jueves, 17 de marzo de 2016

ME EMOCIONA VER UN NIDO EN MEDIO DE LA GEOMETRÍA UTILITARISTA DE LA CIUDAD

Mediodía. Aparco el coche relativamente lejos de casa y miro hacia el cielo para evaluar si las nubes que entran por el noroeste me van a permitir llegar a ella sin mojarme. 

Unos metros más adelante, en uno de los árboles que adornan las aceras, descubro un pequeño bulto oscuro. Me acerco más y distingo un pequeño nido. Probablemente sea un nido de la temporada pasada.

Me emociona ver un nido en medio de la geometría utilitarista y funcional de la ciudad. No es infrecuente, pero es raro, más si se trata de una calle en la que las obras de construcción han estado presentes hasta hace pocos días.

Me emociona lo improbable del lugar, la persistencia de la naturaleza por resistirse a la dominación, la pujanza de la vida por mostrarse ajena a nuestros cálculos y reflexiones, la singularidad de lo natural para manifestarse al margen del ordenamiento al que queremos someterlo.

Me emociona la generosa vitalidad del árbol, el más hermoso de los seres vivos, albergue y refugio de la vida naciente. Me emociona tanto como me llena de sombras el presagio civilizatorio y amenazante del plástico enredado unas ramas más allá.

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