miércoles, 2 de diciembre de 2015

EH, TÚ, DETÉN TU CAMINAR Y MÍRAME

Amplíame, soy más bonita.

La naturaleza, cuando no está enfadada, suele ser generosa. Por ejemplo, a veces salgo a dar un paseo sin otra intención que la de hacer un poco de ejercicio, dejar que la vista alargue su horizonte más allá de la página del libro o de la pantalla del ordenador, vaciar las ideas improductivas y dejarme llevar por el ritmo del día, y, mira por dónde, salen a mi encuentro sonidos que se materializan en hermosos cantos de pájaros, o en transcurrir de arroyos que rumorean entre ellos, o en pequeños seres vegetales acicalados de ternura que me dicen:

—Eh, tú, detén un momento tu caminar y mírame.

Solo eso. Solo piden que los mire. Yo, obediente y deslumbrado, hago caso y miro. Luego, si llevo el teléfono en el bolsillo, lo saco e intentó robarle, si se deja, parte de su delicadeza y de su encanto.

En ocasiones, incluso ser feliz resulta sencillo.

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