Mostrando las entradas para la consulta La literatura admirable ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta La literatura admirable ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de abril de 2024

GUERRA Y PAZ, Tolstói

Traducción: Serge T. Baranov y N. Balmanya
Supongo que la época de leer las grandes novelas del XIX es el período de formación juvenil, pero solamente leí unas pocas en aquel período y ha sido este año cuando me he dedicado a esta inmensa Guerra y paz cuya edición, la que aquí aparece, tan solo tiene un año menos que yo y que he heredado hace relativamente poco tiempo. 

Dejando a un lado la traducción, o más precisamente, el español al que se vertió en su momento la novela, debo admitir que todavía estoy impresionado (terminé de leerla hace poco más de una semana) y solamente quiero exponer aquí algunas razones que incidan en por qué debe alguien leerla... si es que no la ha leído. 

¿Por qué alguien del siglo XXI debería leer Guerra y paz?

  • Porque se trata de un clásico de la literatura universal, de esos libros que siempre citaríamos entre las cien novelas más... de la historia de la literatura. Aunque esto tal vez carezca de importancia para mucha gente. Pero dicho queda.
  • Porque Tolstói logró escribir una magnífica epopeya que, si bien comienza siendo una indagación acerca de lo que podríamos señalar como sus antepasados familiares, según vamos avanzando vamos descubriendo cómo se transforma en una gigantesca panorámica sobre la historia rusa que nace con la revuelta decembrista (1825) y se convierte en un profundo análisis de las historia rusa, los distintos estratos sociales que conforman su sociedad, y una búsqueda incansable de los muchos porqués en torno a la historia, la sociedad, las creencias religiosas, las relaciones humanas y, sí, también sobre la violencia y el pacifismo. (Debo recordar aquí que fue Gandhi quien se puso en contacto con Tolstói, a quien admiraba por su convencimiento sobre el tema —no hay que combatir el mal con violencia—).
  • Porque Tolstói no predica, no alecciona, sino que escribe una fantástica historia con una calidad narrativa excelente y son los hechos y sus consecuencias, junto con la masa coral de personajes y sus decisiones quienes nos hablan. 
  • Porque se trata de un estupendo friso socio-histórico donde podemos ver en vivo y en directo el enfrentamiento entre dos maneras de entender el mundo: la civilizada, de la que procede el propio autor y cuyas convenciones, ritos y costumbres repudia, y la natural, donde lo importante es la actuación espontánea dirigida por las pautas que marca la propia naturaleza. (Aquí también podemos ver la contradicción que supuso, como en casi toda Europa, el choque entre las ideas liberales, progresistas, afrancesadas, que buena parte de la nobleza y la intelectualidad rusa defendían y el patriotismo que suponía oponerse al enemigo invasor, que era quien traía aquellas ideas, el primogénito endiablado de la revolución francesa, Napoleón).
  • Porque —y con esto termino, que no quiero ser pesado— es el magnífico uso de ese recurso literario que se conoce con el nombre de extrañamiento. No es Tolstói quien lo inventa ni lo usa por primera vez. Ya se utilizaba incluso en los cuentos populares. La cuestión es que él se vale muy eficazmente de este recurso para poner en tela de juicio dogmas, ritos y costumbres aceptados hasta entonces con naturalidad, pero que gracias a su uso nos dimos cuenta de que no siempre lo que habíamos estando aceptando como natural o de sentido común tenía por qué serlo. Como decía el propio Tolstói: La inteligencia que yo tengo y que me gusta en los otros es la que se da cuando un hombre no cree en teorías, sino que, haciéndolas avanzar, destruye cada una de ellas y, sin culminarlas, construye otras nuevas (tomo la cita de Ricardo San Vicente, La literatura admirable, p 461).

Más de mil páginas llenas de gran literatura.

***


lunes, 18 de diciembre de 2023

GÉRARD DE NERVAL

Editorial
Voy a realizar una afirmación un tanto arriesgada: quienes se adentran mucho en el estudio de la obra de alguien parecen quedar atrapados en una especie de síndrome de Estocolmo literario y terminan considerando esa obra objeto de su estudio como una de las mejores de su época, país, idioma o sea el que sea el ámbito considerado. La alabanza y el cariño por la persona objeto de estudio es siempre encomiable, pero, tal vez, no favorezca una actitud muy objetiva. 

Dejo bien claro por adelantado que no tengo la información suficiente para poner en duda o negar estas aseveraciones sobre Nerval: Hoy en día es sin duda uno de los poetas franceses que más dan que escribir, y "El Desdichado" es quizá el soneto más famoso de la lengua. Seguramente no hay otro poeta en el mundo (ni siquiera Mallarmé, aunque tal vez hubiera podido) que haya conseguido una admiración tan unánime con un logro tan breve: doce sonetos que caben en cinco o seis páginas. Porque ni aun Aurelia le habría valido el lugar de privilegiado que tiene hoy entre los padres de la literatura si Las quimeras no hicieran de él, más allá del escritor lúcido, del precursor involuntario y fatal, del testigo valeroso de una experiencia que él legitima de una vez por todas para nosotros, algo que sigue pareciéndonos más admirable y desconcertante aún: el visionario inspirado y mágico, casi el arquetipo, para nosotros, del poeta (p 14 del prólogo).

Ciertamente, todas las afirmaciones están muy matizadas. Dejémoslas ahí.

Ahora, el soneto: 

EL DESDICHADO

Yo soy el Tenebroso, — el Viudo, — el Sin Consuelo,
Príncipe de Aquitania de la Torre abolida:
Mi única Estrella ha muerto, —mi laúd constelado
También lleva en sí el Sol 
negro de la Melancolía.

En la 
nocturna Tumba, Tú que me consolaste,
Devuélveme el Pausílipo y la mar italiana, 
La flor que prefería mi pecho desolado,
Y la Parra en que el Pámpano con la Rosa se une.

¿Soy Amor o soy Febo?.. ¿Lusignan o Biron?
Mi frente aún está roja del beso de la Reina;
En la Gruta en que nada la Sirena he soñado…

Y vencedor dos veces traspuse el Aqueronte:
Modulando tan pronto en la lira de Orfeo
Suspiros de la Santa, — como gritos del Hada.


Traducción: Tomás Segovia.

Monumento a Nerval, Plaza de la Torre de Santiago.
Grabados en la piedra los dos primeros cuartetos.

Podéis leer algunos poemas de Nerval en estas páginas:


viernes, 25 de marzo de 2022

LA ESTATUA DE BOLÍVAR, PREMIO INTERNACIONAL POESÍA JOVELLANOS

El IX Premio Internacional de Poesía Jovellanos se falló el 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía.

El breve y admirable poema ganador es este:



LA ESTATUA DE BOLÍVAR



En su cabeza,

una paloma.

Sobre su vientre,

un grafiti.

En una mano,

cuatro dedos.



Ser hombre es la peor de las vocaciones.

Ser héroe, el más equívoco de los destinos.



En la soledad del mármol

ningún prócer es feliz.




