miércoles, 21 de agosto de 2013

DESCARTES

En ocasiones se producen casualidades agradables; en este caso, relacionadas con mis gustos y aficiones. Me explico: el verano pasado estuve en Estocolmo, donde murió Descartes. Sabía de ello y busqué el cementerio donde fue enterrado —hoy sus restos se encuentran en París— y la iglesia donde le erigieron un monumento en 1770. Este verano, en Amsterdam, ni pensaba en Descartes ni nada por el estilo, cuando dos edificios más allá de la casa donde vivió Ana Frank me tropiezo con la que habitó durante unos meses el filósofo francés. No pude evitar hacerme una foto.

Los veinte años que pasó en Holanda fueron muy fructíferos, pues en ese tiempo escribió El Discurso del Método, la Dióptrica, los Meteoros y la Geometría, las Meditaciones metafísicas, los Principios de la filosofía y el Tratado de las pasiones humanas. Y como él mismo reconoció, y así se puede leer en la placa, ¿en qué otro país se puede disfrutar de una libertad tan completa? No cabe duda de que allí encontró la tranquilidad y la libertad necesaria para poder trabajar.

Descartes, además, es uno de esos raros filósofos a los que todo el mundo puede leer. No es necesaria ninguna formación porque su escritura es limpia y modélica. De hecho, es el único filósofo al que se mandaba leer cuando yo estudiaba el bachillerato. En homenaje a él y a la ya clásica traducción que de su obra hizo el profesor García Morente, dejo aquí el magistral párrafo con el que comienza El Discurso del Método:



El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes; y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él.

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