domingo, 18 de junio de 2017

PETRONILA, UN CUENTO FANTÁSTICO DELICIOSO Y LIBERADOR

Mi Cuentacuentos ha tenido una vida larga y prolífica. Así está el pobre como está. Las historias que en él se recogen han participado en todo tipo de acciones y con todo tipo de edades. Pero de entre todas las historias, a mí la que más me gusta y la que más he utilizado es Petronila, un cuento escrito con la forma, los personajes y las características de los cuentos populares, al que se le ha añadido un toque de humor, unas gotas de modernidad crítica y una cucharadita de aires de libertad.

Como en el lugar donde resido han comenzado las tradicionales fiestas y como también hay bastante príncipe Fernando y costumbres abolengas y enraizadas, a todos ellos les dedico este deliciso cuento fantástico, obra de Jay Williams y adaptado por Teresa Durán. Disfrutadlo.


Desde que existía el país de Monteclaro, al rey y a la reina les nacían siempre tres hijos varones: al primero lo llamaban Miguel, al segundo Jaime y al pequeño Pedro.

Cuando crecían se iban en busca de fortuna; de los dos mayores no se volvía a saber, y el más pequeño regresaba siempre a casa con una princesa a la que había salvado de un encantamiento, a tiempo para coronarse rey y gobernar su reino.

Siempre había sido así, e incluso estaba escrito en la constitución, y parecía que siempre iba a ser así… hasta que empieza nuestra historia.

Corrían los tiempos del rey Pedro XXIX y de la reina Patata; ya tenían dos hijitos y estaban esperando al tercero con gran alegría de todo el país, porque todo el mundo sabía que éste iba a ser el futuro gobernante.

Pero cuando nació el tercero ¡era una niña!

—¡Vaya por Dios! —dijo el rey tristemente—. Esto no está previsto en la constitución. ¿Qué podemos hacer? De momento, y por si las moscas, le pondremos Petronila.

Y como efectivamente no había nada que hacer, no hicieron nada que no estuviese en la constitución. Petronila creció, pasaron los años, y llegó el momento en que los príncipes tenían que ir en busca de fortuna. Ya estaba a punto de montar en sus caballos cuando llegó Petronila vestida de viaje y con la espada al flanco.

—Si pensáis —dijo— que yo me estaré quietecita en casa os equivocáis. Yo también me voy en busca de fortuna.

—¡Imposible! —dijo el rey—.

—¿Qué dirá la gente? —gimió la reina—.

—Mira, Petronila —le dijo su hermano Miguel—, sé razonable. Quédate en casa y espera, tarde o temprano llegará un príncipe.

Petronila sonrió. Era una chica alta, guapa, con los cabellos rubios como una llamarada, y cuando sonreía de aquel modo era para que todos temieran su cólera.

—Iré con vosotros —dijo—, y encontraré un príncipe aunque tenga que salvar a uno yo misma.

Y dicho esto, saludó a sus progenitores, montó a caballo y se largó al galope tras de sus hermanos.

Llegaron a un punto donde el camino se dividía en tres, y justo en el cruce estaba sentado un viejecito arrugado, cubierto de polvo y telarañas.

—¿A dónde llevan estos caminos, anciano? —preguntó con arrogancia el príncipe Miguel—.

—El camino de la derecha lleva a la ciudad de Plim —respondió el viejo—; el del centro al castillo de Plam, y el de la izquierda lleva a la casa del mago Albión. Y llevo una.

—¿Qué quieres decir con y llevo una? —preguntó el príncipe Jaime—.

—Quiero decir que estoy obligado a estarme aquí sentado sin moverme y que tengo que contestar a una sola pregunta por cada persona que pasa. Y llevo dos.

—¿Y no podemos hacer nada para ayudarte? —preguntó Petronila entre curiosa y conmovida—.

—¡Ya lo has hecho! —exclamó el viejo, poniéndose en pie de un brinco y quitándose el polvo de encima—, porque tu pregunta era la única que deshacía el encantamiento que me ha tenido aquí clavado durante setenta y dos años. Para recompensarte te diré todo lo que desees saber.

—¿Dónde puedo encontrar a un príncipe? —preguntó rápida Petronila—.

—Hay uno en casa del mago Albión —respondió el viejo—.

—¡Bien! —exclamó Petronila—, así ya sé dónde iré.

—Pues tendrás que ir sola —dijo el príncipe Miguel—, porque yo me voy al castillo de Plam a buscar fortuna.

—Y yo a la ciudad de Plim —añadió el príncipe Jaime—.

