martes, 10 de febrero de 2026

CONCEPCIÓN DE LA FILOSOFÍA (4), por Jaime Aspiunza

 Continúa aquí el texto de Jaime Aspiunza que publiqué el martes pasado.


Concepción (mía) de la filosofía 


Daniel N. Stern (1934-2012) fue un psiquiatra y psicoanalista estadounidense especializado en desarrollo infantil, acerca de lo cual escribió varios libros; el más conocido de ellos es The Interpersonal World of the Infant [El mundo intersubjetivo del infante], de 1985, en el que propone el desarrollo del niño a través de cuatro «yoes» o fases del yo que se van solapando sucesivamente. Se trata de un libro de carácter científico. El Diario de un bebé, escrito pocos años después, en 1990, presenta de manera ficticia las vivencias del niño en su crecimiento.

En él explicita e imagina las cuatro fases por las que pasa cualquier niño sano hasta aprender a hablar y luego ser capaz de elaborar su propia historia. Conviene tener en todo momento presente que dichas fases o etapas se conservan a lo largo de todo el desarrollo y de ¡toda la vida!; no son superadas y dejadas atrás, sino que quedan solapadas bajo las siguientes, imbricadas en ellas. — Veámoslas.

1) Hasta las seis semanas, el bebé vive el mundo del sentir: las cosas, lo que pasa, lo que se le dice, todo le llega en cuanto sensación, en cuanto sentimiento. No distingue el afuera del adentro, es como si fuera atmósfera, ambiente en continuo cambio. El mundo es uno y yo soy parte de él. — Y, repito, esto se conserva durante toda la vida: Cada experiencia va provista de su tono sentimental; solo que de mayores le prestamos menos atención.

De hecho, en cuanto cuerpos, es fácil verlo, estamos abiertos en todo momento: respiramos el aire que viene de fuera, devolvemos el anhídrido carbónico (o dióxido de carbono); vemos, oímos; bebemos, comemos, etc. En cuanto mentes no solemos estar tan abiertos; sin embargo, nuestra mente es mente de un cuerpo, no mente pura. Y la percepción, ya lo sabemos, es nuestra apertura físico-psíquica al mundo. «El sentir –decía Merleau-Ponty– no es la posesión intelectual “de lo que” es sentido, sino desposesión de nosotros mismos en provecho suyo, apertura a lo que no necesitamos pensar para reconocerlo.» Posibilidad de la filosofía, p. 232.

De hecho, el aprendizaje de la objetividad consiste en aprender a marcar los límites entre uno y la realidad, en no interpretar a la ligera lo que sentimos en cuanto lo que es; esto es, en corregir los corolarios –retorcidos, al ser ya lingüísticos– de esa primera fase nuestra.

2) Entre las ocho y las doce semanas hay un salto espectacular: sonrisas, vocalizaciones, contactos visuales largos. La cara pasa a ser el objeto más atractivo y fascinante, y sigue siéndolo de mayores, aunque no la miremos tanto. El rostro pasa a ser todo un mundo para el bebé.

El mundo social inmediato: la mirada va concentrando la sensibilidad. Es el mundo del aquí y ahora en su relación con la madre.

El niño, gracias a ese control de la mirada, comienza a sentir que es actor, agente, que provoca acontecimientos; comienza, por un lado, a percibir que está separado físicamente de su madre y, por otro, a elaborar lo que llamaríamos su interioridad, a hacerse una «idea» de su mundo social: él, ella, nosotros... — Y la mirada es la entrada a dicho mundo, la ventana a que se asoma dicha interioridad.

La interacción social se aprende, pues, sin que medien objetos y, por supuesto, antes de que aparezca el lenguaje. El interés por las cosas viene después y se despliega sobre el mundo del aquí y ahora en su relación con la madre. — En general, es nuestro trato con los demás la matriz de nuestra experiencia.

3) Al año posee ya un mundo que podríamos llamar de «paisajes mentales», es decir, de intenciones, deseos, sentimientos, pensamientos, recuerdos, atención, que, por otro lado, puede compartir. Se va configurando un mundo interior que es, sin embargo, intersubjetivo.

Busca cosas que no están a la vista, le fascinan los juegos de esconder, descubre intenciones en el rostro de su madre… — Haremos eso toda la vida: interpretar las acciones para ver qué hay detrás; es decir, acción e intención quedan vinculadas, unidas: se va creando así el mundo del sentido, se va forjando el apego afectivo al mundo.

A los doce meses el niño ha entrado ya en un mundo nuevo cuyo centro de gravedad no son ya los acontecimientos físicos del aquí y ahora, sino los acontecimientos ocultos en su interioridad que se extienden desde el pasado hasta el futuro.

