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martes, 7 de mayo de 2024

NIETZSCHE DESCOMPLICADO, 10

#Nietzschedescomplicado (conversaciones con Jaime Aspiunza).

Nos has explicado el contenido del primer tratado y del segundo. Sigamos avanzando. Explícanos, por favor, qué es lo más esencial del tercer tratado.

El tercer tratado de De la genealogía de la moral se plantea la pregunta por el significado de los ideales ascéticos, en el buen entendido de que son estos los que caracterizan la moral cristiana. 

«¿Qué significan los ideales ascéticos? — Para los artistas, nada o muchas cosas diferentes; para los filósofos y los hombres de letras, una suerte de olfato o de instinto para descubrir las condiciones propicias para una espiritualidad elevada; […] para los sacerdotes, la auténtica fe sacerdotal, su mejor instrumento de poder, y también la autorización “altísima” para ejercerlo; por último, para los santos, […] Ahora bien, en el propio hecho de que el ideal ascético haya significado tantas cosas diferentes para el hombre se manifiesta la realidad fundamental de la voluntad humana, su horror vacui: esa voluntad necesita una meta, — y prefiere querer la nada a no querer.» 

Así comienza el más largo de los tres tratados o ensayos que componen De la genealogía de la moral. A lo largo de 28 parágrafos, unas 70 páginas en la edición que estoy examinando, Nietzsche considerará lo que significan –los ideales ascéticos– para los artistas, los filósofos, los sacerdotes y, por último, para la ciencia, y cómo será justamente en la conciencia científica donde se venga a superar dicho ideal ascético (entendido ahora de manera colectiva), al igual que ha sido la pujanza de la veracidad en el cristianismo la que ha llevado a que la moral cristiana se supere a sí misma. 


La expresión «ideal ascético» (o «ideales», como figura en el título) parece ser de forja propia, y para Nietzsche viene a representar el extremo, el ápice de la pretensión moral cristiana. De manera paradigmática, u ostensiva, los encontramos en los votos de las órdenes religiosas: humildad, pobreza y castidad; la manera europea –anotará en apuntes de la época– de aspirar al faquirismo.

Es decir, el ascetismo no es específico del cristianismo, aunque haya llegado a convertirse en uno de sus rasgos esenciales. Tampoco provendría del judaísmo, que no renuncia a la vida por mor de la religiosidad. Del propio Jesús dirán: «Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y de pecadores» (Mateo, 11:19).

Max Weber, que tomará el término de Nietzsche, señala en La ética protestante… cómo es la Reforma protestante la que da al ideal ascético el sentido moderno, activo pero mundano, a diferencia del monacal, que era también activo pero apartado del mundo.

No hay, pues, una definición unívoca del ideal ascético, puesto que es una noción histórica, esto es, que va variando a lo largo del tiempo y en los distintos lugares en que aparece. Por eso Nietzsche revisará algunos de los diferentes sentidos que en diferentes figuras posee. Comienza con el artista –podríamos decir–, el caso más básico, menos serio de ideal ascético.

Nietzsche se centra en Wagner, a quien toma como caso ejemplar, o típico. Ciertamente, no de las tres «virtudes» monacales, por supuesto, sino solo de la tercera, de la castidad, que habría llevado en sus últimas obras al escenario.

Es conocida la admirativa amistad del joven Nietzsche con el músico de Leipzig, a quien tanto en El nacimiento de la tragedia como en la cuarta intempestiva, Richard Wagner en Bayreuth, había reputado de músico dionisíaco. En El caso Wagner, por el contrario, representativo del vuelco que la opinión de Nietzsche habría sufrido, lo considera más un retórico, un representante de ideas, que un músico. Pero volvamos a GM III.

«¿Qué significa que Richard Wagner en su vejez rinda homenaje a la castidad?», concretamente en su obra Parsifal. Hubo otra época, «la más fuerte y gozosa, la más animosa», cuando Wagner pensaba en Las bodas de Lutero, donde castidad y sensualidad no exhibían una oposición trágica. Al fin y al cabo, en los seres humanos «mejor hechos y mejor humorados», esa sana contradicción –espritualización y sensualización juntas– es uno de los alicientes de la vida; Nietzsche piensa en Hafiz, en Goethe y en Feuerbach, a quien Wagner se había acercado en los años treinta y cuarenta.

«¿Acabó Wagner cambiando de ideas al respecto?», cuando recomienda la castidad contra la sensualidad. Nietzsche no se pronuncia. Lo que sí le parece claro es que acabó queriendo enseñar la castidad, «que obra milagros», como asegurará en Religión y arte, escrito wagneriano de 1880.

