domingo, 12 de febrero de 2017

EXPRESIÓN, COMUNICACIÓN, DIÁLOGO: POR UNA ÉTICA DEL COMPROMISO ARTÍSTICO

Toda persona tiene necesidad de expresar, en mayor o menor medida, aquello que siente, piensa, desea. Artista e intelectual serían las dos categorías de personas cuya necesidad de expresión va más allá de lo privado.

Sin querer entrar en la polémica de los años 50 y 60[1] sobre la esencia del arte y, más concretamente de la poesía, acerca de si en el acto creativo predomina la comunicación o, por el contrario, el conocimiento, es evidente que desde el momento en que surge la expresión se inicia la comunicación.  Lo que no siempre implica que exista un verdadero diálogo en el sentido de colaboración para la creación de sentido.

Posiblemente toda la historia del arte sea una historia de la expresión en sentido unidireccional: o bien el artista, como poseedor de la técnica y del saber, impone su criterio sobre el que observa; o bien el mecenas, sea éste quien sea, —Estado, banca, instituciones y personas adineradas de todo tipo— impone su criterio al artista, puesto que es quien paga y sostiene la producción.

Es necesario repensar entre todos la función del arte y su interacción con la sociedad para que no sea ni el criterio estético que el mecenas/poder impone, ni la manifestación ultraespecializada de un reducido grupo endogámico, generalmente al margen de la sociedad y vinculado a las vanguardias artísticas o intelectuales, que construye su propia jerga técnica como medio para proteger su pequeña parcela de poder y como llave de acceso al conocimiento.

En este sentido, en primer lugar, hoy es más fácil que nunca compartir la producción propia gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías, lo que permite exponer, decir, manifestar sin estar sujeto al filtro de los diferentes poderes (económico, político, social, académico...). Es, por lo tanto, más fácil democratizar la expresión artística y sacarla a la plaza pública, de tal manera que forme parte del debate e interaccione con los demás grupos sociales.

En segundo lugar, hoy es más necesario que nunca construir un conocimiento democrático, un saber compartido entre los diversos grupos, que tome como norma de la construcción del significado la colaboración de todas las partes en un diálogo verdaderamente igualitario[2], sin las reservas propias del especialista, sin los resabios gremialistas propios de la élite, donde todas y cada una de las personas tienen el mismo derecho a manifestar su opinión.

Por último, las nuevas tecnologías que permiten el acceso a internet, la extensión de las redes sociales y la existencia de Creative Commons[3] pueden hacer que una obra sea compartida, discutida y analizada desde la comunidad entera y tener en cuenta todos los puntos de vista. Esto posibilita la colaboración inmediata y el acceso de la población al conocimiento, creando así una verdadera comunidad del saber.

Así pues, la persona dedicada al arte en el más amplio sentido de la palabra, como responsable en alguna medida de la creación de significado y como educadora estética, puede y debe colocar a disposición de la comunidad sus reflexiones, de tal forma que la obra se convierta en una pieza más del tan estimulante como necesario diálogo social.


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