domingo, 12 de agosto de 2018

MUSEO DE LA CLASE OBRERA

Calambur
Museo de la clase obrera no ofrece una lectura fácil ni inmediata. Como bien señala Emilio Torné en el texto de las solapas, el desafío a los pedestales de la gramática no tiene intención de simple voladura sino que fundamenta la indagación poética que, a partir de los fragmentos y las pavesas, tiende nuevos puentes volátiles hacia la revelación. Bajo la presencia tutelar de Rimbaud, se evoca críticamente a las vanguardias (nunca su nostalgia y menos su reverencia), lo que aquí poco tiene que ver con el irracionalismo, antes bien con un pleito a la razón descriptiva, con una incursión en los límites del lenguaje que son, bien es sabido, los límites del conocimiento.

Ante este tipo de poesía tenemos dos opciones: dejarnos llevar por la sugestión de las palabras y quedarnos en la superficie de la impresión primera, o bien, arrastrados por esa primera impresión, indagar en la multitud de alusiones, nombres propios, juegos metafóricos, suntuosidad de las imágenes y armarnos de razón poética para terminar confluyendo en el río solidario al que las palabras nos arrastran. No es tarea cómoda y exige participación y entrega por parte del lector, pero la experiencia es mucho más rica y satisfactoria.

Ante la complejidad de la escritura de J. C. Mestre, la ausencia de puntuación y la utilización de la prosa poética, he optado por el escaneo en lugar de la transcripción para evitar erratas y garantizar una lectura fiel. Si el tamaño de la letra os resulta pequeño para leer en pantalla, podéis acudir aquí y ampliar cuanto sea necesario. En cualquier caso, un texto no es el libro, que se me antoja más necesario que otros en su lectura completa.



Tal vez todo esto se perciba un poco mejor si se tiene en cuenta la poética que dejó redactada para Las afinidades electivas:

Solo hay un acto, escribió Malraux, sobre el que no prevalecen ni la negligencia de las constelaciones ni el murmullo eterno de los ríos: es el acto mediante el cual el hombre arranca algo a la muerte. Lo difícil tal vez resida en poder vivir hasta su últimas consecuencias la vida del poema, escribirlo viene después, anotar lo inexpresable de aquella conjura contra el tiempo, hacer materia de memoria la experiencia de vida del que vive tal como le gustaría ser recordado. La vida, ha escrito mi amigo Jorge Riechmann, carece de sentido sin resistencia al mal. Muchas veces me he preguntado qué otro sentido podría tener hoy la poesía que no fuese la fundación de un acto, ya nuevo o reiterado, de conciencia, palabras sin dueño en la república de los borrados, de aquellos que conscientemente han renunciado a ejercer todo derecho que implique alguna forma de autoridad artística sobre los demás. En esa oscuridad resisto, de esa voz sin boca me alimento. Oigo voces, eso es todo.

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