lunes, 12 de diciembre de 2016

FÁBULA DEL WOLFRAMIO

Una de las rotondas de entrada a Bergara. Imagen tomada de bergaraturismo.eus
El wolframio o tungsteno es un metal extraordinariamente duro que funde a los 3410ºC, lo que quiere decir que es ideal para fabricar artefactos que tengan que aguantar una temperatura muy alta como filamentos de lámparas, resistencias de hornos, brocas de taladro, dientes de tuneladoras o puntas de ojivas. 

Fue hace muchísimo tiempo, 1783, cuando los hemanos Juan José y Fausto Elhuyar consiguieron aislarlo en el laboratorio que la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País tenía en Bergara. De ahí el recuerdo y el reconocimiento que significa el símbolo del elemento colocado en la rotonda. El edificio donde lograron la proeza está ocupado en la actualidad por la Universidad Nacional de Educación a Distancia.

Sin embargo, la historia de la ciencia y sus hallazgos no siempre transcurre paralela a la de la sociedad y sus ambiciones. El wolframio fue prácticamente olvidado hasta que los alemanes se dieron cuenta, durante la Segunda Guerra Mundial, de que este metal era excelente para fabricar misiles capaces de atravesar los blindajes o construir cañones en aleación con el acero que siguieran siendo eficaces después de unos cuantos lanzamientos.

Y como en todas las historias de miseria y ambición, alguien saca provecho del sufrimiento de los otros. En este caso, los gobiernos de dos países oficialmente neutrales: España y Portugal. En el primero se encontraba Franco; en el segundo, Salazar. Ninguno de los dos tuvo ningún reparo para vender wolframio a la alemania nazi cuando allí agotaron sus reservas a partir de 1941.

Esta historia se reproduce continuamente desde el origen de la civilización. Quien tiene el conocimiento, los bienes o la ocasión no duda en sacar el mayor beneficio para sus intereses inmediatos, aunque sea a costa del sufrimiento y la muerte de otras personas. ¿Cuál es la respuesta?

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