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viernes, 20 de febrero de 2026

EL OTRO, Aritz Gorrotxategi, Felipe Juaristi, Juan Ramón Makuso y Pello Otxoteko

Editorial
Hace poco más de una semana Pello Otxoteko me regaló este ejemplar. Otxoteko es uno de los fundadores de la editorial Balea Zuria, coautor de los manifiestos que recoge este Berriro igo nauzu e impulsor, junto con Juaristi, Gorrotxategi y Makuso, de las jornadas Poesía y Pensamiento. El libro recoge los once manifiestos que publicaron entre 2008 y 2017. De todos ellos, el que me parece más interesante desde el punto de vista socio-político en el que nos encontramos es el décimo, que es el que copio aquí.


EL OTRO 

La literatura es un cruce de ojos inconsciente, y la poesía un clavarse las miradas, entre seres que, aunque no se conozcan, se sienten cercanos por el hecho de ser lo que son, seres humanos.

Recordemos estos versos de Paul Celan, de su poema “Alabanza de la lejanía”, de Amapola y memoria:

En la fuente de tus ojos

viven las redes de los pescadores del falso mar.

En la fuente de tus ojos

cumple el mar su promesa.



Porque humanidad significa sobre todo, para quienes firmamos este manifiesto, la preocupación por los demás, sin demás consideraciones. Escribe Steiner en Gramática de la creación:

“Los huesos y las cenizas de los campos de exterminio nazis, las pirámides de cráneos en Camboya, o las inmundas fosas descubiertas en Bosnia o Kosovo son los auténticos emblemas e iconos de la historia reciente”.

Podíamos añadir otros muchos iconos, según el dolor y la razón del dolor de cada cual. Hay quien piensa que la palabra es inútil contra la barbarie, pero no es cierto. Escribir es como mirar, significa aproximarse a los demás. La palabra es inútil si es incapaz de dirigirse al otro, si no puede responder por el otro: tal es el significado de la palabra “responsabilidad”. La palabra es inhumana cuando en lugar de resaltar la deferencia, el cuidado del otro, quiere invocar la diferencia. Pero hay palabras que defienden la barbarie, porque son incapaces de ver en el otro el rostro humano. El otro, y la manera con que nos relacionamos con él o ella, no nos hace mejores o peores, sino hace que seamos humanos o simplemente monstruos.

El discurso político de guerra y dominación deja de lado el discurso ético, y tiende a la exaltación, la descalificación, la deshumanización del otro. Sin embargo, la palabra surgió para comunicarse, para llegar al otro, porque nunca es tarde: las palabras no tienen tiempo. Es ahí donde la ética halla su punto de referencia. No delimita los campos del bien y del mal, porque en esta época van, generalmente, de la mano. La ética es un afán, un anhelo, el deseo de que el horror no tenga la última palabra. Nada más ni nada menos que eso. Por eso, el deseo ético pasa por plantarle cara al poder, se vista con las ropas que quiera, y establecer relaciones con los otros en términos de responsabilidad. Somos responsables de los demás, porque nosotros también somos los demás. Tal es la lección que hemos aprendido tras batallar con el terror, la indiferencia, la desigualdad y, sobre todo, con el odio. Porque, aunque digan lo contrario, el odio es creador y escribe poemas, cuentos, novelas y ensayos. Puede llegar a ser un buen profesor de literatura o de filosofía, un gran maestro que encandila, por la simpleza de sus argumentos, a los adolescentes, huérfanos de referencias, lecturas y poemas. Huérfanos de contrastes y de crítica, de capacidad de cuestionar las cosas, incluso los propios postulados.

No concebimos la poesía sin su aura ética, sin ese sustrato germinado con bocas, orejas, manos, pies, espaldas, tripas, vísceras de los demás. Pero tampoco la concebimos como sumisión al poder, porque ética y poder son términos antagónicos. La ética es un logro de la voluntad humana. Y esta ética conquistada se transmite y se consigue mediante la acción y la palabra. Y todavía, nos queda la palabra.

Allá donde el poder se impone merma la esperanza, que es la virtud de los tiempos difíciles, aunque sepamos que todos los tiempos son difíciles. Por ello es en la dificultad donde aflora la responsabilidad hacia el otro. Es en la dificultad donde Homero, en vez de cubrir de cal y ceniza a los troyanos, los ensalza y canta sus virtudes, humaniza a los contrincantes y sienta a Aquiles y a Príamo en la misma estancia para celebrar el principio de la reconciliación. Es el principio de intentar comprenderse en el dolor, para que la alegría sea posible.


Mila esker, Pello.


PS: Yo soy uno de esos adictos al papel. Hasta en los viajes en transporte público utilizo libros físicos. Me gusta poder entablar diálogos con ellos y subrayo, anoto, escribo, hago preguntas... En pantalla solamente leo textos de poca longitud. En cualquier caso, si estáis interesados en leer los once manifiestos de Aritz Gorrotxategi, Felipe Juaristi, Juan Ramón Makuso y Pello Otxoteko, los podéis encontrar en el Poesia eta pentsamendua. Están en euskera y en castellano, lo mismo que en libro.

***

Si quieres la paz, no hables con tus amigos; habla con tus enemigos.  

Moshe Dayan  



Fuente: Wikipedia
Mapa de los conflictos armados en curso (número de muertes violentas en el año actual o anterior):      Guerras mayores (10 000 o más). Palestina, Ucrania, Sudán, Etiopía, Myanmar (Birmania).      Guerras menores (1 000–9 999).      Conflictos (100–999).     Escaramuzas y enfrentamientos (1–99).

miércoles, 21 de mayo de 2025

UN LIBRO, UN POEMA (Leopoldo Lugones)

#unlibrounpoema
En librerías


Aclaración previa: Leopoldo Lugones dejó escritos una docena de poemarios, una copiosa cantidad de poemas sueltos y muchas traducciones de poesía, que van desde Homero a contemporáneos suyos. Eso es lo que recoge este libro de Obras poética completas en sus algo más de 1500 páginas. Como más adelante me ocuparé de él, aquí solamente recojo un poema de su célebre e influyente Lunario sentimental, sin duda alguna el más importante de sus libros de poesía y, como dijo Ricardo Barnatán, piedra angular del escándalo durante muchos años.

Lunario sentimental se publicó en 1909, pero el poema que aquí recojo apareció cinco años antes y en él se pueden apreciar muchas de las características que anunciaban lo que iba a venir: la disconformidad, tan típica del modernismo hispanoamericano, con la realidad ramplona y materialista y, por lo tanto, el deseo de ruptura con el pasado; el alejamiento del sentimentalismo posmodernista y cuanto este implicaba; el tono lúdico e irónico, en ocasiones sarcástico; el énfasis en la musicalidad; el punto de vista rompedor con respecto a las imágenes poéticas y mitológicas de la luna; el léxico raro; en fin, multitud de recursos que utiliza, que forman parte de los elementos modernistas unos, mientras que otros están anunciando las corrientes vanguardistas que no tardarán en aparecer.