Se despidieron, y Petronila quedó sola con el viejo.

—¿Puedo, preguntarte otra cosa? —rogó Petronila—.

—Naturalmente, todo lo que quieras.

—Si quisiera desencantar al príncipe, ¿qué tendría que hacer? Es que nunca lo he hecho...

—No sé. Podrías ofrecerte como criada y estudiar la situación. Y por paga te haces dar un peine, un espejo y un anillo. Son cosas que siempre van bien para los encantamientos.

—No parece fácil.

—Nada de lo que queremos es fácil. Pero algo es algo.

—Gracias, pues, y adiós —dijo Petronila montando de nuevo en su caballo.

—Adiós, preciosa —se despidió el vejete, que continuaba quitándose las telarañas de encima—.

Petronila avanzó por el camino de la izquierda hasta encontrar una bonita casa con un torreón de piedra roja. Estaba rodeada por un jardín y en el césped, sobre una hamaca, estaba reclinado un joven guapísimo, de cara al sol. Petronila se dirigió hacia él.

—¿Es esta la casa del mago Albión? —preguntó—.

El joven la miró sorprendido.

—Psi… —respondió sin ganas—.

—¿Y tú, quién eres?

—Yo —contestó el joven, bostezando y rascándose— soy el príncipe Fernando de Cienfuegos. ¿Te molestaría apartarte? Estoy intentando broncearme, y tú me tapas el sol.

—No te pareces en nada a un príncipe —respondió Petronila, ofendida—.

—¡Qué tontería! Es lo mismo que dice mi padre.

En éstas se abrió la puerta de la casa y salió un hombre vestido de negro y plata, con la cara sabia y severa. Era el mago.

—Vengo a trabajar con usted —dijo Petronila, valerosamente—.

—Si quieres, puedes quedarte. Pero no será fácil —dijo el mago Albión—.

—Esta noche tendrás que dormir con mis perros —añadió—.

Era una manada de siete perros salvajes, que se pasaban el día aullando y gruñendo. Pero Petronila hizo de tripas corazón, entró decidida en el torreón y no se sabe muy bien cómo se las compuso —hay quien dice que se pasó la noche contándoles cuentos—, pero la verdad es que al día siguiente, cuando el mago abrió la puerta, los temibles perros eran mansos como corderos.

—Bien mereces una recompensa, por valiente —exclamó el mago—. ¿Qué deseas?

—Quiero un peine para mis cabellos —dijo Petronila—.

Y el mago le dio un hermosísimo peine de ébano.

Petronila salió al jardín y vio al príncipe tendido al sol intentando resolver un crucigrama. Se le acercó y le susurró al oído:

—Estoy haciendo todo esto por ti.

—Muy amable por tu parte —dijo el príncipe distraídamente—, pero dime una palabra de ocho letras sinónimo de egoísta.

—¡Fernando! —respondió Petronila, molesta, y se volvió con el mago dispuesta a saber qué nuevo trabajo le esperaba aquella noche—.

Aquella noche el mago Albión la condujo a los establos, donde había siete enormes caballos blancos, que apenas la vieron empezaron a tirar coces y a relinchar de modo horriblemente tétrico.

Pero Petronila no se acobardó, y aunque no sabemos muy bien cómo se las compuso —hay quien dijo que los caballos relinchaban porque tenían hambre y que la princesa se limitó a darles de comer—, lo cierto es que a la mañana siguiente, al abrir la puerta, el mago encontró los establos relucientes, los caballos cepillados y aseados lamiendo las manos de Petronila.

—Mereces una recompensa —dijo el mago Albión— por buena y diligente. ¿Qué quieres?

—Un espejo para mirarme cuando me peine —respondió Petronila —.

Y el mago le regaló un espejito de plata.

Petronila se fue al jardín, donde el príncipe Fernando estaba jugando al tenis, pero ni tan siquiera se dignó mirarla. Petronila soltó un bufido de despecho y le dijo al mago:

—Trabajaré otra noche para usted, y basta.

—Como quieras —respondió el mago Albión—.

Y aquella noche llevó a Petronila al henil donde había siete enormes halcones rojos que parecían dispuestos a sacarle los ojos. Pero Petronila no se amilanó, y naturalmente tampoco sabemos cómo se las compuso —hay quien dice que se pasó la noche enseñándoles buenos modales y a cantar a coro—, pero lo que sí se sabe es que, cuando a la mañana siguiente el mago Albión abrió la puerta encontró la más hermosa bandada de pájaros posada en el henil que nadie haya visto jamás.

