lunes, 26 de junio de 2017

HAY UN BICHO, HAY UN BICHO

—¡Hay un bicho, hay un bicho! —avisa un coro infantil desde el otro lado de una verja que circuncribe los límites del recinto escolar.

Si uno está aparcando tranquilamente una mañana de verano sin tráfico en la calle y oye un coro de voces infantiles gritar como si se tratara del fin del mundo que hay un bicho, uno, si no es un desalmado, un insensible o un sordo, deja inmediatamente la maniobra y sale asustado del coche a preguntar sin pérdida de tiempo al coro infantil dónde está el bicho.

—¡Ahí debajo, ahí debajo! —suelta el coro mientras señala cada uno con su índice.

Ese uno, con el susto aún en las mismísimas amígdalas, da un paso hacia atrás y empieza a inclinarse para comprobar qué puede haber debajo del coche y en qué estado se encuentra, porque no es lo mismo encontrarse un bicho tipo asqueroso y dispuesto a saltarle a uno sobre los ojos, que un lindo cachorro medio espanzurrado por la rueda del maldito coche y pasarse luego varias semanas conviviendo con el complejo de culpabilidad y el ¿por qué no habré puesto más atención antes de empezar la maniobra?

Así que, entre el temor y el resquemor, uno inicia la maniobra de inclinación muy lentamente, frenado a medias por el miedo, a medias por la culpa. Pero cuando cree que la ha completado y abarca con su vista toda la superficie que hay bajo el coche y no ve nada, absolutamente nada, se vuelve ligeramente hacia el coro, sin dejar de vigilar con el rabillo del ojo —por si acaso—, y pregunta tímidamente al mismo tiempo que valora la posibilidad de que el coro esté tomándole el pelo:

—¿Dónde?

—¡Ahí, ahí, ahí! —gritan al unísono mientras alargan sus diminutos brazos como si quisieran tocar con la punta de sus dedos el bicho.

Uno, sobre unas cuatro patas un poco ridículas, inspecciona con mayor atención el lugar hacia el que los ojos y los dedos del coro infantil se dirigen y... ¡tachán!, entonces descubre un hermoso escabarajo de color marrón claro y manchas blancas. Lo recoge con mucho cuidado. La alegría del hallazgo hace desaparecer temores y resquemores al unísono. El coro, en cambio, pierde la unanimidad.

—¡Dámelo!
—¡A mí, a mí!
—¡Es mío, es mío!
—¡Yo lo vi primero!
...

Afortunadamente para el uno, ante el escándalo de las demandas, se acerca una maestra para comprobar qué es lo que pasa. Uno se lo explica y le ofrece el ejemplar para que lo vean en la clase. La maestra acepta agradecida y uno se despide del hermoso bicho con la tranquilidad de no haber atropellado a ningún ser vivo ni haber sido presa de sus feroces dentelladas.


El bicho. Polyphilla fullo o escarabajo batanero.

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