jueves, 23 de marzo de 2017

A LUCRECIA, QUE LLEVABA UN RELOJ EN SU SORTIJA DE CASADA

Vierte el tiempo, Lucrecia, en esa copa
que acabas de llenar hasta los bordes
y que él levantará como un triunfo,
brindando por tu amor. Que él envejezca
y no tú. Que se dé cuenta de todo
y no pueda hacer nada, que el veneno
del tempus fugit corra por sus venas
y le devore el cuerpo y el espíritu.
Y cuando en la sortija ya no quede
rastro de tiempo, lléname la boca
con el néctar sin horas de tus labios.

                              Sin miedo ni esperanza, Visor, 2002

Luis Alberto de Cuenca tiene una enorme capacidad para el humor, y eso se agradece mucho cuando se lee poesía, porque esta, lo mismo que la filosofía, tiene una inequívoca tendencia hacia lo grave y solemne. 

El poema apareció publicado por primera vez en Cómo se hace un poema, donde 52 poetas ofrecían sus enseñanzas sobre el tema a partir de un ejemplo concreto. Bueno, algunos las ofrecían y otros las ocultaban, pero no es esa la cuestión.

Lo que más me divirtió del ejemplo del madrileño fue el tono igualmente humorístico de su comentario, que cerraba con estas aclaratorias palabras —no fuera que algún ingenuo pensara en la incitación al crimen por parte del poeta y acudiera a la policía—:

Naturalmente no me creo que sea posible quitarse el tiempo de encima y pasárselo a otro, para que se convierta en polvo en un santiamén. Lucrecia, con seguridad, se hará vieja al lado de su pesadísimo esposo, y el poeta no libará sustancia alguna de sus labios de rosa. Pero ahí está la poesía, ahí está la literatura para convertir en posible lo imposible y poner una gota de frescor y de alivio en nuestra boca, apenas emergente del caldero de aceite hirviendo donde nos consumimos a diario.

El comentario completo podéis leerlo en Cinco poemas de Luis Alberto de Cuenca comentados por él mismo.

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