miércoles, 23 de mayo de 2018

ROBERT LOWELL

El año pasado Vaso Roto se atrevía con toda la poesía de R. Lowell. Casi dos mil páginas repartidas en un par de tomos pueden asustar a mucha gente. En cualquier caso, es de agradecer el esfuerzo de la casa editora por presentarnos bien recogida y bien editada la obra de uno de los más importantes poetas en lengua inglesa del pasado siglo. Las notas del traductor, Andrés Catalán, son una fuente de claridad imprescindible. Los prólogos, también.

R. Lowell es algo así como el autor más destacado de la corriente que ha dado en llamarse poesía confesional, aunque tal vez sería más exacto decir que fue el poeta de su propia biografía; de ahí la importancia de las notas que acompañan la publicación para poder situar en el contexto preciso las palabras del poeta. Aquí la anécdota biográfica sí es importante, lo que no quiere decir que no se pueda disfrutar de su poesía sin el conocimiento de cada una de las anécdotas, nombres y referencias que la pueblan, pero se pierde una parte importante.

El poema preferido de Seamus Heany era el larguísimo Ulises y Circe. Por razones de comodidad y manejabilidad os lo dejo en la traducción Luis Javier Moreno —Día a día, Losada, 2003—. 

I
Diez años antes de Troya y diez antes de Circe,
suplantaron los nombres de las cosas,
los nombres que él, Ulises, les pusiera,
perdidos, por entonces, nombres suyos:
mirmidones, espartanos, un soldado de Ulises el temido…
¿Por qué he de renovar su infame sufrimiento?
Él ya ha obtenido su porción de gloria,
cuando se le ocurrió hacer un caballo
de madera, a tamaño mayor que el de una casa,
poniendo fin así a diez años de guerra,
A causa del engaño”, él asegura:
Yo llevé a cabo lo que ni Diomedes,
ni Aquiles, hijo de Tetis él,
ni nadie entre los griegos,
con su innúmera flota lograr pudo:
Destruir Troya tal y como lo hice”.

II
¿Acaso hay aún quién dude
que lo mejor para una esposa sea
despertarse a las cinco, con el sol, y para ella
disponer de tres horas al día, suyas, propias?
Él ve cómo transcurre, entre azul y marrón,
su río cotidiano, deslizándose
por su antebrazo joven, estirado
y entrecruzarse luego…
Como una hoguera roja el sol se eleva,
débil chisporrotea por las ramas más bajas,
devorando las hojas (como hace la langosta)
dejando intacto y sin quemar el árbol.
En quizá diez minutos,
o en el mismo intervalo al de su despertar,
el sol se pondrá blanco, como suele,
cambista indiferente que trueca noche y día,
el inmutable, él mismo, tanto en paz como en guerra…
Alternando producen las persianas líneas de sol y sombra,
aunque las d ella sombra prevalezcan
sobre la honestidad de su cómodo lecho regalado.
A su lado acostada yace Circe,
como tibia madera soñolienta y gustosa…
Ella dice: “Me están contando tantas maravillas
y soy tan dormilona,
que siento incapaz de dar respuesta”.

III
¡Ojalá que sin día llegase la mañana!
Él continúa acostado y teme a los sirvientes,
sus conductas al uso, sus palabras
insistentes, salvajes. Se le va d ellas manos…
Su exótico palacio, de travesía imposible,
ha sido concebido de tal modo
que ningún griego sobrio pueda bien navegarlo.
Tiene miedo al chillido de los cerdos
que bajo su ventana entierran carne,
el que estos animales
grasientos sean humanos y que exijan
su lugar referente en el banquete.
Su propio corazón se le atraganta,
pero sólo es un mal imaginario,
luz del alba que llega con la aurora…
¿Por qué he llegado a ser mi propio fugitivo,
por qué me ha trastornado la belleza de Circe
hasta hacerme sentir distinto de otros hombres?”

IV
Ella abandona el lecho y su cabello
está lo mismo que su corazón: intrincado y revuelto.
Hablan como dos huéspedes
que espera que sea el otro el que abandona la casa…
Esa armonía bastarda de lo irreconciliable.

Su decisión de abandonar a Circe
se hace necesidad.
Compasión es terror y ningún cisma
puede ya quebrantar, de su débil carácter,
las inmisericordes decisiones.
Sus ojos se convierten en un pozo de llanto,
en el que, hipnotizados,
caen sus seguidores, idiotas animales.
Imposible les es la vigilancia;
como degenerados,
siguen al ritmo de ella en sus impulsos,
consumiendo sus días y dudando después
con sumisión histérica.

De joven tomó Ulises decisiones
sobre comprometidas estrategias;
mas en su edad madura ha decidido
asumir un futuro lleno de incertidumbre;
él morirá, como otros, por designio de los dioses,
haciendo que naufrague su tripulación última
en un ignoto océano, a la busca
de un mundo despoblado aun más allá del sol,
perdido en los clamores más groseros
de un vendaval ruidoso.

En la isla de Circe diminuta,
se le amplió la forma de contemplar el mundo
(tras leves mezquindades, se ennobleció a sí mismo
hasta dar con el modo de regresar a casa).
Todo le disgustaba
en su mítica vida empobrecida.

