lunes, 7 de mayo de 2018

CUANDO LA ELOCUENCIA SE CONVIERTE EN UN EJERCICIO VANO DE RETÓRICA

Los sofistas tuvieron muchas virtudes y la filosofía clásica griega, la tríada formada por Sócrates, Platón y Aristóteles, no hubiera sido posible sin el trabajo que ellos hicieron. Pero cuando se cae en el exceso y el escepticismo nos lleva a pensar que no importa la verdad, sino la argumentación, es decir, convencer a quien escucha de que nosotros tenemos la razón, ponemos mucho en riesgo: confianza mutua, justicia e incluso la cohesión de la propia sociedad.

Afortunadamente no suele ser así. Los casos de brillante oratoria y agudos sofismas suelen servir para pasar el rato y divertirnos con el ingenio agudo de quien los plantea o para prevenir al alumnado de Filosofía y de Derecho; pero otras veces hay en juego comportamientos y decisiones más importantes. Y es que la argumentación brillante y el desarrollo lógico de premisas no son nada si no están acompañadas por la intención justa y el recto comportamiento.

Aulo Gelio recogió en las Noche Áticas cuanto le llamó la atención del conocimiento griego sobre cualquier disciplina conocida en la época. Allí podemos leer un pasaje que protagonizan los sofisatas Protágoras y su alumno Evatlo. Tomo el pasaje entero de J.C. Rolfe y su The Attic Nights of Aulus Gelius

Evatlo era un joven sano que deseaba formarse en Oratoria y en el ejercicio de la abogacía. Consiguió ser discípulo de Protágoras y prometió pagarle una gran suma de dinero tan pronto como Protágoras se la pidiera. Entregó la mitad de la suma de una vez, antes de recibir las lecciones y se comprometió a pagarle la mitad restante el día en que llevara su primer pleito ante los tribunales y ganara el juicio. Después, habiendo sido durante un tiempo discípulo y seguidor de Protágoras, y habiendo hecho progresos considerables en el estudio de la Oratoria, no llevó ningún caso. Pasado un largo tiempo y como parecía que estaba intentando evitar el pago de lo que debía, Protágoras ideó lo que parecía un plan astuto; decidió reclamar su paga de acuerdo al contrato y demandó a Evatlo.  

Cuando ambos comparecieron ante el jurado para discutir el caso, Protágoras comenzó del siguiente modo: "Permíteme que te diga a ti, el más necio de los jóvenes, que en cualquier caso tendrás que pagarme lo que te reclamo, tanto si la sentencia fuera a tu favor o fuera en tu contra. En este segundo caso me tendrás que dar el dinero, de acuerdo con el veredicto, porque yo he ganado; pero si la decisión fuera a tu favor, también me tendrás que pagar de acuerdo con nuestro contrato, ya que tú habrás ganado el caso".

A esto replicó Evatlo: "Yo podría haberme enfrentado a este sofisma, que reconozco que es difícil, no siendo yo quien defendiera mi propia causa, sino empleando a otro abogado para hacerlo. Pero voy a tener el gran placer de una victoria en la que te voy a vencer no solo judicialmente, sino también en el terreno de la argumentación.  

Permíteme responderte a ti, el más sabio de los maestros, que en ningún caso tendré que pagarte lo que me demandas, tanto si la sentencia me fuera favorable como si no. Si los jueces deciden a mi favor, entonces, de acuerdo con el veredicto, nada te deberé, porque habré ganado yo; pero si fallan en mi contra, entonces, según nuestro contrato, yo no te deberé nada, porque no habré ganado el caso".

Los jueces, pensando que el pleito era por ambas partes confuso y que no tenía solución, por miedo a que su decisión fuera recurrida por cualquiera de las partes y pudiera ser anulada, dejaron el caso sin resolver y lo pospusieron para un día lejano. De este modo, un célebre maestro de Oratoria fue refutado por su joven discípulo con su mismo argumento, y su sofisma inteligentemente concebido fracasó.

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