jueves, 24 de julio de 2014

LOS ELEMENTOS, de Euclides

Si miramos a nuestro alrededor para conocer la suerte actual de la obra de Euclides, lo que más nos llamará la atención será lo siguiente: el lenguaje matemático de los Elementos es desde hace tiempo una lengua muerta; ha pasado a la historia. Pero, al margen de su lugar de reposo bajo el sol en la historia de la matemática, Euclides sigue siendo un personaje vivo o reciclado en muchos libros de filosofía de la ciencia o de metodología deductiva (Luis Vega en la introducción, pp 102-103).

Dicen los que saben de estas cosas que Euclides no tenía la genialidad de Arquímedes, pero tuvo algo tan fundamental como el genio para la transmisión del conocimiento: capacidad organizativa y divulgadora. Gracias a él la geometría quedó compilada y se pudo estudiar como materia, materia que a su vez era básica para el desarrollo de otras ciencias aplicadas. Aún más: la geometría euclidiana continuó siendo inamovible hasta el mismísimo siglo XIX.

Pero a mí no me interesa ni la Matemática ni la Geometría. No entran, por incapacidad propia ni por gustos, dentro de mis aficiones. Lo que me produce una gran satisfacción es leer un texto que avanza casi poéticamente de proposición en proposición y de demostración en demostración, de tal forma que se hace buena la afirmación de la poeta Edna St. Vincent cuando escribió aquello de sólo Euclides ha contemplado la Belleza al desnudo.

La lectura, es evidente, no es la propia de una novela, tiene su dificultad para una persona que tenga ya olvidadas las matemáticas del bachillerato, pero es asequible a cualquiera y, sobre todo, proporciona el placer de entrar en un edificio en el que todo resulta coherente y entrelazado y que, además, se demuestra por qué. Yo, de momento, sólo he leído el tomo que aquí aparece, el dedicado a la geometría plana. 

Antes de haceros con el libro os propongo que echéis un vistazo al mismo —es uno de esos textos que se encuentran fácilmente en internet— y que leáis la proposición 47 del libro I (pp 261-263  de la edición que os dejo enlazada). Es la demostración del famoso teorema de Pitágoras que todos, seguro, podemos recordar: en un triángulo rectángulo la hipotenusa (lado largo) al cuadrado es igual a la suma de los cuadrados de los catetos.

Feliz lectura.

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