Aun cuando pueda haber sido una «veleidad de artista», que no necesariamente se identifica personalmente con el contenido de sus indagaciones artísticas (en las leyendas de la Edad Media), lo cierto –apunta Nietzsche– es que sí halla «un deseo y una voluntad secretos de predicar la marcha atrás, la conversión, la negación, el cristianismo»…

En El caso Wagner da cuenta, sin embargo, más detallada del carácter no dionisíaco de su música, lo que la alejaría de la vida, asociándolo así con el ideal ascético. Wagner habría defendido roda la vida –dice Nietzsche– que su 
«música no suponía solamente música», que su música ¡era más!, «significaba lo infinito».

De ahí que lo considere «el comentarista de la “idea”», dicho sea en sentido hegeliano: «algo que es oscuro, incierto, misterioso; entre los alemanes la claridad es una objeción y la lógica, una refutación». Wagner se inventó así «un estilo que “significa lo infinito”»: «La música como “idea”».

A esa música de enigmas, de símbolos, a esa policromía del ideal; de lo infinito y la significación; de Wotan y el mal tiempo contrapone Nietzsche «la gaya scienza: los pies ligeros; humor, fuego, encanto; la gran lógica; la danza de las estrellas […] el mar en calma — la perfección».

¿Qué significa, pues, el ideal ascético en el artista? «¡Nada en absoluto!»: nada concreto, tantas cosas. No son los artistas lo suficientemente independientes como para que sus valoraciones tengan interés. Así, el cambio en Wagner lo achaca Nietzsche a su embeleso con Schopenhauer, al hecho de que lo tomara por guía. Por razón –esto último– de la soberanía que Schopenhauer adjudicaba a la música: la música sería el arte independiente, que habla el lenguaje de la propia voluntad, «esencia» originaria y primigenia del mundo y de la vida. No nos habla de las cosas concretas de la vida, sino de Lo Profundo, de Lo Infinito.

Y eso hace que el músico se convierta en «oráculo, en sacerdote, […] en una suerte de bocina del “ensí” de las cosas, en un teléfono del más allá, — en lo sucesivo hablaba no sólo de música, este ventrílocuo de Dios, — hablaba de metafísica: ¿qué tiene de extraño el que un día acabase hablando de ideales 
ascéticos?
…»

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jueves, 2 de mayo de 2024

BARUCH ESPINOZA, Ética

Librerías
 Creo que el empujón definitivo para leer la Ética de Spinoza me vino dado por la insistencia de los románticos, especialmente Goethe, en su creencia descreída, además de disponer del tiempo suficiente como para leer de forma atenta y con lápiz en la mano, porque la Ética es muy exigente y reclama toda la atención, que es una manera de decir que no es fácil de leer. 

De toda ella, y perdonadme la redundancia, lo que más me ha interesado ha sido la parte ética, esto es, los libros III y IV, los que están dedicados al origen y naturaleza de los afectos y a la servidumbre humana y la fuerza de los afectos, es decir, todo cuanto tiene que ver con nuestro comportamiento en relación con nosotros mismos y con la sociedad en la que vivimos. 

Toda esa cosa de Dios como concepto que no necesita del concepto de otra cosa para formarse, y como absolutamente infinito que no contiene ninguna negación, y lo de que todo cuanto es es en Dios y sin Dios nada puede ser ni concebirse, pues está muy bien como desarrollo argumental para lo que vendrá después y, especialmente, para quienes creen, pero no participan del dogma de ninguna iglesia, para quienes necesitaban una teología sin la teología dogmática y constreñidora de las creencias del siglo XVII europeo, que eran muchas y todas muy tozudas.

Pero no pretendo inclinar a nadie a cambiar sus creencias, allá cada cuál con las suyas, forme parte o no de alguna comunidad religiosa. Y en cuanto a explicar su contenido, remito a una bibliografía que me parece muy solvente en función de la situación de partida de cada persona:

-Spinoza, capítulo de media hora correspondiente al programa de divulgación This is Philosophy. Conceptos bien explicados, muy dinámico. Vale para levantar las ganas de leer al holandés. Necesitáis daros de alta para acceder a RTVE play.

-Curso de Filosofía: Spinoza, doctrina ética. Audio muy bien hecho. 40 minutos en los que se explica con absoluta solvencia y rigor lo fundamental del libro. Como se trata de un curso, hay más capítulos dedicados a Spinoza y su pensamiento: Spinoza y sus tres grados de conocimiento.Metafísica.Baruch Spinoza, introducción a su vida y pensamiento.,Spinoza, el MalditoPolítica de Spinoza, el capitalismo holandés.Baruch Spinoza, Ética (selección leída de textos).. Muy completo.

-Historia de la filosofía IV, Baruch Spinoza. De Frederick Copleston. Un clásico que conviene tener siempre a mano. 

-Spinoza: Filosofía práctica. Deleuze. Muy bueno, pero no creo que esté al alcance de cualquier lector que no haya sido iniciado en la lectura de textos de filosofía.