HIMNO A LA LUNA

    Luna, quiero cantarte
¡Oh ilustre anciana de las mitologías!,
Con todas las fuerzas del arte.

    Deidad que en los antiguos días
Imprimiste en nuestro polvo tu sandalia,
No alabaré el litúrgico furor de tus orgías
Ni tu erótica didascalia,
Para que alumbres sin mayores ironías,
Al polígloto elogio de las Guías,
Noches sentimentales de mises en Italia.

    Aumenta el almizcle de los gatos de algalia:
Exaspera con letárgico veneno
A las rosas ebrias de etileno
Como cortesanas modernas;
Y que a tu influjo activo,
La sangre de las vírgenes tiernas
Corra en misterio significativo.

    Yo te hablaré con maneras corteses,
Aunque sé que sólo eres un esqueleto,
Y guardaré tu secreto
Propicio a las cabelleras y a las mieses.

    Te amo porque eres generosa y buena.
¡Cuánto, cuánto albayalde
Llevas gastado en balde
Para adornar a tu hermana morena!

    El mismo Polo recibe tu consuelo;
Y la Osa estelar desde su cielo,
Cuando huye entre glaciales moles
La luz que tu veste orla,
Gime de verse encadenada por la
Gravitación de sus siete soles.
Sobre el inquebrantable banco
Que en pliegues rígidos se deprime y se esponja,
Pasas como púdica monja
Que cuida un hospital todo de blanco.

    Eres bella y caritativa:
El lunático que por ti alimenta
Una pasión nada lasciva.
Entre sus quiméricas novias te cuenta.
¡Oh astronómica siempreviva!
Y al asomar tu frente
Tras de las chimeneas, poco a poco.
Haces reír a mi primo loco
Interminablemente.

    En las piscinas.
Los sauces, con poéticos desmayos,
Echan sus anzuelos de seda negra a tus rayos
Convertidos en relumbrantes sardinas.

    Sobre la diplomática blancura
De tu faz, interpreta
Sus sueños el poeta,
Sus cuitas la romántica criatura
Que suspira algún trágico evento;
El mago del Cabul o la Nigricia,
Su conjuro que brota en plegaria propicia:
«¡Oh tú, ombligo del firmamento!»
Mi ojo científico y atento
Su pesimismo lleno de pericia.

    Como la lenteja de un péndulo inmenso,
Regla su transcurso la dulce hora
Del amante indefenso
Que por fugaz la llora,
Implorando con flébiles querellas
Su impavidez monárquica de astro;
O bien semeja ampolla de alabastro
Que cuenta el tiempo en arena de estrellas.

    Mientras redondea su ampo
En monótono viaje.
El Sol, como un faisán crisolampo.
La empolla con ardor siempre nuevo.
¿Qué olímpico linaje
Brotará de ese luminoso huevo?

    Milagrosamente blanca.
Satina morbideces de cold cream y de histeria:
Carnes de espárrago que en linfática miseria,
La tenaza brutal de la tos arranca.

    ¡Con qué serenidad sobre los luengos
Siglos, nieva tu luz sus tibios copos.
Implacable ovillo en que la vieja Atropos
Trunca tantos ilustres abolengos!

    Ondina de las estelas.
Hada de las lentejuelas.

    Entre nubes al bromuro,
Encalla como un témpano prematuro,
Haciendo relumbrar, en fractura de estrella,
Sobre el solariego muro
Los cascos de botella.
Por el confín oscuro,
Con narcótico balanceo de cuna,
Las olas se aterciopelan de luna;
Y abren a la luz su tesoro
En una dehiscencia de valvas de oro.

    Flotan sobre lustres escurridizos
De alquitrán, prolongando oleosas listas,
Guillotinadas por el nivel entre rizos
Arabescos, cabezas de escuálidas bañistas.
Charco de mercurio es en la rada
Que con veneciano cariz alegra,
O acaso comulgada
Por el agua negra
De la esclusa del molino.
Sucumbe con trance aciago
En el trago
De algún sediento pollino.
O entra con rayo certero
Al pozo donde remeda
Una moneda
Escamoteada en un sombrero.

    Bajo su leve seda.
Duerme el paciente febrífugo sueño,
Cuando en grata penumbra,
Sobre la selva que el Otoño herrumbra
Surge su cara sin ceño;
Su azufrado rostro sin orejas
Que sugiere la faz lampiña
De un mandarín de afeitadas cejas;
O en congestiones bermejas
Como si saliera de una riña,
Sobre confusos arrabales
Finge la lóbrega linterna
De algún semáforo de Juicios Finales
Que los tremendos trenes de Sabaoth interna.

    Solemne como un globo sobre una
Multitud, llega al cénit la luna.

    Clarificando al acuarela el ambiente,
En aridez fulgorosa de talco
Transforma al feraz Continente,
Lámpara de alcanfor sobre un catafalco.

    Custodia que en Corpus sin campanas
Muestra su excelsitud al mundo sabio,
Reviviendo efemérides lejanas
Con un arcaísmo de astrolabio;
Inexpresable cero en el infinito,
Postigo de los eclipses.
Trompo que en el hilo de las elipses
Baila eternamente su baile de San Vito;
Hipnótica prisionera
Que concibe a los malignos hados
En su estéril insomnio de soltera;
Verónica de los desterrados;
Girasol que circundan con intrépidas alas
Los bólidos, cual vastos colibríes,
En conflagración de supremas bengalas;
Ofelia de los alelíes
Demacrada por improbables desprecios;
Candela de las fobias,
Suspiráculo de las novias,
Pan ázimo de los necios.

    Al resplandor turbio
De una luna con ojeras,
Los organillos del suburbio
Se carian las teclas moliendo habaneras.

    Como una dama de senos yertos
Clavada de sien a sien por la neuralgia,
Cruza sobre los desiertos
Llena de más allá y de nostalgia
Aquella luna de los muertos.
Aquella luna deslumbrante y seca:
Una luna de la Meca...

    Tu fauna dominadora de los climas.
Hace desbordar en cascadas
El gárrulo caudal de mis rimas.

    Desde sus islas moscadas,
Misántropos orangutanes
Guiñan a tu faz absorta;
Bajo sus anómalos afanes
Una frecuente humanidad aborta.
Y expresando en coreográfica demencia
Quién sabe qué liturgias serviles,
Con sautores y rombos de magros perniles
Te ofrecen, quijotes, su cortés penitencia.

    El vate que en una endecha A la Hermosura,
Sueña beldades de raso altanero,
Y adorna a su modista, en fraudes de joyero,
Con una pompa anárquica y futura,
¡Oh Blanca Dama!, es tu faldero;
Pues no hay tristura
Rimada, o metonimia en quejumbre,
Que no implore tu lumbre
Como el Opodeldoch de la Ventura.

    El hipocondríaco que moja
Su pan de amor en mundanas hieles,
Y, abstruso célibe, deshoja
Su corazón impar ante los carteles,
Donde aéreas coquetas
De piernas internacionales.
Pregonan entre cromos rivales
Lociones y bicicletas.

