jueves, 5 de julio de 2018

CAUSA DEL AMOR, Francisco Brines


Francisco Brines pertenece a una generación de poetas verdaderamente grande (Gil de Biedma, Ángel, J. A. Valente, González, J. A. Goytisolo, C. Rodríguez, A. Gamoneda, Caballero Bonald... Tal vez por eso, o por ser una persona extraordinariamente discreta y humilde, su nombre no sea reconocido cuanto debe. 

Él es el más cernudiano de todos ellos, y también el más ajeno a las preocupaciones colectivas, o si se prefiere, sociales. De profunda mirada elegíaca, su actitud calmada y serena envuelve cuanta imagen crea. 

Ayer andaba revisando unos libros cuando me ha salido al paso este de Brines. He sentido la necesidad de dejar constancia de la admiración que le profeso.

"Causa del amor" pertenece al poemario Palabras en la oscuridad, Ínsula, 1966. Debajo del poema tenéis el audio con la lectura que hace él de su poema.




CAUSA DEL AMOR 

A Detlef Klugkist

Cuando me han preguntado la causa de mi amor
yo nunca he respondido: Ya conocéis su gran belleza.
(Y aún es posible que existan rostros más hermosos).
Ni tampoco he descrito las cualidades ciertas de su espíritu
que siempre me mostraba en sus costumbres,
o en la disposición para el silencio o la sonrisa
según lo demandara mi secreto.
Eran cosas del alma, y nada dije de ella.
(Y aún debiera añadir que he conocido almas superiores).

La verdad de mi amor ahora la sé:
vencía su presencia la imperfección del hombre,
pues es atroz pensar
que no se corresponden en nosotros los cuerpos con las almas,
y así ciegan los cuerpos la gracia del espíritu,
su claridad, la dolorida flor de la experiencia,
la bondad misma.
Importantes sucesos que nunca descubrimos,
o descubrimos tarde.
Mienten los cuerpos, otras veces, un airoso calor,
movida luz, honda frescura;
y el daño nos descubre su seca falsedad.

La verdad de mi amor sabedla ahora:
la materia y el soplo se unieron en su vida
como la luz que posa en el espejo
(era pequeña luz, espejo diminuto);
era azarosa creación perfecta.
Un ser en orden crecía junto a mí,
y mi desorden serenaba.
Amé su limitada perfección.


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