Óscar Eduardo Soto, según informa la organización del premio, es profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana y narrador oral escénico. Su tesis de pregrado, que consistió en la esquematización de un montaje de narración oral para sala, fue merecedora de una Mención de Honor por parte de la universidad y un reconocimiento en el Laboratorio de Narración Oral Ágora 2020. Como cuentero, ha recorrido escenarios en los departamentos de Cundinamarca, Huila, Cauca, Valle del Cauca y Nariño. Como literato, sus líneas de investigación son la literatura latinoamericana del siglo XX, la teoría de la adaptación y la teoría de la recepción. Actualmente es estudiante de la Maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana.

En la página de la Radiotelevisión del Principado de Asturias podéis oírle leer su poema.
***


Путин, немедленно останови войну!

sábado, 9 de enero de 2021

LAS MUJERES QUE SALVARON LA VIDA DE UNOS HOMBRES

Librerías que disponen de él.
El emperador Conrado III, habiendo sitiado a Güelfo, duque de Baviera, no quiso condescender a condiciones más suaves, a pesar de las muchas satisfacciones viles y cobardes que le ofrecieron, que las de permitir salir únicamente a las damas sitiadas con el duque, honor a salvo y a pie, con todo lo que pudieran llevar consigo. Ellas, con grandeza de corazón, urdieron cargar sobre sus hombros con sus esposos, hijos y con el mismo duque. El emperador hubo tan gran contento al ver la nobleza de su valor que lloró de placer y amortiguó toda aquella acritud de mortal y capital enemistad que había dirigido contra aquel conde, tratando desde entonces humanamente a él y a los suyos (Libro primero, capítulo primero, 4º párrafo. Página 41 en Cátedra, 2010. Traducción: Almudena Montojo).

Así nos cuenta Montaigne el final del sitio de Weinsberg (1140), enmarcado en las luchas entre güelfos y gibelinos o, dicho de otra manera, entre seguidores del emperador y seguidores del Papa. Dante, por ejemplo, militaba entre los güelfos.

Así lo representaba el grabado en cobre de 
Zacharias Dolendo, siglo XVI. Fueunte: Wikipedia.
Ignoro hasta qué punto Montaigne tomaba esta anécdota por un hecho histórico o simplemente la utilizó para reforzar su argumento. Supongo que estaba convencido de su veracidad. En cualquier caso, no deja de ser un relato verdaderamente emocionante y aleccionador, de esos que tanto gustaban al pensador francés para resaltar las cualidades de abnegación y generosidad que nos marcan como seres auténticamente humanos.

Y es que el relato tiene un doble valor humano, es ejemplar dos veces. Por un lado, lo que constituye el núcleo del mismo: la denodada voluntad de las mujeres empeñadas en salvar la vida a toda la población. Sin duda ese es el gesto grandioso y admirable. Pero, por otra parte, está la capacidad de emocionarse del enemigo de todos esos hombres contra los que había estado luchando enconadamente y que al ver el gesto heroico y comprometido de las mujeres, llora emocionado. Dos gestos ejemplares que ofrecen la mejor versión de humanidad.

Quedaos con la anécdota y contadla. También quien narra historias admirables está contribuyendo a fortalecer lo mejor de nuestra sufrida y desorientada humanidad. ¿Qué, si no, es lo que ha hecho la literatura a lo largo del tiempo?

viernes, 2 de octubre de 2020

LOS PAPELES PÓSTUMOS DEL CLUB PICWICK


No hay mejor remedio para el desánimo que la buena literatura de humor. O infantil, si se prefiere. Es garantía de entretenimiento y, además, la sonrisa está asegurada. Sigo prácticamente punto por punto el artículo de Jordi Llovet para señalar las virtudes de este clásico. Lo podéis encontrar como introducción a esta edición o en ese admirable libro sobre libros que es La literatura admirable.

Los papeles póstumos del Club Pickwick no es una novela precisamente original. Estas historias de caballeros y correrías había muchas en la literatura inglesa cuando Dickens la escribió. La arquitectura de la obra tampoco es que sea perfecta. Tiene sus agujeros. Las historias intercaladas, a veces, no son demasiado felices. Las escenas góticas, bueno, mejor las dejamos. 

Siendo cierto todo lo anterior, Los papeles se encuentran en un lugar de honor dentro de la literatura occidental. Para el genial Chesterton, incluso, era la obra preferida del autor. Qué tiene, pues, esta historia que tanto gustó en su tiempo y que hoy sigue gustando y se lee con verdadero placer.

En primer lugar, y por encima de todo, la facilidad con que está escrita, la naturalidad con que fluyen frases, escenas, situaciones y personajes. En Los papeles todo fluye. El dominio de la lengua de Dickens es evidente hasta en una traducción. Y la de Valverde es una gran traducción.

Después, el equilibrio entre escenas convencionales, escenas cordiales y corteses tan del gusto inglés, y las escenas más ácidas y críticas con algunos aspectos de la vida cotidiana, como las relativas a los despachos de abogados —hilarantes—. Esa combinación perfecta por la que va transcurriendo la vida londinense de principios del XIX es un estupendo reflejo de los dimes y diretes entre distintos grupos sociales durante el reinado de Guillermo IV.

Pero quizás el mayor logro del autor sea el humor amable, benevolente, blanco, bienintencionado, que envuelve todo el relato, especialmente el de su protagonista, el señor Picwick; y la lealtad y nobleza de su fiel Sam Weller. Y, claro, semejantes personajes, que se hacen querer desde la primera línea, están arropados por una forma exquisitamente cuidadosa de tratar cuantos asuntos salen al paso.

Lo más sorprendente del caso es que Dickens la escribió cuando tenía tan solo veinticuatro años. Fue, además, un encargo para que ambientara unas láminas de Robert Seymour, en aquel momento el dibujante de mayor prestigio en Inglaterra. Él tenía que componer el típico y tópico relato para ilustrar unas láminas, que se iría vendiendo por fascículos. Sin embargo, pronto puso las cosas en su sitio. La historia la escribía él y él decidiría por dónde iría marchando y qué tipo de ilustración requería. Los estereotipos y el encargo saltaron por los aires. Surgió la genialidad de un escritor torrencial que supo manejar como nadie las masas urbanas.

Si algún día necesitáis que la literatura os ayude a levantar el ánimo, ahí tenéis este novelón generosamente dispuesto a socorreros.

***

Un complemento: si cuando leas a Dickens te dejas acompañar por la excelente biografía de Ackroyd, el placer será doble, además de descubrir cuánto de autobiografía hay en las novelas del escritor.

lunes, 4 de marzo de 2019

LAGUN RECOMIENDA



Las obras dedicadas a la recomendación de libros cuentan con ejemplos admirables como La verdad de las mentiras, de Vargas Llosa, o El canon occidental, de Harold Bloom. En ambos casos no solo por la utilidad de sus recomendaciones, sino por el propio valor autónomo de sus textos. A esta estirpe pertenece La literatura admirable, el libro que dirige Jordi Llovet y en el que el mismo Llovet, junto con otros escritores como Carlos Garcia Gual, Francisco Rico, José Mª Valverde, Fernando Savater, Ignacio Echevarría, Luis Alberto de Cuenca, etc. nos hablan de las grandes obras de la literatura occidental, desde el Génesis hasta Lolita, a través de brillantes artículos que configuran un discutible pero nada arbitrario canon, de interés tanto para el lector veterano que se se reencuentra con sus clásicos, como el novel que, afortunado, empieza a introducirse en la gran literatura. No estamos, pues, ante una historia de la literatura sino ante una invitación a la lectura.