    El gendarme con su paso
De pendular mesura;
El transeúnte que taconea un caso
Quirúrgico, en la acera oscura,
Trabucando el nombre poco usual
De un hemostático puerperal.

    Los jamelgos endebles
Que arrastran como aparatos de Sinagoga
Carros de lúgubres muebles.
El ahorcado que templa en do, re, mi, su soga.

    El sastre a quien expulsan de la tienda
Lumbagos insomnes,
Con pesimismo de ab uno disce omnes
A tu virtud se encomienda;
Y alzando a ti sus manos gorilas,
Te bosteza con boca y axilas.

    Mientras te come un pedazo
Cierta nube que a barlovento navega,
Cándidas Bernarditas ciernen en tu cedazo
La harina flor de alguna parábola labriega.

    La rentista sola
Que vive en la esquina,
Redonda como una ola,
Al amor de los céfiros sobre el balcón se inclina;
Y del corpino harto estrecho.
Desborda sobre el antepecho
La esférica arroba de gelatina.

    Por su enorme techo,
La luna, Colombina
Cara de estearina.
Aparece no menos redonda;
Y en una represalia de serrallo,
Con la cara reída por la pata de gallo,
Como a una cebolla Pierrot la monda.

    Entre álamos que imitan con rectitud extraña,
Enjutos ujieres,
Como un ojo sin iris tras de anormal pestaña,
La luna evoca nuevos seres.

    Mayando una melopea insana
Con ayes de parto y de gresca,
Gatos a la valeriana
Deslizan por mi barbacana
El suspicaz silencio de sus patas de yesca.

    En una fonda tudesca,
Cierto doncel que llegó en un cisne manso,
Cisne o ganso,
Pero, al fin, un ave gigantesca;
A la caseosa Balduina,
La moza de la cocina,
Mientras estofaba una leguminosa vaina.
Le dejó en la jofaina
La luna de propina.

    Sobre la azul esfera,
Un murciélago sencillo,
Voltejea cual negro plumerillo
Que limpia una vidriera.

    El can lunófilo, en pauta de maitines,
Como una damisela ante su partitura,
Llora enterneciendo a los serafines
Con el primor de su infantil dentadura.

    El tiburón que anda
Veinte nudos por hora tras de los paquebotes,
Pez voraz como un lord en Irlanda,
Saborea aún los precarios jigotes
De aquel rumiante de barcarolas,
Que una noche de caviar y cerveza
Cayó lógicamente de cabeza
Al compás del vals Sobre las olas.
La luna, en el el mar pronto desierto,
Amortajó en su sábana inconsútil al muerto,
Que con pirueta coja
Hundió su excéntrico descalabro,
Como un ludión un poco macabro,
Sin dar a la hidrostática ninguna paradoja.

    En la gracia declinante de tu disco
Bajas acompañada por el lucero
Hacia no sé qué conjetural aprisco,
Cual una oveja con su cordero.

    Bajo tu rayo que osa
Hasta su tálamo de breña,
El león diseña
Con gesto merovingio su cara grandiosa.
Coros de leones
Saludan tu ecuatorial apogeo,
Coros que aun narran a los aquilones
Con quejas bárbaras la proeza de Orfeo.

    Desde el soto de abedules,
El ruiseñor en su estrofa,
Con lírico delirio filosofa
La infinitud de los cielos azules.
Todo el billón de plata
De la luna, enriquece su serenata;
Las selvas del Paraíso
Se desgajan en coronas,
Y surgen en la atmósfera de nacarado viso
Donde flota un Beethoven indeciso,
Terueles y Veronas...

    El tigre que en el ramaje atenúa
Su terciopelo negro y gualdo
Y su mirada hipócrita como una ganzúa;
El búho con sus ojos de caldo;
Los lobos de agudos rostros judiciales,
La democracia de los chacales,
Clientes son de tu luz serena,
Y no es justo olvidar a la oblicua hiena.

    Los viajeros,
Que en contrabando de balsámicas valijas
Llegan de los imperios extranjeros,
Certificando latitudes con sus sortijas
Y su tez de tabaco o de aceituna,
Qué bien cuentan en sus convincentes rodillas
Aquellas maravillas
De elefantes budistas que adoran a la luna.
Paseando su estirpe obesa
Entre brezos extraños,
Mensuran la dehesa
Con sonámbulo andar los rebaños.

    Crepitan con sonoro desasosiego
Las cigarras que tuesta el Amor en su fuego.

    Las crasas ocas,
Regocijo de la granja,
Al borde de su zanja
Gritan como colegialas locas
Que ven pasar un hombre malo...
Y su anárquico laberinto,
Anuncia al Senado extinto
El ancestral espanto galo.

Luna elegante en el nocturno balcón del Este;
Luna de azúcar en la taza de luz celeste;
Luna heráldica en campo de azur o de sinople:
Yo seré el novel paladín que acople
En tu «tabla de expectación».
Las lises y quimeras de su blasón.

    La joven que aguarda una cita, con mudo
Fervor, en que hay bizcos agüeros, te implora;
Y si no llora,
Es porque sus polvos no se le hagan engrudo.
Aunque el estricto canesú es buen escudo,
Desde que el novio no trepará la reja,
Su timidez de corza
Se complugo en poner bien pareja
La más íntima alforza.
Con sus ruedos apenas se atreve la brisa;
Ni el Ángel de la Guarda conoce su camisa,
Y su batón de ceremonia
Cae en pliegues tan dóricos, que amonesta
Con una austeridad lacedemonia.

Ella que tan zumbona y apuesta,
Con malicias que más bien son recatos,
Luce al sol popular de los días de fiesta
El charol de sus ojos y sus zapatos;
Bajo aquel ambiguo cielo
Se abisma casi extática,
En la diafanidad demasiado aromática
De su pañuelo.

    Pobre niña, víctima de la felona noche,
¡De qué le sirvió tanto pundonoroso broche!

    Mientras padece en su erótico crucifijo
Hasta las heces el amor humano,
Ahoga su ¡ay! soprano
Un gallo anacrónico del distante cortijo.

    En tanto, mi atención perseverante
Como un camino real, persigue, ¡oh luna!,
Tu teorema importante.
Y en metáfora oportuna
Eres el ebúrneo mingo,
Que busca por el cielo, mi billar del domingo,
No sé qué carambolas de esplín y de fortuna.

    Solloza el mudo de la aldea,
Y una rana burbujea
Cristalinamente en su laguna.

    Para llegar a tu gélida alcoba
En mi Pegaso de alas incompletas,
Me sirvieron de estafetas
Las brujas con sus palos de escoba.

    Á través de páramos sin ventura,
Paseas tu porosa estructura
De hueso fósil, y tus poros son mares
Que en la aridez de sus riberas.
Parecen maxilares
De calaveras.
Deleznada por siglos de intemperie, tu roca
Se desintegra en bloques de tapioca.
Bajo los fuegos ustorios
Del Sol que te martiriza,
Sofocados en desolada ceniza,
Playas de celuloide son tus territorios.

    Vigilan tu soledad
Montes cuyo vértigo es la eternidad.

