Lecciones de Aurora 9
Probablemente la parte más jugosa de este segundo libro de Aurora sean los parágrafos dedicados a la –llamémosla– psicología; los veremos con detenimiento.
Aurora 102 se titula «Los juicios morales más antiguos», y se plantea la pregunta de qué es lo que hacemos cuando una persona actúa cerca nosotros. Se señalan en él tres fases de apropiación del proceso que creo no tendremos inconveniente en reconocer como muy habituales en cualquiera de nosotros, aunque no las hayamos –quizá– explicitado o verbalizado del modo como Nietzsche lo hace.
En un primer momento, miramos cuál va a ser, cuál es el resultado de la acción para nosotros, para uno mismo. La vemos únicamente desde ese punto de vista: que así lo hagamos es relativamente natural, es lo primero e inmediato, lo que no significa que sea lo único que se puede hacer con dicha acción o actuación de otro.
En segundo lugar, tomamos dicho resultado en cuanto propósito de la acción. Si ya hemos estrechado bastante la lectura de lo que el otro ha hecho, añadimos ahora un presupuesto por completo innecesario y sobrante: que el modo como a mí me afecta la acción del otro sea efectivamente la intención que ese otro tenía al realizar la acción.
Es cierto que suele parecernos muy natural esa inducción o conclusión –me ha hecho daño, quería hacerme daño–, pero tal atribución de intencionalidad es muy poco racional: en la mayoría de los casos no hay razones para hacerla; en realidad es bastante infantil, propia de esos primeros años de nuestra vida. Quizá no quería hacerme daño, aunque haya acabado haciéndomelo; quizá hasta quería agradarme, pero algo se ha torcido, no lo ha calculado bien, etc. Es más, puede que el resultado para mí ni siquiera haya sido previsto por el otro; son infinitos los ejemplos que de esto se podrían dar, y a buen seguro el lector podrá imaginarse más de uno.
En un tercer paso, pasamos a considerar dicho propósito una propiedad permanente del otro: no simplemente «me ha hecho daño (en esta ocasión)», sino que es «el que hace daño», es una «mala persona». Tras el análisis del segundo paso, este puede ya comenzar a resultar excesivo, pero lo hacemos: si me ha hecho daño, y quería hacérmelo, es que hacer daño, pretender hacer daño debe ser lo suyo; no va a ser casualidad… El problema es que todo esto ni lo pensamos: está comprimido en una cápsula de deducciones que se dispara sola.
En realidad, los tres pasos hacen uno solo: el otro actúa, luego es como yo he percibido su acción; si bien, bueno; si mal, malo.
En Humano, demasiado humano 39 presentaba Nietzsche otra versión más o menos de lo mismo; en aquel caso se titulaba «La fábula de la libertad inteligible». Decía allí: la historia de los sentimientos morales se desarrolla siguiendo las siguientes fases principales.
«Primero se llaman buenas o malas unas acciones particulares sin consideración alguna de sus motivos, sino sólo por sus consecuencias útiles o dañinas.»
«Pronto se olvida el origen de estas designaciones y uno se figura que las cualidades de “bueno” y “malo” son inherentes a las acciones en sí mismas, independientemente de sus consecuencias.»
«Más adelante, se atribuye el predicado de bueno o malo, ya no a los motivos particulares, sino al carácter global de una persona, de donde el motivo nace como del suelo la planta. Así, a la persona se la considera responsable, en este orden, primero de sus consecuencias, luego de sus acciones, luego de sus motivos y en fin de su carácter.»
Lo terrible es que este mecanismo infantil, pre-racional de atribución de motivos y –peor aún– de carácter suele funcionar gran parte de nuestra vida, no importa lo distantes que andemos ya de nuestra infancia; es más, vivimos una época en que en buena medida se promueve dicho mecanismo, y se sanciona como auténtico y natural. — Eso es lo que sucede cuando se preconiza el sentimiento, es decir, lo que la acción del otro produce de buenas a primeras en nosotros, y se lo sanciona como criterio rector de la verdad, es decir, de lo que el otro pretende y es.
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| Fuente: Wikipedia |



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