-El milagro Spinoza. Frédéric Lenoir. Sin ninguna duda, el mejor libro para conocer el pensamiento y alcance de la obra espinosista. Divulgación de muy alta calidad apta para todos los públicos. Claro, riguroso y sencillo. La mejor opción para empezar. Incluso para engancharse definitivamente.

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sábado, 27 de abril de 2024

GRANDEZA DE CAMUS

Editorial
Traducción: Goedele De Sterck
No conocía esta anécdota de Camus que encuentro en el libro de Riemen, Nobleza de espíritu, que es, por cierto, el libro que me ha llevado a sumergirme en la lectura de la Ética de Spinoza, además de ser una delicia para cualquier persona con nobleza de espíritu.

El libro recoge tres ensayos breves: El tiempo mesurado de Thomas Mann, El filósofo-rey y ¡Sé valiente! En el segundo de ellos es donde aparece la anécdota que voy a transcribir. Se trata de una conversación entre Malraux, Koestler, Sartre y Camus. 

El 29 de octubre de 1946, de noche ya, cuatro hombres se dirigen a una casa en las afueras de París, junto a Bois Boulogne. Se trata de una verdadera mansión, decorada con una imponente colección de cuadros y esculturas. André Malraux, el anfitrión, da la bienvenida a los cuatro invitados, a los que conoce muy bien. Además de adinerado y famoso, el escritor, político e intelectual de reconocido prestigio goza de mucho poder en la Francia de la posguerra, al tener en el general De Gaulle a un seguidor interesado y atento. Entre los invitados está relectual húngaro Arthur Koestler, que durante el conflicto bélico adquirió renombre con su novela El cero y el infinito (1940), una amarga denuncia de la falacia y la violencia del estalinismo. Ha venido acompañado de su amigo Manès Sperber, escritor y psicólogo judío-alemán. También asiste a la velada Jean-Paul Sartre, simpatizante de la URSS, antiamericano convencido y, por tanto, polo opuesto de Koestler. El cuarto invitado, el más joven de todos, es el escritor y periodista Albert Camus. 

El intercambio de ideas parte de una preocupación común: la situación política y sus consecuencias para la arruinada civilización europea. La guerra ha terminado. Estados Unidos ha resultado vencedor y se ha eri el potencia nuclear. La Rusia estalinista también ha salido victoriosa y le falta poco para hacerse con la bomba atómica. Los cuatro hombres están persuadidos de que los intelectuales han de tomar la iniciativa frente a ambas superpotencias. En adelante hay que proteger los derechos humanos en todas partes. En la propia Francia, la Ligue des Droits de |'Homme está demasiado vinculada al Partido Comunista Francés que, a su vez, se deja llevar por Moscú. Se plantea la pregunta de si no sería preferibles fundar una nueva organización para la defensa de los derechos humanos, más independiente y de trascendencia internacional. 

[... Intervienen Koestler, Malraux y Sartre exponiendo sus opiniones]

—¿No creen que todos somos responsables de la falta de valores? —pregunta Camus—. ¿Y que si todos nosotros, que procedemos del nietzscheísmo, del nihilismo o del materialismo histórico, confesáramos públicamente que nos hemos equivocado, que existen valores y que en lo sucesivo haremos lo que sea necesario para fundarlos e ilustrarlos, eso podría ser el comienzo de una esperanza?

Koestler mueve la cabeza en señal de aprobación; Malraux contempla su cigarrillo y piensa que semejante razonamiento no sirve a sus fines políticos, y Sartre decide no volver a pisar jamás aquella casa, al tiempo que se propone explicárselo todo de nuevo a Camus en otro momento. La conversación ha sido breve: todo está dicho. Es hora de marcharse. De vuelta a casa, Camus recoge la discusión en su cuaderno de notas.


Luego continúa Riemen con su reflexión: 

No podemos olvidar este diálogo —a pesar de su brevedad y del ambiente de crispación— porque profundiza en la esencia de la civilización, en cómo esta puede irse a pique, en la tarea de los intelectuales y en lo que significa su traición. 


Civilización. No puede haber civilización sin la conciencia de que el ser humano tiene una doble naturaleza. Posee una dimensión física y terrenal, pero se distingue de los animales por atesorar a la vez una vertiente espiritual: conoce el mundo de las ideas. Es una criatura que sabe de la verdad, la bondad y la belleza, que sabe de la esencia de la libertad y la justicia, del amor y la misericordia. El fundamento de cualquier civilización hay que buscarlo en la idea de que el ser humano no debe su dignidad y su verdadera identidad a lo que es —carne y hueso— sino a lo que debe ser: el portador de dichas cualidades vitales eternas. Estos valores encarnan lo mejor de nuestra existencia: la imagen de la dignidad humana. "La gravedad material hace precioso al otro, y la moral a la persona", sentencia Baltasar Gracián en su magistral Oráculo manual y arte de prudencia (1646). 