    El color muere en tu absoluto albinismo,
Y a pesar de la interna carcoma
Que socava en tu seno un abismo,
Todo es en ti inmóvil como un axioma.

    El residuo alcalino
De tu aire, en que en un cometa
Entró como un fósforo en una probeta
De alcohol superfino;
Carámbanos de azogue en absurdo aplomo;
Vidrios sempiternos, llagas de bromo;
Silencio inexpugnable;
Y como paradójica dendrita,
La huella de un prehistórico selenita
En un puñado de yeso estable.

    Mas ya dejan de estregar los grillos
Sus agrios esmeriles,
Y suena en los pensiles
La cristalería de los pajarillos.

    Y la Luna que en su halo de ópalo se engarza,
Bajo una batería de telescopios,
Como una garza
Que escopetean cazadores impropios,
Cae al mar, de cabeza
Entre su plumazón de reflejos;
Pero tan lejos,
Que no cobrarán la pieza.

***


martes, 10 de diciembre de 2024

CRIATURAS EFÍMERAS, Mauro Bonazzi

Traducción: Manuel Cuesta
He sucumbido a la belleza de este libro. Lo he leído en un par de sentadas. Fascinante. No se me ocurre mejor publicidad que transcribir el primer capítulo que Mauro Bonazzi titula como Ser humanos, que de eso y no de otra cosa trata este bellísimo paseo por la vida... y por la muerte.


Ser humanos 

(a modo de prefacio)


Corazón, corazón, de irremediables penas agitado, 

¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles 

el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente

con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes,

ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa. 

En las alegrías alégrate y en los pesares gime 

sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano. 

Arquíloco de Paros


 La civilización griega produjo una reflexión luminosa sobre el sentido de la condición humana —sobre aquello que somos y sobre el valor de nuestras vidas— que fue capaz de atravesar los siglos influyendo y estimulando a grandes escritores y grandes pensadores. Lo hizo partiendo del tema de la muerte: ese es el punto de acometida. La muerte es, en efecto, un escándalo, un misterio: algo que no conseguimos y no podemos aceptar. Pero el problema no es tanto el hecho en sí de tener que morir. (De eso nos hacemos cargo todos.) Lo que resulta insoportable es la idea de que ese hecho —el hecho de que, antes o después, tendremos que irnos— amenaza con quitar valor a nuestra existencia aquí y ahora. Porque ¿qué sentido tiene algo que no existía, existe y no existirá? ¿Qué valor tiene una cosa que está destinada a desaparecer en el olvido? He aquí la pregunta a la que es necesario encontrar una respuesta, ya que aquí está la clave para entender el sentido de nuestra existencia. Estamos nosotros y está este inmenso universo que nos circunda. ¿Cuál es la relación? ¿Somos completamente reductibles a esa realidad, o no lo somos? Y, si no lo somos, ¿cuál es el sentido de lo que somos y hacemos? ¿Cómo dar valor a nuestra existencia? Nuestros conocimientos han aumentado de manera exponencial a lo largo de los siglos, pero estas preguntas siguen ahí a la espera de una respuesta. Ofrecer tal respuesta, y con la pretensión de que sea definitiva, no es, sin embargo, la finalidad de estas páginas, que se plantean un objetivo mucho más modesto: reconstruir las distintas propuestas que en el mundo griego —y en algún que otro autor que continuó por esa vía— se articularon con el propósito de esclarecer qué somos. Seres incompletos: nosotros, los hombres, somos los seres deseantes por excelencia. Pero ¿qué es, en realidad, lo que buscamos? 

La tensión fundamental que nos anima es la que opone acción y conocimiento. Se trata de las dos famosas definiciones del ser humano de las que habló Aristóteles, dando voz al sentir griego: el animal político y el animal racional. Parecen dos definiciones, así de entrada, fácilmente compatibles. En seguida veremos que no lo son. De ahí que la nuestra sea una condición tan complicada. Porque el deseo de actuar, de construir y demostrar lo que valemos, no necesariamente se aviene con el deseo de entender, de comprender lo que nos rodea y nuestro lugar en el seno de un universo enorme. Pero eso no es todo, naturalmente: si comprender la tensión entre vida activa y vida contemplativa resulta fundamental, otras oposiciones más discretas —pero no menos importantes— resultan igualmente decisivas en la medida en que ayudan a entender mejor esta oposición central. El modelo de la vida contemplativa se basa, en efecto, en la oposición entre conocimiento e ignorancia, mientras que el modelo de la vida activa se basa en la oposición entre poder y debilidad. Y es precisamente en la liquidación de estas dos polaridades donde surge la lección más interesante que nos dejó en herencia el mundo antiguo. 

No se trata de una historia que avanza hacia una conclusión: cada propuesta viene acompañada de dudas y objeciones que evidencian sus límites. Y esto rige tanto para la vida política como para la vida contemplativa (es decir: para ambos ejes principales de la búsqueda, porque es en la acción y en el pensamiento donde nos revelamos como aquello que somos); rige tanto para la poesía como para la filosofía (sin perjuicio de que ambas a menudo se hayan enfrentado en lo que a estos problemas se refiere). No es cuestión, en resumidas cuentas, de proponer ningún posicionamiento en favor de una u otra tesis, sino solo algunas aclaraciones que nos ayuden a ver con mayor nitidez los problemas y a comprender mejor nuestra complejidad. 

Contándonos las peripecias de impávidos héroes y viajeros del pensamiento —de Aquiles o de Atenea, de Ulises o de los filósofos—, los griegos en el fondo nos enseñaron la belleza de la fragilidad y la importancia de las dudas; porque seguimos sin lograr construir la ciudad perfecta y sin encontrar las respuestas que buscábamos. Los griegos cantaron la grandeza del héroe que inaugura el camino político de los hombres y reflexionaron sobre la exigencia de conocer y entender. (Este es otro rasgo fundamental de lo que somos.) ¿Actuar o conocer? Alejadas y opuestas, ambas opciones coinciden, así y todo, al final del recorrido, encontrando en los hombres el mismo amasijo de miseria y grandeza. La ilusión de dominar a los demás y dominar el mundo, o de conquistar y comprender todos los secretos de la realidad —en esa ambición recurrente de hacernos como los dioses—, semejante ilusión encierra algo patético... pero también algo heroico. Somos heroicos precisamente en nuestra fragilidad obstinada, por esa capacidad que tenemos de no rendirnos, de seguir haciéndonos preguntas en un intento de poner orden en el mundo —y en nosotros mismos— con las acciones y con los pensamientos. 

