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sábado, 28 de julio de 2018

EDIMBURGO, PASIÓN POR LA GRECIA CLÁSICA


No, no es un templo clásico griego. No es ningún edificio situado en Grecia ni en Italia ni en algún otro lugar de influencia grecolatina o helenística. Se trata de la Old Royal High School —algo así como un centro de enseñanza secundaria—, un edificio levantado en 1829 en estilo dórico neoclásico por el arquitecto Thomas Hamilton y que cumplió su función de escuela hasta 1968. Allí estudiaron, por ejemplo, Walter Scott o Alexander Graham Bell —podéis consultar una amplia lista de nombres en este enlace—. Está situado en ladera sur de Calton Hill, la colina que se conoce como la "Acrópolis de Edimburgo".

Y a eso es a lo que voy. Pasear por la colina de Calton es comprobar la admiración que la sociedad escocesa sentía por la cultura clásica y cómo lo dejó reflejado en un espacio que hoy es un canto arquitéctónico al buen hacer de la antigua sociedad griega, un remanso de paz donde descansar dejando que la vista disfrute y uno de los lugares más icónicos de la capital de Escocia, donde ver amanecer o anochecer con el cielo despejado es un placer para los sentidos.

Allí nos encontramos con el monumento al poeta Robert Burns, recordatorio de la Linterna de Lisícrates

El National Monument, monumento erigido en recuerdo de los soldados y marinos escoceses que perdieron la vida en las batallas napoleónicas, y que a consecuencia de la falta de fondos quedó sin terminar en lo que quería ser un remedo del Partenón.



O el monumento al filósofo y matemático Dugald Stewart, otra linterna de Lisícrates, que ha terminado convirtiéndose en la imagen más característica de la capital escocesa y que todo turista que se precie quiere llevarse en su retina.


En cualquier caso, lo que quería resaltar es esa pasión que animó a la ilustración escocesa por el conocimiento en el siglo XVIII y que impregnó todo el XIX. A consecuencia de la misma se produjo una revaloración de los estudios clásicos y del racionalismo griego antiguo como símbolo del progreso intelectual. Y no solo en el ámbito escocés, buena parte la Europa central y nórdica se vio estimulada por el clasicismo, de tal manera que resulta sorprendente que se mantengan con mayor intensidad los estudios clásicos en un país como el Reino Unido y hayan desaparecido casi por completo en España, país mediterráneo y heredero de aquella cultura. 

jueves, 4 de julio de 2019

WILFRED OWEN. POESÍA COMPLETA

Editorial
Wilfred Owen (1893-1918) perteneció al grupo de poetas de la Primera Guerra Mundial (Rosenbeg, Jones, Graves, Blunden, Gurney...). Comenzó a escribir bajo la influencia de lo que antes de la guerra se practicaba en Gran Bretaña: una poesía esteticista, fuertemente relacionada con la naturaleza, marcada por la influencia de los románticos. Pero llegó la guerra y lo trastocó todo. No me interesa la Poesía. —dejará escrito— Mi tema es la Guerra y la pena de la Guerra. La Poesía está en esa pena.

El dolor, la pena, la compasión por quienes sufren alcanza incluso hasta el soldado enemigo.




EXTRAÑO ENCUENTRO

Parecía como si yo escapara de la batalla
bajo algún túnel profundo y oscuro, excavado hace mucho
a través de los granitos que las guerras titánicas habían abovedado.

Incluso abrumados durmientes gimieron,

por ser incitados, demasiado rápido, a pensar en la muerte.
Entonces, como comprobé, uno se levantó y me miró fijamente
con lastimero reconocimiento en sus ojos fijos,
levantando las manos angustiosas, como para bendecir.
Y por su sonrisa supe que aquel pasillo era sombrío,
por su muerta sonrisa supe que estábamos en el Infierno.