Estos valores son universales porque se aplican a todos los hombres, y son atemporales porque son de todos los tiempos. La cultura se define como el conocimiento y la organización de todas estas cualidades espirituales inmateriales, reunidas en el patrimonio cultural. Solo reviste calidad las obras atemporales, aquellas que nos siguen fascinando generación tras generación, puesto que son la únicas en expresar una realidad atemporal, una idea. Este requisito de atemporalidad hace que toda cultura, todos los valores espirituales, se tornen vulnerables. La cultura ha de ser desinteresada y no utilitaria. Ahí está el secreto de su significado atemporal. Trátese de una catedral, un poema, una imagen, un relato, un cuarteto para cuerda o una canción, ninguno de ellos puede tener función ni utilidad por naturaleza. Todas estas obras nos cuentan algo a nosotros, no viceversa.

[...]

Y más adelante cita a Goethe (que era spinozista en su concepción de la divinidad y la naturaleza, Deus sive Natura): "La civilización es un permanente ejercicio en el respeto. El respeto a lo divino, a la Tierra, al prójimo y, por ende, a nuestra propia dignidad"(pp 85-91).

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lunes, 8 de enero de 2024

POEMA DE LA DURACIÓN, Peter Handke

Editorial
No es necesario saber nada de Bergson para leer y disfrutar durante media hora de la lectura de este extenso poema de Handke, pero yo creo que se disfruta con mayor intensidad si se tiene en cuenta 
cuál era la concepción del tiempo del filósofo francés, así pues, yo recomiendo pasar por el enlace que he dejado en su nombre y echar un vistazo sobre eso de la durée y la intuición. Para quienes no tengan ganas, el prólogo de Eustaquio Barjau es más que suficiente para entender de qué va el asunto. Y quien se muestre remiso a la lectura del mismo, tal vez se conforme con que tenga en cuenta que lo de la duración va del tiempo vivido con plena conciencia, sustancialmente, lentamente, profundamente. Un saborear lo que vivimos. Algunos fragmentos como invitación a la lectura:


Esta duración, ¿qué era?

¿Era un lapso de tiempo?

¿Algo mensurable? ¿Una certeza?

No, la duración era un sentimiento,

el más efímero de todos los sentimientos;

(...)

Goethe, mi héroe

y maestro de la palabra objetiva,

una vez más has acertado:

la duración tiene que ver con los años,

con los decenios, con el tiempo de nuestra vida;

la duración es el sentimiento de la vida.

(...)

Necesario, en cambio, distinguir:

también "los sorprendentes milagros del momento,

tampoco son ellos los que engendran

lo duradero que hace feliz,

lo duradero en su tranquilo poder".

(...)

No obstante, aproximarme a la esencia de la duración

es lo que me gustaría,

poder referirme a ella de un  modo vago, hacerle justicia,

hacerla vibrar,

es esta esencia que, una y otra vez, me da el impulso.

Pero entonces lo primero que me viene es sólo una letanía

de palabras aisladas:

fuente, nieve recién caída, gorriones, llantén,

amanecer, atardecer, venda, unísono.

(...)

El poema de la duración es un poema de amor.

(...)

La duración no desplaza,

me coloca donde debo estar.

Saliendo de la luz de foco del diario acontecer,

huyo decidido al incierto campo de la duración.

(...)

Edición bilingüe. Traducción de Eustaquio Barjau.

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lunes, 18 de septiembre de 2023

ÚLTIMAS CARTAS DE JACOPO ORTIS

Ejemplar de la biblioteca de Durango
Lo mismo que una idea te lleva a otra, un autor te lleva a otro en ese afán por entender mejor textos, comportamientos, influencias. Sabido es que el Jacopo Ortis de Foscolo tuvo una gran influencia en el desarrollo del romanticismos italiano en general y en el de Leopardi en particular. Como no lo había leído, lo solicité a través de ese magnífico servicio interbibliotecario que nos pone al alcance títulos de otras bibliotecas del País Vasco.

No sé si es necesaria esta advertencia, pero yo la hago por si acaso: los textos de los que aquí doy noticia no van dirigidos a quienes tienen por lecturas habituales la novela de distracción. Puede que sean una parte importante del mercado del libro, pero no forman parte de la historia de la literatura. Conozco muchas personas que leen habitualmente ese tipo de historias, pero que nunca leerán el Quijote porque están convencidas de que leerlo es un solemne aburrimiento y una pérdida de tiempo. La obra de Foscolo, como la de Goethe, la de Flaubert o la de Virgilio no es para esas personas. Hecha esta advertencia, voy con el asunto.

Las Últimas cartas de Jacopo Ortis tienen cuatro grandes pilares temáticos en torno a los cuales se articula toda la novela. En primer lugar, nos encontramos con una narración de carácter epistolar, tal y como realizó Goethe en su Werther. En este caso es el joven Jacopo/Ugo quien escribe cartas a su amigo Lorenzo, y lo que le va contando —sus cambios anímicos, sus ideas políticas, lo que le acontece con las personas a las que conoce— es lo que constituye el contenido de la narración.