Fue, en resumidas cuentas, una conclusión inesperada —si es que de "conclusión" cabe hablar— aquella a la que llegaron los griegos. Porque ellos se habían puesto en marcha resueltos a derrotar a la muerte, o a poner de manifiesto su vanidad y su inconsistencia... y al final resulta que es precisamente ella —o la conciencia, mejor dicho, de su poder inexpugnable— lo que nos hace verdaderamente humanos, pues solo nosotros podemos preguntarnos —y en parte entender— su misterio y su escándalo. No pueden ni los animales, ni las plantas; no pueden ni siquiera los dioses, a quienes los griegos miraron siempre con envidia. Pero no se trata solamente de la muerte: igual de importante es el tiempo. También de este —del tiempo que transcurre— somos, en efecto, los únicos capaces de entender el poder inexorable. (Ni los animales ni los dioses pueden.) Y también ese matiz va implícito en el significado de ephémeros, el término que mejor expresa nuestra condición. Los hom- 15 Ser humanos bres son, entonces, "criaturas de un solo día"; cosa que puede significar "seres de vida breve", pero también "seres expuestos –sujetos– al cambio del tiempo". Porque somos seres determinados por el tiempo y tenemos que aprender a vivir en él, construyendo un equilibrio entre nosotros y las cosas (un equilibrio inestable, pero nuestro al fin y al cabo). O tenemos que aprender, mejor dicho —por repetir las palabras del gran poeta arcaico Arquíloco de Paros que citábamos a modo de exergo del presente prefacio—, a reconocer el «vaivén» que domina la existencia de los hombres. («Advierte el vaivén [rysmós, ‘ritmo’] del destino humano"). No hay respuestas definitivas al final de la búsqueda, sino únicamente la constatación de que el oficio de vivir es un reto difícil... pero, por eso mismo, apasionante. 

Entre tanto el mundo sigue ahí, inescrutable y enigmático (ya sea aquel disco plano y rodeado por el río Océano del cual hablaba Homero, o el universo infinito de la ciencia contemporánea): a un paso de revelar no se sabe qué verdades, pero al cabo siempre silencioso y esquivo. 

La fascinación que los antiguos griegos han ejercido sobre la modernidad es innegable. Con demasiada frecuencia, sin embargo, los modernos han tratado de apropiarse de los antiguos griegos de manera unilateral, exaltando ora su compostura, ora su desorden. Por un lado tenemos, en efecto, la Grecia de Johann Joachim Winckelmann, olímpica y armoniosa, paradigma de una belleza ideal y sin tiempo, una suerte de paraíso perdido en el que aún era posible una unión entre el hombre y la naturaleza, un mundo lejano y casi inalcanzable en su perfección marmórea... y por otra parte está la Grecia de Friedrich Nietzsche: trágica, dionisiaca y desordenada, que reposa sobre un fondo de horror difícil de eliminar. La verdadera Grecia probablemente esté en el medio y es ambas: una Grecia abierta, irresoluta, incompleta; inquieta y, por eso mismo, cercana e interesante también hoy (porque siempre está dispuesta a acompañar a quien busca). No sabemos adónde nos dirigimos ni qué terminaremos haciendo. Entre tanto, sin embargo, seguimos, avanzamos. Lo cual no es poco y, de hecho, es en esa invitación a reconocernos en nuestra propia incompletitud —pero sin rendirnos ni dejar de hacernos preguntas— donde está la impronta más auténtica del mundo antiguo: 

Entre tanto Grecia viaja, continuamente viaja

(Del poema "A la manera de Y. S.", Poesía completa).

PS: Podéis oirle respondiendo preguntas de estudiantes en el programa Aprendemos juntos 2023.


***


miércoles, 6 de diciembre de 2023

UN LIBRO, UN POEMA (Homero Aridjis)

Editorial
#unlibrounpoema


Un librito de poemas de Homero Aridjis de la hace mucho tiempo absorbida editorial Lumen me acompañó en mi primer viaje a París hace ya muchos años.

De Aridjis, su compatriota y premio nobel O. Paz dejó escrito esto en el poemario del primero, PérsefoneEn la poesía de Homero Aridjis hay la mirada, el pulso del poeta; hay el tono inconfundible de aquel que tiene necesidad de decir y que sabe que todo decir es imposible; hay la palabra plena y la conciencia de la oquedad de la palabra; hay erotismo y también amor; hay el tiempo discontinuo de la vida práctica y racional y la continuidad del deseo y de la muerte; hay la verdad original del poeta.



TE AMO AHÍ CONTRA EL MURO DESTRUIDO



Te amo ahí contra el muro destruido

contra la ciudad y contra el sol y contra el viento

contra lo otro que yo amo y se ha quedado

como un guerrero entrampado en los recuerdos


Te amo contra tus ojos que se apagan

y sufren adentro esta superficie vana

y sospechan venganzas

y muertes por desolación o por fastidio


Te amo más allá de puertas y esquinas

de trenes que se han ido sin llevarnos

de amigos que se hundieron ascendiendo

ventanas periódicas y estrellas


Te amo contra tu alegría y tu regreso

contra el dolor que astilla tus seres más amados

contra lo que puede ser y lo que fuiste

ceremonia nocturna por lugares fantásticos


Te amo contra la noche y el verano

contra la luz y tu semejanza silenciosa

contra el mar y septiembre y los labios que te expresan

contra el humo invencible de los muertos.


De Antes del reino, 1963.





VISTA DEL VALLE DE MÉXICO DESDE CHAPULTEPEC, CIRCA 1825


Todo valle se abre desde lo alto

de la roca pórfida de Chapultepec

este viernes de julio, después de la lluvia.


Caminos de álamos y olmos llevan a la ciudad,

salen de la ciudad bañados por las aguas

del lago de Texcoco, plateado de orillas.


Hacia el sureste, los dedos púrpuras del sol postrero

acarician los hombros nevados de la Mujer Blanca

y el cono estricto de la Montaña Humeante.


Por el Norte, en la falda del cerro del Tepeyac,

más allá de las praderas mojadas de luz,

aparece el santuario de la Virgen, morena de tierra.


Allá entre los magueyes, por donde las calles verdes

van hacia el oriente, viene una mujer sola, la bisabuela

de mi madre, en la que yo ya voy, enamorado y diurno.


En el lejano sur, todo sur es lejano,

por caminos carretero el día viejo se dirige a San Ángel

y el ojo, lleno de azul, parece querer irse de viaje.


Los pueblos indios se duermen entre los sembrados,

la ciudad culebrea metiéndose en la noche, y un colibrí,

forma de la fuga, se figura en las fauces del felino amarillo.


El tiempo mece la cabellera verde de los sauces;

en el poniente, un cenzontle retumba

y el paisaje se anima, el pasado se mueve.


De El poeta en peligro de extinción, 1992.

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viernes, 17 de noviembre de 2023

A VUELTAS CON LOS CLÁSICOS Y CONTRA LA VIOLENCIA

Ejemplar de la biblioteca de Aiete
Los clásicos grecolatinos son una fuente inagotable de inspiración, reflexión y enseñanza. Este título, Pensar como Ulises, de Bianca Sorrentino, es el penúltimo ejemplo de esa afirmación. 

Utiliza la autora con buen criterio y mucha habilidad el juego de citas y alusiones que la literatura y el pensamiento contemporáneo realiza amparándose en las obras clásicas de la literatura griega, y demuestra —una vez más— cómo la mayor parte de los temas sobre los que hoy seguimos dando vueltas —igualdad, justicia, política, violencia, cuerpo...— pueden encontrar socorro si acudimos a las enseñanzas que se esconden en los textos clásicos.