El rostro de aquella visión estaba surcado por mil dolores,
y sin embargo ninguna sangre llegaba allí desde arriba,
ni golpeaban las armas ni gemían los cañones.
"Extraño amigo", dije, "aquí no hay razón para afligirse".
"Ninguna", dijo el otro, "salvo los años deshechos,
la desesperanza. Cualquiera que fuera tu esperanza, 
era también mi vida; fui de caza salvaje
tras la belleza más salvaje del mundo,
que no yace en los ojos serenos, o en el pelo trenzado,
sino que se burla del paso firme del tiempo,
y si llora, llora con más abundancia que aquí.
Para mi regocijo muchos hombres podrían haberse reído,
y de mi llanto algo había sido dejado,
algo que ahora debe morir. Me refiero a la verdad no dicha,
la compasión de la guerra, la lastimosa guerra destilada.
Ahora los hombres irán satisfechos con lo que destrozamos,
o, insatisfechos, con la sangre hirviente, que será derramada.
Ellos serán rápidos con la rapidez de la tigresa.
Ninguno romperá filas, aunque las naciones caminen desde el progreso.
El coraje era mío, y yo tenía el misterio,
la sabiduría era mía, y yo tenía la maestría:
extrañar la marcha de este mundo que se retira
a las vanas ciudadelas que no están amuralladas.
Entonces, cuando tanta sangre hubiera obstruido las ruedas de su carro,
yo me elevaría y les lavaría en los pozos dulces,
incluso con verdades que son demasiado profundas como para corromperse.
Yo habría vertido mi espíritu sin límite
pero no por las heridas; no sobre la valoración de la guerra
Las frentes de los hombres han sangrado por donde no había heridas.

"Soy el enemigo que mataste, mi amigo.
Yo te conocí en esta oscuridad: porque así fruncías el ceño
ayer, a través de mí, cunado me golpeabas y matabas.
Yo te esquivé; pero mis manos eran reacias y estaban frías
Durmamos ahora...".

           Traducción de Antonio Linares Laminar.

Wilfred Owen se incorporó a filas en septiembre de 1915. En junio de 1917 es enviado a un hospital de Edimburgo como consecuencia de las heridas recibidas y del estrés postraumático. En septiembre de 1918 se reincorpora al frente. Muere el 4 de noviembre de 1918, en una ofensiva en el Canal del Sambre. Siete días después terminaba la guerra. 


domingo, 6 de julio de 2014

LA CIUDAD Y LOS ESCRITORES, de Fernando Savater

Si te gusta saber acerca de los autores y todavía no has decidido dónde vas a pasar unos días de vacaciones, este ejemplar puede ayudarte a organizar una escapada. No es una guía turística, pero sí tiene elementos que pueden determinar la elección de un lugar u otro.

Savater recoge aquí 13 aproximaciones a otros tantos escritores cuyo eje principal de presentación es la ciudad en la que vivieron: Kafka y Praga; Borges y Buenos Aires; Neruda y Santiado de Chile; V. Woolf y Londres; Pessoa y Lisboa; Dante y Florencia; Baroja y el País Vasco; O. Paz y México; Stevenson y Edimburgo; Cervantes, Lope, Quevedo y Madrid; los existencialistas y París; Chateaubriand y Bretaña; Yeats y Dublín. 

El libro, ya lo he dicho, no es una guía de viaje, pero desde el momento en que nos cuenta la relación que mantiene el autor con la ciudad en que pasó buena parte de su vida, sirve para que cuando estemos en alguna de esas ciudades, la podamos ver de otra manera, al margen de los recorridos habituales. Eso siempre y cuando sintamos algún tipo de atracción por los autores que se nos presentan. 

Independientemente de la pasión viajera, este libro es, principalmente, una buena presentación de los escritores que en él aparecen y, como tal, una invitación muy sugerente a la lectura de la obra que escribieron. En este sentido, todos ellos están muy bien recogidos y las anécdotas que de ellos se nos cuentan tienen la finalidad de motivar la curiosidad y el deseo de leer.

Otro elemento importante del libro es que en todas las presentaciones aparece siempre alguna entrevista con algún especialista o con alguna persona que conoció directamente al personaje del que se nos está hablando, lo que da mayor viveza y atractivo a la presentación.

martes, 25 de septiembre de 2018

EL AJEDREZ DE LA ISLA DE LEWIS

Gran Galería del Museo Nacional de Escocia.

El Museo Nacional de Escocia se encuentra en el centro de Edimburgo, a tan solo unos pasos del cementerio de Greyfriars y de la escultura del famosísimo perrito Bobby. Es el resultado de la fusión de dos instituciones: el Museum of Scotland y el Royal Museum, y eso se nota en el exterior, pues uno tiene fachada victoriana y el otro moderna.

