domingo, 11 de junio de 2017

¿QUIÉN LE HACÍA LA CENA A ADAM SMITH?

Mi antiguo y querido profesor de Historia nos solía decir de vez en cuando: No tengan la más mínima duda, todas las guerras son cuestión de estómago, concretamente de unos cuantos estómagos masculinos. La primera vez que nos lo dijo, no acabé de entender la metáfora. La tal metáfora queda ampliamente confirmada y desvelada en este libro.

Katrine Marçal lo dice claramente y sin rodeos: 
Si queremos comprender por qué estamos experimentando un aumento de la desigualdad económica, hemos de entender la perspectiva feminista de la economía: quién le hacía la cena a Adam Smith y por qué eso tenía importancia económica (p 159). 

La cuestión es que el homo economicus no puede seguir siendo el patrón por el que se rijan los principios ni el análisis ni las actividades de la economía, porque eso significa dejar fuera la propia humanidad, porque eso significa disponer de una visión del mundo restringida y discriminatoria que termina produciendo sociedades injustas y dolientes.

Y es que la lógica es tan sencilla como aplastante. Para que Adam Smith —o quien quiera que sea el Adam Smith de turno— se ocupara de pensar y de redactar sus ideas, de encontrar la tranquilidad y el sosiego necesario, incluso el estímulo para escribir, fue necesaria la existencia, como mínimo, de una mujer: Margaret Douglas, que hacía cosas que la economía desprecia e ignora, pero que eran fundamentales para el desarrollo de la vida.

El libro no es, por supuesto, un biografía del padre de la economía, sino un amenísimo y riguroso estudio de los grandes males de la economía. Eso sí, bien salpimentado de anécdotas y cuentos varios, lo que hacen de él un ensayo de fácil lectura y rápida asimilación. La idea central, claro está, cabe dentro de la pregunta que constituye el título.

Mientras sigamos entiendo la economía como esa ciencia que se ocupa de los fines y de los medios para explotar con mayor benficio los escasos recursos de la Naturaleza; mientras sigamos entendiendo al hombre (masculino singular) como centro de todos los privilegios, protagonista de una sorda y canalla competencia por dominar el mundo y ser el primero en llegar a no se sabe dónde, la economía solo producirá cálculos matemáticamente exactos y una gigantesca brecha entre ricos y pobres.

Qué distinto sería el mundo, (...) si hubiéramos definido la economía, por ejemplo, como la "ciencia que estudia cómo los humanos satisfacen sus necesidades y disfrutan de los placeres de la vida utilizando los regalos de la naturaleza" (p 182), 

¡qué distinto!

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