Me gusta especialmente el capítulo 5, En una lucha sin fin, en el que hay un apartado que lleva por título "¿Para qué sirve el canto en tiempos de violencia?" y que, aunque no lo mencione la autora, es evidente que tiene como telón de fondo el famoso dictum de Adorno sobre lo de escribir poesía después de Auschwitz como un acto de barbarie.

Copio un par de párrafos:
 
El arte contiene la realidad además de representarla; y no importa si se hace portadora de verdades parciales o de inauditas mentiras: su poder en todo caso es clamoroso porque toca cuerdas del alma de otro modo inaccesibles. Con seguridad, el relato que escucha Odiseo está plagado de omisiones, malentendidos, interpretaciones más o menos correctas, y, sin embargo, es emotivamente relevante, ya que actúa sobre los puntos clave del olvido y del recuerdo, llena un vacío, recompone los fragmentos, arroja luz sobre el sentido de la verdadera vida encuadrando bien su imagen. el canto de Demódoco, que en el conflicto encuentra su origen y del conflicto es en cierta medida celebración, es necesario para Ulises a fin de recuperar su humanidad, de reafirmar el deseo de paz que ahora motiva su viaje (se está refiriendo al libro VIII en el que Demódoco, cantor ciego, celebra la gesta de Troya. Página 103).

Y en el párrafo siguiente (p 104) dice:

La capacidad que la poesía tiene de despertar el alma de su indolente sopor y llamarla de nuevo a la vida precisamente a partir de las barbaries de la historia es evidente también en la obra del heredero latino de Homero. Según Seamus Heaney, premio Nobel de literatura en 1995, en las Bucólicas es Virgilio quien hace resonar la pregunta que acucia a todos los poetas: "¿para qué sirve el canto, para qué sirve el arte en tiempos de violencia?" (Podéis encontrar la respuesta en Seamus Heaney Virgilio nella Bann Valley).

Sea como fuere, y sin entrar en el debate, Sorrentino ha escrito un hermoso libro en el que se demuestra por enésima vez el valor y la actualidad de los clásicos, así como la impronta que han dejado en los autores contemporáneos. Por si alguien lo ponía en duda.

***


martes, 6 de septiembre de 2022

WALTER BENJAMIN

Walter Benjamin (1892-1940), crítico literario, pensador asociado a la Escuela de Fránkfort que, aunque no llegó a pertenecer al Instituto para la Investigación Social estuvo siempre en su órbita de pensamiento. 

Sus textos tal vez no sean especialmente sencillos por esa mezcla de teoría marxista, toque irónico y surrealismo, pero tampoco son especialmente crípticos. Desde luego, no son comparables en dificultad a la redacción mucho más académica, técnica y hermética de sus compañeros.

Posiblemente, de cuantos escritos se recogen en esta edición —cesión de la que realizó Taurus en 1973—, el de mayor relieve y el que ha tenido mayor recorrido, es el que se titula La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En ella defiende la tesis de que tanto la fotografía como el cine son medios muy válidos de politización. Hay que recordar que es un trabajo redactado en 1936, es decir, ambos medios de expresión estaban saliendo de su prehistoria. De hecho, este es su párrafo final: 

«Fiat ars, pereat mundus», dice el fascismo, y espera de la guerra, tal y como lo confiesa Marinetti, la satisfacción artística de la percepción sensorial modificada por la técnica. Resulta patente que esto es la realización acabada del «arte pour l'art». La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Este es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte (p 57).

Tal vez hoy se lean con mayor interés todos esos artículos agrupados bajo el título de Sombras breves, o cualquiera de los otros. De Experiencia y probreza (1933) tomo otro párrafo. Podéis juzgar acerca de su ¿actualidad?.

Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo «actual». La crisis económica está a las puertas y tras ella, como una sombra, la guerra inminente. Aguantar es hoy cosa de los pocos poderosos que, Dios lo sabe, son menos humanos que muchos; en el mayor de los casos son más bárbaros, pero no de la manera buena. Los demás en cambio tienen que arreglárselas partiendo de cero y con muy poco. Lo hacen a una con los hombres que desde el fondo consideran lo nuevo como cosa suya y lo fundamentan en atisbos y renuncia. En sus edificaciones, en sus imágenes y en sus historias la humanidad se prepara a sobrevivir, si es preciso, a la cultura. Y lo que resulta primordial, lo hace riéndose. Tal vez esta risa suene a algo bárbaro. Bien está. Que cada uno ceda a ratos un poco de humanidad a esa masa que un día se la devolverá con intereses, incluso con interés compuesto (p 173).

***


Путин, немедленно останови войну!

sábado, 15 de enero de 2022

CAROLINA CORONADO

15 de enero de 1911, Carolina Coronado muere en Lisboa. Es la segunda vez que muere y la última, porque la poeta ya había muerto en 1844. Famoso es el pasaje de catalepsia que la tuvo como muerta durante varios días. Incluso hubo publicación de necrológicas en los periódicos madrileños. Por suerte, se recuperó y quienes ya habían expresado sus condolencias y divulgado su desaparición, tuvieron que retractarse. 

Otra anécdota: era tía de Ramón Gómez de la Serna; bueno, más exactamente fue tía de la madre del escritor, Josefa Puig Coronado.

La poeta había llamado la atención de Espronceda con su brillante poesía, y este la apadrinará junto con otro consagrado de la época romántica, Hartzenbusch. Ambos reconocieron inmediatamente el talento literario de la extremeña.

Carolina Coronado y Gertrudis Gómez de Avellaneda serán las dos escritoras más interesantes del romanticismo español, salvando, claro está el nombre de Rosalía de Castro, figura destacada por encima de todas y ya metida en los quehaceres del posromanticismo.

Es evidente que la poesía es una lectura minoritaria y que la de Coronado es difícil de encontrar en una librería. Castalia publicó hace ya unas décadas este magnífico ejemplar con un estudio introductorio de la profesora Noël Valis, pero ya no se encuentra si no es en bibliotecas o librerías de viejo. Afortunadamente, Torremozas sacó una antología con su obra poética hace aproximadamente un año. Esa sí está disponible. Y si la urgencia por leerla os acucia y no tenéis cerca ni biblioteca ni librería, siempre está la amplia y bien nutrida página web poesias.es, donde encontraréis casi todos sus poemas.


LOS CANTOS DE SAFO

I

Como el aura suavísima resbala
de placer en placer fácil mi vida:
entre el amor y gloria dividida,
¿cuál es la dicha que a mi dicha iguala?

Al lado de Faón, su amor cantando;
con la luz de sus ojos fascinada;
dicha inmensa es de Safo bienhadada
perder sus horas en deliquio blando.

Dicha inmensa es de Safo venturosa
que su amante en el aire que respira
beba el acento de la tierna lira,
que tan sólo por él suena amorosa.

¡Cómo a mis ojos inefable llanto
gota por gota el corazón destila,
si un instante su faz dulce y tranquila
brilla gozosa al escuchar mi canto!...

