lunes, 13 de marzo de 2017

CARROÑA, de Javier Pérez

Carroña, Javier Pérez. Museo de Bellas Artes de Bilbao de Bilbao.
Iba yo a entrar en la suave intimidad de Renoir cuando me sorprendió esta lámpara-carroña reventada en el suelo mientras los cuervos daban buena cuenta de ella. No es que me asustara, ya sabía que estaba entrando en un museo, pero sí me sorprendió el resplandeciente contraste entre la belleza de los rojos traspasados por la luz diurna y el fuerte simbolismo de la escena, en la que diez cuervos, negros como ellos mismos, dan buena cuenta de lo que cualquiera esté dispuesto a imaginar, menos una lámpara de cristal de Murano.

La obra es de Javier Pérez se muestra en la entrada del museo, dentro de la categoría de obra invitada que con buen criterio ha organizado el Museo de Bellas Artes, y que permite ofrecer al público una muestra de algún artista más o menos joven. Lo que quiere decir, entre otras cosas, que puede ser vista sin acceder propiamente al museo. 

Lo bueno del arte es que podemos mirar la obra como queramos y hacer la lectura que creamos más propia, o dejarnos llevar por las explicaciones formales y por lo que el autor sugiere a través de entrevistas diversas. En sí, el texto que acompaña a la obra en el museo es el siguiente: 

La lámpara opera como metáfora de la fragilidad, mientras que el color rojo evoca la sangre y la vida ante la siniestra actividad de los cuervos. Con su inquietante presencia, parece haber sido concebida por su autor con el propósito de provocar una reflexión sobre la vacuidad de las cosas y, al fin, sobre la temporalidad de la existencia.

Desde luego el simbolismo y la alegoría es una de las bazas con las que juega muy a menudo el arte, pero aquí el salto alegórico es tan grande que no pude nada más que ponerme inmediatamente del lado de los cuervos. Por un lado, los cuervos son disecados; por otro, el cristal, por muy rojo que sea y muy de Murano, no forma parte de la dieta de estas nobles aves. Sí, soy capaz de apreciar ese juego de colores que el rojo y el negro producen, pero me resisto a dar el siguiente paso.

Que la taxidermia ande en el juego me produce un rechazo visceral repentino, como cuando entro en esas salas donde luce la cabeza disecada de algún mamífero al que han colgado como trofeo. Que los cuervos sean utilizados para abundar en los tópicos falsos tan manidos, multiplica ese rechazo.

Habrá que volver a recordar la Introducción a las fábulas para animales (p 7-8) de Ángel González y decir a los cuervos que observen al homo sapiens para que aprendan a sacarse los ojos como lo hacemos los humanos.

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