Este museo habría que visitarlo aunque solamente fuese por sentir el espacio de la galería central y su ambiente fin de siglo XIX un tanto julioverniano. Es un enorme vestíbulo de hierro fundido con un techo de cristal que inunda el museo de luz natural. Magnífico.

Curiosamente, una de las piezas del museo que quería visitar es de tamaño minúsculo. Se trata del ajedrez de la isla de Lewis. Más exactamente, diez piezas del ajedrez medieval hallado en 1831 en dicha isla del norte de Escocia.


Piezas de ajedrez de la isla de Lewis. Museo Nacional de Escocia.
Todo juego es en mayor o menor medida una simulación de la guerra, un sustituto civilizado de la actividad más cruel e incivilizada que los seres humanos mantenemos de vez en cuando con nuestros congéneres. El ajedrez es el juego que representa esa actividad de forma más clara y que, sin embargo, está más lejos de ella que ninguna otra por sus consecuencias directas: trabajo intelectual, desarrollo de la concentración y una eficaz herramienta para combatir el alzheimer

Martin Amis habla de él con pasión: Las matemáticas del ajedrez son muy interesantes por el hecho de que, después de cuatro movimientos de cada jugador, las posibilidades se cuentan ya por miles de millones. Es el juego de mesa supremo. Muy de vez en cuando, uno vislumbra una combinación que un gran jugador vería todo el tiempo, y de pronto el tablero parece tremendamente rico, parece estar plagado de posibilidades. Y lo que uno ve en todos los grandes jugadores es voluntad combativa, todos tienen instinto asesino (recogido en La historia del mundo en 100 objetos). 

No sabemos exactamente cuándo surgió, pero es evidente que ya se practicaba en la edad media europea, como lo prueban estas magníficas piezas del ajedrez de Lewis, halladas en la isla del mismo nombre durante el siglo XIX, en la actualidad repartidas entre el Museo Británico y el Museo Nacional de Escocia. Hoy las traigo aquí porque son uno de los objetos de tamaño pequeño que más me gustan, junto con los relojes y los coches de juguete —cuanto más pequeños, mejor—.

Ciertamente, hay piezas de ajedrez fantásticas, de una elaboración sobresaliente, pero éstas de la isla de Lewis tienen un atractivo especial en mi imaginario: el origen vikingo de las mismas, la contundencia de sus formas, la sorprendente representación de los peones (¿lápidas?), la extraordinaria representación humana, la antigüedad...; en fin, toda una serie de propiedades que las convierten en uno de los objetos artísticos que más aprecio de la época medieval.

Fuente: Museo Británico.

domingo, 29 de enero de 2023

LONGING, de Moffat

 

Lamento no haber encontrado una interpretación en directo de esta bellísima canción, pero hay que aceptar que no todo está en internet. Hoy tendremos que contentarnos con dejarnos llevar por el sonido, que, en cualquier caso, es el sentido imprescindible y principal para disfrutar de la música.

El músico Alfred Edward Moffat (1863-1950) nació en Edimburgo el 4 de diciembre de 1863. Su padre era John Moffat, un fotógrafo, y su madre era Sophia Maria Knott. Estudió composición musical en Berlín con Bussler y, después de acabar sus estudios, siguió residiendo en Berlín durante media docena de años, mientras se ganaba la vida redactando textos para editoriales musicales alemanas. Cuando dio por finalizada su estancia en Alemania, se instaló en Londres, donde se dedicó al estudio de los violinistas británicos de finales del siglo XVIII y anteriores. Perteneció al Tribunal de Asistentes de la Real Sociedad de Músicos

A la viola: Dame Avril Piston.
Al piano: Shamonia Harpa.

Una pieza excelente para que os dejéis arropar por ella en estos fríos días de invierno. Y si estáis en el hemisferio sur, que ella os calme los rigores del estío. 

***


lunes, 30 de julio de 2018

MORTALITY, de William Knox


Todos los lugares nos dejan algún regalo. Tan solo es necesario estar atentos a las señales y mirar con atención a nuestro alrededor. Edimburgo me dejó más de uno, pero este es, por la sorpresa que supuso, el que más ilusión me hizo. 

