Y no me refiero a clásicos de la literatura griega, ni a los clásicos del XVI. Tampoco me refiero a otra cosa que no sea la novela. Doy por supuesto que poesía, teatro o ensayo son manifestaciones supeditadas al mundo académico o intelectual. Me refiero a la novela escrita antes de la mitad del siglo XX. El corte podríamos establecerlo en la Segunda Guerra Mundial. Más o menos.
¿Quién, si no, lee hoy, por ejemplo, La comedia humana, Madame Bovary, Moby Dick, Crimen y castigo, La montaña mágica, El hombre sin atributos o La muerte de Virgilio? Seguramente estas obras sólo son leídas ya por otros escritores o por aquellas personas que están obligadas a leerlas en función de su actividad (investigación, estudio, ensayo…). Cosa de eruditos y asimilados.
No quiero decir con esto que deberíamos leerlas. Cada cual tiene derecho a leer lo que le apetezca. Faltaría más. Simplemente quiero subrayar cómo en tan poco tiempo ha cambiado el hábito lector y la forma de escribir. Porque no es cuestión de número de páginas. Hay grandes tochos actuales que el público devora e, incluso, se convierten en grandes ventas. Es más, me atrevería a decir que la novela paginosa –me acabo de inventar el vocablo- tiene más probabilidades de ser un número uno de ventas, que la flacucha. De hecho, el cuento se lee poco.
Creo que es cuestión de ritmo, de pulso, de aliento; es cuestión de sensibilidad; es cuestión de costumbres. Y es cuestión, también, de imagen, de alegoría. Hoy la masa lectora pide acción, no andarse por las ramas, entrar en el meollo de la historia desde el principio, aunque lo
s meollos sean muchos o los troncos innumerables. Y hoy llevamos mal la metáfora, el símbolo. Pedimos a la historia que nos hable de forma directa y lo más clara posible. Otra cosa es que el símbolo sea una cifra del jeroglífico que la protagonista en cuestión tiene que resolver. Pedimos a la novela que el mar sea mar y no una alegoría del mal, por ejemplo.Han cambiado, sin duda, muchas cosas. Este mismo blog es una evidencia de los cambios: entradas cortas, menciones breves, apuntes inmediatos. Por eso, desde esta misma entrada, y contra ella, hago una invitación a la lectura de una novela prodigiosa y singular, que requiere tiempo y ganas de leer de otra forma, que nos sumerge, como un sueño, en la vida de Virgilio. Que puede ser, incluso, una invitación a la lectura posterior del clásico latino: La muerte de Virgilio, de Herman Broch.
Atreveos y no os arrepentiréis.












