sábado, 4 de noviembre de 2017

CUANDO LA MÚSICA ES CAPAZ DE SUAVIZAR DOLENCIAS

Ando esta semana un poco agobiado con unas dolencias físicas que no terminan de desaparecer y unas lecturas atrasadas que, como todas las tareas no resueltas, van creciendo hasta convertirse en auténticas montañas insalvables a las que, al final, debemos renunciar. Y mientras me peleo con los párrafos de unos y otros libros, me van llegando los avisos de que empiezan a estar disponibles los vídeos de Naukas Valladolid —preocupante, muy preocupante eso de la singularidad tecnológica y la superación del nivel 1 de inteligencia artificial—, al mismo tiempo que Daniel C. Dennett y su recién publicado y apasionante De las bacterias a Bach. La evolución de la mente me van exigiendo mayor atención.

Sin saber cómo iba a responder mi cuerpo, me fui ayer al concierto que ofrecían en el Kursaal la OSE y Achúcarro —había adquirido con anterioridad la entrada y no era cuestión de perderla—. No diré aquello de que la música sana enfermedades, pero el placer de oír la interpretación que el magnífico pianista bilbaíno realizó del Concierto para piano (mano izquierda) y orquesta de Ravel, hizo que durante un tiempo mis pequeñas preocupaciones fueran insignificantes o incluso desaparecieran. Si a eso añadimos, después del descanso, la intensidad de la Sinfonía nº 11 de Shostakovich, fácilmente se entenderá que yo me olvidara de cualquier otra cosa que no fuera la música que estaba escuchando.

Joaquín Achúcarro, después del estupendo concierto de Ravel, nos ofreció un delicioso bis, el Nocturno de Scriabin, también para la mano izquierda. Un lujo de la noche del viernes... que quiero que se prolongue durante este sábado:


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