lunes, 3 de julio de 2017

GRACIAS, WALT WHITMAN

Se habían reunido miles de personas ante la muerte

por ver si así, entre todas,

lograban espantarla,

echarla de sus vidas para siempre.

Eran cada vez más los congregados

y cada vez mayores los gritos que se daban.

La mayoría traía imágenes de dioses

y proferían largos rezos.

Otros, excitados por la fiesta,

invocaban la acción catártica,

el desenfreno de todos los sentidos.

Pequeños grupos portaban medicinas milagrosas

que alargaban el éxtasis y el delirio.

Algunos pocos, sabiéndose más listos,

aludían a los últimos descubrimientos de la ciencia

y no cesaban en sus referencias al ADN,

a la criogenización

o al cultivo de células madre.

Otros menos, más resignados y menos optimistas,

insistían en su desesperanza:

todo es nada

y la nada lo es todo.

Formaban un espectáculo sublime

en su afán de ganar la última partida a la gran nada.



Entonces, el bondadoso anciano de barba blanca,

al margen de ese océano de ruido,

dijo suavemente:

Yo te traigo una canción para que, cuando hayas de venir, vengas sin vacilar.


Aunque no sirvió para acallar a la turbamulta,

yo recogí su canción,

la disfruté en silencio

y fui un poco más feliz.

Gracias, Walt Whitman.



                          Del poemario Contra el ritual de la muerte.

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