En segundo lugar, es un obra de carácter militante, políticamente militante, pues su autor es un comprometido defensor de la unidad italiana antes de que aparezca ese movimiento que se llamó Risorgimento y sobre el que esta obra tendrá una influencia innegable. De hecho, la primera carta con la que se abre el texto comienza así: El sacrificio de nuestra patria se ha consumado: todo está perdido; y la vida, si se nos concede, no nos quedará sino para llorar nuestra desdicha y nuestra infamia. (En 1797 Napoleón firmó con Austria el Tratado de Campo Formio mediante el cual la República de Venecia pasaba a formar parte del territorio austríaco).

En tercer lugar, y ahí sí coincide con el Werther, es la historia de una pasión amorosa, del amor que el protagonista siente por una mujer, Teresa/Isabella Ronconi. Un sentimiento amoroso cuyo objetivo nunca podrá ser alcanzado, lo que llevará al suicidio, y en esto también se cumple con el ritual romántico de la época.

Por último, nos encontramos con un pensamiento existencial claramente pesimista que impregna el ser y el padecer del personaje, que recorre toda la historia y que puede sintetizarse en frases como tú serás siempre infeliz (carta del 8 de febrero), o el género humano es esta cohorte de ciegos que tú ves chocar, pelearse, batirse y encontrar al fin el sumergirse dentro de la inexorable fatalidad. ¿A qué, pues, seguir, o temer lo que te debe suceder? (carta del 3 de enero). De este pesimismo ontológico beberá Leopardi.

La traducción es de Andrés González-Blanco.

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sábado, 13 de mayo de 2023

HEINRICH HEINE

Fuente: Wikipedia.

Siguiendo la tradición tan germánica de poner música a los poemas, Heine también recibió una amplia atención por parte de compositores como Schumann, Schubert, Mendelssohn, Liszt, Brahms, Pfitzner, Wolf, R. Strauss y otros más. Este Libro de las canciones se convertiría pronto en uno de los libros de poemas más atendidos por el público lector y por los músicos del siglo XIX.  

Las composiciones que más gustaban en su tiempo eran las más propia y tópicamente románticas, es decir, las canciones de amor y desamor, que se movían entre lo profundamente melancólico y las manifestaciones de amor eterno. Un ejemplo: 

XL

Cuando oigo la cancioncilla 
que me cantaba mi amada
quiere atravesarme el pecho
un impetuoso dolor.

Un oscuro anhelo entonces
me lleva a lo alto del bosque,
y allí se desata en lágrimas
mi inacabable aflicción.

(Traducción: Jesús Munárriz. Intermezzo lírico, 2020). 

Y aquí interpretada magistralmente por Thomas Quasthoff. La partitura fue creada por Schumann. 


Sin embargo, su evolución de poeta romántico hacia poeta político, si bien valió para que sus compatriotas Engels y Marx lo consideraran el poeta alemán más importante después de Goethe, hizo que perdiera el favor de la crítica y de los textos escolares durante mucho tiempo. Todavía en 1936, un tal Lutz exigía que se le condenara al ostracismo literario: Heine no debe figurar en ningún manual de literatura ni en ninguna antología escolar. No debe investigarse sobre Heine, ni editor alguno debe publicar su obra (estamos en pleno auge del nazismo). 

Todavía en 1966 se podía leer en un informe sobre la enseñanza en la República Federal: Para quien estudiaba literatura en una escuela federal después de 1945, el nombre de Heine apenas le decía nada, a no ser que hubiera tenido un profesor especial. En los planes de estudio, en los manuales de lectura y en las antologías, Heine, caso de figurar, ocupaba un lugar inferior a autores como Eichendorff, Hauptmann o Kafka (sic).

Las dos citas las he tomado de Historia de la literatura alemana, Cátedra, 1991.

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jueves, 16 de marzo de 2023

CELEBRACIÓN DE LA POESÍA CON ALGUNOS POEMAS ADMIRABLES




QUIENES PONEN LOS VERSOS:

La paz y la guerra:
Blas de Otero
La vida:
El amor:
La muerte:
Deseos:


Lo demás lo pondremos David (con el permiso de Brouwer, Gangi, Llobet, Tárrega y compañía) y yo. Intentaremos que las palabras suenen lo mejor posible, se sientan cómodas y podamos disfrutar de ellas tal y como se merecen, porque la poesía deleita y enseña a cuantos con ella comunican (Cervantes en La gitanilla).

Entrada libre hasta completar aforo.

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jueves, 23 de febrero de 2023

MUSIKA MÚSICA 2023


MUSIKA-MÚSICA se celebrará el primer fin de semana de marzo –días 3, 4 y 5– bajo el título de Notak & Letrak. En total, más de 70 conciertos en tres días, en diferentes espacios de forma simultánea en el Palacio Euskalduna.

