lunes, 17 de agosto de 2015

JEFF KOONS, ESE GRAN VENDEDOR DE ESCASO GUSTO

Perro globo. Acero inoxidable pulido
Me doy una vuelta por la exposición de Jeff Koons en el Guggenheim de Bilbao. No sé si cuando estuvo trabajando como corredor de bolsa en Wall Street se dedicó a las inversiones en el mundo del arte o no, pero sí da la impresión de que aprendió a valorar la rentabilidad del producto y a venderlo. 

La obra de Koons es llamativa, superficial, kitsch y profundamente comercial. Los colores vivos, brillantes y eléctricos tienen aceptación universal y se venden bien —las golosinas se envuelven con papeles de esos colores—. Las formas sencillas e infantiles carecen de complicaciones intelectuales. El mal gusto se vende ciertamente muy bien, como el gato de la suerte.

Pero Koons no es un vendedor de tienda de barrio. Es elegante, viaja en coches de lujo y además de haber sido corredor de bolsa, estudió en la universidad. Sabe vender el producto y tiene discurso, vaya que si tiene discurso. Allá donde los simples mortales vemos una tetera adherida a una luz, él —nos explica— realiza un trabajo liberador de su propia sexualidad subjetiva.

Michael Jackson y Bubbles. Porcelana.
Donde yo veo una figura dorada de porcelana de dudoso gusto y tamaño de figura humana, él nos ofrece una obra inspirada en la Piedad, en la que se conjuga el estilo barroco y la cultura popular para decirnos que debemos sentirnos seguros de nuestro pasado (?), porque no debemos permitir que el arte sea discriminatorio (?). 


Donde yo solamente percibo una copia, el artista me informa de que se trata de una invitación a la reflexión y a tomar conciencia de la historia. Donde yo no percibo arte, ni reflexión, ni profundidad, ni buen gusto, sino ganas de hacer dinero, Koons me tira de las orejas y con una sonrisa satisfecha me recuerda que no soy capaz de percibir la sutileza de la crítica ni la belleza de lo efímero.

Lady Gaga lo entiende, por eso realizó para ella la portada de su tercer album. Yo soy más torpe y tengo menos dinero. 

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