LIBRERÍA LAGUN



domingo, 10 de febrero de 2019

GIACOMO LEOPARDI, LA SOLEDAD DE LA CONDICIÓN HUMANA

Editorial
Tiene Rafael Argullol dos breves, pero extraordinariamente clarificadores trabajos sobre el poeta italiano que pueden resultar muy estimulantes para quien desee introducirse en la obra y el pensamiento de este paradigmático romántico. El primero es de 1994 y apareció en el ejemplar homónimo al ensayo sobre Leopardi, Sabiduría de la ilusión. El segundo está integrado en La literatura admirable, obra dirigida y coordinada por Jordi Llovet  y de la que nunca me cansaré de resaltar su excelencia. Del primero de ellos he tomado el sintagma para el título de la entrada.

El camino que traza el joven Leopardi hacia la soledad más radical pasa por el descubrimiento de la belleza, esto es, de la poesía o, como él mismo señaló más concretamente, por el paso de la erudicción a la belleza. Estamos en 1816. Tres años más tarde sobrevino una nueva vuelta de tuerca que supuso el paso de la belleza a la verdad. Surge lo que entonces se llamaba una poesía de sentimientos. Se consolida el pesimismo histórico, que con el paso del tiempo terminará transformándose en pesimismo cósmico. 

Giuseppe Petronio lo resume muy bien:(Leopardi), educado dentro del sensualismo ilustrado, había considerado como fin del hombre el placer, alcanzable en estado natural y perdido luego por culpa de un proceso histórico deformado. Pero, con el tiempo, advirtió que si el fin del hombre es el placer, y este le está vedado, hay una contradicción trágica entre las aspiraciones del hombre y su real condición humana, y llegó a la conclusión de que un ser que no puede alcanzar el fin para el que fue creado, es "naturalmente", es decir, necesariamente, desdichado (Historia de la literatura italiana, p 679).

He aquí expuesta, de manera tan breve como contundente, una parte esencial del pensamiento trágico-romántico del siglo XIX y que el autor de los Cantos plasmó en su descomunal diario filosófico, ZibaldoneAhora bien, siempre tendremos el consuelo de la literatura que nos ofrece un mensaje de solidaridad surgida de la conciencia misma del dolor y del mal. Ante la hostil madrastra que es la naturaleza, la humilde retama, símbolo de la dignidad y la solidaridad, osa mirar cara a cara al destino:

Aquí, en la árida falda 
del formidable monte,
desolador Vesubio,
a quien ni árbol ni flor alguna alegran
tu césped solitario en torno esparces
olorosa retama
contenta en los desiertos.

                 Comienzo del poema "La retama". Traducción de Unamuno.


***

Y para quien quiera una breve y agradable introducción al pensamiento de Leopardi, o aún no haya decidido si quiere adentrarse en la lectura del Zibaldone, nada mejor que el programa de Música y pensamiento, que Mercedes Menchero dedicó a la obra del romántico italiano.


sábado, 19 de enero de 2019

PETRARCA: UNA INVITACIÓN PARA UN DEBATE

Termina Rossend Arqués su excelente comentario sobre Petrarca en La literatura admirable con estas palabras (las negritas son mías): En la dialéctica entre el deseo y su objeto, puntal esencial de la literatura románica, en la poesía de Petrarca, como anteriormente en la de Dante, guiadas por la muerte de la mujer, los rituales y las estrategias fúnebres llenarán el espacio poético en el que se pretende recuperar al objeto amoroso, de forma que el poema se convierte en lugar de la ausencia y del vacío. Tal vez sea ahí donde los oídos de los lectores actuales pueden identificarse con las cuitas del yo lírico del Cancionero, que, moviéndose sin parar entre las contradicciones de la inmanencia, incapaz, adrede o no, de encontrar la senda de la trascendencia definitiva, deja las cosas como están, inmóvil en medio de la tempestad, en un círculo que se cierra sobre sí mismo. Si la literatura es el medio de este yo lírico, su espacio y su tiempo son literarios. De ahí que Stephane Mallarmé, y con él muchos otros poetas contemporáneos de distintas nacionalidades, de Vittorio Sereni a Paul Celan, hayan sentido aún una cierta atracción, no exenta de conflicto, por la poesía de Francesco Petrarca.

Muchos y muy ricos son los caminos por los que puede circular el estudio de la obra de Petrarca. No es el menor el de intentar averiguar cuánta realidad existe tras el nombre de Laura, que al fin y a la postre es la destinataria de una obra que fue creciendo hasta formar el muy noble conjunto de 317 sonetos, 29 canciones, 9 sextinas, 7 baladas y 4 madrigales

Otros posibles y sugerentes itinerarios podrían ser su densa complejidad expresada a través de un estilo claro como pocos y con un léxico reducido —tan solo 3275 voces han contabilizado los especialistas—; el peso específico que los textos clásicos tienen en él y particularmente el de la filosofía estoica; la concentración absoluta en la interioridad sin que se abandone la dimensión social o política; la expresión de los estados anímicos por medio de las formas métricas utilizadas; o, por terminar esta serie, los ritmos del endecasílabo con acento en la sexta sílaba y con acentos en la cuarta y la octava, lo que determina que en la poesía culta española sean los ritmos más habituales, y en los que si disponemos de tiempo, nos detendremos un momento en la tertulia de febrero.

Muchos más son los caminos que puede tomar el análisis de la obra de este italiano genial, porque esa es característica de las grandes obras: ofrecer muchas posibilidades y múltiples lecturas, y eso haciendo gala de una sencillez y claridad extraordinarias. Sin duda, el mejor de ellos es el de sumergirse en su lectura y dejarse llevar por la belleza. En este sentido, es necesario hacerse con algún Cancionero, pues la selección que he subido no es nada más que un palidísimo reflejo. Algo ayuda este programa, ya desaparecido, que combina música y palabra. Cerrad los ojos y dejaos llevar.






***
Sobre el ritmo del soneto y un ejemplo no eufónico.

lunes, 1 de octubre de 2018

EL FAMOSO MONÓLOGO DE NOVALIS


El conocido como Monólogo de Novalis es algo así como el texto más característico del idealismo mágico del autor alemán. Pero es más que eso, como bien nos recuerda R. Calasso en su La literatura y los diosesEste texto es precursor de la idea de la autonomía del lenguaje, de las corrientes filosóficas que defienden que el habla se piensa a sí misma.

Novalis tenía una curiosidad universal y una excelente preparación intelectual. Leyó con atención a los pensadores de la época y aquí, sin duda, podemos entrever cómo late el idealismo alemán, aunque vaya mucho más allá. 

