martes, 12 de abril de 2016

EL AMANTE DEL VOLCÁN, de Susan Sontag

Durante las pasadas vacaciones he vuelto a leer El amante del volcán. No se me ocurre mejor incitación a su lectura que extraer unas cuantas citas. Creo que el mejor homenaje es recordar sus palabras. 

Lo que la gente admiraba entonces era un arte (cuyo modelo era el clásico) que minimizaba el dolor del dolor. Mostraba a personas capaces de mantener el decoro y la compostura, incluso en medio de un sufrimiento monumental.
Nosotros admiramos, en nombre de la veracidad, un arte que exhibe la máxima cantidad de trauma, violencia, indignidad física. (La pregunta es: ¿Sentimos estas cosas?) Para nosotros, el momento significativo es el que más nos perturba (p 306).

Nada es más odioso que la venganza (...) Parece que las estrellas conspiran para obligarme, a pesar de mí mismo, a convertirme en una persona cruel. ¡No, no obtendrán esa victoria! (p 322).

Sabemos de los muy malos y listos, y de los muy buenos y crédulos.
Pero qué hay de los otros: aquellos que no son ni malvados ni inocentes. Sólo personas normales e importantes, que se ocupan de sus importantes asuntos, esperando pensar bien de sí mismos, y que cometen los delitos más atroces (p 324).

Dignidad o miserable servilismo, nada alterará lo que los implacables vencedores decretan, convirtiéndose a sí mismos en una fuerza de la naturaleza. Tan inconmovibles por la compasión como el volcán. Misericordia es lo que nos lleva más allá de la naturaleza, más allá de nuestras naturalezas, que siempre están abastecidas de sentimientos crueles. Misericordia, que no perdón, quiere decir no hacer lo que la naturaleza, y el interés personal, nos dice que tenemos derecho a hacer. Y quizá tenemos derecho, como también poder. Cuán sublime no hacerlo, de todas formas. Nada hay más admirable que la misericordia (p 325).

A pesar de toda mi certidumbre, temí que nunca sería lo bastante fuerte para comprender lo que me permitiría protegerme a mí misma. En ocasiones tuve que olvidar que era una mujer para llevar a término lo mejor de lo que era capaz. O me mentía sobre lo muy complicado que es ser mujer. Todas hacen lo mismo, incluyendo a la autora de este libro. Pero no puedo perdonar a aquellos a quienes sólo importaron su propia gloria o su bienestar. Pensaban que eran civilizados. Fueron despreciables. Malditos sean todos ellos (p 427).

Si lo deseáis, podéis leer un extenso y aclaratorio comentario sobre la novela aquí.

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