismo tanta afirmación rival y restablecer el orden en nuestras afirmaciones morales, y en esta labor es fundamental preguntarnos por lo que hacemos, pero solo podemos responder a la pregunta de qué debo hacer si sé de qué historia o historias estoy formando parte (el contexto). Tras la virtud también es un intento de superar el individualismo occidental y una renuncia a la creación de una ética universal.

Lectura imprescindible para quienes piensan que todavía es posible una ética de las virtudes.



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Путин, немедленно останови войну!

2 comentarios:

  1. Ya volvió Música y Pensamiento, ese programa maravilloso de Mercedes Menchero , y escuché Tras la Virtud, que me ha gustado mucho , el titulo del programa lo dice todo , Música y Pensamiento , que forma tan bonita de "ganar" el tiempo escuchándolo . Un Abrazo . Manoli

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    1. Y qué feliz coincidencia, porque Macintyre es uno de mis filósofos contemporáneos preferidos.
      Un abrazo.
      Jesús.

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