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| Museo de Bellas Artes de Bilbao |
Vi por primera vez este óleo en una portada de La Estafeta Literaria. Solía comprarla durante los primeros años de la década de los 70 del pasado siglo. Fue mientras estudiaba COU cuando se despertó mi interés por la poesía y siempre que tenía algún dinero, me hacía con ella. La portada con que se habría el número que ya no conservo me impacto. La visita que realicé hace poco al Museo de Bellas Artes de Bilbao me trajo a la memoria la revista.
El zagal de la liebre es un trabajo de 1950. Pertenece a Rafael Zabaleta (1907-1960), una de las figuras importantes del arte español de la posguerra.
Lo que más me gusta de este cuadro es la enorme fuerza expresiva que posee, cómo se impone a la mirada gracias a la hábil combinación de unos intensos colores, casi planos, el expresionismo de sus formas simples, muy marcadas, y la representación de una imagen en primer plano donde las dos figuras principales, zagal y perro, nos miran de frente, satisfechos de lo que son y de dónde están
El impactante cromatismo del óleo, al estilo fauvista, colabora con la contundencia expresionista de representar las figuras. Como venía siendo habitual desde los impresionistas, Zabaleta también contrapone los complementarios para aumentar el dinamismo y la vibración de la obra: los violetas de la camisa con los vibrantes amarillos; los fuertes azules del perro y los más suaves de algunas plantas con los anaranjados y rojizos del resto del cuadro.
Independientemente del aspecto técnico, digno de tener en cuenta, por supuesto, con el que Rafael Zabaleta fusiona expresionismo rotundo con la estructura suavemente geométrica del postcubismo, lo esencial de esta obra, en mi opinión, es la representación de la figura humana y los animales, sumidos en un ambiente rural que nos transporta de forma inmediata a la España de una época determinada.
La escena es muy sencilla y eso aporta contundencia a la imagen: un muchacho sostiene una liebre. Nada más. No ocurre nada. Cualquier movimiento ha sido detenido, el del tiempo en su transcurso y el de la acción. Pero podemos percibir, como en el famoso Escriba sentado egipcio, todo el orgullo y la satisfacción del protagonista. El hieratismo de la composición adensa la dignidad del gesto.
Estamos ante una exaltación de la vida rural, de la vida del campo, donde seres humanos y naturaleza comparten tiempo, espacio y un destino común.
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| Fuente: Wikipedia |























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