El Teatro Arriaga acogerá el viernes 3 de marzo, a las 19:00 horas, el concierto de apertura con El sueño de una noche de verano, de Mendelssohn, composición inspirada en la obra homónima de teatro de William Shakespeare.

Este será el primero de los distintos diálogos entre música y literatura que recorrerán el Festival a través de las obras de compositores como Beethoven, Liszt, Chaikovski, Purcell, Schubert, Schumann, Bizet, Strauss o Marais entre otros, y las obra escrita de Byron, Virgilio, Goethe, Ibsen, Ovidio, Cervantes, Shakespeare o Tolstoi.

PROGRAMA

ENTRADAS

INTÉRPRETES

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miércoles, 28 de diciembre de 2022

LA SABIDURÍA DE LO INCIERTO, Joan-Carles Mèlich

Editorial
Tengo debilidad por los libros cuyo tema principal sea el libro, la lectura. Un comienzo así me impide dejar de leer:

Pórtico

La gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado ochenta años para conseguirlo y todavía no sabría decir si lo he logrado.

                                  J. P. ECKERMANN, Conversaciones con Goethe

No sé leer. ¿Acaso alguien podría decir que sabe? Nos pasamos la vida leyendo, pero nunca aprendemos. Nadie sabe leer porque la lectura no es una competencia que pueda adquirirse de una vez por todas, sino una "forma de vida", y nadie sabe vivir. Siempre existimos a la primera, rodeados de ignorancia, de preplejidad y de duda. Leer es detenerse un instante en el flujo del tiempo y enfrentarse a algo que nos interroga y desafía, es iniciar un viaje que nunca se sabe adónde conduce, es caminar y perderse en un texto, como quien se pierde en un bosque, y correr el riesgo de salir siendo otro distinto del que se era al principio. Leer es releer, regresar una y otra vez sobre los libros que nos interpelan, esos que, aunque a veces estén lejos, nos siguen sacudiendo como la primera vez. Es dejarse afectar por la palabra de alguien que no está físicamente presente pero tampoco está del todo ausente. Es escuchar voces que vienen de lejos y enfrentarse a una escritura que dice pero que no responde, que en ocasiones ofrece consuelo, aunque la mayor parte de las veces lo que provoca es desasosiego.

Leer es inquietante.

(p 15)

Y seguí leyendo, y leyendo, y leyendo. Y me encotré con Cervantes y con Platón y con Flaubert y con Kafka y con Montaigne y con Zambrano y con Nietzsche y con Cartarescu y con Virginia Woolf y con Samuel Beckett y con Dostoievski y con Descartes y con Freud y…

Y terminé el libro y cuando iba a preparar este comentario, me encontré con el mismísimo Mèlich que decía esto:


Si alguna de vuestras pasiones, aunque sean pasiones pequeñitas, es la lectura, la filosofía, el pensamiento, darle vueltas a las palabras, buscar el sentido de un texto, disfrutar con los libros..., leedlo, os va a encantar.

Una nota final: si queréis escuchar la lectura de algunas páginas del libro salpimentadas con buena música, acudid a este enlace. Otra debilidad.

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miércoles, 14 de diciembre de 2022

DESPUÉS DE LEER A BLAKE


1. No sé nada acerca del funcionamiento del cerebro. Ignoro, por tanto, si Blake padecía algún tipo de dolencia mental.

2. Toda literatura se hace con palabras. Las palabras tienen significados. Solo la gran literatura es capaz de situarse por encima de los significados sin importar que recurra a enunciados y expresiones simples o complejas:

Estos días azules y este sol de la infancia

(A. Machado). 

Para ver un mundo en un grano de arena 
y un paraíso en una flor silvestre,
sostén el infinito en la palma de la mano
y la eternidad en una hora.

(Augurios de inocencia. W. Blake).

3. Cuando un texto es capaz de capturar instantáneamente nuestra atención, cuando penetra en nuestro ser más íntimo y despliega un cúmulo de sensaciones, cuando rememora mundos, imágenes e ideas que se encuentran más allá de las palabras con las que ha sido compuesto, cuando puede explicar aquello que se sitúa en la zona más íntima del ser...; entonces y solo entonces estamos ante la gran literatura, estamos ante el esplendor de lo sublime, ante la expresión de la belleza (ya sea insondable, terrible o francamente amable).

4. Blake parte de una doctrina artística basada en la negación de la razón urizénica (Urizen), es decir, empírica. En su opinión es necesario ver con la Imaginación. Que cada cual se sitúe donde mejor le convenga para comprender el mundo y sus gentes. Eso no afecta a la creación literaria.