No comparto el idealismo de Novalis, pero reconozco la fecundidad de sus ideas, la increíble originalidad del texto y la enorme belleza del mismo. Aquí está:

En el habla y en la escritura sucede algo loco: la verdadera conversación es un puro juego de palabras. Sólo podemos sorprendernos del hecho de que la gente, en virtud de un risible error, crea que habla por las cosas mismas. Aquello que, precisamente, el lenguaje tiene de particular, es decir el preocuparse sólo de sí mismo, es lo que todos ignoran. Por eso es un misterio tan admirable y fecundo, hasta el punto de que si uno habla sólo por hablar, expresa la verdad más esplendorosa, más original. Pero si ese mismo quiere hablar de algo determinado, el lenguaje caprichoso lo obliga a decir las cosas más risibles e incoherentes. De aquí surge también el odio que cierta gente seria siente por el lenguaje. Si tan sólo se pudiera hacerle entender a la gente que las cosas tienen con el lenguaje la misma relación que con las fórmulas matemáticas, las cuales constituyen un mundo aparte, juegan sólo con sí mismas, no expresan otra cosa que su naturaleza prodigiosa, y precisamente por ello son tan expresivas, precisamente por ello se refleja en ellas el extraño juego de las relaciones de las cosas. Su libertad es lo que les permite convertirse en articulaciones de la naturaleza, y sólo en sus libres movimientos se manifiesta el alma del mundo y hacen de sí una delicada medida y una arquitectura de las cosas. Lo mismo vale para el lenguaje: quien tenga un sentido sutil de su digitación, de su cadencia, de su espíritu musical, quien advierte en sí el delicado obrar de su naturaleza íntima, y lo sigue moviendo su lengua o su mano, ése será un profeta; por el contrario, quien sabe esto pero no tiene suficiente oído ni capacidad, escribirá verdades semejantes, pero será burlado por el lenguaje mismo y los hombres se mofarán de él, como le sucedió a Casandra entre los troyanos. Con esto creo haber indicado del modo más claro la esencia y el oficio de la poesía, pero sé también que ningún hombre será capaz de comprenderlo y habré dicho algo bastante idiota, precisamente porque he querido decirlo, y de este modo no hago surgir poesía alguna. ¿Y si en cambio me sintiera obligado a hablar? ¿Y si este impulso lingüístico a hablar fuera la contraseña de la inspiración del lenguaje, del obrar del lenguaje en mí? ¿Y si mi voluntad quisiera sólo aquello a lo que estoy obligado, no podría acaso esto, al fin, sin que lo supiera o creyera, ser poesía y hacer comprensible un misterio del lenguaje? ¿Sería entonces un escritor por vocación, puesto que un escritor es sólo aquel que se ha dejado entusiasmar por el lenguaje?

El Monólogo también está recogido en el libro Estudios sobre Fichte y otros escritos, Akal, 2007.

sábado, 4 de agosto de 2018

LA HISTORIA DE TRISTÁN E ISOLDA

Las ediciones sobre las venturas y desventuras de Tristán e Isolda, o Tristán e Iseo, como prefiráis, son innumerables desde que empezaron a transmitirse oralmente a través de trovadores medievales y a partir del siglo XII en forma escrita por Thomas de Inglaterra, primeramente, y por Béroul poco después. 

La pareja de amantes formada por el caballero Tristán y la reina Isolda, forma parte de la mitología europea, es  la primera de todas ellas y la que inspira a otras parejas tan célebres y trágicas como Romeo y Julieta, la más insigne de todas ellas. Una historia tan sugestiva y fascinante como desdichada. ¿Qué más podemos pedir para quedar atrapados en el relato?

La historia tiene todos los atractivos necesarios para subyugarnos a poco sensibles que seamos a los relatos de amor romántico y aventuras épicas; además, conjuga perfectamente los elementos de tradición celta, los de ascendencia clásica y los aún más antiguos de origen indoeuropeo. El entorno social, la ética profana del amor, el conflicto entre libertad individual y las instituciones..., todo contribuye para que no queramos dejar la lectura una vez iniciada. 

Los personajes fueron incorporados rápidamente al ciclo artúrico, habitaron en la imaginación europea medieval, se incrustaron en el romancero popular, fueron acogidos con entusiasmo en la época romántica, crecieron con la atención de la Hermandad Prerrafaelita y alcanzaron su apogeo con la ópera que Wagner les dedicó. Como indica Isabel de Riquer, este intenso intercambio entre los deseos del público y las aportaciones de los escritores y de los artistas evidencia el atractivo que suscitó, y que nunca ha dejado de suscitar, la historia, tantas veces repetida, de los amores de Tristán e Iseo (La literatura admirable, p 116).

Las vacaciones de verano pueden ser el momento ideal para leerla, tanto en la adaptación en sencilla y hermosa prosa que el romanista Joseph Bédier realizó, como en cualquier otra que encontréis. 


viernes, 3 de agosto de 2018

LAS FASCINANTES HISTORIAS DE LOS LIBROS PERDIDOS

Ya he dicho otras veces que me encantan los libros que hablan de libros, que me resulta difícil resistirme a ellos. No sé si es el instinto cotilla con relación a la vida de la letra impresa —del que carezco, por cierto, para con los asuntos relativos a los seres humanos—, o si es la satisfacción que me produce encontrar libros de los que no sabía nada y, de repente, aparecen ante mí como una dulce y generosa sorpresa. Sea lo que sea lo que me empuja hacia ellos, lo cierto es que los leo con delectación y con glotonería.

De Historia de los libros perdidos tenía noticia hace algún tiempo gracias a ese libro admirable que es La literatura admirable —otro metalibro—. El segundo me lo encontré cuando estaba tecleando el título del primero en la biblioteca y me apareció en pantalla. Pensé que me fallaba la memoria y que no era historia sino biblioteca la palabra correcta para el título. Pero no. Ahí estaban los dos, la biblioteca y la historia. Fui a por ellos. Curiosamente, y aunque el tema es el mismo, estaban catalogados en espacios diferentes.

Sí, los dos hablan de libros "perdidos". Los dos son igualmente interesantes. Ambos, incluso, se ocupan, como es lógico, de las mismas anécdotas cuando coinciden en el mismo título. La gran diferencia es que Van Straten se ocupa solamente de ocho textos, mientras que el de Kelly abarca la nada despreciable cifra de 81. Para compensar, el italiano lo hace con mayor extensión, lo que le permite narrar con más detalle los entresijos de la historia que hay detrás de "la pérdida".

Con ambos he disfrutado, porque además de contener un cúmulo de historias fascinantes, es este uno de mis vicios confesables, como he dicho antes. Sin embargo, me ha sorprendido que en el relato de las coincidencias haya disparidades. Parece razonable pensar que cuando alguien acomete una investigación y pone sus resultados sobre el papel, estos son fiables. Una cosa es encontrar afirmaciones sin cotejar en internet y otra descubrir que la rocambolesca historia de un manuscrito tiene versiones que difieren entre dos publicaciones serias y bienintencionadas.

