La charla quedó así:
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"El espacio puede tener un horizonte y el tiempo un final, pero la aventura del aprendizaje es interminable". Timothy Ferris. La aventura del Universo.
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| Casi hasta Shackleton © Andrew McCarthy |
Hace poco tiempo compré un telescopio/cámara astronómica que aún no he estrenado. Ayer mismo recibí un correo de la casa para que participara en la votación del público para elegir la que me parezca mejor fotografía del año. Hay un total de veinte imágenes, a cada cuál más impresionante. Aquí he colocado solamente cuatro. Si queréis verlas todas (y también votar), el enlace que os lleva hasta ellas es este.
Como dice el correo cada imagen cuenta una historia de paciencia, precisión y pasión por el cielo nocturno.
La votación se cierra el 28 de abril.
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| Cueva de las Estrellas. © Yoshiki Abe |
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| Salida de la luna sobre Villebois-Lavalette. © Flavien Beauvais |
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Y uno de los libros más hermosos que conozco sobre la lectura y sus virtudes:
En las páginas 61 a 63 se puede leer lo siguiente:
Hace algunos años, tuve la oportunidad de visitar una exposición que, sobre el cerebro humano, se celebraba en el maravilloso Museo de Historia Natural de Londres, en ese coqueto y señorial barrio de Kensington, tan cercano al lugar en el que Peter Pan, Wendy, los niños y las hadas seguirán viajando al País de Nunca Jamás.
En la sala que cerraba dicha muestra, y a gran tamaño, se mostraba la reproducción de un cerebro humano. Sobre él, un conjunto de focos iluminaban las zonas que cerebralmente entraban en actividad según uno desempeñara cada una de las tareas que, ordenadas a la perfección, se registraban en un panel adosado a una de las paredes del recinto.
Delante de cada una de las acciones propuestas había un botón de color que, al pulsarse, hacía que los focos, que sobrevolaban la reproducción de aquel cerebro, iluminasen tal o cual zona cerebral productora de inteligencia, de las cincuenta y nueve que, de manera exacta, lo componían.
Sorprendido, inquieto e interesado comencé a desvelar el juego. Y así comprobé que cinco, de las cincuenta y nueve áreas conectadas con la producción de inteligencia, entraban en actividad al ver un programa de televisión. (¿Será por ello que en televisión una flor no huela nunca? ¿O que el más suculento programa sobre cocina jamás sea capaz de generarnos el menor apetito?).
Cuarenta y dos áreas se encendieron al accionar yo el botón que decía escuchar música.
Por unos instantes dudé en pulsar el que, a medio camino de las actividades propuestas, señalaba la lectura de textos literarios. Pero al final, como casi siempre en mi vida, pudo en mí más la curiosidad y, con cierto temor, lo presioné.
El espectáculo que entonces presencié aún me conmueve. La totalidad de los focos se encendieron, iniciando a su vez un febril parpadeo, queriendo mostrar así que en ese preciso momento, en el instante mismo de leer, todo nuestro cerebro entra en ebullición.
Y es que, en un texto literario, claro que las flores huelen, exhalando hasta la más sutil y delicada. fragancia. Y las comidas apetecen, como aquellas inolvidables meriendas repletas de mermeladas, pastel de carne, galletas de jengibre y gaseosa que los Jorge, Jack, Dolly y Lucy paladeaban en los relatos de Enid Blyton que me iniciaron como lector. Los mismos que llevo prendidos en mi memoria, en el rincón donde estalla la luz de aquellos lejanos, y sin embargo tan presentes, veranos de mi infancia y adolescencia.
Ese parpadeo incesante, ese bullir imparable de nuestros cerebros es el feliz resultado del mejor de los encuentros con la lectura. El rebrotar de un mundo interior, del que somos cómplices, demiurgos; donde por medio de quien las ha escrito las palabras se vuelven revelaciones, destellos, cadencias.
Toda nuestra identidad queda capturada por una lectura que ya nos pertenece como nosotros a ella-, que nos hospeda, que nos arraiga, que nos contagia, que felizmente nos contamina, "pero no con el humo que asfixia el aire / (...) pero sí con tus ojos y con tus bailes / (...) pero sí con los labios que anuncian besos" (Perdo Guerra, "Contamíame").
(Las negritas son mías)
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* Paráfrasis irreverente de la oración Ave Maris Stella
El poema, por supuesto, pertenece al célebre e inequívoco Lunario sentimental.
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Me han regalado hace poco y casi de manera simultánea un par de libros de poesía. Este miércoles doy noticia de Mareas de mar; la próxima semana, de Al 2040 —To 20240—, de Jorie Graham.
Este Mareas del mar es de 2018 y como nos indica la cubierta es una conmemoración de los treinta años que llevaban realizándose los Premios Loewe. Para celebrar semejante aniversario, Luis Antonio de Villena se encargó de la confección de la antología, en la que que están recogidos unos poquitos poemas de cada uno de los títulos premiados durante esos años.
La nómina de premiados hasta aquel año es esta:
Juan Luis Panero, Jaime Siles, Juan Pablo Zapater, Bernardo Schiavetta, Aurelio Asiain, Vicente Gallego, Álvaro Valverde, Felipe Benítez Reyes, Vicente Valero, Luis García Montero, Alejandro Duque Amusco, Rafael Courtoisie, Josefa Parra, César Simón, Jenaro Talens, José Eugenio Sánchez, José María Álvarez, Silvina López Medín, Antonio Cabrera, Bruno Mesa, Lorenzo Oliván, Vicente Gallego, Miguel Ángel Velasco, Carlos Marzal, Javier Cano, Guillermo Carnero, Joaquín Pérez Azaustre, J. A. González Iglesias, Carlos Fonseca Grigsby, Cristina Peri Rossi, Javier Vela, José Luis Rey, Sergio de Copete, Joaquín Pérez Azaústre, Álvaro García, Juan Vicente Piqueras, Antonio Lucas, Elena Medel, Óscar Hahn, María Gómez Lara, Víctor Rodríguez Núñez, Carla Badillo Coronado, José Ramón Ripoll, Sergio García Zamora, Ben Clark y Luciana Reif.
Aunque no estéis muy al tanto de lo que se hace en poesía, seguro que algunos nombres os resultan muy conocidos.
Como es una antología y la relación de poetas es larga, opto como en otras ocasiones por entresacar algunos poemas de la persona más joven, que suele ser la menos conocida de momento, Luciana Reif, ganadora del certamen en 2017 con el título Un hogar fuera de mí.
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| Fuente: Wikipedia |