5. Es innegable que la poesía de Blake tiene un fuerte componente filosófico. Dicho de otra manera: parte de una forma de entender la realidad que no es ni la de los ilustrados ni la de la física newtoniana.

6. Determinar si Blake construye una mitología para explicar el universo trascendente o no es algo que quizás no pueda explicarse nunca. Eso tampoco afecta a la literatura.

7. Termino recordando las palabras de Goethe, quien, por cierto, se sitúa bastante lejos del pensamiento de Blake (o, tal vez, no tanto): una buena obra de arte tiene y tendrá siempre consecuencias morales; pero exigir fines morales a un artista significa malograrle su oficio (Poesía y Verdad, Alba, 2017).

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miércoles, 16 de noviembre de 2022

COSAS DE LA INFANCIA, DE LOS BULOS Y DEL INGENIO POPULAR

Durante el final del verano he estado enredado con la vida de Goethe y la sociedad alemana de la época. Ya tenía olvidado el tema cuando he encontrado una pequeña anotación, "Mambrú". La recupero ahora.

Me sorprendió enterarme de que la célebre Mambrú se fue a la guerra, que yo creía propia de los juegos infantiles de España, también lo era en la Alemania del XVIII ¿lo seguirá siendo?

Miro en Wikipedia 📗📘📙y veo que ofrecen la letra en francés, inglés, alemán y castellano. Eso me sorprende aún más. Mambrú era inglés y que la canción se extienda por los dominios de la pérfida Albión tiene su guasa. Es algo así como una venganza poética. 

Situémonos. El tal Mambrú de la canción era el duque de Malbourough (John Churchill, antecesor del más famoso aún Winston Churchill). Corría el año 1709. Europa estaba empantanada en la guerra de sucesión española (1701-1713), esa que puso en el trono a los Borbones. Pero no se combatía solamente en territorio peninsular y la coalición de Austria, Inglaterra y Holanda, dirigida por el duque de Malbourough, derrota a las tropas francesas en Malplaquet

Los franceses, para desahogarse, por rabia o a saber por qué, comienzan a extender el bulo (las noticias falsas nacieron con la palabra) de que Malbourough ha muerto y sacan la cancioncilla que luego se haría muy popular cuando María Antonieta (la de la guillotina) la canta en la corte (parece que la aprendió de su nodriza) y se extiende rápidamente por todo el país... y por media Europa.

Supongo que en la actualidad ni la infancia francesa ni la española ni la alemana ni la inglesa la conoce. Pero si colocáis el título en el buscador de Google os encontraréis con numerosos vídeos y versiones en cada uno de esos idiomas. 

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Путин, немедленно останови войну!

viernes, 11 de noviembre de 2022

CARLOS SANZ EN KUBO KUTXA




Toda manifestación creativa supone un estímulo, provoca una reacción, es un acicate para ver y entender la realidad desde otro punto de vista distinto, el punto de quien nos ofrece su mirada. Luego puede gustarnos o no, podemos estar de acuerdo o no, puede satisfacer nuestra manera de sentir y entender la realidad o no..., pero todo eso viene después, cuando hayamos realizado el ejercicio de bucear en la técnica, en las influencias, en las circunstancias vitales e intelectuales, en los parámetros de la época y en todas aquellas eventualidades que condicionen en mayor o menor medida la obra y su creación.


La obra de Carlos Sanz (1943-1987) no es precisamente una obra amable, que se deje querer en una primera mirada. Tampoco lo era la de Francis Bacon (1909-1992), autor de enorme éxito internacional con quien, por cierto, puedo ver algunas similitudes. Pero no son las posibles influencias las que quiero traer hasta aquí, sino el hecho de que la obra no tiene por qué resultar atractiva en una primera mirada para ser poseedora de una gran calidad. Tampoco a la inversa.


Creo que lo más interesante de cualquier obra de creación es la capacidad que pueda tener para conmocionarnos, de provocarnos algún tipo de reacción, de dar un golpecito en nuestra conciencia ya sea moral, intelectual o estética. Nada sería peor que la indiferencia ante la obra. Otra cosa es que después tengamos que preguntarnos por nuestras reacciones. Por ahí se comienza. Más adelante echaremos mano del análisis, de la información y del estudio. 


Si aceptamos ese previo para situarnos, sepamos algo o nada de la historia del arte y sus vicisitudes, reconoceremos que la capacidad de Sanz para estimular los resortes de nuestra sensibilidad son, efectivamente, muy poderosos. De forma inmediata percibimos la angustia, la soledad, la visceralidad del dolor humano, el sufrimiento en un estado casi puro. 

Bueno, no todo es así. Los pequeños collages con los que se inicia esta entrad rezuman mucho humor y mucha ironía. Son crítica social, pero crítica acompañada de sonrisa.


