martes, 10 de noviembre de 2015

BAI JUYI, EL POETA DE LA SENCILLEZ

Bai Juyi es uno de los grandes poetas chinos de la Dinastía Tang (618-907), la época clásica de la poesía china. A ese mismo período pertenecen Wang Wei, Li Bai (Li Po) y Du Fu (Tu Fu). 

Cuenta el estudioso Guojian Chen —y es esta anécdota la que más me interesa destacar— que el poeta buscaba siempre la claridad y la sencillez. Hasta tal punto era así que cuando terminaba de escribir un poema, se lo leía a una sirvienta anciana, y si ésta no lo entendía, lo corregía (p 40 Poesía china. Cátedra). No está nada mal como lección de humildad y como aspiración universal a la belleza.

Os dejo aquí uno de los romances o baladas que escribió, y que forma parte del acervo cultural del pueblo chino. La traducción es de Guojian Chen.

CANTO DE LA INFINITA TRISTEZA

El monarca de los Han,
muy amante de las faldas
ordenó que le buscaran
una bella sin igual.
Mas años y años pasaron,
sin que su ardiente deseo
se hiciera realidad.

La familia de Yang tiene una hija,
que está en la adolescencia florida.
Crecida en su gineceo recóndito,
los extraños nunca han podido verla.
Mas una hermosura tan perfecta,
¿cómo podría ser ignorada?
Presentada es al monarca.
Ladeando la cabeza,
esboza una sonrisa,
que mil encantos encierra,
y a todas las damas de la corte eclipsa.
En la frígida primavera,
se le concede el privilegio
de bañarse en la fuente Hua Ching.
La suave y tibia transparencia
embellece su piel alabastrina.
Ayudada por sus doncellas,
sale perezosa y hechicera.
Es entonces cuando el emperador
comienza a prodigarle favores.

Cabellos de nubes.
Rostro de flor.
Alhajas de oro.
Bajo las cortinas sonrosadas
conoce la noche de primavera.
¡Qué noche tan breve, empero!
¡Qué temprano llega el alba!

A partir de ese día,
el soberano deja de dar
la audiencia matinal.
Le acompaña la favorita
en sus paseos y orgías,
y comparte las dulces noches.
Aunque hay 3000 bellezas en la corte,
al amor de ella sólo se dedica.
La alcoba de oro y sus adornos sirven
para que resalte más su hermosura.
El pabellón de jade de las fiestas
aumenta lo graciosos de sus ebriedad.

A sus hermanos se les confiere
títulos de nobleza,
y la familia Yang
brilla en los círculos escogidos.
De extremo a extremo del imperio,
quienes preferían hijos varones
han cambiado de parecer.
El palacio de Li
casi se toca con el cielo.
El viento esparece por doquier
los divinos acordes
que acompañan alegres danzas.
El emperador ya no distingue
entre el día y la noche.

Se estremece la tierra.
Llegan desde Yuyang
terribles gritos de guerra,
quebrando las melodías
de “Vestido de Arco Iris
y Túnica de Brillantes Plumas”,
danza preferida del palacio.

Polvo y humo es la capital.
Torrentes de carros y jinetes
se precipitan a huir al sudoeste.
Banderas de Dragón imperiales,
temblando, avanzan.
A pocas leguas de la muralla
las tropas no quieren seguir:
exigen la sangre de Yang.
¿Qué hará el monarca
sino ceder?
Al pie de la colina Mawei,
la beldad de cejas-mariposa
deja de ser ante los caballos.
Riegan el suelo
sus graciosos adornos como flores,
el gorrión de oro
de coloridas plumas incrustadas
y su hermosura horquilla de jade.
Nadie los recoge.
El desesperado monarca,
impotente para salvarla,
se oculta el rostros entre las manos.
La mira una última vez,
con lágrimas de sangre ardiente.

Ráfagas de viento gélido
levantan polvo amarillo.
Trepando entre las nubes,
las tropas atraviesan
la Puerta de la Espada,
y al monte de Emei llegan.
Aquí no ven casi un alma.
Las banderas pierden su brillo,
y lánguido el sol palidece.
Agua esmeralda del río.
Verdes montañas lozanas.
El fascinante paisaje
sólo acarrea al monarca
una profunda tristeza.
La luna contemplada desde la tienda
parece melancólica.
El son de las campanillas en la lluvia
semeja el sordo ruido
de un corazón que se destroza.

