jueves, 9 de febrero de 2017

YO EL SUPREMO, Augusto Roa Bastos

Cuenta Michel Nieva que en 1967 Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, a la sazón en Londres, propusieron a sus compañeros novelistas latinoamericanos escribir un relato sobre alguno de los dictadores de la región y reunirlos todos bajo el sello de una editorial francesa. El proyecto no pudo materializarse, pero sí propició la aparición de importantes novelas: El recurso del método (1974), El otoño del patriarca (1975) y Yo el Supremo (1974)

La obra de Roa Bastos se sitúa dentro de eso que imaginamos como gran novela latinoamericana y a la que atribuimos de forma espontánea cualidades como estar escrita con absoluto dominio técnico, poseer una riqueza verbal deslumbrante, inaugurar caminos narrativos nuevos, desplegar una creatividad formidable... Cierto, todas esas características y otras más están en Yo el Supremo, cuya única pega la encuentro en mí y es que no entiendo cómo he tardado tantos años en leerla.

Tal vez, el aspecto más singular de la novela sea que está escrita desde una sola voz, la de "el Supremo", lo que aporta al relato una contundencia y una atmósfera perfecta para meternos en el asfixiante territorio físico y mental del dictador José Gaspar Rodríguez de Francia, producto arquetípico de la época y representante ejemplar del poder absoluto, aspiración esta que parece no tener fin entre la clase dirigente.

Otro aspecto muy destacable de la escritura de Yo el Supremo es la abundancia de recursos lingüísticos, como la proliferación de imágenes y de metáforas, la utilización de formas aglutinantes —espejo-persona, muerto-ser-completamente-vivo, cuerpo-tercerola...— que es una característica del guaraní, lengua hablada en Paraguay, y que dotan al texto de una alta expresividad. Pero sobre los recursos expresivos que utiliza el autor sería necesario escribir todo un libro.

El texto da comienzo con este estupendo bando, que dará origen a toda la trama. Por cierto, todas las ediciones que he podido consultar lo imprimen imitando la mejor caligrafía manual antigua, lo que es todo un acierto. Aquí simplemente hago una aproximación con  lo que mi ordenador me deja.

Yo el supremo Dictador de la República

Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado; la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas a vuelo.

Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memore sus nombres.

Al término del dicho plazo, mando que mis restos sean quemados y las cenizas arrojadas al río.

***
Mientras buscaba enlaces para el texto, he visto que en Paraguay están celebrando el centenario del nacimiento del autor, aunque no he podido localizar una página web que dé noticia de la agenda de actos. 

Y la entrevista de Joaquín Soler Serrano con el autor en aquel excelente programa de los años 70, A fondo.


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