Nostalgia le da el loto por su irremediable
dolor que él ya detesta… Ella está donde está.
Su discurso salpica
con los coloquialismos ya caducos
de una generación más joven que la suya
(dialecto de moda en esta isla).
Ella lleva consigo su magnífico tiempo…
Las bellísimas chicas que la siguen
son aún para Circe sus mejores amigas,
pese a que su reputación esté dañada
más que lo estuvo nunca la de Helena,
pero a Helena le salvaba su graciosa apostura.

Circe apenas si llega
a cortadora de retales míseros
(los desperdicios de sus cortes yacen
desperdigados todos por los suelos:
no usados, mal usados, chaquetones e insignias,
la bestia degollada).

A ella le va el desorden de su casa
(llaves ocultas para cerraduras
ya inencontrables,
anónimos retratos, cosas muertas
envueltas en papel color de polvo…),
la oleada del vino anterior a la lucha.

Leves placeres dejan quemaduras eternas
(el aire se calienta por altas galerías
y miles de termitas acaban con las vigas);
éste es un pensamiento de mediados de otoño:
el momento en que mueren los insectos
de una forma instantánea,
como quisiera uno que lo hiciese un amigo.

De camino hacia el barco, a un árbol solitario
se le caen de repente la mitad de sus hojas,
teñidas por la duda,
mustias antes de tiempo.

V
Durante mucho tiempo yo empapado
y a menudo también tocando fondo
por el verde, gran mar, de los semáforos
que autorizaban nuestra navegación,
hallé que mi fatiga era la luz del mundo.

La tierra no es la tierra si yo tengo
mis ojos en la luna, en su imagen captada
en un único instante vacío
(duplicidad infiel ofrecida a los hombres).
¿Tras de tantos milenios,
no estás cansada, Circe,
de transformar cochinos en cochinos’

¿Cómo podré agradarte, si yo no soy un hombre?

Por mi supervivencia conseguí que mis huesos
perdieran su color
(yo, que era el que esperaba abandonar la tierra
mucho más joven que cuando llegué a ella).

Nuestra edad se ha tornado en porquería
inarrancable ya de su sucia bayeta.

La edad que cruza nuestros rostros
hacia el final del túnel
(si es posible la fe en las creencias)
tornará más ligera nuestra carne.


VI
Penélope

Ulises anda siempre dando vueltas,
ni la fragilidad de su hijo
ni la pasión por su mujer
(¡cuánto la hubiese eso confortado!)
le detuvieron nunca. Ella no encuentra hazañas
ni en su marcha a la guerra ni en su regreso de ella.
(¡Diez años para ir y diez para volver!)
Desde el muelle a su casa,
a pie y ante la vista de todos él camina.
No ha podido ninguno reconocerle en Ítaca,
aunque todos conozcan las hazañas de Ulises.
Corren más sus rodillas que sus pies
y su boca apretada se hincha de aire,
su vista se ha habituado a bienvenidas.
Él busca alguna cosa que le oriente...
Cuanto le fue una vez intensamente blanco,
una señal y referencia antes,
solamente es ahora un estacionamiento de navíos.
Qué pálida y sin suerte parecía cu cara
veinte años atrás, hasta incluso la víspera
de su embarque triunfal y carnaval de gloria,
cuando dejó a Penélope hechizada
hasta desvanecerse ella en sus brazos
a causa de la danza. El riesgo fue su oficio.
Su polvorienta ruta a mediodía es ahora su casa;
él imagina
que ella sale en su busca velozmente,
vistiendo una amplia túnica de tubo
impregnada de todos los deseos,
la que ya se había puesto
en el último mes de su embarazo.
Entonces, sin todavía necesitar gafas,
los ojos de ella estrellas parecían,
conejo acorralado... Es hoy su casa
más tolerante y más condescendiente;
ella sigue en su hogar, confortable en su entorno
con su hijo, los amigos de su hijo,
todos sus pretendientes
(el caos habitual de quienes viven bien),
con salud y riqueza contrapuestas
en sus indumentarias...
(Sólo el dolor podría justificar la fealdad).
Él ha visto ya el mundo conocido,
lo mejor y peor de los humanos;
el enorme entusiasmo de su peregrinaje
asume el peso y la gravitación
del estar vivo. Ulises entra en casa,
los ojos muy cerrados y la boca muy suelta...
El lecho conyugal le queda a un paso,
pero confunde a la hija con la madre.
No es de extrañar. Los varones le expulsan
(un animal idiota, mas perverso).
Ya está afuera;
sus no deseadas manos están ásperas,
dicen te quiero desde la otra parte
del ventanal cerrado.
A sus cuarenta años, todavía,
ella es el mejor busto de todas las presentes.
Él la mira y ella ve que la mira idiotizado;
ella se vuelve entonces
hacia sus pretendientes conociendo
que el arte mentiroso de la diosa Minerva
no devolverá a Ulises
la invencibilidad que tuvo ni tampoco
la juventud que entonces poseyera...
¡Media vuelta -Volte face-!
(Él gira al modo de los tiburones,
haciéndose visible detrás de la ventana).
Orgulloso de su cuerpo, doloridos los ojos
y satisfecho por sus cicatrices,
Ulises, instintivo asesino
en el machismo de su senilidad,
saborea de antemano el apogeo de la lucha
quebrantando las aguas por destruir su huella.
Él ha sobrepasado su tamaño.
Es uno más entre los pretendientes,
sus agallas están plegadas y en su sitio,
antinaturales rejillas de ventilación,
que con un botoncillo podrían ser cerradas,
como lo son las celdas de una cárcel...
Diez años de pasado y otros diez de futuro.

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