jueves, 7 de noviembre de 2013

LA IMAGEN DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD

¡Qué cansino dolor y qué viejo! ¡Qué hastío tan largo y superfluo! ¡Qué viscosidad tan obstinada!

Me refiero, claro está, a esa cansina, estúpida y profundamente injusta utilización de la mujer como adorno  y reclamo —sexual o no, aunque casi siempre sí—, como objeto hermoso que en sí mismo se agota. ¿Puede haber alienación mayor para una persona que ser rebajada a la categoría de cosa? Y no estoy hablando como mujer que ha sido humillada, ni como feminista que reivindica un derecho, ni como mujer enfadada con el mundo por algún problema puntual. Estoy hablando desde mi ser hombre al que le gusta y le atrae el sexo femenino. Estoy hablando desde mi ser persona al que le repugna ver otra persona degradada a la condición de adorno porque es joven y tiene un cuerpo, seguramente, por encima de los cánones medios de belleza.

El asunto viene de lejos y no se concreta en la reivindicación de un derecho. Posiblemente, si así fuera, tendría mejor solución, que montañas más grandes han sido escaladas. Ahí están, si no, para demostrarlo la consecución del voto femenino, el acceso de la mujer a la educación y a la cultura, la incorporación al trabajo, la Declaración de DDHH...; todo ello, qué duda cabe, con sus pegas, sus altibajos, sus retrocesos, sus carencias, que ya sé que no vivo en una sociedad ecuánimemente libre ni socialmente perfecta. Pero desde el punto de vista del derecho son logros evidentes que hacen distinta la sociedad occidental actual de la, pongamos por caso, la del siglo XIV.

Sin embargo, esta pegajosidad que se mete por todos los rincones de nuestra vida, que afecta a los que miran complacidos y babosos y a las que se dejan mirar en un vano ejercicio de falsa autoestima, que se extiende por la inmensa mayoría de los medios de comunicación tanto como por los gestos más cotidianos e inconscientes de todas las edades, que contamina el ejercicio racional de cuantas actividades podamos imaginar en nuestra sociedad y que a mí, particularmente, me pone del hígado, cuando gente que quiero y estimo desliza palabras estúpidas; esta pegajosidad, digo, tiene mal arreglo, porque no sólo nos hemos acomodado en ella, sino que además va en aumento, y parece que, salvo a unas pocas feministas, no le molesta a nadie. 

Independientemente de nuestra pertenencia a un sexo o a otro, somos, antes que nada, personas. Independientemente de que hayamos nacido mujeres u hombres, compartimos muchos más rasgos biológicos que los que nos diferencian. Pero independientemente de todo eso, somos personas que debemos gozar de una misma dignidad, que debemos tener unos mismos derechos, que debemos disfrutar de un mismo reconocimiento por cuanto somos capaces de crear, imaginar o elaborar, que debemos ser valoradas por nuestra capacidad, por nuestro talento como personas activas en la sociedad y no por unos rasgos efímeros que se agotan con la juventud y que sólo sirven para ahondar en la parte más irracional, miserable e injusta de nuestro ser animal.

2 comentarios:

  1. Completamente de acuerdo contigo, la contundencia de tu declaración, la hago mía.

    Un abrazo

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    1. Gracias, Sergio, por compartir tu opinión y por expresarla aquí.

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