viernes, 21 de noviembre de 2014

A VUELTAS CON LA POESÍA

Cuando di noticia sobre la estupenda antología que Antonio Colinas había preparado para Siruela, dije allí que no compartía su manera de entender la poesía. Retomo hoy el tema y explico el porqué. 

Sin entrar a discutir todos los detalles, quiero hacer hincapié en esa afirmación que da en considerar la poesía como portadora de la revelación del misterio, esa concepción de la poesía como mediadora entre lo oculto y el ser humano. Según esta idea, la poesía cumple la tarea sagrada que antaño cumplían los profetas, pues eran los portadores de la palabra "revelada", los mediadores entre dios y la sociedad. Y necesitamos que algo esté oculto para que alguien lo revele.

Esta idea viene de lejos. De muy lejos. Viene de las sociedades neolíticas o más allá, y Platón —lo cita Colinas en el prólogo— la recoge en su diálogo sobre la poesía, Ion. Allí hacía decir a Sócrates lo siguiente: es una cosa leve, alada y sagrada el poeta, y no está en condiciones de poetizar antes de que esté endiosado, demente, y no habite ya más en la inteligencia (...) es la divinidad misma quien las dice y quien, a través de ellos, nos habla (p 77, de la edición de Gredos). 

En otro tiempo más próximo a nosotros fueron célebres las disputas entre Kant y Hamann —amigos, por cierto—. Hamann estaba convencido de que sin la fe, la razón era una herramienta inútil y por eso reivindicaba, entre otras cosas, la importancia de la poesía. La poesía como palabra que "revela". La única capaz de acercarnos a los secretos ocultos de la vida y sus misterios, pues el poeta habla sólo cuando está inspirado, y esa inspiración hace posible el conocimiento.

Son nada más que un par de ejemplos de esta curiosa alianza entre poetas y filósofos —pero no sólo ellos— que coquetean con el irracionalismo, y que tanta influencia han tenido en la forma de concebir la creación poética. Forma y manera que va desde el poeta que asume la tarea de mediar entre nosotros y los dioses hasta la de la palabra poética que siempre es distinta y dice más que la otra, es decir, la que emplean el resto de los mortales.

Llegados a este punto, lo que percibo yo es un tufillo elitista, una pesada cantinela que tiene que ver con el prestigio más que con la realidad objetiva de la poesía. Metáfora, metonimia, sinécdoque y alusión no son objetos de uso exclusivo del poeta. Tener una sensibilidad que aprecie el ritmo y el sonido de frases y palabras, tampoco. Mucho menos, ser capaz de apreciar y valorar determinadas situaciones, personas, contextos o paisajes.

La belleza reside en infinidad de lugares y no necesitamos ser creyentes —¿en qué?— para disfrutarla. Hay todo tipo de personas —algunas escriben, la mayoría no lo hacen— capaces de transmitirnos ideas y sensaciones maravillosas, y tampoco necesitamos creer que están tocadas por la varita mágica de dios para disfrutar de lo que dicen o de lo que hacen. Si algo les hace especiales, es la capacidad que tienen para transmitir y comunicar, no el halo divino con que algunos pretenden vestirles.

En sí, es más fácil gozar del mundo y sus placeres estéticos, intelectuales o sensibles sin tener que recurrir a la revelación. En sí, nos "revela" mucho más y mejor el ejercicio estético, intelectual y sensible de algunas personas preparadas para hacerlo, que la creencia en que hay algo oculto e incognoscible, que de tarde en tarde nos alarga migas de su saber a través de los poetas. En sí, las palabras son las que son, pero hay que saber utilizarlas para que no mientan.

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