sábado, 21 de enero de 2017

CONTRA LA PENA DE MUERTE, 7

Imagen tomada de Pontos de Vista
Ahora bien, por una infeliz contradicción de su naturaleza, ese hombre, que tiene en el don de la vida su única oportunidad de salvación terrena, que con tanto terror se aleja de la muerte que lo ronda día a día, siempre atenta a interrumpirle los sueños e iniciativas, que, ayudándose de todas las armas y ciencias, la combate a escala local y a escala mundial, en un esfuerzo titánico de conservación singular y plural, hizo de ella y hace todavía en muchos lugares de la tierra, instrumento de castigo. Electrocuta, decapita, fusila o ahorca en nombre de la justicia, en una ceguera que se extiende hasta la propia imagen de la potestad a la que dice servir, representada significativamente con los ojos vendados en los templos jurídicos. En un sadismo que no solo lo niega físicamente, sino que también arruina la majestuosa construcción ética que representa, el hombre cambia con ligereza la toga impoluta de magistrado por la sucia casaca de verdugo.

Miguel Torga (1907-1995) abrió con un discurso del que he entresacado este párrafo el Coloquio internacional comemorativo do centenario de aboliçao da pena de morte em Portugal. Era el 11 de septiembre de 1967, lo que quiere decir que Portugal fue uno de los primeros países en abolirla.

El texto completo podéis descargarlo en Dialnet (https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/174818.pdf).

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