Pequeñas discrepancias al margen, cualquiera de los dos resulta apasionante para quien esté interesado en saber, por ejemplo, qué ocurrió con El Mesías de Schulz, por qué La Galatea nunca tuvo una segunda parte, cuál es la disparatada y surrealista historia de los manuscritos del más disparatado y visionario Joseph Smith Jr., qué nos es dado suponer acerca del Margites homérico, o cómo se libraron Jacopo y Pietro Alighieri de tener que redactar el tercer canto de la Comedia, El Paraíso.

lunes, 12 de febrero de 2018

JUANA DE IBARBOUROU, Y 3

Mistral, Storni, Ibarbourou. 1938.
Dando por sentado que lo primero que debemos leer es su obra y que esta está recogida en las Obras completas (Aguilar, 1953), en esta entrada quiero llamar la atención sobre un par de documentos que me parecen muy interesantes para conocer a la escritora uruguaya. El primero es su Autobiografía lírica, una conferencia de 1956 en la que deja claramente su impronta y donde podemos percibir cómo era la persona y la poeta a la que el mito convirtió en Juana de Ibarbourou. El segundo es una entrevista de Antonio Mercader para la revista Siete Días Ilustrados. Fue realizada en 1974. Está recogida en varios sitios de internet. La traigo aquí desde la página EnlacesUruguayos.com. Es un poco larga, pero merece la pena.

Es la única sobreviviente del legendario terceto de poetisas que integró con la chilena Gabriela Mistral y la argentina Alfonsina Storni. Es también el mayor mito viviente de Uruguay. Bautizada Juana Fernández Morales, firmó sus poesías como Juana de Ibarbourou. En 1929 fue consagrada Juana de América y glorificada por los grandes escritores de la época. Tiene 82 años, una quincena de libros publicados y alrededor de 500 mil ejemplares vendidos. Medio siglo atrás, fue el best-seller del romanticismo rioplatense con sus versos "de un audaz erotismo"; hoy, niños orientales, argentinos y de otros países latinoamericanos la leen —a veces con resignación— en los textos escolares. Vive en una vieja casona de la Avenida 8 de octubre, a cinco minutos del centro de Montevideo. Sale poco y no recibe siquiera a sus más fieles amigos. En ese mundo hermético, que comparte casi exclusivamente con su hijo Julio César, pasa sus días leyendo y escribiendo. Hace mucho sobrelleva el peso de ser un monstruo sagrado, un jirón de la historia de la literatura. Tras un exterior rimbombante, tras el mito Juana de Ibarbourou, se esconde una mujer alegre, sencilla, tierna y generosa. Sobre el final de su vida, ésa sigue siendo su imagen íntima, verdadera, que pocos conocen, y que Siete Días pudo revelar a través de una entrevista obtenida por su corresponsal en Montevideo. En una charla que duró una hora y media, Juana de Ibarbourou habló como nunca sobre sí misma y sobre su obra, recordó a sus antiguos amigos (Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y otros), explicó las causas de su enclaustramiento y evocó su esplendoroso pasado. Demostró además que conserva una envidiable lucidez mental, disminuida apenas por cierta flaqueza en memorizar nombres o fechas. Lo que sigue es la entrevista a Juana de Ibarbourou, la primera que se difunde en varías décadas en una publicación argentina.

"La señora lo va a recibir", anuncia una ceremoniosa criada mientras abre la pesada puerta de roble. Sobre el parquet del vestíbulo dos plebeyas palanganas de plástico recogen las gotas de agua que se filtran desde el techo. Afuera llueve, y en esta casona con goteras, entre la penumbra, se distinguen un aparador estilo colonial y un par de alfombras precariamente enrolladas contra la pared para evitar que se mojen. Crujen los peldaños de la escalera y el ruido hace ladrar a un perro, encadenado en algún rincón lejano de la casa. En la planta alta, hay una estantería con libros y tres puertas: la de la izquierda está abierta. Desde allí parte una voz de agudas inflexiones: "Hágalo pasar, pase, pase".


Es un cuarto mal iluminado, cuadrado, de cuatro por cuatro, donde se alinean una cama doble, una cómoda, un aparato de televisión y varios anaqueles de libros. Junto a la ventana-balcón que asoma a la avenida 8 de Octubre, arrellanada en un viejo sillón, está Juana de Ibarbourou. Sonríe, hace un cortés ademán de incorporarse pero permanece sentada mientras estrecha la mano del visitante. Luce bien peinada, el cutis blanquísimo ligeramente empolvado, un toque de color en los labios. No parece sorprendida ni intimidada por la inminente requisitoria periodística. Expectante, mira a su interlocutor con sus ojos negros que conservan el brillo de otros tiempos.


—¿Por qué es tan difícil verla?
—No es tan difícil. Lo que sucede es que estuve un poco enferma últimamente, y entonces los que me cuidan, mi médico, mi hijo Julito, piensan que puedo fatigarme si atiendo personalmente a todos los que quieren verme o quieren hablarme por teléfono. Ahora estoy bien de salud, tengo este problema (se toca el ojo izquierdo; sobre la frente, de ese lado, lleva una gasa sujeta por dos tiras de cinta adhesiva), pero me voy acostumbrando.


—¿Qué le pasó en el ojo?
—Tuve un accidente. El año pasado pisé una baldosa rota, ésa que está ahí (señala un agujero en el embaldosado), tropecé y caí. Me di un gran golpe en el ojo izquierdo por el que ya no veo, y me quedó esta herida en la frente que no termina de curarse y eso que voy seguido al médico.


—¿Usted sale muy frecuentemente de esta casa?

—Voy a un médico oculista por el centro. Además, salgo con Julito en el auto y nos vamos a la rambla o al parque Rodó. Nos bajamos a caminar.


—Sin embargo, sus mejores amigos dicen que no pueden verla porque usted no sale nunca y no quiere recibirlos.
—¿Quiénes son mis mejores amigos? Los amigos de verdad, los fieles, siempre entraron a esta casa. Los que dicen esas cosas no son amigos y cuentan mentiras: que me tienen secuestrada, que me maltratan, que me encierran y no sé cuantas cosas horribles. No hay que hacerles caso.


El enclaustramiento de Juana es un hecho cierto. La más reciente generación de uruguayos nunca la vio en público. Quienes antes la visitaban diariamente afirman que en los últimos dos años su aislamiento se agravó. "El teléfono y el timbre suenan en su casa sin que nadie responda", dicen. Hubo denuncias al respecto; a tal punto que, a fines del año pasado, varios policías allanaron su casa y pudieron comprobar que la poetisa estaba allí y sin peligro a la vista. Entonces se supo que las versiones alarmistas carecían de fundamento. Pero el hermetismo en torno a Juana siguió y los rumores crecieron otra vez. El mes pasado, el vespertino montevideano El Diario logró entrevistarla. Fueron sus primeras declaraciones en muchos tiempo. "Juana de Ibarbourou no estaba secuestrada", tituló el vespertino. Desde entonces, las olas se apaciguaron. Pero su aislamiento sigue y todo indica que seguirá. Algunos señalan que Juana fue siempre introvertida y tímida, y que en su vejez ha reasumido su verdadera personalidad. "Mis últimos años me pertenecen", dijo alguna vez. Según esta interpretación su voluntario retiro es una forma de eludir los compromisos y las molestias que acarrea la fama. Es, también, un modo de disfrutar su propia intimidad.