Por fin el cielo y la tierra
han completado una vuelta.
La carroza de Dragón retorna.
En la colina de Mawei,
se detiene la comitiva
donde se esfumó el bello rostro.
Monarca y ministros se miran,
anegados todos en lágrimas.
Abandonando los caballos,
se dirigen hacia el palacio.

Jardines, estanques.
Nada ha cambiado.
Flores de loto de Taiye.
Hojas de sauces de Weiyan.
Éstas recuerdan sus cejas,
y aquéllas su hermosos rostro.
¿Cómo contener las lágrimas
que esta aparición arranca?
Flores de durazno y de ciruelo se abren
al céfiro de la primavera.
Amarillas hojas caen
con las lluvias otoñales.
Tupidas hierbas reverdecen
los patios del Palacio Oeste.
Hojas muertas amontonadas
enrojecen los escalones.
Las actrices del Jardín de Perales
peinan blancos sus cabellos,
y las doncellas del Pabellón de Pimenteros
ven marchita la flor de sus caras.

Luciérnagas traen noches sofocantes.
Moribunda está la lámpara,
y el monarca, triste, desvelado.
Campanas y tambores, lentamente,
despiden la larga noche.
Brillante la Vía Láctea
al alba tardía acoge.
Frías las tejas entrelazadas,
todas cubiertas de escarcha.
¿Quién querría compartir
una manta helada?
Largos años separan
al vivo de la muerta,
y su espíritu no ha acudido
ni una vez en sueño.

Por entonces, a la capital
viene un sabio taoísta.
Para quien tiene sinceridad
se aviene a llamar las almas
de sus familiares muertos.
Compadeciéndose del monarca atormentado,
emprende una afanosa búsqueda.
Raudo como relámpago,
atraviesa las nubes
cabalgando los vientos.
Primero sube al cielo.
Después baja y penetra
en las profundidades de la tierra.
Ni en azul infinito,
ni en la Fuente Amarilla, ultratumba,
encuentra a la difunta.

De pronto oye decir
que en el inmenso piélago
hay una montaña de deidades,
que, velada por la bruma,
flota en el aire.
Multicolores nubes envuelven
sus pabellones exquisitos,
morada de hermosas y dulces divinidades.
Una de ellas se hace llamar Taizheng,
su nombre original.
Tiene el rostro de flor
y la piel de nieve
como en la otra vida.
Llegando a una puerta de oro,
el taoísta toca suavemente
un jade incrustado.
Pide a la doncella
que le abre anunciar
al mensajero de Han.

Encerrada en vistoso dosel,
la bella se despierta sorprendida.
Aparta la almohada.
Se viste deprisa.
Levanta la cortina de perlas
y abre los biombos de plata.
Sin arreglarse bien la cabellera,
la guirnalda al descuido puesta
y los ojos somnolientos,
desciende a la sala.
Se agitan sus anchas mangas
al compás del movimiento,
como en “Vestido de Arco Iris
y Túnica de Brillantes Plumas”.
El rostro anegado en lágrimas,
como una flor de peral
azotada por la lluvia.

Pide al taoísta que le transmita
su honda gratitud al soberano.
Después que nos separamos,
no he podido oir su voz ni ver su cara
a través de las nubes y nieblas.
Ahora, en la Montaña de las Deidades,
arrastro penosa los largos días.
Oteo el remoto mundo de los hombres,
mas el humo y polvo me impiden la vista.
Sólo puedo enviarle,
como testimonio de amor,
estos adornos que me obsequió.
Yo conservaré una de las horquillas
y también mitad del cofrecillo.
Quiero que él sea firme como el hierro,
y entonces nos volveremos a ver ,
ya sea en el azul del cielo,
o en el mundo de los humanos”.

Al despedir al mensajero,
ella reitera el juramento
que habían hecho los dos corazones
el día siete del séptimo mes,
a las altas horas de la noche,
en el Pabellón de la Eterna Vida:
En el celeste inmenso siempre somos
un par enternecido de avecillas,
y en la animada tierra, dos ramas
entrelazadas de un mismo árbol”

El cielo, y también la tierra,
por más que sus ciclos duren,
han de terminar un día.
Mas esta inmensa tristeza
será como el tiempo, eterna.

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