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| Editorial |
De Carlos León Liquete lo ignoro todo, salvo lo que he podido leer en la solapa de este libro, que es prácticamente lo mismo que aparece en Wikipedia.
Unos amigos me regalaron el poemario hace ya algo más de tres años. Lo leí, me gustó y pasó a engrosar las estanterías dedicadas a la poesía, cuya expansión tiende a desplazar descaradamente los demás géneros y disciplinas. La semana pasada lo separé para dedicarle un espacio en este blog y hoy, por fin, le toca salir a la calle.
Me gusta mucho cómo acaba el poemario, con ese apartado MI/NOSOTROS en el que figuran los poemas que aparecen bajo estas líneas y que están encabezados por un verso de Maiakovski sacado de Una bofetada al gusto del público:
Compañeras y compañeros, nos quedamos aquí.
Y estos son los poemas de Liquete:
[En este invierno]
Porque hablo de mí, desconozco
que tenga qué deciros, mas que este
hablar para el hablar, canto sin cuento,
más allá del desespero.
Y lo hago seguido aunque pare al respirar,
soplar el humo de las brasas desatadas.
Porque hablo de mi y desconozco
qué lugar o qué palabra me define
entonces canto, sea solo sueño
o más que sueño.
Cuando el hacer y el dar no tengan fin,
cuando el aliento se palpe en los hombres
todos como en ese abrazo. Entonces
abiertas las puertas y ventanas, el aire
más allá de los umbrales, cincelando el fuego
de palabras, ya vueltas vivas las ondas
en danza de la totalidad.
Porque hablo conozco aun el decir y el lugar.
Mientras retumban las
gotas de lluvia
voces que se suman a este canto
sonoro canto contra la fría noche
del eterno invierno y su retorno.
Mientras salimos del tiempo,
desde fuera, anhelando una salida
que rompa en espiral el surco
de ceniza, la sed de cal y anhelo.
Para abrir la percepción del hombre
y su mirada, rota ilusión, desecha,
de la humana especie, como sal,
árbol o musgo o hierba,
veneno o brisa, lobo o aullido,
especie vuelta en sí, tras largo sueño.
En ese tiempo, sueño al reflejo del camino,
a esa luz despiertos.
Al haber cerrado la puerta
considero el sonido quedo
golpe que enfrenta este verso
a su otro, todo ojos.
Comprendo la falta
pero no soy yo
quien pueda ser nosotros.
Mi lugar entonces está
forjándose, en este hablarte.
Pues para mí el ahora,
para ti entonces.
Y me acostumbro lentamente
al lugar
dejándome llevar hasta tu mano
envuelto en leve gasa
como papel de hilo
tan fino papel
que no es papel:
hilo invisible en papel
desaparecido.
Acabo de parar el tiempo.
La voces antiguas se van —ahora
calor motor y llama—
en este todo aquí lacerante.
Bajo mis alas
las manos
sonríen, buscándote.
Mientras caminas.
(Había bastante gente todavía,
enorme murmullo muerto
de ruido y de nostalgia).
Más allá, vano silencio,
dejé de estar, cuando te vi.
Oí tu voz.
Oí tu voz y paré el tiempo.
Ahora caminas a mi lago
y vuelvo a ser de agua en este río del olvido.
Y eso que es solo tiempo, amor,
y nos tenemos aquí y en él,
este lugar de todo el universo.
Cuando dejemos, amor, este lugar,
pararé el tiempo: espacio y tiempo
de la nada, amor, tú y yo.
Erguidos ante mí
los cirios arden,
vivos, áureos, sencidos.
De los días pasados
aflige la figura
sepultada en hilos
—de rojo fuego ardiente—
que llegan a nosotros
consumidos. Pasamos
las manos por la brasa
silbando viento,
para mantenerla
encendida (aún, ahora)
y dejarla
nueva
entre nosotros.
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| Fuente: Wikipedia |






