sábado, 27 de junio de 2020

A PROPÓSITO DE GIORDANO BRUNO

Relieve de bronce de Ettore Ferrari. Fuente: Wikipedia.
Leí hace pocos días un excelente trabajo de Álvaro Bayón sobre el Poema a mis verdugos, que suele aparecer en sitios de internet insistentemente atribuido a Giordano Bruno. En el artículo el autor demuestra que la autoría es del portugués Guerra Junqueiro (1850-1923). 

Lo que me sorprende del caso no es la verdadera autoría del poema ni la pertinaz atribución de la misma, sino la admiración por el pensador italiano: Desde que conozco la figura de Giordano Bruno siempre me ha parecido fascinante. El cómo vivió, y sobre todo, el cómo fue juzgado y murió, convirtiéndose prácticamente en un mártir del pensamiento libre y del rechazo a la autoridad como fuente de información fiable. Prácticamente cualquier persona que se reconozca a si misma librepensadora reconoce, o en mi opinión, debería reconocer en Giordano a un pionero que murió por defender la libertad de pensamiento.

Cada cual puede tener los héroes que quiera y sentirse fascinado por quien le parezca. Pero no creo que el hecho de que fuera víctima de la Inquisición aporte más valor a su pensamiento. Una cosa es la brutalidad de la persecución y el asesinato de miles de personas por parte de aquella bárbara institución religiosa y otra bien distinta que quienes fueron asesinados por ella tuvieran una obra digna de admiración.

Como se recuerda en la Enciclopedia Oxford de Filosofía, Bruno fue un filósofo que pretendió derrocar el aristotelismo y reemplazarlo por su propio, ecléctico y a menudo contradictorio sistema filosófico. Combinando la astronomía de Copérnico con la metafísica de Nicolás de Cusa y el atomismo de Lucrecio (p 148).            

Pero tal vez un par de citas del propio G. Bruno sean más clarificadoras de las convicciones del italiano:

Así, el universo es único, infinito e inmóvil (...) No es creado, pues no existe ningún otro ser que él pudiera anhelar o esperar; tiene todo el ser en sí. No perece, pues no existe ninguna otra cosa en la que pudiera transformarse. Él mismo lo es todo. No puede crecer ni disminuir, pues es infinito; e igual que no puede añadírsele nada, tampoco nada puede quitársele (Sobre la causa, 5º Diálogo). 

Este otro texto lo recojo de la Historia universal de la Filosofía, de H. J. Störig:

Buscamos a Dios en las leyes inalterables e inflexibles de la naturaleza, en la venerable disposición de un espíritu que se rige por estas leyes, le buscamos en el resplandor del sol, en la belleza de las cosas que nacen del seno de nuestra madre tierra, el verdadero destello de nuestro ser, en la visión de innumerables estrellas que lucen, viven, sienten, piensan, en el limbo inconmensurable de un cielo, y le cantan alabanzas al que es todo bondad, todo uno, al supremo.

Es admirable, sin duda, la enorme independencia con que defendió siempre sus ideas. Como admirable era la voluntad de exponer a contracorriente de todas las demás convicciones las suyas propias. Esto le llevó a peregrinar por multitud de ciudades y universidades europeas, así como a enfrentarse con católicos, luteranos y calvinistas. Desconozco cuál es la frontera entre la tenacidad y la obstinación. Pero sí tengo claro que G. Bruno no fue un científico (a Galileo muchas de sus afirmaciones le producirían simplemente risa), ni tampoco un filósofo de la talla, por ejemplo, de Descartes o de Bacon

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