—Mereces una recompensa, por inteligente. Si hubieras intentado huir te habrían hecho trizas. ¿Qué quieres?

—Un anillito para mi dedo —respondió Petronila, que tenía fija en la cabeza la idea de desencantar al príncipe y quería hacerlo cuanto antes—.

El mago le regaló un bonito anillo de oro, y Petronila se fue corriendo hacia el príncipe Fernando, que dormía profundamente envuelto en un pijama de raso purpura.

—¡Levántate! —exclamó Petronila—. ¡He venido a salvarte!

—¿Qué hora es? —bostezo el príncipe—.

—¿Y esto qué importa? ¡Vamos!

—Pero tengo sueño ...

—Realmente, como príncipe, no vales un bledo..., pero como no he encontrado nada mejor ... ¡Vámonos ya!

Lo agarró por el brazo y lo arrastró hasta la puerta, donde esperaban ya dos corceles ensillados. Lo hizo montar, y veloces como el viento se alejaron de la casa del mago. No tardaron en divisar a éste, que los perseguía y estaba por darles alcance, cuando Petronila se acordó de los objetos mágicos que llevaba consigo.

Tiró el peine por encima de su hombro e inmediatamente el peine se convirtió en un bosque tan espeso que nadie podía atravesarlo.

—¡Bien! —exclamó Petronila—.

—¡Me duele el pompis de tanto cabalgar! —gimió el príncipe—.

Pero el mago se transformó en un hacha mágica que cortó el bosque en un periquete. Y la persecución prosiguió.

Cuando ya estaba a punto de darles alcance, Petronila tiró el espejo por encima de su hombro y se convirtió en un lago huracanado que nadie podía cruzar.

—¡Hip, hip, hurra! —gritó Petronila—.

—¡Ay! ¡Quiero bajar! —gimoteó el príncipe—.

Pero el mago se transformó en un salmón que atravesó el lago en un santiamén. Y la persecución continuó.

Cuando estaba justo detrás de ellos, Petronila echó su anillo por encima del hombro. El anillo cayó exactamente encima del mago, atenazándole, sin dejarlo moverse ni casi respirar.

—¡Cielos! ¡Morirá! —Se horrorizó Petronila—.

—¿Y a ti qué te importa? ¡Llévame con mi mamá! —dijo el príncipe Fernando—.

Pero Petronila bajó del caballo y le preguntó al mago:

—Si te saco de aquí, me prometes que dejarás libre al príncipe?

—¿Dejarlo libre? ¡Si quien está feliz de librarse de él soy yo! 

Petronila quedó estupefacta:

—No entiendo nada. ¿Entonces por qué lo tenías encantado?

—¡Pero si yo no lo encanté! Apareció un día por mi casa, y como la vida allí le resultó muy cómoda no hubo modo de que se marcharse.

Entonces Petronila comprendió. Fernando sí que era un príncipe encantado, pero encantado de tonto, presumido y engreído. Y decidió pasar a la acción.

—¿Entonces por qué nos perseguías?

—No le perseguía a él, te perseguía a ti. Eres la chica que siempre he deseado; valiente, amable, buena, diligente, lista e incluso guapa.

—¡Oh! —dijo Petronila— entiendo... Y añadió: ¿Y cómo me las compongo para librarte del anillo?

—Dame un beso.

Ella lo besó y el anillo se desvaneció,

Petronila cogió al príncipe (que ya estaba roncando otra vez) por los fondillos de su pantalón de pijama y lo dejó en la cuneta.

—¡Ahí te quedas, encantado! —exclamó con la satisfacción del trabajo bien hecho. 

Invitó a Albión a montar a caballo y galoparon hacia el país de Petronila.

—No sé qué dirán mis padres y la constitución cuando vean que vuelvo a casa con un mago.

—Vamos a descubrirlo ¿no? —dijo el mago alegremente—.

Y desde entonces, desde Petronila y Albión, hay en Monteclaro una nueva constitución.

2 comentarios:

  1. Hola! Muchas gracias por compartirnos el cuento, me encantan aún. Deberías ver mi cuenta cuentos, es una baraja de hojas amarillas y rotas, los años pasan y en manos de niños los libros se descomponen bastante, pero hay que dejarlos acercarse y que lean las páginas una y mil veces, aunque terminen arrugadas y con manchas de dulce. No conocía el cuento de Petronila. Besos!

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  2. Tienes razón, Ana, más vale un libro deteriorado por el uso continuo que un libro en estado impecable que nunca ha sido leido.

    Más besos.

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