Llama al que lía los cigarros puros,al forzudo, y ofrécele batir
en tarros de cocina las sensuales cuajadas.
Deja que las muchachas huelguen con los mismos vestidos
que acostumbran a usar, y deja que los chicos
lleven flores envueltas en periódicos viejos.
Deja que el parecer acabe en ser.
El único emperador es el emperador de los helados.
De la cómoda aquella que perdió
tres pomos de cristal, saca la sábana
en la que ella bordaba faisanes una vez
y extiéndela del todo hasta ocultar su cara.
Si sus callosos pies se quedan fuera, lo hacen
para mostrar qué fría está, y qué muda.
Que la lámpara añada su destello.
El único emperador es el emperador de los helados.
El poema, por tanto, adquiere forma a través de una voz que va indicando lo que se debe hacer para que el resultado sea el adecuado al momento que se vive.
Conviene señalar que en algunas culturas caribeñas, incluidas las que Stevens conoció en sus viajes a Cayo Hueso y La Habana, los velatorios tienen o tenían un carácter festivo y se preparaban los mejores manjares. Aquí entra en juego el helado, que no es precisamente el que podemos adquirir en unos segundos en una heladería moderna, sino el que había que hacer trabajando intensamente la cuajada (estamos a comienzos del siglo XX).
Eso también explica la elección de la palabra concupiscent y que tiene en castellano todos estos sinónimos: incontinente, sensual, lascivo, lujurioso, libidinoso, voluptuoso, impúdico, obsceno, deshonesto. El traductor ha elegido el segundo.
Así, pues, en la cocina, encontramos coqueteo, desenfado, cierta actividad bulliciosa y la preparación de sabrosos bocados, tal y como hemos visto en algunas películas. Claro que en el otro habitáculo lo que vemos es, por el contrario, una mujer muerta y una cómoda ya vieja que ha perdido los tiradores.
En este contexto, tropezamos con un verso que parece una recomendación de profundo análisis filosófico en el penúltimo verso de la primera estrofa: Que el ser sea el final del parecer. Cielos, ¿qué hace ahí?, ¿qué puede querer decirnos el poeta?
Stevens decía que la poesía debía resistir a la inteligencia. Esta parece una buena puesta en práctica de lo que afirmaba. Y difícil, variada, compleja son tres términos que la crítica ha utilizado con asiduidad para describir la poesía modernista anglosajona en general. Los poetas de nuestra civilización deben ser difíciles, escribía T.S. Eliot en Los poetas metafísicos, en 1921. Creía que esa dificultad reflejaba la época: la avanzada industrialización transformaba Occidente, Europa se tambaleaba tras la Primera Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique incendiaba Rusia. Darwin, Nietzsche, Marx, Freud y Einstein cambiaron la visión que se tenía de la historia, la economía, la filosofía, la ciencia, la psicología, la física e incluso la religión.
Si en algo coincidían el modernismo hispanoamericano y el modernismo anglosajón, que fueron estilos y movimientos muy diferentes, era en su crítica al idealismo romántico y en su afán por superarlo. Así, podemos tomar el parecer como lo que no es, lo artificial, lo que aparenta ser pero no es; es decir, es una manera de reivindicar que el realismo desplace al idealismo.
Más aun, Judith Ch. Brown, opina que el verso sugiere que solo en la muerte termina el parecer… En la vida, sin embargo, solo hay apariencia. Esta interpretación es coherente con el penúltimo verso de la segunda estrofa: Que la lámpara añada su destello, que a su vez evoca un ambiente de autopsia o interrogatorio, donde la luz de la realidad busca dar claridad a lo realmente visible, no las suposiciones, ni cuanto podamos imaginar.
En este sentido, la sábana bordada con colas de abanico —faisanes, traduce Sánchez Robayna—, que deja el cadáver parcialmente expuesto bajo el resplandor de la lámpara, parece indicar la misma intención: la insuficiencia del artificio.
Por otra parte tenemos el helado, ese postre capaz de aportarnos un placer sensual, pero que hay que consumir con cierta premura para que no se deshaga. Es un placer fugaz, como el sexo. Y es frío, como el cuerpo de la mujer muerta. La frialdad vincula el frío de la muerte con el helado. La muerte y los placeres sensuales de la vida tienen algo en común. La mujer muerta es insensible —"fría" hacia— la animada actividad en la cocina, y esas muchachas ociosas tampoco parecen muy preocupadas por ella. El helado es como la vida: dulce mientras dura. También es como los muertos: fríos y destinados a ser consumidos o a disiparse.
¿Pero por qué el emperador? ¿Una alusión a los cuentos infantiles, al de El traje nuevo del emperador? ¿Una abstracción filosófica sobre la apariencia? ¿Una alusión al Hamlet de Shakespeare cuando su personaje protagonista dice tu gusano es tu único emperador en cuanto a la dieta. Engordamos a todas las demás criaturas para engordarnos a nosotros mismos, y nos engordamos para los gusanos? (4º acto, escena VI).
De hecho, Stevens elige el mismo sintagma único emperador. Además, la idea expresada en Hamlet de que los seres humanos no son la cima de la cadena alimenticia, sino los gusanos, también está, aunque de forma indirecta en el poema. La vida es frágil, efímera; todas, en general, tienden hacia el impulso hedonista: disfrutar del festín mientras se puede.
Enunciado más brutalmente: el único dios, el único emperador en este mundo es el frío dios de la vida mientras esta persiste, la satisfacción del apetito, del deseo. Surge la metáfora: la vida animal en la cocina, el cadáver en el dormitorio trasero.
El único emperador o principio dominante del mundo es aquel que nos viene a la mente cuando vemos derretirse el helado —o, de otra manera, cuando asistimos a un funeral— haríamos bien en prestarle atención y aprovechar cada momento.
Dos estrofas, dos habitaciones: la bulliciosa vida de festejos y apariencias, la muerte solitaria. El poema se convierte en un recordatorio de nuestro destino final. Un postre que antes se nos antojaba muy apetitoso se convierte en un símbolo de lo que la vida nos depara tras el último bocado. Comienza como un dulce caprichoso, pero deja un regusto sorprendentemente frío.
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