LOS LABERINTOS DE LA MEMORIA


—¿Está escribiendo actualmente?
—Siempre escribo algo. Trabajo todos los días, sin horarios, me pongo a escribir cuando quiero y siento que debo hacerlo. Estoy escribiendo otro libro, tengo más de treinta poesías terminadas. No me pregunte el nombre del libro porque no lo sé; siempre fui mala para elegir nombres.


—Qué técnica usa para escribir?
—Los poetas no se hacen, nacen. Es una verdad. Escribo espontáneamente, sin preparativos artificiales, cuando siento una idea, una palabra, un paisaje, como una obsesión aquí, en la cabeza. No entiendo a los poetas que piensan que para escribir versos hay que encender velas o escuchar música. Lo mío es sencillo, natural, y así debe ser porque la poesía no se fabrica, no se provoca; se siente o no.


—Hoy se lee poca poesía, ¿cuál es la razón?

—Se lee poca poesía y lo comprendo. No vivimos en un mundo de poetas. Este es un mundo loco, loco, que no da tiempo a leer ni a serenarse. Pero siempre habrá poetas maravillosos y se volverá más a la poesía. Estoy segura.


—¿Qué está leyendo en este momento?
—Leo mucho. Leer me hace más llevadera la vida. En este momento estoy leyendo Papillon y me gusta porque es entretenido y humano.


—¿Qué otras distracciones tiene? Veo una televisión en su cuarto.

—Miro poca televisión, me hace mal a la vista.


—¿Qué opina de la televisión como medio de comunicación?
—Me hace admirar la técnica y la inventiva humana. Lástima que la televisión se use poco para difundir la cultura, para enseñar a la gente. Podrían hacerse cosas importantes pero no se hacen. Me gusta más el cine, aunque hace mucho que no voy.


—¿Recuerda a algún actor o actriz en especial?

—Mis predilectos le van a parecer un poco antiguos. Me gusta Chaplin, porque era admirable que hiciera reír a la gente en épocas donde costaba mucho reírse. También Greta Garbo. Y María Félix por su belleza, y porque me recordaba a una amiga que tuve en mi infancia, allá en Melo.


Melo, capital del departamento de Cerro Largo, frontera con Brasil. Ciudad donde nació, de padre gallego y madre uruguaya, el 8 de marzo de 1892, Juana Fernández Morales. Por sus escritos y confidencias se sabe que su infancia no fue del todo feliz, que su padre solía recitar en voz alta a Espronceda y Rosalía de Castro, que dos hermanos de su madre eran poetas y que uno de ellos murió en un duelo batiéndose por una mujer. Se sabe también que Aparicio Saravia, el guerrero blanco que acaudilló dos revoluciones, fue su padrino de bautismo. Con tales antecedentes, Juanita o Juaneca, como la llamaban, fue creciendo en su Melo pueblerino, "ciudad de casas bajas, naranjos y aroma de pitangas". No muy lejos de Melo, en 1904, el padrino de Juana, "el último caudillo a caballo del Río de la Plata", se levantó contra el gobierno de José Batlle y Ordóñez.


—¿Cómo era Aparicio Saravia?
—Mi padrino, cómo lo recuerdo. Nunca olvidaré una tarde cuando el negro Camundá tocó el clarín y apareció padrino, el general Aparicio Saravia, el General como le decíamos con todo respeto en casa. Venía por la calle 25 de Mayo, con la cabeza levantada, sobre un tordillo. Medio caballo atrás venía su gente, la flor y nata de le juventud montevideana. Estaban los Ponce de León y... era impresionante. Todo Melo los miraba desde las ventanas. Era padrino que iba a hacer la última revolución. A él lo adorábamos, en casa había retratos suyos porque mi padre era blanco, nacionalista, como todos en mi familia. Había peleado con el General en otras guerras. Por todo eso siempre fui blanca, blanca como hueso de bagual.


—¿En aquella época ya escribía?
—A los doce o trece años ya hacía mis primeros versos. Algunos se publicaron después en el diario de Melo con un seudónimo feísimo: Jeannete d'lbar.


—Se casó muy joven, ¿no es así?
—Sí, muy joven. De mi marido (el capitán Lucas Ibarbourou) tomé mi nombre poético. Ibarbourou, mi suegro, era vasco francés. Después nació Julito (repentinamente pregunta la hora; son las cinco de la tarde y eso la alarma). Las cinco de la tarde y todavía no vino a comer. Lástima que Julito no esté, me gustaría que lo conociera.


—Después usted se vino a Montevideo.
—Nos vinimos todos. De Melo tengo los recuerdos más tiernos, hace años que no voy por allá. Pero para mí la ciudad, la gran ciudad, fue Montevideo. Aquí me trataron maravillosamente. Era una ciudad chiquita la que conocí entonces, y no la gran ciudad que es ahora. Ha cambiado tanto Montevideo. Alguna vez escribí que prefería Montevideo a París, Madrid o Nueva York, y que si Dios me diera la oportunidad y me preguntara dónde quiero volver a vivir, yo le diría simplemente a Montevideo, Señor, ¡y gracias!


—¿En esa etapa ya escribía sus Lenguas de diamante?
—Ya tenía algunos versos escritos pero aquí pude terminar el libro y aquí, en Montevideo, encontré gente que me animó a publicarlos. Lenguas de diamante, fue el primer libro y el que me dio más satisfacciones.


Lo prologó y publicó, en 1919, el escritor argentino Manuel Gálvez, en la editorial Buenos Aires, de la capital argentina. "Es un acontecimiento en la literatura americana", auguró Gálvez. Y lo fue. Su nombre se hizo famoso en el Río de la Plata y aún más lejos. Desde España, el gran Miguel de Unamuno le dio su bendición ("jamás ha hablado en español, que yo sepa, así la pasión desnuda y ardiente; aquí una mujer no haría versos así a su novio; si los hacía, los rompería sin publicarlos"). El peruano José Santos Chocano y el mexicano Alfonso Reyes la elogiaron. No había cumplido treinta años y estaba consagrada. En los románticos twenties, los uruguayos sabían de memoria aquellos versos femeninos, audaces para la época (Tómame ahora que aún es temprano / y que llevo dalias nuevas en la mano. / Tómame ahora que aún es sombría / esta taciturna cabellera mía. / Ahora, que tengo la carne olorosa. / Y los ojos limpios y la piel de rosa .../).


—Eran versos un poco atrevidos por venir de una mujer.
—¿Sí? Eran sinceros y apasionados, como son las cosas que se hacen en la juventud. Pero no fui la primera mujer que escribía poesías. Estaba Delmira.


—¿La uruguaya Delmira Agustini?
—Delmira, sí, escribía con una gran pasión. Era una época con mujeres que sabían escribir con talento.