¡Si de su boca en lisonjero arrullo
la voz desciende a celebrar mi lira,
y hálito vago que su labio expira
mis sienes cerca entre el falaz murmullo!

Siento, Faón, tu delicado aliento
bullir entorno de la frente mía,
y en deliciosos tonos de armonía
herirme el corazón tus voces siento.

El corazón sus golpes precipita
al eco de tu voz apasionada:
a un suspiro, a un acento, a una mirada
como el seno de tórtola se agita.

No temo entonces que por bella alguna
perjuro olvides tu feliz cantora,
ni atractiva beldad venga en mal hora
a destrozar mi plácida fortuna.

¿Y quién la flor de la ventura mía
osará marchitar con mano aleve?
¿Quién a usurpar tu corazón se atreve
y a reinar donde Safo reinó un día?

¡Ah! no soy bella: su preciosa mano
en mi rostro los Dioses no imprimieron;
más al alma benignos concedieron
de los genios el numen soberano.

Y cítara en mis manos peregrina
las hermanas de Febo colocaron,
y de entusiasmo el corazón llenaron
de amor ardiente e inspiración divina.

Goza de triunfos la beldad un día,
que el porvenir destruye rigoroso;
cuando el genio entre aplausos victorioso
de la inmortalidad al templo guía.

Lecho de tierra y silencioso olvido
sólo del mundo la hermosura alcanza:
el estrecho sepulcro a do se lanza,
los rayos borrará de haber nacido.

Cual sueño pasará, si el genio alzando
la poderosa voz no la eterniza,
su cantar que a los siglos se desliza
vida preciosa a sus cenizas dando.

Yo también cantaré: también mis voces,
tierna Faón, tu nombre repitiendo,
con tu amor y mi amor sobreviviendo,
al porvenir sin fin irán veloces.

Yo a esa Grecia opulenta, sabia y justa
arrancaré un aplauso duradero,
una corona como el grande Homero
a mis sienes tal vez ceñiré augusta.

Y mírala ¡oh Faón! y tu sonrisa
premie el esfuerzo de tu Safo amada,
más plácida a su ser que en la alborada
place a las flores la naciente brisa.

II

Musas divinas, dioses del talento,
¿Qué me vale ceñir vuestra aureola?
Bella rival con su belleza sola
alcanzó mi afrentoso vencimiento.

Lanzadla de ante mí, lanzadla, cielos;
que al verla, el odio que me inspira crece,
mi vista con su vista se oscurece,
y hierve el corazón de envidia y celos.

Lanzadla lejos de él; no más admiren
sus ojos a la bella enamorados:
ni los míos en tanto ensangrentados
por sorprenderlos incesantes giren.

Alma Venus, escucha tú mi ruego,
y protege el amor que has encendido;
en el pecho cruel del fementido
brote una chispa del extinto fuego.

Dame atractivos, dame esa ilusoria
forma y hechizos con tu luz tocados,
¡y quítenme los Dioses irritados
mi cítara, mis cantos y mi gloria!

III

De Venus al oráculo las preces
de los augures fieles demandaron,
y el fin de mis desdichas por tres veces
y el triunfo de mi amor adivinaron.

Mas ¡ay! mintieron. —Tú roca insensible
desoyes mi pasión. —¡¡Ni una esperanza!!
¿no temes, di, que tu perjurio horrible
provoque de los Dioses la venganza?

¡Qué! ¿No temes que Venus indignada
a mis clamores presurosa acuda?
¿No temes que su cólera sagrada
sobre tu frente criminal sacuda?

Amante Diosa que el amor preside,
tú la invocaste de tu fe testigo
mi injuriada pasión venganza pide,
su hollada majestad pide castigo.

IV

Tu juventud corría silenciosa,
entre la oscura turba confundido,
cuando uniendo a tu nombre su renombre
Safo su gloria dividió contigo.

La cantora de Grecia descendiendo
de su altura, hasta ti, quiso amorosa
cantar tu vida y alumbrar tu frente
con la radiante luz de su aureola.

Y a tu lado, Faón, si la voz mía
se elevaba a cantar nuestros delirios,
miel divina en mis labios derramaban
solícitas las hijas del Olimpo.—

¿Dónde la bella que fingiendo amores
tu conquistado corazón me arranca?...
Ayer mi seno de placer latía,
y hoy de despecho y de dolor se abrasa...


Y este es el poema suyo que más me gusta, donde se identifican la poeta y la luna. La naturaleza, como dice Rico en su comentario, no es ya el misterio que representaba para la concepción romántica de la misma, sino comprensión.

LA LUNA EN UNA AUSENCIA

Y tú, ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa,
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?

Negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.

Yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.

¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía...?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo, ven: ¡por qué tardía!

sábado, 27 de noviembre de 2021

CANTOS, EZRA POUND

Editorial
Como dejé anunciado en Instagram hace unos días, he aquí mi comentario una vez superado el impacto de la lectura: 

Leer los Cantos de Pound no es una lectura cualquiera, es una experiencia de la que difícilmente se sale ileso. La obra es de tal magnitud —física y conceptual— que leerla es como estar sumergido en un océano de palabras. Se pueden dar rodeos y hablar de los más de cincuenta años que le llevó escribirla; se puede aludir al imagismo, al vorticismo y a la militancia fascista del autor; se puede recurrir a Homero y a Dante; se puede traer a colación La tierra baldía y hasta el Finnegans Wake. Se puede hacer un trabajoso estudio que analice cada uno de los cantos, pero nada de eso servirá para aliviar la brutal conmoción con que se sale de su lectura. 

Muy brevemente y solo para que os hagáis una ligerísima idea de lo que contiene esta rara avis de la poesía del siglo XX: comenzamos con Ulises, seguimos con Sordello en cuatro versiones, recorremos el Mediterráneo, la mitología clásica, el Renacimiento como excusa para hablar de la luz. Así llegamos al canto VII en el que aparecen Segismundo Pandolfo Malatesta y San Francisco. Por el XIII desfilan Confucio y sus enseñanzas. Del XIV al XVI nos adentramos en el Infierno de Dante, la Primera Guerra Mundial y hasta la Revolución Rusa. Venecia sirve de marco a los cantos siguientes en los que podemos encontrar a Dioniso, Kublai Khan, una crítica de la explotación financiera, otra de la guerra y sus beneficiarios, la destrucción de Montsegur, las cruzadas, el rechazo del cristianismo y a Hieronymus Soncinus de Fano, editor de Petrarca, preparándose para imprimir las obras del maestro italiano. Hemos llegado al canto XXX, son más de cien, e incluyen ideogramas chinos, citas en latín y hasta alguna partitura.

¿El caos? En absoluto. O tal vez sí.

Es cierto que enunciado como lo he hecho puede producir mareo. Supongo que si hiciera la misma anotación de hechos y personajes con respecto a la Divina comedia la sensación podría ser similar. También es cierto que en la obra de Dante hay un orden cronológico y teológico que en la de Pound se convierte en orden estrictamente poético y personal, lo que da una sensación de magma desbordante. Pero una vez que nos hemos adentrado en ese inmenso río de palabras e imágenes resulta difícil abandonarlo, su poder magnético es enorme.