4) Alrededor del año y medio se da el salto al lenguaje: aparece el mundo de palabras, aparece la reflexión sobre uno mismo.

El lenguaje, la imaginación abren mundos nuevos, panoramas ilimitados. Por un lado, confieren independencia y libertad; por otro, vinculan al niño con los demás, con la cultura de su mundo.

El lenguaje reestructura el mundo. La experiencia no verbal queda compartimentada en categorías nítidas y diferentes. Todo ello tiene su lado oscuro, sobre todo si se compara con la experiencia prelingüística: Muchas experiencias no verbales quedan fuera del ámbito de aplicación del lenguaje, lo que es desconcertante y a veces muy doloroso.

No hay que olvidar que antes de aprender a hablar el niño ha asimilado todos los procesos y estructuras básicas necesarias para el trato con los demás. Estructuras que son formas no verbales, continuas y dinámicas, incompatibles con la naturaleza discontinua, binaria y categorial de las palabras. Por eso, la aparición del lenguaje tiene algo de desarreglo.

Se ha roto la unidad de la experiencia. Y hay que procurar integrar en el lenguaje ese mundo de sentimientos, de intuiciones, y de relaciones y trato con el mundo prelingüístico.

A eso llamaría Merleau-Ponty «aprender a ver de nuevo el mundo». Un cuerpo dotado de lenguaje es un cuerpo que tiende al lenguaje, pero no desaparece en él. Hay una experiencia pre-lingüística que alberga el mundo del sentido, la intersubjetividad, la interacción y el sentimiento del mundo.


Revisemos algunas de las conclusiones alcanzadas hasta aquí:

– Somos un cuerpo, somos-de-mundo: «Mi cuerpo es el quicio del mundo», «tengo conciencia del mundo por medio de mi cuerpo», Fenomenología de la percepción, p. 101. Mi «ser-de-mundo es una visión preobjetiva», p. 99, es decir, una visión previa a la distinción sujeto/objeto.

– Nuestro cuerpo no es algo que yo vea y que yo piense, «nuestro cuerpo es un conjunto de significaciones vividas que va hacia su equilibrio», p. 170. En la acción guiada por el hábito, sin que haya intencionalidad consciente alguna, nuestra actividad ¡es intencional! — Pensemos en todas esas cosas que sabemos hacer sin que seamos conscientes de ello, más bien siendo inconscientes de saberlo: andar por la calle, hacer la compra, pasear, etc., etc., y eso sin mentar actividades mucho más complejas como cantar, nadar, bailar, escribir… «Mover el cuerpo es apuntar, a través del mismo, hacia las cosas, es dejarle que responda a la solicitación que estas ejercen en él sin representación [esto es, sin ideación o conceptualización de ellas] alguna», p. 156. Es decir, tratar con las cosas envuelve cierto entender no-conceptual, una suerte de proto-conocimiento.

– Hemos de estar inmersos en un mundo en que nos manejamos para poder hacer cosas concretas, desde partir el pan hasta escribir unas lecciones de filosofía. Ese mundo es una totalidad cerrada, una trama concreta de remisiones: coger el cuchillo, sujetar el pan con la otra mano de modo que no me corte, etc., etc. Para poder actuar hemos de tener presente esa trama –en cada caso concreta– de pautas que articulan nuestras actuaciones, mas la presencia de dicha trama tiene algo de peculiar: no llama la atención. Es una presencia «apagada, nada llamativa». — Pero sin ella sería imposible hacer nada.

– Somos cuerpo y somos lenguaje, lenguaje de un cuerpo, y al tiempo la presencia de lo social en cada uno, puesto que el lenguaje es obra social anterior a nosotros, obra actuante que se nos inculca. — Por ello, y frente al subjetivismo ambiente, somos todos semejantes, primero, por ser cuerpos humanos de funcionamiento semejante: de ahí que pueda haber una medicina, esto es, un saber sobre los cuerpos humanos, sea el mío o el del otro. Segundo, porque estamos habitados por un lenguaje social, común: reproducimos la familia, el género, la clase social, etc. Hay diferencias, por supuesto, pero no son tantas, en cualquier caso, no son absolutas, como nos quieren hacer creer.

– Por ello, somos más sociales, más comunes, más anónimos que particulares y originales; esto, como mucho, es algo que se irá haciendo, que se irá logrando, en cierto grado. — El subjetivismo que ante cualquier cosa y sin parar se da por supuesto no es más que un sueño, o un señuelo…


***
Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

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