—¿Recuerda aquel acto en la Universidad de Montevideo, en 1938, donde se juntaron usted, Gabriela Mistral y Alfonsina Storni?
—Gabriela ... Era fuerte, recia, hablaba muy castizo, muy español. Le gustaba contar historias de embrujos y de fantasmas que asustaban un poco. Estuvo en casa y nos sacamos fotos juntas. Era una mujer inteligente, pobre Gabriela que fue tan infeliz en su vida, pobrecita.


—¿Y Alfonsina Storni?
—No hubo entre nosotras esa amistad tan espontánea que se dio con Gabriela. No por mi culpa ni por culpa de ella. Éramos distintas, no .. pero yo la admiré siempre. La recuerdo con su cara muy roja y esa altivez que tenía. A Gabriela y Alfonsina las quise y las quiero mucho. Que me vincularan a ellas, que el público nos viera como formando una cosa común, fue uno de los mayores homenajes que recibí en mi vida. Era una forma de unirnos a los uruguayos, los chilenos y los argentinos.


—Usted sabe que los cuentos de Chico Carlo están incorporados a textos de gramática escolar no sólo en Uruguay sino también en Argentina. Lo mismo pasa con sus poesías y con sus libros que son, muchas veces, de lectura recomendada para niños y jóvenes. ¿Qué siente ante un público tan especial?

—Me gusta, adoro a los niños, me alegro tanto cuando los traen de visita. Aquí han venido muchos niños, vienen con las maestras, a veces desde Argentina. Sé que me conocen en Argentina, es un homenaje y un honor. Los argentinos siempre fueron buenos conmigo, tengo muy buenos amigos allá.


—¿Jorge Luis Borges es uno de ellos?
—Borges, el gran Borges, es un hombre tan profundo.


—Usted contaba una anécdota graciosa con Borges, aquella de los discurso ...
—Sí, los dichosos discursos (se ríe). Le dieron un banquete a Borges, aquí en Montevideo, y yo tenía que hablar en nombre de los escritores uruguayos. Mejor dicho tenía que leerle un discurso, y estaba previsto que él leyera su discurso de respuesta. No tenía muchas ganas de hacerlo. Yo sabía que a Borges le pasaba lo mismo, así que le dije con toda sinceridad: Borges, debo leerle un discurso pero no me siento muy dispuesta a hacerlo en este momento. ¿Sabe qué contestó? Yo tampoco, así que no lo lea, déme su discurso, yo le doy el mío, y después cada uno lo lee en su casa. Intercambiamos los respectivos papeles donde estaban escritos los discursos, y nos quedamos tan tranquilos.


LOS HONORES RECIBIDOS

—¿Cuál fue la alegría más grande de su vida?
—E1 día que recibí el título de Juana de América. Estaban Juan Zorrilla de San Martín, Alfonso Reyes y otros grandes de la literatura. ¡Había tanta gente en el Palacio Legislativo! ¿Conoce el episodio de los cuatro soldados? Me los pusieron alrededor mío formando una guardia de honor. Tenía un ramo de violetas en la mano y cuando el acto terminó, los soldados de la guardia me pidieron que les diera algunas flores de recuerdo. Años después, un muchacho golpeó en la puerta de mi casa. Era uno de aquellos soldados. Traía las violetas en una caja, como un tesoro; se iba a casar y quería regalárselas a su novia. Para su regalo de bodas necesitaba una tarjetita de mi puño y letra, que acreditara que aquéllas eran mis violetas. Se la di. Qué recuerdo tan tierno me dejó ese episodio. Diez de agosto de 1929, día en que la proclamaron Juana de América. La idea partió del peruano José Santos Chocano. Escritores uruguayos y extranjeros la apoyaron. Querían darle un título simbólico, honorario, para honrarla en toda América. Diez mil personas asistieron al solemne acto, en la sede del parlamento uruguayo. Fue una especie de glorificación en vida, prematura quizá para una joven emotiva y sencilla que nunca había soñado con tamaño homenaje. Visto a la distancia, el fasto puede resultar hoy desprovisto de sentido; pero bien mirado, se insertaba en una época feliz, pródiga con sus ídolos, donde uno de los grandes fenómenos era el ascenso de la mujer a todos los planos de la actividad diaria. Como un signo de ese tiempo, la jovencita de Melo fue coronada Juana de América y el título prendió en la gente porque sus poesías gustaban: eran frescas, liberadas, hablaban de amor y de belleza, en contraste con el modernismo decadente y amanerado que moría de asfixia en los salones.


—Según ciertos críticos, su obra refleja vitalidad e intuición antes que una amplia cultura y una depurada formación intelectual. ¿Lo cree así?
—Al comienzo, tenía una formación elemental. Conocía unos pocos autores y unos pocos libros, pero los conocían bien. Después, el tiempo, los amigos, el contacto con el ambiente intelectual de la ciudad, me fueron dando más conocimientos. De todas maneras, no creo que todo eso que vino después haya cambiado de un modo importante el sentido y el estilo de mis libros.


—¿Cuáles son sus poetas preferidos?
—Los de siempre: los dos Machado, Manuel y Antonio, y el gran Juan Ramón Jiménez. A Juan Ramón tuve la suerte de conocerlo estuvo en esta casa; a los Machado, no.


—¿Cómo era Juan Ramón?

—Un hombre y un poeta superior. Llevaba a su España metida acá adentro, como una espina. Había sufrido mucho con la guerra y con las desgracias de su patria. Cuando lo conocí (en 1948) era un escritor consagrado, festejado en todas partes. En la intimidad era sencillo, adoraba a su esposa Zenobia; era galante, muy caballero español. Recuerdo que le regalé un salerito de plata francesa y él se sintió en la obligación de retribuir el regalo. Después que se fue, un día recibí de su parte un libro y un espejo. El espejo era fino, antiguo y francés. La dedicatoria decía: Para Juana, un libro, un espejo y un beso.


—Pablo Neruda fue otro de sus visitantes.
—Era un simpatiquísimo ladrón. Estuvo en mi casa de la rambla, donde yo tenía una colección de caracoles. El también los coleccionaba y los empezó a mirar y a decir: me llevo éste y éste, y se iba agachando para recogerlos y ponérselos en el bolsillo. Se llevó cuatro o cinco de mis mejores caracoles. Era estupendo. Era un poeta fuerte, expresivo, tenía versos que yo sabía de memoria. Se volvió a casar, creo con una de Urrutia, y murió hace poco. Pobre Pablo. Era como todo gran poeta: un intermediario entre Dios y el hombre.


—¿Usted es católica?
—Sí, y muy devota.


—Se dice que vivimos una época de descreimiento, de escepticismo religioso...
—El hombre logró muchos adelantos, inventó maravillas y llegó a la Luna. Pero no debe creerse igual o superior a Dios. Quien tiene fe, verdadera fe en Dios, no debe perderla sino afirmarla por el avance de la civilización y la cultura. Hay una verdad: Dios nos da y nos quita todo. La religión la ayuda a una a vivir y a esperar... y yo de la vida ya no espero nada, lo espero todo del más allá.