Sin duda, descifrar las múltiples y dispares alusiones (literarias, económicas, históricas, políticas...) puede llevar su tiempo y hasta resultar cansino, pero tampoco es necesario tener todas las referencias para seguir leyendo; de hecho, todas, lo que se dice todas, no existen. Los Cantos tampoco son un dechado de coherencia, más bien nos ofrecen la imagen de eso que alguien ha llamado la catástrofe de la cultura occidental, ese infierno que Dante situó en el inframundo, según la creencia cristiana medieval y Pound sitúa en nuestro acontecer. Por tanto, diría que se entiende mejor la obra dejándose arrastrar por el torbellino de imágenes sin pretender el análisis racional.

En cualquier caso, y si pertenecéis al grupo de personas que se sienten más cómodas conociendo las referencias y controlando las alusiones, sabiendo de dónde viene esto y hacia dónde va aquello, una edición crítica os puede guiar muy bien a través de todos los cantos. La que he dejado enlazada me parece muy buena edición. Pero, insisto, no todo es controlable. La entrada que ofrece la Wikipedia redactada en inglés (Google os la traduce) también puede ser de ayuda, aunque es muy general.


He intentado escribir el Paraíso

No te muevas

              Deja que hable el viento

                       que es el paraíso.


Que los Dioses perdonen lo que 

              hice.

Que los que amo procuren perdonar

              lo que hice


Atreveos, es una experiencia única.

sábado, 27 de febrero de 2021

ANNE CARSON, La belleza del marido

Ejemplar de la biblioteca de Egia
II. PERO UNA DEDICATORIA SOLO ES AFORTUNADA SI SE REALIZA EN PRESENCIA DE TESTIGOS. ES ESENCIALMENTE UNA PÚBLICA RENDICIÓN COMO LA DE ESTANDARTES EN UNA BATALLA


Sabes hace años estuve casada y cuando se fue mi marido se llevó mis libretas.
Libretas con espiral.
Ya sabes ese frío y ladino verbo escribir. Le gustaba escribir, no le gustaba tener que empezar él mismo cada pensamiento. 
Utilizaba mis comienzos con varios propósitos, por ejemplo en un bolsillo encontré una carta que había empezado (a su amante de aquel momento)
que contenía una frase que yo había copiado de Homero: 'εντροπαλιζομένη, es como cuenta Homero que Andrómaca se fue
cuando se separó de Héctor: "mirando a menudo hacia atrás" 
bajó 
de la torre de Troya y fue a través de las calles empedradas a la casa de su leal
marido y ahí 
con sus mujeres entonó un lamento por un hombre con vida en su su propia morada.
Leal a nada 
mi marido. ¿Entonces por qué le amé desde la temprana adolescencia hasta entrada la madurez 
y la sentencia de divorcio llegó por correo?
La belleza. No tiene mucho secreto. No me da vergüenza decir que le amé por su belleza.
Como volvería a hacerlo
si se acercara. La belleza convence. Ya sabes que la belleza hace posible el sexo.
La belleza hace el sexo sexo.
Tú lo 
entiendes mejor que nadie… silencio, pasemos

a las situaciones naturales.
Otras especies, que no son venenosas, a menudo tienen coloraciones y estampados 
parecidos a las especies venenosas.
Esta imitación de una venenosa por otra especie que no lo es se llama mimetismo.
Mi marido no era mimético.
Hablarás sin duda de los juegos de guerra. Me oíste quejarme a menudo 
cuando estaban aquí toda la noche 
con los tableros tirados y tapetes y lucecitas y cigarrillos como la tienda de Napoleón, 
supongo, ¿quién podía dormir? Después de todo mi marido era un hombre que sabía más 
acerca de la batalla de Borodino 
que sobre el cuerpo de su propia mujer, mucho más. La tensión se derramaba por las paredes 
y el techo,
a veces jugaban desde el viernes por la noche hasta la mañana del lunes sin parar,
él y sus pálidos y furiosos amigos.
Sudaban mucho. Comían carne de los países en los que jugaban.
Los celos 
no eran precisamente una pequeña parte de mi relación con la batalla de Borodino.

Lo odio.
¿Ah, sí?
Por qué jugar toda la noche.
Es en tiempo real.
Es un juego.
Es un juego real.
Es eso una cita.
Ven aquí.
No.
Necesito tocarte.
No.
Sí.

Aquella noche hicimos el amor "de manera real", cosa que no habíamos intentado
aunque lleváramos seis meses casados.
Gran misterio. Ninguno de los dos sabía dónde poner la pierna y hasta hoy aún no sé 
si lo hicimos bien.
Parecía feliz. Eres como Venecia dijo encantador.
A la mañana siguiente temprano 
escribí una breve conferencia ("Sobre la desfloración") que me robó y publicó 
en una pequeña revista trimestral.
Por encima de todo esa era una característica interacción entre nosotros.

O debería decir ideal.
Ninguno de los dos había estado nunca en Venecia.

            Edición y traducción: Andreu Jaume.

Anne Carson es inclasificable. Sí, ya sé que todas las personas somos únicas y distintas e inclasificables. Pero Carson lo ejerce, lo escribe y resulta fascinante e insuperable si ponemos sus textos al lado de otros textos de, digamos, poetas de su generación. ¿Es poesía, es novela, es ensayo lo que escribe?

Preguntarse por eso no deja de ser una pérdida de tiempo desde hace muchísimos años. Hace más de un siglo que las vanguardias rompieron esas barreras. Lo que tenemos que preguntarnos, o mejor, lo que tenemos que apreciar es la calidad del texto. Si el texto es eficaz en su intención, si produce emoción, si nos atrapa, si es capaz de ofrecernos algo nuevo, si es coherente consigo mismo, y si además abre caminos, ese texto, esa obra, merece toda nuestra atención. Estamos hablando de literatura, no de pasatiempo.

En cuanto a los géneros, la misma autora lo advierte en el subtítulo: un ensayo narrativo en 29 tangos. El elemento narrativo queda claro desde el primer momento, es la historia de una ruptura. El ensayo se ve venir a través de las citas de Keats que inauguran cada poema, cada ¿sección?, y en las notas que indican la procedencia de las alusiones que impregnan todo el texto. La poesía se ve en cada verso, en la manera de escribir y en el punto de vista. 

Pero que nadie piense que este es un libro difícil de leer. Al contrario, se lee de un tirón, como pocos libros de poesía se leen. Se lee de un tirón y es divertido, y se agradece la profunda mirada que es capaz de realizar sobre el anhelo romántico y los dolores y angustias que provoca, sobre el deseo, sobre el lamento, sobre la mentira y sobre el desafecto. Y sobre quiénes somos. Y hasta sobre debates posestructuralistas, pero todo eso lo podemos dejar de lado y seguir disfrutando igualmente del libro porque la de Carson es gran literatura.