sábado, 6 de agosto de 2016

LA VERDAD ES HIJA DEL DIÁLOGO

Seguramente hay un consenso universal sobre algunas normas morales como puedan ser no matar, no mentir, no robar..., esas normas que configuran lo que entendemos como derecho natural y que son algo así como la base sobre la que se levanta el edificio moral de la sociedad, así como las normas escritas que las diferentes sociedades se han ido dando a sí mismas.

Una vez pasada la infancia y a medida que nos vamos haciendo adultos, vamos descubriendo lo difícil que resulta juzgar una acción, sopesar la bondad o la maldad de un hecho. Las certezas van siendo cada vez menos y la tarea de valorar es cada vez más complicada, aún así seguimos teniendo certezas normalmente muy influidas por el medio en el que vivimos, por las costumbres y por las creencias, ya sean estas religiosas o ideológicas.

Convivir, al igual que la comunicación, es tarea complicada. Lo que unos consideramos bueno, otros lo consideran malo; lo que conveniente, inconveniente; lo atractivo, feo... Y eso partiendo de la buena voluntad, sin tener en cuenta intereses personales, prejuicios o malas intenciones previas, lo que hace mucho más difícil el consenso.

No cabe duda de que el conocimiento mutuo y la racionalización del proceso ayudan a dirimir las cuestiones más espinosas. Tal vez si comenzáramos por aproximarnos y mostráramos interés por lo que los otros piensan y hacen, la tarea fuese más sencilla, tal y como la curiosidad de Darío le lleva a plantearse las costumbres funerarias de los pueblos de su época:

Cuando Darío era rey de Persia, hizo llamar a los griegos que había en su corte y les preguntó a cambio de qué estarían dispuestos a comer los cadáveres de sus padres. Los griegos contestaron que no lo harían por nada del mundo. Más tarde, en presencia de los griegos, y a través de un intérprete para que pudieran entender lo que se decía, Darío preguntó a unos indios de la tribu de los calatias, que de hecho se habían comido los cadáveres de sus padres, a cambio de qué estarían dispuestos a quemar los cadáveres. Prorrumpieron en un grito de horror y le prohibieron hablar de algo tan espantoso.

Antes de reafirmarnos en nuestro relativismo, prescriptivismo, o cualquier otro -ismo, lo que me interesa de esta anécdota contada por Heródoto en su Los nueve libros de la historia es el gesto de Darío poniendo enfrente las dos comunidades para que cada una exprese qué es lo que hace y sepa qué es lo que siente la otra cuando escucha el relato de tan bárbara costumbre.

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