LA JUVENTUD DE LA ANCIANA DAMA

—¿Volvería a vivir su vida tal cual la vivió?
—Sí, no tengo dudas, la viviría igual, salvo algunas malas mujeres que se cruzaron en ella. Los hombres siempre fueron más buenos conmigo que las mujeres.


—De todas las etapas de su vida, ¿cuál le dejó los mejores recuerdos?
—La juventud. Para mí, como para todo ser humano, fue la época más hermosa de la vida.


¡Soy libre, sana, alegre, juvenil y morena ...!, cantaba Juana en sus comienzos. La juventud, justamente, es una constante en su primera producción, es decir, la trilogía compuesta por Lenguas, El cántaro fresco y Raíz salvaje. Juventud y amor (¡que rían los vecinos! Puesto que somos jóvenes / y los dos nos amamos y nos gusta la lluvia ...) son sus temas iniciales y, seguramente, las claves de su vida. Después, en la década del cuarenta, reasomarán en su obra bajo la forma de recuerdos, como ocurre en Chico Carlo, donde sustituye la poesía por una prosa sencilla cargada de añoranzas. Es la Juana madura, cincuentona, convertida ya en un monstruo sagrado, rodeada de leyendas, quien evoca su infancia a través de Chico Carlo, un libro que es algo así como el Platero y yo latinoamericano. Después, en 1949, la muerte de su madre ahondará su soledad y la hará retornar a la poesía a través de Pérdida y Elegía, sus obras máximas de la segunda época. Recibe condecoraciones, premios, invitaciones, la nombran "mujer de las Américas" y viaja a Norteamérica. En la década del cincuenta, cuando la fama y el reconocimiento arrecian sobre ella, cuando la carga del mito se torna insoportable para la mujer que ama los días sencillos y serenos, escribe un cuarteto revelador, símbolo quizá de sus actuales angustias: Digo mil veces que me estoy ahogando, / y sólo veo alrededor sonrisas. / Me estoy ahogando vertical y en medio / de una avenida gris, ruidosa y lisa.


—Usted sabe que hay un mito llamado Juana de Ibarbourou. ¿Le molesta?
—La gente es buena, generosa, y ha imaginado sus cosas sobre mi persona y mi obra. Tal vez yo misma soy la culpable porque llevé siempre una vida retraída, dedicada muchos años a cuidar a mi marido y a mi madre que sufrieron largas enfermedades. Además, está el tiempo y usted sabe que el tiempo siempre deforma las cosas.


—En este enclaustramiento en que vive, ¿no se siente un poco abandonada u olvidada?
—No, no estoy abandonada ni olvidada. Mis verdaderos amigos son muy fieles. Lo que siento, a veces, son los problemas económicos. Con lo que cobro de derecho de autor y la pensión de mi marido no es suficiente para vivir. A fines del año pasado el gobierno me dio un millón de pesos que dividí con mi hijo, y con eso pude hacer regalitos a mis mejores amigas. Pero esas cosas no puedo hacerlas todos los días. Hace tiempo que vengo pensando en hablarle sobre esta situación a la señora del presidente Bordaberry.


—¿La señora del presidente?

—Sí, no sabe qué mujer más gentil, más amable. El día de mi cumpleaños me mandó un precioso ramo de flores. Cuánto se lo agradezco. Pensar que yo no tuve con ella ninguna atención, ni siquiera cuando nació su último hijo. ¡Qué vergüenza! Debo escribirle una carta para agradecerle sus flores.


—Sorprende que tenga problemas económicos. Hace años el gobierno le donó esta casa, ¿no es así? Además, usted debe cobrar derechos de autor con frecuencia, pues sus libros se reeditan en forma permanente.
—Sí, tengo esta casa y estoy muy agradecida. Pero los derechos de autor que recibo no son muy importantes. ¡Está todo tan caro!


—Si tuviera que elegir uno entre todos sus libros, ¿cuál elegiría?

Chico Carlo, es casi autobiográfico. Son los recuerdos de mi infancia y pienso que de alguna manera son los recuerdos de la infancia de todos. No me gustaría que se fuera sin darle un ejemplar de Chico Carlo.


Ayudada por la criada (que lleva ya cinco minutos haciendo señas al visitante de que debe retirarse), Juana se levanta y da algunos pasos por la habitación. De estatura mediana, regordeta pero de buen porte a sus 82 años, hurga en el anaquel abarrotado de libros. No encuentra el que busca, pero vuelve a su sillón con un ejemplar de Juan Soldado, una reciente recopilación de sus cuentos. Con un bolígrafo garabatea la dedicatoria en sus primeras páginas. La entrevista ha terminado. Poetisa y periodista se despiden con un apretón de manos. Entonces, desde la puerta del cuarto, el visitante se gira para mirarla por última vez; Juana sonríe, agita su mano en señal de despedida y con voz queda, dice: "Vuelva, vuelva otro día".

Antonio Mercader 

***

PS: La colección para la tertulia ya está colocada.

jueves, 14 de diciembre de 2017

CAMBIAR DE IDEA, ZADIE SMITH

Llegué a este libro después de leer El cazador de autógrafos, y no precisamente por Wikipedia, porque la información que ofrece está desactualizada, tal y como se advierte en la entrada que dedica a la escritora, sino gracias al Koldo Mitxelena, que es mi gran abastecedor de materia lectora.

Si Zadie Smith me gustó como narradora, me ha gustado todavía más como ensayista. Cambiar de idea recoge variados y breves ensayos sobre temas muy diferentes que la autora fue publicando en medios diversos o a través de conferencias. Se encuentran agrupados bajo los epígrafes siguientes: leer, ser, ver, sentir y recordar. En ellos habla de cine, de política, de mujeres, de hombres, de identidad, de asuntos personales y, cómo no, de literatura.

El mayor placer que he encontrado al leerla es que Zadie Smith escribe desde la pasión que siente por lo que ha leído, visto o vivido, sabe transmitirlo de forma directa y, cuando se trata de un libro, lo hace desde dentro del propio texto, como si ella misma fuera la autora. Y esto es algo que el lector agradece sobremanera, porque el punto de vista que arroja, sin dejar de ser crítico, trasciende la exégesis y se convierte en un emocionado descubrimiento del texto.

A mí me han gustado especialmente dos trabajos, el que dedica a Sus ojos miraban a Dios, de Zora Neale Hurston, y el que dedica a explorar las afirmaciones antagónicas de dos grandes del siglo XX, Nabokov y Barthes. Novelista el uno, filósofo el otro; creador versus teórico. Resulta admirable cómo entra en el debate acerca de la muerte del autor y cómo es capaz de transmitirnos un tema tan teórico desde una escritura emocionada.

Seguramente, quienes estéis más inclinados al cine o hacia los temas sociales que hacia la literatura, encontraréis más placer al leer esos otros trabajos; pero, en cualquier caso, seguro que descubrís —si aún no la conocéis— a una ensayista que no os va a dejar indiferentes. Y, quién sabe, acaso cambiéis de idea.