El mundo no es ni bello ni bueno. O tal vez sí. Eso dependerá del momento y de nuestro estado de ánimo, pero eso no le compete a quien crea. Como dejó escrito Goetheuna buena obra de arte tiene y tendrá siempre siempre consecuencias morales; pero exigir fines morales a un artista significa malograrle su oficio (Poesía y verdad, Alba, p 556).



Hasta el 22 de enero.

De martes a domingo: 12:00h-14:00h y 16:00h-20:00h.

Entrada gratuita.


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sábado, 22 de octubre de 2022

GOETHE, RÜDIGER SAFRANSKI

Editorial
Quien guste del género biográfico y quiera adentrarse en la vida y milagros del padre de la literatura alemana no puede privarse de leer la obra de Safranski, la obra de referencia sobre el genio alemán. Sus 600 páginas son una cumplido y apasionante recorrido por una de las vidas y obras más interesantes de la cultura europea. El párrafo inicial del prólogo ya nos pone sobre aviso:

Goethe es un acontecimiento en la historia del espíritu alemán..., un acontecimiento que, a decir de Nietzsche, careció de consecuencias. Pero lo cierto es que sí las tuvo. Aunque no dio un cauce más favorable a la historia alemana, es incuestionable que, en otro aspecto, Goethe tuvo una enorme trascendencia, y la tuvo como ejemplo de una existencia lograda, capaz de unir riqueza espiritual, fuerza creadora y prudencia ante la vida. La suya fue una vida rica en tensiones, que se encontró con ciertas dádivas en la cuna, pero que también hubo de luchar, pues desde edentro y desde fuera la amenzaban peligros y tribulaciones. Lo que no deja de fascinar es la figura individual de esta vida (p 21).

Leer la biografía que Safranski le dedica supone poder disfrutar de una visión pormenorizada y sugestiva de cuanto ese párrafo anuncia. No defrauda en absoluto y tiene la virtud de provocar el deseo de leer a Goethe que, tal vez, es lo mejor que se puede decir de una biografía, que despierte las ganas de leer la obra del biografiado.

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Más información:
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lunes, 17 de octubre de 2022

GOETHE Y LA CATEDRAL DE ESTRASBURGO

Portada principal de la catedral de Estrasburgo.

 Cuanto más contemplaba su fachada, tanto más se reforzaba y desarrollaba aquella aquella primera imporesión de que en ella se había aliado lo sublime con lo agradable. Si no queremos que lo colosal nos asuste cuando se nos aparece en toda su dimensión, si no queremos que nos aturda al tratar de escudriñar su particularidad, tiene que darse una unión antinatural y aparentemente  imposible: a lo colosal debe añadirse lo agradable. Pero como solo nos resulta posible expresar la impresión de la catedral al imaginar unidas aquellas dos cualidades irreconciliables, resultará fácil deducir la alta estima en la que debemos tener a este antiguo monumento. A continuación emprenderemos seriamente una descripción de cómo pueden imponerse y relacionarse pacíficamente elementos tan antagónicos (Poesía y verdad, libro IX, p 91).


Este párrafo y las tres páginas que siguen forman parte de una de las primeras revalorizaciones del arte gótico, tan desprestigiado durante los siglos XVI y XVII. Fueron la Ilustración e intelectuales como Goethe y Hegel, quienes con sus escritos impulsaron un cambio en la apreciación de este estilo arquitectónico.

Y hay una curiosa anécdota que dota de atractivo especial a la catedral. Tiene que ver con la estancia de Goethe en la ciudad para estudiar Derecho y con su enorme fuerza de voluntad. Así la contaba él:

En esta casa de la calle Vieux-Marché-aux-Poissons estuvo alojado durante esos dos años.

Pero por encima de todo me atemorizaba un mareo que me acometía cada vez que bajaba la vista desde alguna altura. quise eliminar todos estos defectos y, como no quería perder tiempo, lo hice de un modo algo brusco. Por la noche, durante la retreta, pasaba por delante de todos los tambores, cuyos violentos redobles y compases parecía que iban a hacerme estallar el corazón en pedazos. También subía al punto más alto de la torre de la catedral y permanecí sentado cerca de un cuarto de hora en el llamado pináculo, justo debajo del remate —o de la corona, si se prefiere—, hasta que reuní el valor suficiente para salir al exterior, donde en una plataforma de apenas una vara de lado y sin poder agarrarme especialmente a nada, podía ver frente a mí la interminable región, al tiempo que el entorno y los adornos más próximos tapaban la iglesia y todo lo que me sostenía. Era exactamente como verse elevado por los aires en un montgolfier. Me sometí a este temor y tortura tantas veces como hizo falta para que la impresión se me volviera completamente indiferente (p 383, misma edición).


Otra curiosidad: hoy los 142 metros de altura que tiene pueden parecernos poca cosa, pero en vida del escritor alemán era el edificio más alto del mundo y los siguió siendo hasta 1874. 

También alberga un fascinante reloj astronómico que merece la pena ver en funcionamiento.


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