Allí, mientras buscaba en un plano la forma más rápida de llegar al monumento erigido en recuerdo del poeta Robert Burns (ver dos entradas más abajo), me encontré con este pequeño obelisco sobre la tumba de William Knox. No tenía ni idea de que hubiera existido un Knox poeta, pero la deteriorada inscripción decía que había escrito el poema que más le gustaba a Abraham Lincoln y que ese poema había sido copiado en las paredes del Palacio de Invierno de San Petersburgo. A continuación se recogían las dos primeras estrofas del mismo. 

Desde luego los méritos del poema son muchos si consigue que en dos partes del mundo tan distantes y distintas alcance el reconocimiento. El presidente americano incluso se lo aprendió de memoria y declaró en carta a un amigo que "daría todo lo que valgo por ser el autor", que es mucho admirar. De los inquilinos del palacio ruso desconozco los motivos para encargar grabarlo, aunque los hechos posteriores pusieron un énfasis de crueldad a sentido del poema.

Los gustos son cambiantes y hoy William Knox es un auténtico desconocido fuera de la literatura escocesa. No creo que sea un poema excelso, pero sí es un poema que nos recuerda algo importante: la necesidad de admitir con naturalidad nuestra condición de seres mortales, lo que tal vez tenga que ver más con nuestra libertad de lo que sospechamos (y aquí remito a la charla de Arsuaga en el Museo de la Evolución del pasado 14 de julio). 

En castellano, que yo sepa, no existe mención ninguna y mucho menos publicación de texto algunopa. Me permito la osadía de dejarlo en inglés, pero para quien no entienda, recuerdo que las traducciones automáticas de Google son lo suficientemente buenas como para permitir con solvencia el entendimiento del texto, aunque tengan sus errores y no sirvan para apreciar matices ni exquisiteces literarias.


Oh, why should the spirit of mortal be proud?
Like a swift-fleeting meteor, a fast-flying cloud,
A flash of the lightning, a break of the wave,
He passes from life to his rest in the grave.

The leaves of the oak and the willow shall fade,
Be scattered around, and together be laid;
And the young and the old, the low and the high,
Shall molder to dust, and together shall lie.

The infant a mother attended and loved;
The mother that infant's affection who proved;
The husband, that mother and infant who blessed;
Each, all, are away to their dwelling of rest.

The maid on whose cheek, on whose brow, in whose eye,
Shone beauty and pleasure - her triumphs are by;
And the memory of those who loved her and praised,
Are alike from the minds of the living erased.

The hand of the king that the sceptre hath borne,
The brow of the priest that the mitre hath worn,
The eye of the sage, and the heart of the brave,
Are hidden and lost in the depths of the grave.

The peasant, whose lot was to sow and to reap,
The herdsman, who climbed with his goats up the steep,
The beggar, who wandered in search of his bread,
Have faded away like the grass that we tread.

The saint, who enjoyed the communion of Heaven,
The sinner, who dared to remain unforgiven,
The wise and the foolish, the guilty and just,
Have quietly mingled their bones in the dust.

So the multitude goes - like the flower or the weed
That withers away to let others succeed;
So the multitude comes - even those we behold,
To repeat every tale that has often been told.

For we are the same that our fathers have been;
We see the same sights that our fathers have seen;
We drink the same stream, we feel the same sun,
And run the same course that our fathers have run.

The thoughts we are thinking, our fathers would think;
From the death we are shrinking, our fathers would shrink;
To the life we are clinging, they also would cling -
But it speeds from us all like a bird on the wing.

They loved - but the story we cannot unfold;
They scorned - but the heart of the haughty is cold;
They grieved - but no wail from their slumber will come;
They joyed - but the tongue of their gladness is dumb.

They died - aye, they died - we things that are now,
That walk on the turf that lies over their brow,
And make in their dwellings a transient abode,
Meet the things that they met on their pilgrimage road.

Yea, hope and despondency, pleasure and pain,
Are mingled together in sunshine and rain;
And the smile and the tear, the song and the dirge,
Still follow each other, like surge upon surge.

'Tis the wink of an eye - 'tis the draught of a breath -
From the blossom of health to the paleness of death,
From the gilded saloon to the bier and the shroud
Oh, why should the spirit of mortal be proud?

En inglés, esta es la página más completa que he encontrado sobre este poema y su autor. Tan solo tenéis que hacer clic sobre el icono de traducción (barra superior, lado derecho) y el texto se traducirá automáticamente.