sábado, 24 de enero de 2015

LO QUE EL CIELO NOS CUENTA

Sie sprechen eine Sprache,
Die ist so reich, so schön;
Doch keener der Philologen
Kann diese Sprache verstehn
H. Heine. Buch der Lieder, 1827.

DámasoAlonso —cito de memoria— tradujo así los versos del poeta alemán:¡Hablan un lenguaje tan rico y tan hermoso!, pero ningún filólogo puede entenderlo. Heine hablaba del lenguaje de las estrellas, de lo que el cielo nos transmite, de lo que la noche, en su profunda oscuridad y belleza, nos transmite. Pero ¿qué es lo que la cúpula celeste nos dice?, ¿a qué se refería Heine cuando escribe que ningún filólogo es capaz de entenderlo?, ¿cuál es el mensaje de las estrellas? Para contestar estas preguntas es necesario tener en cuenta algunas lenguas diferentes a la que hablamos; lenguas que, cuando ejercemos de filólogos, no somos capaces de entender, seguramente, porque las gramáticas al uso nos lo impiden.

En un principio, las sociedades antiguas unieron en una misma esfera el cielo y la religión, es decir, las creencias. El cielo era lo desconocido, lo incomprensible, lo inabarcable. Era, por tanto, la residencia de los dioses, el espacio inescrutable donde habitaban los dioses. Del cielo nos venían tanto los premios como los castigos, lo que debíamos aprender y lo que teníamos que olvidar. Los seres que dominaban el cielo determinaban nuestro destino. Y de ahí surgen las más antiguas narraciones, y es ahí donde se hallan escritas. Asimismo, podemos encontrar en el cielo la primera interpretación de las relaciones que se forjaron entre nosotros, humildes habitantes de la tierra, y los orgullos seres celestiales. Para descubrir ese mundo casi perdido, sólo necesitamos conocer los nombres de las estrellas y de las constelaciones, y un buen libro de mitología. Esa es la primera y más antigua de las lenguas que podemos hallar en los puntos luminosos de la noche. Ésta es una lengua de símbolos y de correspondencias. La más hablada y la más representada durante la historia de la humanidad. Hoy casi perdida.

Nut, diosa del cielo y creadora del universo

Junto con la religión, es decir, junto a los relatos mitológicos, las estrellas nos muestran otra lengua bien distinta. Es una lengua que nos habla del lugar que ocupamos, es un idioma de localización y de saber dónde nos encontramos, y de cuál es el camino que debemos seguir para llegar a nuestro destino. Es éste un idioma que todavía hoy conoce muy bien la gente de la mar y los habitantes del desierto. A partir de la Polar, en el hemisferio norte, o de la Cruz del Sur, en el hemisferio opuesto, ya estamos localizados en el espacio, y si, además, tenemos un conocimiento relativamente bueno de lo que se puede ver en un cielo nocturno, no sólo podremos saber en qué dirección se encuentran los puntos cardinales, sino también movernos con precisión de grados, e incluso minutos. Y todo eso nos lo hacen saber las estrellas, sin necesidad de otros instrumentos. Claro que si el cielo guarda silencio, es necesario recurrir a otros interlocutores. Ésta otra lengua también está en franca decadencia. Los interlocutores modernos —satélites y GPS— la han arrinconado.

La tercera lengua que podemos escuchar mirando las estrellas nació al mismo tiempo que lo hicieron las dos anteriores. Las sociedades antiguas no discernían entre Astronomía y Astrología. No podían hacerlo, pues carecían de conocimientos e instrumentos suficientes para desarrollar esa tarea y, además, ya lo sabemos, el cielo era la casa de los dioses, y a éstos no se les podía discutir nada, sólo interpretar. Lo que el cielo nos decía o creíamos que nos decía, fuese esto lo que fuese, era suficiente para tomarlo en cuenta, puesto que se trataba del deseo de los dioses. La utilización de esta lengua con cierto grado de codificación podemos situarla en Mesopotamia, hace aproximadamente 4000 años, pero toda sociedad antigua tenía su propio código. Estoy hablando, claro está, del Zodiaco, de la “casa de los animales”, esto es, del horóscopo. Y creencias aparte, la verdad es que, todavía hoy, una infinidad de revistas y periódicos recogen todos los días lo que este oráculo pronostica. 

Aclaración necesaria: el zodiaco no es otra cosa que una franja estrecha del cielo visto desde nuestro planeta. Es una banda de la esfera celeste comprendida entre 8º por encima de la eclíptica de la Tierra y 8º grados por debajo de la misma. En ese espacio es donde vemos moverse el Sol, los planetas y las doce constelaciones antes mencionadas. El problema es que ese espacio, con sus doce casillas, fue fijado por Hiparco hace más de 2.000 años y la precesión del eje de la Tierra ha hecho que hoy las fechas no se corresponden con la realidad. Un ejemplo: según el zodiaco el Sol está en Tauro entre el 21 de abril y el 21 de mayo. En la actualidad, el Sol pasa por Tauro entre el 13 de mayo y el 20 de junio. Esta precesión es la que explica, asimismo, la existencia de una tercera casilla: Ofiuco.

