domingo, 12 de mayo de 2013

LA BIBLIA DE BARRO

No tengo la costumbre de leer este tipo libros. En realidad, leo muy poca novela y, muy de tarde en tarde, algún best seller —creo que este es el tercero que leo en mi vida—. Simplemente no me gustan, aunque reconozco lo prácticos que pueden ser para ayudar a pasar el tiempo en los medios de transporte o sobrevivir a las calurosas tardes de algunos días de verano. Son acción pura. Descerebrada, pero acción al fin y al cabo. Lo que ayuda a mantener nuestra atención, incluso en las condiciones más difíciles. Es más, diría que para leer una novela de éstas no se necesita la más mínima atención, lo que no deja de ser una virtud.

Nada más terminar de leer el libro estaba pensando hacer un comentario negativo sobre el texto y sus defectos. Sin embargo, mientras escribía el primer párrafo, me he dado cuenta de que no hay que ser tan criticón y de que tampoco está tan mal este tipo de lectura. Al fin y al cabo yo lo cogí voluntariamente el fin de semana pasado con la intención de que me distrajera de mis idas y venidas diarias en tren. Y lo cogí sabiendo que sería la única lectura en la que podría avanzar a pesar de lo que en el vagón pasara. El libro ha cumplido su función, me ha aislado del resto de las conversaciones con fidelidad perruna.

Pero hay más aún. Este tipo de libros son los que en realidad se venden y... se leen. No hace falta nada más que echar un vistazo a lo que ocurre en trenes, metros y autobuses. Son libros de los que incluso se habla. Lo que ya me gustaría que pasara con El Quijote —y estoy poniendo un libro nada difícil de leer y auténtico peso pesado de la literatura—. ¿Cuántas personas adultas que comparten el idioma de Cervantes lo han leído? Seguro que muy pocas. Y de ésas, si al ser preguntadas dijeran la verdad, quizás la mitad.

Desengañémonos, si no fuera por estos libros, ese poquito más del 50% de gente que lee en este país sería mucho más exiguo. Y quien dice este país (que cada cual ponga las fronteras donde quiera), dice cualquier otro. Es cierto que he visto leer mucho más en el metro de Londres que en el Madrid, pero el tipo de lectura era la misma: novela de consumo rápido y distracción urgente. Directo a la vena.

O sea, que cada cual lea lo que le dé la gana, con tal de que lo que lea le sirva para alejarse durante ese ratito de lectura de la muerte. Que si el escritor no hace otra cosa que escribir contra ella, el lector no se diferencia en nada en este quehacer de quien escribe.

Sed buenos y felices.

1 comentario:

  1. Bien.

    Has conseguido sepultar tu primera opción, la de la crítica fría, pura y dura, para abrazar una segunda mucho más lógica y primaveral.

    De ahí al verano mental te quedan un par de pasos...

    diego.

    ResponderEliminar

Todos los comentarios que estén firmados serán bienvenidos, pero no mantendré anónimos.