Empecemos por lo de barroca, que esto es mío.
La cosa comienza, por si hubiera alguna duda, en el siglo XVII —¿hay algún siglo más propiamente barroco?—. Los jesuitas, ilustrados ellos, no desperdician la ocasión y en 1610, aprovechando las formas y los números de la flor, le dan el nombre de flor de la pasión. En los zarcillos ven el látigo con que Cristo fue azotado; en los estilos, los tres clavos con los que le sujetaron a la cruz; la corola, claro, la corona de espinas que le colocaron; las anteras, las cinco heridas que le hicieron. Y para redondear la historia, el frutillo que da contiene unas semillas rojas y pegajosas, es decir, son las gotas de la sangre. ¿Se puede pedir más?
Pues sí, hay más. Una de las leyendas sobre su origen dice que la hermosa hija de un capitán español se había enamorado de un joven guaraní. Eran amores prohibidos y se veían a escondidas. El padre de la joven, ay, ya había escogido a otra persona para marido de la hija. La hija se opuso y le dijo que era otro a quien amaba. El capitán se enteró de quién era el amante de su hija y... lo mató. Mburucuyá, que era así como la llamaba su amado, fue hasta donde estaba muerto su amor y se hundió en el corazón una flecha de plumas. Su cuerpo cayó sobre el de él. Más tarde, allí nació una planta que nadie había visto nunca. A esa planta la llamaron mburucuyá.
Existe una infinidad de especies, la inmensa mayoría es originaria de América, como fácilmente habréis supuesto, aunque se han registrado unas poquitas especies en el sureste asiático y en Oceanía. Estas que aquí aparecen son todas de la muy donostiarra calle Aldakoenea.
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