Villa Farnese. Bóveda de la Sala Mapamundi. Giovanni Antonio da Varese

Predicciones aparte, hay otra lengua más concreta y más pegada a la tierra en la que el cielo se manifiesta y es tan antigua como las anteriores. En esta lengua intentan decirnos lo que debemos hacer y cuándo debemos llevarlo a cabo. Difícilmente la entendemos los habitantes de las ciudades, pero la gente del campo todavía hoy la recuerda en buena medida. Mejor la interpretaban las antiguas civilizaciones, porque tenían que valerse de ella para saber cuál era el momento adecuado de la recogida o de la siembra, por ejemplo. De esta manera, en el antiguo Egipto, sabían perfectamente que cuando la brillantísima estrella Sirio asomaba por el horizonte poco antes del amanecer, había llegado el momento de preparar la tierra, pues sabían que poco después llegaría la fértil crecida del Nilo. De esta misma manera, en la Edad Media, por citar otro ejemplo, sabían que cuando el Sol empezaba a meterse en Escorpio, tenían que labrar los campos, porque ese era el momento más adecuado. Hoy podemos disfrutar de esos libros magistralmente iluminados, en los que se ven cada una de las faenas acompañadas de la época del año, expresada mediante los objetos celestes.

En otras ocasiones, el cielo, en lugar de hablarnos, produce música. Pero éste es un sonido ya perdido. El gran místico y matemático Pitágoras estaba convencido de que la Tierra se hallaba en el centro del cosmos. Girando sobre ella se encontraba la Luna, el Sol, los cinco planetas visibles a simple vista (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno) y las estrellas. Todos estos cuerpos giraban en esferas concéntricas, esferas que, al desplazarse, producían un sonido armónico, audible en las noches más serenas. Él y sus alumnos tenían una concepción ideal del universo, como corresponde a una teoría basada en la relación matemático-musical, más que en la observación directa. De esta forma, suponían que cada esfera, sobre la que se deslizaban los cuerpos celestes, estaba situada en una relación numérica, que era la que correspondía a la relación que se da entre las notas musicales. Cuando Pitágoras descubrió la relación que había entre la longitud de una cuerda y el tono que producía al hacerla vibrar, descubrió también que esta relación es proporcional. Convencido como estaba de que el mundo debe expresar armonía y de que ésta se manifiesta a través de los números, el ilustre griego aplicó este orden a todo el universo. 

Nicolas Oresme. Livre du ciel et du monde

Esta teoría que consideraba el universo como un colosal instrumento de música se mantuvo a través del tiempo, y todavía en el siglo XVII se encontraba en vigor. Lo curioso es que hace poco tiempo, en 2006, un satélite de la Nasa ha descubierto que la atmósfera solar produce sonidos, ultrasonidos en este caso, que son, aproximadamente, unas 300 veces más bajos (graves) de lo que el oído humano puede captar, pero música de las esferas al fin y al cabo.

La quinta y última lengua es, sin duda, la más hermosa y difícil de las lenguas en la que el cielo nos habla. Es una lengua que todavía hoy no entendemos del todo, no porque la hayamos perdido u olvidado, sino porque aún no hemos sido capaces de descifrarla. Es una lengua que nace con el tiempo y el espacio, la más antigua de todas. Es la lengua primigenia. Frecuentemente decimos que somos polvo de estrellas. Es una frase muy poética. Puede parecer, incluso, un poco cursi, pero es real en todo su significado. Gracias a aquellos primeros elementos provenientes de las estrellas y que se depositaron sobre nuestro planeta hace unos 3.800 millones de años, surgió la vida. Sabemos, es cierto, algunas cosas, pero esta lengua se escribe en caracteres subatómicos y su gramática es totalmente distinta a la lengua que expresa lo grande, lo que se ve a simple vista. Posiblemente, la descodificación de todos sus signos nos ofrezca un conocimiento preciso y exacto del Universo y su comportamiento, de la materia en todas sus manifestaciones. Y no es que vayamos a ser mejores, pero si logramos interpretarla correctamente, como mínimo seremos un poco menos ignorantes.

***

Todas estas lenguas. incluida la científico-técnica, han encontrado expresión artística. Al fin y al cabo, dicha representación nació mucho antes de que lo hiciera la expresión teórica y el propio lenguaje escrito. El impulso por dejar constancia visual de preocupaciones, hallazgos y deseos nos acompaña desde las primeras pinturas prehistóricas, hace aproximadamente unos 40.000 años. Ahora bien, como el pensamiento mítico e intuitivo está mucho más extendido que el racional y ha conformado la mayor parte de la historia de la humanidad —la revolución científica no se inicia hasta el siglo XVI—, las representaciones artísticas, en una desproporción abrumadora, aluden a las lenguas simbólicas, que son, lógicamente, las más sugestivas a la hora de producir significados. Todavía en el siglo XIX Herder y Schleiermacher insistían en la naturaleza religiosa del conocimiento y el artista romántico afirmaba que sólo él podía acceder al infinito.

En la actualidad, teniendo en cuenta lo mucho que nos hemos alejado de la cosmogonía antigua y medieval, leer esas imágenes y disfrutarlas requiere de algunas claves interpretativas, pero no se trata nada más que de un pequeño esfuerzo al alcance de cualquier persona. En todo caso, ese pequeño esfuerzo nos ofrecerá el goce de saber qué querían decir nuestros antepasados y cómo entendían el mundo en el que vivían, lo que, en sí, es ya una gran recompensa.

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