lunes, 5 de febrero de 2018

SHEPPEY (HABLA LA MUERTE)

Había un mercader en Bagdad que envió a su sirviente al mercado a comprar provisiones; al poco tiempo el criado regresó, pálido y tembloroso, y dijo: Amo,  estaba yo ahora mismo en el mercado cuando me ha empujado una mujer que había entre el gentío y cuando me he dado la vuelta, he visto que era la Muerte la que me empujaba. La Muerte me ha mirado y me ha hecho un gesto amenazador. Présteme usted su caballo, por favor, y me marcharé cabalgando de esta ciudad para eludir su destino. Iré a Samarra y allí la Muerte no me encontrará. El mercader le prestó su caballo, y el sirviente montó en él, clavó las espuelas en los flancos y se marchó tan rápido como el caballo podía galopar. Luego el mercader bajó al mercado y me vio de pie entre la multitud y vino a mí y me dijo: ¿Por qué le has hecho un gesto amenazador a mi sirviente cuando lo has visto esta mañana? No ha sido un gesto amenazador, le dije, simplemente ha sido un gesto de sorpresa. Me ha sorprendido mucho verlo en Bagdad, porque tenía una cita con él esta noche en Samarra.

Sheppey —que yo sepa no está traducida al castellano— es la última obra de teatro escrita por Somerset Maugham. En ella se nos cuenta la historia de un peluquero al que le toca la lotería y cómo este hecho puede cambiar su vida y la de quienes se encuentran a su alrededor. La ambición levanta rápidamente las alas y planea sobre familiares y allegados. Pero este sería simplemente un tema secundario, porque lo que está planteando el autor es la inevitabilidad del destino y ahí es donde aparece la Muerte como personaje y le da esa respuesta al protagonista cuando este se lamenta ante ella diciéndole: Ojalá hubiera bajado a la isla de Sheppey cuando el médico me lo aconsejó. No hubieras pensado en buscarme allí.

El cuentecito como tal es verdaderamente impecable y por eso ha tenido sus copistas, aunque nunca lo citen —el prurito de originalidad es un escozor difícil de curar—. Seduce por la sorpresa y sorprende en su eficacia narrativa por la tremenda economía de medios: palabras justas y elementos indispensables para conseguir la absoluta contundencia del mensaje. Pero lo que a mí más me admira es la permanencia de ese mensaje. Intentaré explicarme.

El destino es el futuro inevitable y previamente fijado, aquello que está señalado y se va a cumplir. Es decir, hay una creencia en algo superior y este algo superior es quien se encarga de que lo escrito se cumpla. Ya sean las Moiras griegas, la predeterminación de Lutero o Calvino, o la regularidad causal del reloj de Newton, el destino es el que es y no podemos evitarlo. Consecuencia: la libertad no existe.

Allá cada cual con sus creencias y opiniones. A mí, desde luego, se me hace difícil creer en algún geniecillo, ser majestuoso y omnipotente o mecanismo físico que determine y me obligue a escribir lo que ahora estoy escribiendo. Pero esa puede ser mi dificultad de torpe agnóstico. Lo que no entiendo de ningún modo es qué sentido tiene la moral si no somos responsables de nuestras acciones

La próxima vez que alguien cometa un delito, tal vez los jueces deberían condenar a alguna de las Moiras; al fin y al cabo solamente son tres y pronto se acabarían con los desmanes.

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